La Ópera de Bellas Artes presentó en el Teatro de las Artes, ubicado en Tlalpan y Churubusco, La Cenerentola, de Gioachino Rossini (1792-1868). El programa de mano, cortesía de Pro Ópera, contiene un interesantísimo texto de Anne Delécole, en el que no se menciona a La Cenicienta de Walt Dinsey; injustamente, pues si el público del siglo XX conoce el milenario cuento es gracias a la versión cinematográfica en dibujos animados, melodrama donde los buenos: la Cenicienta, los amigables roedores y el hada madrina enfrentan y, finalmente, se imponen sobre los malos: las hermanastras, la madrastra y el gato Lucifer.
A lo largo de los siglos, el cuento de La Cenicienta ha sido objeto de innumerables reconceptualizaciones. Los elementos básicos son la niña buena y pobre, el príncipe azul que la enamora, la zapatilla olvidada y el triunfo sobre sus hermanastras, que le disputan los favores del príncipe. La zapatilla de cristal es inherente al cuento, pero Rossini tuvo que sustituirla por un brazalete, pues la censura vaticana prohibía que la solista mostrara el tobillo y el pie desnudos. Pero hoy, que ya se muestra todo, ¿por qué no volver a la zapatilla? Actualmente los directores de escena se permiten cualquier cantidad de concesiones, por lo general en detrimento de la obra, pero inexplicablemente respetan el ridículo brazalete.
Desde el estreno de La Cenerentola en 1816, público y críticos han echado de menos al cristalino aditamento (seguramente de cristal de roca, pues no se rayaba ni rompía). En esta propuesta del INBA, lo más delicioso fue la puesta en escena de Juliana Faesler, en la que la ópera se hizo realmente cómica, y no con la contradictoria seriedad con que en muchos países la hacen. Andrea Chirinos, coreógrafa, hizo un trabajo de filigrana en el que cada compás musical, cada palabra implicaba un movimiento, una actitud, un bailecito de cada cantante o corista, lo que agilizó el espectáculo y el escaso público permaneció hasta el final.
La Orquesta del Teatro de Bellas Artes, reducida a la mitad como corresponde en el repertorio rossiniano, sonó de maravilla bajo la habilidosa batuta del francés Sebastien Rouland. El personaje de Cenicienta o Angelina lo cantó Guadalupe Paz, originaria de Tijuana, graduada en Italia, quien estuvo realmente notable, así como el tenor colombiano Hans Ever Mogollón y Josué Cerón, barítono que interpretó simpatiquísimo y muy bien cantado el personaje de Dandini. Las óperas de Rossini son vocalmente de las de más alta dificultad, en particular por sus fiorituras o agilidades que no cualquiera puede afrontar con éxito, y en esta ocasión los intérpretes convocados por la Ópera de Bellas Artes estuvieron a la altura de las exigencias de este escabroso título.
Noé Colín, bajo mexicano que cantó el Don Magnífico (el equivalente de la madrastra), no sólo lo hizo de primera, sino que mostró una gran bis cómica desconocida para nosotros.
Rossini tenía sólo 19 años cuando compuso esta obra maestra de la lírica italiana. Se sabe de una docena de óperas que abordan el tema de la Cenicienta, incluida Cendrillon de Jules Massenet, y sólo ésta de Rossini ha sobrevivido el juicio del tiempo; aunque había caído en el olvido, habiendo sido rescatada en la segunda mitad del siglo XX.
Gabriela Thierry y Zaira Soria cantaron las hermanastras: bailan, cantan jugando raqueta, además son bellas graciosas y talentosas. ¿Quién dice que las hermanastras deben ser unos esperpentos? La puesta en escena, una vez más, como ocurrió con Carmen de Bizet, fue la triunfadora de la noche.
Es una pena dar esas funciones en un teatro con poco más de 500 butacas y, para colmo, muchas filas vacías. ¿Falla la promoción, la convocatoria, la difusión? No lo sabemos, pero resulta un desperdicio que la gente no acuda a esta maravillosa propuesta. l








