“Diversidad mexicana”: artística y natural

Atractivo proyecto

Con un conjunto de obras proveniente de artistas contemporáneos mexicanos  de primer orden como Gabriel Orozco, Teresa Velázquez, Yolanda Paulsen y Federico Silva Lombardo, se presenta en el Museo de Historia Natural de la Ciudad de México un atractivo proyecto museístico que vincula el pensamiento artístico con el conocimiento de la naturaleza.

Diseñado por su director, Eduardo Vázquez –creador del Faro de Oriente, espacio gubernamental de promoción cultural alternativa en el Distrito Federal–, el proyecto consiste en incorporar, temática y museográficamente, un número significativo de obras de arte en las exposiciones temporales. Curada por Vázquez y la antropóloga Carmen Tostado, la selección sobresale por la diversidad de autores, poéticas y géneros que abarcan tanto prácticas postconceptuales, como propuestas pictóricas, tecnológicas, dibujísticas y escultóricas.

En el contexto general e internacional del arte contemporáneo, la relación entre la ciencia, la naturaleza y la tecnología se ha convertido en una importante narrativa. Si bien el conocimiento artístico siempre ha encontrado en la naturaleza un modelo de interpretación –paisajes, naturalezas muertas, land art, arte térreo, ensamblajes e intervenciones con naturaleza encontrada–, actualmente la sustentabilidad ecológica y la reflexión posthumanista han enriquecido los planteamientos teóricos y vocabularios visuales de la creación más reciente.

Organizada en colaboración con la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), la exposición Biodiversidad mexicana sobresale por una equilibrada belleza en la que se integran obras representativas con otras de interpretación evocativa. Entre las primeras se encuentran las hojas gigantes en bronce de Paulsen, la pintura de Velázquez que remite a las huellas que deja el movimiento de las olas del mar sobre la arena, los hongos escultóricos en vidrio de Orfeo Cuagliata, y los espléndidos dibujos científicos de cactus e insectos de Elvia Esparza y Aldi de Oyarzábal, respectivamente. Entre las segundas, el inestable equilibrio de las semillas de bronce de Silva Lombardo evoca la dualidad entre la fuerza y la fragilidad de la naturaleza; y la instalación paisajística de Paulsen con hongos secos evoca los límites entre la ficción y la realidad. 

Además de la agradable sorpresa de encontrar un espacio que se atreve a rescatar –Silva, Paulsen, Velásquez– y descubrir firmas –Cuagliata, Esparza y Oyárzabal–, dos obras de poéticas espirituales merecen una atención especial: la instalación sonora de Antonio Fernández Ros en la que, a manera de mantra, deja testimonio de todas las lenguas que se hablan en el territorio nacional; y la imponente, lastimada y silenciosa escultura de Gabriel Orozco que, realizada en esqueleto de nopal con el título de Brazos abiertos, da la bienvenida a toda la exposición.