De José a Cuca

Amor mío, yo te aseguro que no hay palabras para decirte qué violenta pasión me consume por ti, qué ansias me ahogan por estrecharte en mis brazos, cómo tienen sed mis labios de los tuyos, de tu boca que parece plegarse para besar, para recibir mis ardorosos besos y darte, entregarte mi alma toda, ¡todo mi ser en un beso! Ya estoy fuera de mí, Refugio de mi alma, te siento a mi lado, por donde quiera te veo, siento por momentos el palpitar de tu pecho contra el mío, tu aliento tibio sobre mi rostro y se abren mis brazos para rodear tu cintura… pero sólo el vacío, la nada, y luego corren mis lágrimas y me abate el dolor…

Espérame, Cuca mía, mía, Cuca, eres mía, espérame y mándame mientras muchos besos en tus cartas, pon el pliego de papel contra tu rostro para que me traiga algo de ti, apriétalo contra tu pecho para que sea el mensajero del latir de tu corazón y antes de cerrar el sobre besa mucho, mucho tus letras… Amor mío, Cuca de mi alma, no sabes cómo sufro por ti, ¡por no tenerte en estos momentos para comerte a besos…!

 

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Oye, ¿y por qué no sigues el año escolar que entra estudiando en la Escuela Normal? Aunque no acabaras de estudiar no importaba, de todos modos seguías educándote en una de las mejores escuelas que hay y lo que más nos interesa por ahora es vernos y escribirnos aunque sea como ahora (…) Mientras yo sigo en mis primeros estudios, que son la base de toda mi carrera artística, si ahora dejara de estudiar sería muy difícil, casi imposible que avanzara lo que quiero alcanzar, sería fracasar de una manera hasta vergonzosa porque esto no es como una profesión o un oficio en lo que lo único que se busca, cuando no se sacrifica todo por las ciencias, es el dinero; el arte es una cosa muy rara, una verdadera locura, algo que aunque parezca descabellado y tonto, es para la humanidad una verdadera necesidad como el pan que lleva a sus labios.

Toda la vida me he sentido arrastrado de una manera tremenda, irresistible, a ese camino; es una obsesión, una especie de vicio, algo que no puedo prescindir porque me moriría de tristeza, algo que con el amor que tengo constituye toda mi vida y toda mi alma. Ya comprenderás qué penosa lucha he tenido que sostener siempre para estudiar no teniendo problemas de ninguna clase, siendo que es costosísimo aprender algo por poco que sea. De haber querido yo, ya multitud de veces que he tenido oportunidades de ponerme nada más a buscar riquezas, pero todo lo he despreciado porque no puedo, me es imposible resignarme a vegetar nada más, es decir, vivir como vive una planta: clavada en un lugar nada más para alimentarse, crecer y hacerse polvo algún día… Dime que estoy loco, pero no puedo hacer que mi corazón no sienta, que mi alma no sueñe y no busque lo más noble y elevado a que el espíritu humano puede aspirar. El camino es muy amargo, muy penoso, muy cruel, se encuentran risas y burlas y mofas a cada paso ¡y miserias! ¿Pero qué importa? Es cómodo, pero también muy vergonzoso no tener sentimientos y ser egoísta, preocuparse únicamente por el propio bienestar, por tener siempre satisfecha la propia hambre aunque haya por todas partes niños y seres débiles, desnudos y hambrientos; es cómodo que el cerebro no piense ni el corazón sienta con tal de que se tengan muchas riquezas y muchas comodidades, cuántas veces fruto de malas acciones. Yo no puedo vivir así, prefiero morirme a vivir nada más porque sí. Pero no vayas a creer por todo eso que te digo que estoy demente, no, no lo estoy; si el cielo quiere, algún día, no tendré riqueza, es cierto, porque yo las desprecio, pero tendré una riqueza mejor; tendré la habilidad para expresar por medio del arte todo lo que mi alma siente y anhela; te tendré a ti, porque sin ti tampoco podría vivir y entonces ya podré esperar la muerte con la conciencia del deber cumplido, con la infinita dicha de haber vivido para amarte, para quererte, para adorarte (…) Yo necesito todavía dos o tres años para acabar de aprender lo que estoy aprendiendo; después será muy diferente.

 

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La única dicha, la única felicidad de hoy y de siempre es tener corazón, es tener el alma muy grande; a veces tengo miedo de escribirte porque me imagino que por mi cabeza pasan sombras de locura que oscurecen la razón…

¿No estaré loco viviendo una vida imaginaria, creyendo que trazo palabras muy débiles para interpretar el infinito y desesperado amor por Refugio? ¿Un amor, otra ilusión, otra locura? Desde lo más profundo de un sueño, ¿llegarán hasta ti mis dolientes palabras de angustia y de miedo? Parece que mi espíritu flota en un negro abismo donde anidan todos los dolores de la humanidad eternamente destrozada y jamás aniquilada piadosamente; yo no quiero ni espero ni deseo otra felicidad que amarte como tú a mí; si Dios nos separa hasta entonces viviré, mi alma volverá a la nada, porque mi vida eres tú (…) Todo lo demás es sólo dolor, de ninguna otra cosa se compone el universo, ¡sólo dolor! Las almas mismas son la esencia de él, él mismo. ¿Un beso? Para qué, si tus ojos me besan constantemente en lo más hondo de mi corazón, como los míos te besan a ti. ¿Estar a tu lado? ¡Si tú estás en mí como yo estoy en ti! ¡No estamos juntos! ¡Estamos confundidos en un solo amor, el amor más puro y más precioso, infinito, indestructible, el más santo, el más intenso! Amor mío, niñita preciosa y bella, niñita linda, ¡te amo!, ¡te adoro!

 

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Ayer fue la fiesta [de la Academia de San Carlos] que te conté. El primero que llegó fue el ministro de Italia, que por cierto tiene cabeza de garbanzo, luego llegó el ministro de Japón, que tiene 87 centímetros de estatura (nadie lo había visto hasta que se subió en una silla para saludar). Luego fue llegando un señor muy tieso y muy almidonado, el ministro de Noruega, con unos bigotes tan largos y tan puntiagudos que con ellos les arañó la cara a todos los soldados que formaban la doble valla.

Después entró el director de la escuela, un barrigonzote que pesa 349 500 kilogramos (cuando lo maten dizque se van a surtir de manteca todas las tocinerías de México). Después entró otro señor muy risueño y tan saludador que les hizo caravanas hasta a los pilares del patio; me dijeron que era el ministro de España.

Después de él llegó lo mero bueno: el ministro de China vestido con enaguas negras y una blusa negra toda bordada de seda y en la cabeza una especie de caja de cartón amarillo. “Buenas taldes, señolitas y señoles.” Luego se presentó el embajador de Estados Unidos masticando chicle y después otra infinidad de personajes a cual más de tiesos y estirados. Cuando todos se estuvieron haciendo caravanas se oyó el himno nacional y se metió al patio una parvada de guacamayas y pericos; eran los dizque guardias presidenciales, con pantalones colorados, chaquetines azul pálido, adornos verdes y todos llenos de plumas, espejitos y creo que hasta cuentas de vidrio; en medio de ellos venía don Porfirio, creyendo seguramente que se le iba a recibir con aplausos y vivas, pero ni quién chistara. Ya en el salón, fue la ceremonia de la entrega de la estatua; el embajador americano no cesó de masticar su chicle y ya como a las seis se acabó todo. Ya que todos se iban y que se veía materialmente que a todos les dolía la cintura de tanto hacerse caravanas y reverencias de despedida, se oyó un ruido en la escalera; era que al chino se le enredaron las enaguas y fue a dar de narices contra el embajador americano al que con la fuerza del choque se le salió el chicle de la boca, el cual fue a ensartarse a los bigotes del ministro de Noruega; la cajita de cartón del chino quedó pintada en el suelo porque el director se paró sobre ella.

 

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Refugio, ya recibí todas las cartas que me dices. Yo estoy bien lo mismo que toda mi familia. Con esta carta te mando algunos periódicos para que sepas lo que pasó. Felizmente ya salimos de la pesadilla aquella y yo creo que ya vamos a estar en paz pues este gobierno sí es bueno.

México estaba horrible durante la Revolución, no había trenes, ni luz, ni comercio, las calles estaban desiertas durante el cañoneo y llenas de alambres cortados y de basura. Por todo el barrio de la Ciudadela hay escombros de casas y en los primeros días había tantos cadáveres en descomposición que tuvieron que quemarlos en plena calle como si fueran basura; no se podía respirar. Por ese rumbo no quedó una casa buena, todas están hechas pedazos; por San Juan desaparecieron dos de un cañonazo y ya no se sabe ni cómo eran; las calles estaban regadas de cartuchos quemados y aún sin quemar, yo tengo algunos de máuser. Los cañonazos eran ensordecedores estando en México y las balas se oían como las matracas el Sábado de Gloria; desde Coyoacán se oía igualito a los truenos de una tempestad, porque tiraban sin cesar de día y de noche. Las balas caían por todas partes; llegaron a matar gente por San Sebastián y por Santa Anita. En la noche sólo se veían desde aquí las llamas de los incendios; en la noche no era posible andar por México, porque había patrullas de soldados y en cuanto veían alguna gente le gritaban ¡alto ahí!, y le tiraban fuera quien fuera; al otro día nomás recorrían las calles recogiendo muertos. Yo creía que México se iba a acabar, pero no; ahora sólo quedan las casas destrozadas alrededor de la Ciudadela, lo demás está como siempre y ya ni quién se acuerde.  l