En la provincia sudafricana del Cabo Occidental la Iglesia anglicana es una institución de vanguardia por un simple hecho: recomienda ampliamente el uso del condón entre los jóvenes de su grey, algo que prácticamente ninguna otra entidad hace. Hay razones para que los anglicanos actúen así: según estudios realizados por ellos mismos, en esa jurisdicción hay actualmente 70 mil huérfanos del sida: niños o adolescentes cuyas madres (también púberes) murieron de ese mal.
CIUDAD DEL CABO.- Es un oasis de ternura entre la aridez y la miseria. Un paraíso minúsculo escondido tras muros blancos cubiertos de dibujos infantiles. Ropa multicolor se seca en el jardín y baila con el viento. Hermosas matronas negras guisan y limpian. Por doquier suenan carcajadas y gritos de niños. Se oyen carreras en los pasillos y hay empujones en el patio.
Pozisa Matoti, Pozi, mira divertida a “sus” muchachos. Son 45. El más pequeño tiene un año; los más grandes, cinco. Desbordan energía.
Pozi y sus compañeras de la organización Fikelela se los arrebataron a la muerte. Son niños abandonados, huérfanos del sida, y ese modesto lugar del inmenso township de Khayelitsha de Ciudad del Cabo es su refugio.
“They are children’s children”, dice Pozi.
La reportera duda de su inglés.
“Son hijos de niñas… sus madres aún eran adolescentes cuando quedaron embarazadas. Algunas no supieron qué hacer después de parir, muchas ya murieron y aquí están las criaturas.”
Se acerca un pequeño de escasos tres años. Se ve delgado pero fuerte.
“¿Dónde está tu hermano?”, pregunta Pozi.
Aparece un segundo niño igualito al primero. Ambos nos miran, traviesos, y se van corriendo, dándose codazos.
“Son gemelos”, comenta Pozi. “Los hubiera visto cuando los recogimos. Estaban tan mal que parecían apagados. Su madre tenía 16 años y era seropositiva. Vivía en la casa de una amiga. Sus padres no quisieron saber nada de ella y menos de los gemelos. La muchacha desapareció. Los muchachos son seropositivos pero están bajo tratamiento. Se tardaron un año en fortalecerse y ahora reviven”.
Se acerca otro chiquillo. Se nota frágil. Pozi lo carga para llevarlo hasta unos columpios improvisados: asientos hechos con pedazos de llanta, gruesas cadenas que cuelgan de un pórtico de madera.
“Tiene cuatro años. Su salud todavía es inestable pero, comparado a como estaba… No es seropositivo pero padece de los pulmones y vamos a tener que operarlo. Lo salvaremos, no cabe la menor duda”, dice Pozi convencida.
Al verla tan entera y luminosa, uno entiende que sea capaz de intimidar a la muerte.
A Pozi le encanta contar historias de niños rescatados. Lo hace con gracia y sencillez. Entre tantos “milagros” narra el de una niña seropositiva de Tanzania: su madre también era adolescente y tenía sida. Murió en el hospital, sola.
Sus padres vinieron a Ciudad del Cabo para recoger su cuerpo y enterrarla en su país. No supieron que había tenido una bebé. Gracias a una red de solidaridad de la Iglesia anglicana y después de años de esfuerzos, Fikelela logró ubicarlos en Tanzania. La niña se pudo ir a vivir con sus abuelos y seguir su tratamiento contra el sida.
“Se cuida con mucha seriedad. De vez en cuando nos llama por teléfono. Su voz no miente: se oye muy dinámica y le gusta la escuela”, comenta Pozi.
Según datos oficiales, en Sudáfrica 5.7 millones de personas (18% de la población) son seropositivas o padecen sida; 290 mil de ellas son menores de edad. La información sobre el número de huérfanos que ha dejado el sida es incierta. Según las fuentes, oscila entre 1 millón y medio y 3 millones.
La organización Fikelela es una de las muchas ONG que se lanzaron a dar la batalla contra el sida. No es la principal y actúa solamente en Ciudad del Cabo, pero es emblemática: fue creada en 2000 a iniciativa del obispo Desmond Tutu. Demuestra que la Iglesia anglicana enfoca la sexualidad y las enfermades que ésta puede generar con más lucidez, pragmatismo y humanismo que la católica.
Pozisa lleva casi cinco años dirigiendo el Centro para Niños de Khayelitsha. En ese township, 33% de la gente está infectada por el VIH/sida; es la tasa más alta de toda la provincia del Cabo Occidental.
“Tuve la suerte de llegar aquí en 2005, justo en el momento en que el gobierno de la provincia empezó a repartir gratuitamente antirretrovirales”, explica Pozi. “En seguida tuvimos resultados excelentes y desde que coordino ese centro no hemos deplorado la muerte de un solo niño. El equipo me contó lo que vivió en los primeros años, cuando morían muchas criaturas. Fue demasiado sufrimiento”.
El albergue tiene dos casas contiguas: una para niños y otra para niñas; 21 personas trabajan en ellas y casi todas son habitantes del township al que el orfanato salvó del desempleo. Zumba como una colmena. Una enfermera desempaca cajas de medicamentos, dos mujeres vigilan a un grupito de niños que juega en el patio, el jardinero se afana en el huerto mientras el chofer limpia el coche.
Quienes ubican primero a los niños son trabajadoras sociales de Khayelitsha. Los entregan a Pozi sólo después de haber comprobado su abandono y con el acuerdo de una autoridad judicial competente.
Por lo general los muchachos llegan en muy mal estado. Muchos, inclusive los más pequeños, sufrieron abusos sexuales. Tienen problemas pulmonares, dermatológicos, traumas físicos y psíquicos de todo tipo, son raquíticos y muchos están infectados por el VIH/sida.
“De inmediato los llevamos al hospital para iniciar sus tratamientos. También nos toca atenderlos psicológicamente. A veces nos enfrentamos con casos complejos y debemos acudir a especialistas. Pero, por lo general, nuestros terapeutas logran tratarlos en el centro. Son muy competentes y realizan un trabajo estupendo con música, dibujos y pintura”, enfatiza Pozi.
Una vez en confianza y bajo terapia los niños participan en talleres. Luego van a la primaria del barrio mientras las trabajadoras sociales les buscan familias de adopción. Recalca:
“Un niño necesita atención individual. Aquí los pequeños reciben cariño y cuidados, pero en forma colectiva. No podemos ocuparnos personalmente de cada uno. Nos importa que tengan cuanto antes una vida ‘normal’. Por lo general dejan el centro después de cumplir cinco años. Somos muy cuidadosos con las familias adoptivas porque al principio tuvimos algunos dramas de niños maltratados y víctimas de abusos. Ahora ejercemos un control estricto y cuidamos que sigan sus tratamientos médicos.”
La reportera mira el alambre de púas sobre los muros del albergue. ¿Acaso los niños buscan huir de su refugio?
Pozi ríe. “Por el contrario, ninguno se quiere ir”, dice y más seria explica: “Aquí no tenemos casi nada: unas camas, juguetes de plástico, ropa regalada, un viejo televisor, ollas, medicamentos… ¡Eso es lo que nos roban..! Nunca pensé que tuviéramos que instalar alambres eléctricos alrededor de un orfanato pobre en un barrio miserable… Los ladrones brincaban los muros y se llevaban lápices, algo de comer, platos, vasos… No sé cuándo cambiará mi país. En Khayelitsha hay tanta desesperanza… Pero apretamos los dientes y seguimos adelante. Aquí no cabe el desánimo”.
Rachel Mash tiene el mismo temple que Pozisa Matoti y la misma luz en los ojos. Sacerdotisa de la Iglesia anglicana, Rachel es la coordinadora general de Fikelela. Atiende a la reportera en su oficina de Ciudad del Cabo.
Además del Centro para Niños, la organización administra otro albergue en Khayelitsha que ampara a un centenar de huérfanos y un centro donde buscan refugio adolescentes que van camino a la perdición.
Fikelela lleva 10 años capacitando a miembros de la comunidad anglicana para que ayuden a los afectados por el VIH/sida.
Rachel recalca: “Nuestros voluntarios visitan a los enfermos y a sus parientes. Los apoyan psicológicamente. Hablan con ellos. Y, sobre todo, los escuchan. Es importante. Pacientes y familiares se sienten frustrados, impotentes y rebasados por el virus. Los tratamientos, además, tienen efectos secundarios tremendos. Hay que estimular a los enfermos para que no renuncien a seguirlos”.
Agrega: “A menudo nos toca intervenir con las abuelas. Es un problema muy complejo que quizás no se sospecha. Las ancianas dejan su pueblo, donde llevan una vida humilde pero relativamente tranquila, y llegan a los townships para hacerse cargo de los niños que dejaron sus hijas al morir de sida. No hay padres en estas historias…
“Para estas señoras ya grandes es un choque. Las atosiga la vida trepidante de estas junglas urbanas y los niños no entienden su mentalidad anticuada. Son conflictos sumamente duros en los que nos toca mediar. A veces las abuelas acaban enfermándose o muriéndose de dolor y agotamiento. Estar a su lado es una de nuestras prioridades.”
Cada viernes Fikelela anima grupos de terapia artística con los huérfanos del sida recogidos por sus familiares. Eso permite amortiguar crisis y conflictos.
“Recuerdo a un niño que se la pasaba dibujando frenéticamente”, cuenta Mash. “Sólo paraba cuando había cubierto toda la hoja con violentos trazos negros. Nunca usaba colores. Su abuela estaba tan convencida de que estaba poseído por Satanás que le había confiscado lápices y papel.
“Dejamos que el niño dibujara como quisiera. Poco después empezó a hablar. Fue impresionante: soltó todo su coraje, su soledad y su desconsuelo por la muerte de su madre. Explotó como un volcán. Después de varios días empezó a pedir lápices de colores. Cambió la relación con la abuela.”
Mash confiesa que estas victorias, a la vez ínfimas e inmensas, dan su verdadero sentido a lo que hace Fikelela: “Son sólo gotas de esperanza en un océano de desasosiego, pero nos dan mucho ánimo”.
El panorama que describe es oscuro:
“Actualmente tenemos a más de 70 mil huérfanos de sida sólo en la provincia del Cabo Occidental y, según cálculos de especialistas, habrá 120 mil en 2015. Sigue habiendo demasiada gente que muere de sida.”
“¿Por qué esa hecatombe, si se empezó a atender gratuitamente a muchos enfermos?”, se le pregunta.
Rachel Mash suspira:
“El estigma del VIH/sida es muy fuerte todavía. Mucha gente no se somete a pruebas de detección precoz por miedo a descubrir la verdad. Cuando se entera de su infección ya es muy tarde. El protocolo médico para iniciar un tratamiento antirretroviral es largo y los enfermos se desmoralizan. Y cuando, a pesar de todo, empiezan a tomar antirretrovirales, se asustan con los primeros efectos secundarios. Sin una buena alimentación ese tratamiento causa dolores casi insoportables y profundas depresiones. Desafortunadamente la mayoría de los enfermos es gente muy pobre que no alcanza a comer decentemente. Muchos pacientes, además, no respetan los horarios drásticos de las tomas de los medicamentos, otros siguen bebiendo… ¡Son tantos los círculos viciosos que nos toca romper!”
Paralelamente al apoyo que brinda a los enfermos y a sus familiares, Fikelela lleva adelante campañas de prevención y de reflexión sobre sexualidad con la juventud de las comunidades anglicanas.
Explica la sacerdotisa.
“El tema causó y sigue causando muchas discusiones en nuestra Iglesia. Somos cristianos y predicamos la abstinencia sexual hasta el matrimonio. Pero conocemos muy bien la sociedad en la que vivimos y rehusamos encerrarnos en el dogma. Sabemos que nadie puede impedir que algunos jóvenes tengan experiencias sexuales; en cambio, nuestro deber es protegerlos contra las amenazas ligadas a esas experiencias. Nuestro lema es ‘ABC’. A: abstain (abstente). B: be faithful (ten fe). C: use condom (usa preservativo).”
Fikelela realizó una amplia investigación sobre la sexualidad de los jóvenes anglicanos de Ciudad del Cabo de entre 12 y 19 años. Su informe de 50 páginas es impresionante tanto por los datos que da a conocer como por su estilo sumamente directo. Prueba de ello es la síntesis de ese trabajo que aparece en la introducción:
“Nuestra investigación reveló que la juventud que frecuenta nuestra Iglesia no escapa a los riesgos que enfrentan los demás jóvenes de nuestra sociedad.
“Poco menos de la tercera parte de nuestros entrevistados –30.5%– tiene relaciones sexuales: 40% son muchachos, 21% son muchachas, 44% negros, 26% blancos y 30% mestizos, cualquiera que sea su ubicación geográfica: 30% de los jóvenes urbanos y 32% de los que viven en el campo renunciaron a la abstinencia. Todos esos muchachos practican el sexo vaginal, oral y anal. Muchos suelen combinar las tres opciones.
“En cuanto a su primera experiencia sexual, 35% reconoció que usó preservativos; 90% se inició en el sexo con amigos o compañeros de la escuela; 75% lo hizo en su propia casa o en la de su pareja. Tener relaciones sexuales ‘casuales’ es frecuente: 66% de los entrevistados confiaron que vivían experiencias sexuales con distintas parejas.
“Nuestros jóvenes no escapan a la violencia sexual: 6% de las entrevistadas confesaron que habían sido forzadas a tener relaciones sexuales: 7.1% eran negras, 6.5% blancas y 5.4% mestizas.”
Comenta Mash: “Organizamos reuniones con laicos y religiosos que se negaban a tocar el tema de los preservativos con los jóvenes. Según ellos, nuestra defensa de los condones era casi una herejía porque no respetaba el mensaje de la Iglesia anglicana sobre la abstinencia.
“Les dijimos: aquí está nuestra investigación. Nos guste o no, parte de nuestra juventud cristiana reconoce que tiene una vida sexual y que no se protege. Esos adolescentes se pueden morir o contaminar a sus parejas. ¿Qué hacemos?, ¿no hablamos del condón?, ¿no hablamos de sexo?, ¿nos quedamos ofuscados con los brazos cruzados?”
El debate fue denso. Pero la corriente moderna convenció a la conservadora. Muchos sacerdotes se declararon incompetentes para hablar de sexualidad. Voluntarios de Fikelela se encargaron de esa misión que, según explica Rachel, empieza a dar resultados alentadores.
“Otras gotitas de esperanza”, comenta antes de expresar su asombro ante la labor de educación que aún falta por realizar con la juventud:
“Las estadísticas oficiales y nuestras propias investigaciones coinciden: 90% de los jóvenes conocen el VIH y el sida y están conscientes de su peligrosidad. En cambio, sólo la mitad tiene claro que el uso sistemático del condón es la única manera de protegerse contra infecciones.
“Las grandes campañas nacionales de información del gobierno surtieron un efecto mitigado. Fikelela, al igual que centenares de otras ONG, entendió que sólo el diálogo directo y permanente con los muchachos puede crear consciencia y desembocar en una verdadera política de prevención.”
Para lograr ese intercambio, la organización detecta a adolescentes con características de líderes en las comunidades anglicanas. Los capacita y los convierte en enlaces con los especialistas: médicos, terapeutas, psicólogos o sexólogos.
“Nuestra labor tuvo mucho éxito en comunidades negras, pero en las mestizas y blancas tuvimos más problemas. Subsisten muchos prejuicios raciales en estas dos últimas y la gente consideraba que el sida era un problema de negros pobres. Desafortunadamente hoy se dan cuenta de que causa estragos en todas partes. Entre 2006 y 2009 la tasa de infección por VIH/sida en la comunidad mestiza de Ciudad del Cabo paso de 3% a 17%.”
Según Rachel, los responsables de Fikelela imaginaron un sinnúmero de juegos de rol para que los muchachos logren ubicarse mejor en el mundo en el que viven. Les toca enseñarles todo: respeto recíproco, saber decir “no” claramente para las niñas o reflexionar sobre lo que pasa cuando uno pierde control de sí mismo después de haber tomado bebidas alcohólicas y drogas.
En ese campo, la Iglesia anglicana es, de lejos, la más avanzada de todas las que pululan en Sudáfrica. La mayoría no se atreve a “militar” en favor del condón y opta por atender a huérfanos del sida y apoyar a los enfermos y sus familiares.
¿No debería ser también responsabilidad del Ministerio de Educación Pública encarar el problema?
Al igual que Rachel Mash, los demás especialistas consultados por la reportera se mostraron escépticos.
Según afirman, la obligación de asumir clases de educación sexual no entusiasma a los maestros y profesores de las escuelas primarias y secundarias. Una minoría cumple. Muchos alegan que nunca fueron capacitados para tratar el tema. Bastantes rehúsan tocarlo por convicciones personales. Unos cuantos aprovechan la situación para abusar de los muchachos.
Rachel Mash tiene razón cuando habla de muchos círculos viciosos.








