La contracara del Mundial

Concientización

Después de tres lustros de políticas y posturas erráticas de las autoridades de Sudáfrica ante el sida, el actual presidente Jacob Zuma anunció –justo en el contexto en que la atención mundial está puesta en este país– una gran campaña de prevención y tratamiento del síndrome. El objetivo: beneficiar a más de 16 millones de personas. Para alentar a la población ante el “estigma” que acompaña a la epidemia, el polígamo mandatario se hizo un análisis y dijo que los resultados habían sido negativos…

CIUDAD DEL CABO.- Por fin, el pasado 25 de abril el presidente Jacob Zuma lanzó una campaña sin precedente de prevención del sida, que en los próximos dos años brindará diagnósticos tempranos a 15 millones de personas y tratamientos a 1 millón 500 mil portadores del virus. 

 Si alcanza sus metas, ese programa representará un avance considerable, pues en 2009 sólo 2 millones 500 mil personas tuvieron acceso a pruebas de detección y únicamente 630 mil recibieron antirretrovirales.

Más importante aún: El diagnóstico se efectuará en el marco de un chequeo médico que abarcará detección de tuberculosis, diabetes, tensión arterial y cáncer del cuello del útero para las mujeres seropositivas. Semejante enfoque global permitirá desinhibir a los sudafricanos que temen el rechazo comunitario al someterse a pruebas de VIH/sida.

 Después de 16 años de políticas erráticas y a menudo obtusas aplicadas por sus antecesores, el gobierno de Jacob Zuma parece determinado a afrontar realmente la pandemia del sida y a cerrar un  capítulo bastante vergonzoso de la historia de la frágil democracia sudafricana. El presupuesto que, afirma, dedicará hasta 2012 es de 5 mil millones de dólares.

El mismo 25 de abril, el mandatario sorprendió a todo el mundo al implicarse personalmente en la campaña. Anunció:

“Luego de una cuidadosa reflexión, decidí compartir los resultados  de mi examen con los sudafricanos. El objetivo es promover la transparencia y acabar con el silencio y el estigma que acompañan a esta epidemia. Mis análisis de detección del mes de abril, al igual que los precedentes, salieron negativos en la prueba del sida.” 

Nadie esperaba una actitud tan firme de parte de ese polígamo empedernido de 68 años, cuyo insaciable apetito sexual causa polémica tras polémica. Además de sus tres esposas oficiales, exhibe una amante también oficial y acaba de tener un bebé con la hija de su mejor amigo, Irvin Khoza,  presidente del Comité Local de Organización del Mundial de Futbol.

 En 2006 Jacob Zuma fue enjuiciado y exonerado por una supuesta violación. Causó escándalo al declarar que sabía que la mujer con la que se había acostado era seropositiva, que no había usado condón pero que se había dado una  ducha… 

Los estragos humanos, sociales y económicos de la pandemia; la presión internacional, pero sobre todo la formidable batalla que libraron a lo largo de casi dos décadas la sociedad civil sudafricana y sus centenares de ONG, obligaron a Jacob Zuma a asumir sus responsabilidades.

Sin la movilización permanente e incansable de esas organizaciones, lideradas por la muy combativa Campaña de Acción pro Tratamiento (TAC, por sus siglas en inglés), es difícil imaginar cuál sería hoy la situación sudafricana, que ya de por sí es la peor del mundo, con 5 millones 700 mil portadores del VIH o enfermos de sida.

Esa red de activistas, integrada por miembros de todas las comunidades raciales y étnicas, está firmemente decidida a aprovechar el interés internacional que volvió a despertar Sudáfrica para llamar otra vez la atención sobre el rostro oscuro de La Nación Arco Iris.

La organización Advert, con sede en Gran Bretaña, que realiza un valioso trabajo de terreno y de investigación en Sudáfrica, acaba de lanzar  un videoclip, Mundial 2010, en YouTube.

Es corto pero rotundo. Informa a los amantes del futbol que a lo largo de los 31 días de la competición deportiva más famosa del planeta, 4 mil 500 niños nacerán con sida, 30 mil adultos serán infectados por el virus y 22 mil 500 morirán por falta de tratamiento adecuado.

Advert publicó también una apasionante historia del sida en Sudáfrica que permite entender por qué la nación más desarrollada del continente africano es también la más golpeada por la enfermedad. 

Esa pandemia no resulta de una implacable fatalidad. Se debe a factores políticos y humanos que hicieron perder años a la lucha contra la enfermedad y costaron centenares de miles de vidas humanas.

Una investigación realizada por la universidad de Harvard refiere que el empeño del otrora presidente Thabo Mbeki en negar la relación entre el VIH y el sida, así como en oponerse al uso de antirretrovirales, causó la muerte de 330 mil sudafricanos entre 2000 y 2005. Algunas ONG consideran que el exmandatario debería ser enjuiciado por “genocidio”.

El primer enfermo de sida fue diagnosticado en 1982 en la comunidad homosexual sudafricana. Luego el virus empezó a propagarse  en las minas del país, sobre todo entre los mineros oriundos de los vecinos países africanos, muchos de Malawi.

En 1991, los médicos constataron que la transmisión heterosexual  del virus equivalía a la homosexual. 

Entre 1992 y 1994,  aumentó la contaminación por el VIH/sida. Pero en esos años Sudáfrica vivía una situación política sumamente tumultuosa. Mientras los líderes políticos blancos y negros negociaban ariscamente el cambio de régimen, la ultraderecha multiplicaba los atentados para impedir cualquier acuerdo, y las fuerzas del Congreso Nacional Africano (CNA) enfrentaban las acciones de Inkatha Yenkuleko Yesizwe, movimiento zulú encabezado por Gatsha Buthelesi, líder de la provincia del Kwazulu Natal. 

 Empezaron a multiplicarse las tesis conspiracionistas en medio de todo ese caos. Las primeras aparecieron en documentos publicados por líderes del CNA en el exilio. Algunos insinuaron que el VIH había sido fabricado en laboratorio y podía ser un arma bacteriológica; otros, que lo mezclaron con gases lacrimógenos para afectar a los habitantes de los  townships (barrios de población negra). 

Los opositores blancos a los cambios políticos no se quedaron atrás y aterrorizaron a sus congéneres asegurándoles que terminar con la segregación racial en la sociedad sudafricana los condenaría a una muerte segura… Imperó una confusión que hasta hoy tiene consecuencias nefastas.

Hubo, sin embargo, reacciones coherentes y serias ante la incipiente epidemia; entre ellas, la de Chris Hani, entonces líder del Partido Comunista Sudafricano, formación política integrante del CNA. En 1992, Hani promovió la creación del Comité de Coordinación Nacional para el Sida de Sudáfrica (Nacosa, por sus siglas en inglés). Esa instancia estaba integrada por representantes de partidos políticos, de  sindicatos, del mundo de los negocios, del ámbito médico, universitario y de las  ONG. 

En 1994 se celebraron las primeras elecciones libres en el país. Fue el triunfo de Nelson Mandela. Entonces la tasa de infección por el VIH/sida era inferior a 5%.

Explica Mary Crewe, quien dirige el Centro para el Estudio del Sida,con sede en Pretoria: “En 1994, Sudáfrica estaba lista para enfrentar la epidemia. Disponía de informaciones provenientes de Europa y Estados Unidos y tenía conocimiento de lo que pasaba en otros Estados africanos y en América Latina. Nuestros especialistas, además, estaban perfectamente capacitados para elaborar y dirigir programas de prevención del sida, terapias e investigaciones”.

Pero de nada sirvió. La efervescencia política consecutiva a la elección de Mandela paralizó la ofensiva que el cuerpo médico y la sociedad civil se aprestaban a lanzar contra la epidemia.

El mismo Mandela no midió los riesgos de pandemia y privilegió medidas con fuerte valor simbólico: reconciliación nacional, construcción de viviendas, creación de empleos, esfuerzos en el campo de la educación y de la salud. Su meta prioritaria era invitar a sus compatriotas a enfocar el futuro con optimismo. Tal objetivo era antinómico con la incipiente tragedia del sida.

Por si eso fuera poco, la reorganización administrativa y geográfica  del país en nueve provincias dotadas de cierta autonomía creó numerosos obstáculos burocráticos e impidió la elaboración de una política nacional  coordinada contra el sida.

Intervinieron factores aún más graves. Explotó el escándalo del Virodene, muy emblemático de las primeras derivas del gobierno de Thabo Mbeki. 

Fue una técnica del hospital de Pretoria, Michelle Visser, quien concibió ese producto a partir de dimethyiformamide (DMF, un  componente orgánico que utilizaba para congelar corazones animales). Según Visser, ese disolvente tiene numerosas propiedades antibacteriales.

Su esposo, un hombre de negocios astuto y sin escrúpulos, vio de inmediato el provecho que podía sacar de ese “descubrimiento”. En 1999, la pareja empezó a experimentar aplicando Virodene a enfermos de sida. Actuaron sin su consentimiento. 

El Consejo de Control Médico interrumpió de inmediato sus actividades. Los Visser no se desanimaron y siguieron sus pruebas con soldados seropositivos del ejército de Tanzania. El gobierno de ese país intervino también en forma drástica.

Pero, mientras tanto, la pareja seudocientífica había tenido tiempo de entablar relaciones con Thabo Mbeki, quien en 1997 se desempeñaba como vicepresidente de Sudáfrica. El político se apasionó por el Virodene que la comunidad científica y médica del país consideraba peligroso.

Peor aún, el vicepresidente sudafricano politizó el asunto acusando a quienes se oponían al Virodene de confabularse para crear una epidemia de sida en toda el África subsahariana y para desestabilizar al CNA. Su actitud perturbó profundamente a la población negra, muy apegada al CNA y cada vez más golpeada por la epidemia.

 En 1999, Mbeki ya era presidente cuando la prensa sudafricana reveló que varios de sus amigos cercanos habían invertido fortunas en los laboratorios de Virodene. El remedio milagroso de los Visser cayó en el olvido, pero agudizó el clima de hostilidad abierta entre el presidente y la sociedad civil involucrada en la lucha contra el sida.

Su primer enfrentamiento fuerte se había dado en 1998. La  TAC  quería convencer a las autoridades políticas del país de que urgía distribuir el tratamiento antirretroviral AZT a las mujeres embarazadas para prevenir el contagio de madre a hijo. El gobierno se negó a hacerlo argumentando que era dañino para la salud… Todas las provincias dirigidas por el CNA siguieron su ejemplo. Sólo la del Cabo Occidental, que no estaba bajo su control, adoptó el AZT.  Lo mismo pasó con otro antirretroviral de comprobada eficacia, el Nevirapine. 

Esa guerra por los antirretrovirales acabó por destapar la “filosofía de denegación” de Thabo Mbeki. Después de su llegada a la presidencia, éste se mostró cada vez más convencido de que el sida no era causado por el VIH. Por su lado, Manto Tshabalala-Msimang, ministra de Salud, estaba persuadida de que el sida era un complot occidental contra África. Ambos proclamaban que sólo factores socioeconómicos y “ciertas opciones de vida” generaban la enfermedad. 

Mbeki y Tshabalala crearon el Consejo Presidencial de Expertos sobre el Sida, esencialmente integrado por “negacionistas”. La comunidad científica y médica del país fue totalmente apartada de esa importante instancia. Lo mismo pasó con el Consejo Nacional sobre Sida de Sudáfrica.  

En el ámbito científico internacional empezaron a cundir la inquietud y la desaprobación. Un total de 5 mil especialistas del VIH/sida de todo el planeta, reunidos en Durban, firmaron una declaración en la que enfatizaron  que “el VIH es la única causa de la epidemia de sida”.

En 2001, sin embargo, el Consejo de Control de Medicinas logró registrar oficialmente al antirretroviral Nevirapine. Pero la TAC tuvo que  demandar a la ministra de Salud ante la Corte Constitucional para obligarla  a acelerar la circulación de esa medicina.

 Ganó la TAC. Apeló el gobierno. Volvió a ganar la TAC. Desolada, Manto Tshabalala-Msimang expresó en rueda de prensa: “Me toca envenenar a mi propio pueblo”.

A pesar de la resistencia de Mbeki y su ministra de Salud, del Consejo Nacional para el Desarrollo y el Trabajo de Sudáfrica, así como de miembros del gobierno, del mundo de los negocios, de los sindicatos y de la sociedad civil para finiquitar un plan nacional de tratamiento del VIH/sida,  Manto Tshabalala-Msimang se rehusó a firmarlo. Empezó otra guerra.

La TAC lanzó un movimiento de desobediencia civil similar al que se oponía al apartheid. Más de 10 mil personas se aglutinaron ante el Parlamento el 14 de febrero de 2003 mientras Mbeki presentaba su informe anual a la nación. Durante meses, activistas ocuparon delegaciones policiacas y edificios gubernamentales. Persiguieron a la ministra por doquier. Con el paso del tiempo, la TAC cohesionó a los sudafricanos que exigían una auténtica política de lucha contra el VIH/sida. Despertó también solidaridad internacional y generó fricciones en el seno del CNA. 

Otra vez ganó la TAC. En septiembre de 2004 el Departamento de  Salud lanzó un ambicioso plan de acción para empezar  a tratar a un número creciente de enfermos con antirretrovirales. Sin embargo, no faltaron obstáculos y frenos: fue sólo en marzo de 2005 cuando los laboratorios pudieron abastecer a los hospitales; no se creó comisión alguna de seguimiento de la distribución de medicinas; la policía disparó con balas de goma y gases lacrimógenos contra enfermos que reclamaban  tratamientos. Y, sobre todo, siguió intacto el ardor “negacionista” de Mbeki y Tshabalala-Msimang. 

La ministra se lanzó en una campaña desenfrenada a favor de dietas antisida. Recorrió el país repitiendo: “El ajo crudo y la cáscara de limón, además de embellecer el cutis, son la mejor prevención contra la infección por el VIH”.

La delegación sudafricana encabezada por la ministra se cubrió de ridículo en agosto de 2006 durante la cumbre internacional anual sobre sida que se efectuó en Toronto.

 Mientras cada país exponía documentos sobre experiencias terapéuticas en sus respectivos pabellones, Sudáfrica exhibió un amplio surtido de vegetales en el que destacaban el ajo, el betabel y la papa africanos…

Stephen Lewis, enviado especial de la ONU, en Toronto no se aguantó. Aseveró: “Sudáfrica es el único país cuyo gobierno sigue defendiendo teorías mucho más dignas de una secta lunática que de un Estado preocupado por la salud de su pueblo y compasivo”. 

Voceros del cuerpo científico sudafricano se enfurecieron. Afirmó uno de ellos: “Además de ser grotesca y de sembrar confusión entre los pacientes, la dieta de la ministra es peligrosa, ya que se comprobó que los extractos de papa africana pueden dañar la médula de los huesos de pacientes infectados por el VIH”. 

La propaganda de Tshabalala-Msimang a favor del ajo y del betabel  desató un verdadero arrebato por “dietas  naturales” y “suplementos dietéticos” presentados como única opción contra el VIH/sida. Numerosos pacientes abandonaron su tratamiento para tomar “medicinas naturales”.

Además de provocar la muerte de muchos enfermos, el fenómeno enriqueció a algunos personajes. El más famoso fue Matthias Rath. Ese controvertido médico alemán surgió de repente en Ciudad del Cabo en 2004. Se presentó  como un “llanero solitario” firmemente decidido a enfrentar  “los cánones de la industria farmacéutica que usa a los sudafricanos como conejillos de Indias para experimentar sus drogas químicas tóxicas”.

Creó su fundación y, en 2005, abrió varios centros de salud en townships de Ciudad del Cabo, donde empezó a experimentar su misterioso producto, VitaCell, con portadores del VIH. Actuó sin permiso de las autoridades médicas y dando escuetas informaciones a los enfermos. Llegó al extremo de retribuir a parte de ellos. Unos 200 trabajadores médicos del township de Khayelitsha denunciaron a Rath por  haber logrado convencer a portadores de VIH de dejar sus antirretrovirales.

No pasó nada. Por el contrario, Rath entabló relaciones cordiales  con Mato Tshabalala-Msimang, quien brindó apoyo a su fundación. 

La TAC volvió a desenterrar el hacha de guerra. Enjuició a Matthias Rath y a la ministra. En 2008, después de tres años de dura batalla jurídica, ganó la TAC. Se prohibió al médico que presentara su preparado de vitaminas como tratamiento contra el sida en sus campañas publicitarias.  Al cabo de unos meses, Matthias Rath dejó Sudáfrica para desarrollar sus actividades en América Latina. 

En 2006, la comunidad científica internacional se movilizó de nuevo contra las terribles aberraciones de la ministra de Salud: 80 reconocidos científicos, entre los cuales destacaban los estadunidenses Robert Gallo –uno de los investigadores que identificaron el VIH– y el Premio Nobel David Baltimore, enviaron una petición explosiva a Thabo Mbeki:

“Lanzamos un llamado para que la doctora Tshabalala-Msimang sea retirada de inmediato de su cargo de ministra de Salud y para  que se ponga un punto final a las políticas desastrosas y seudocientíficas que caracterizaron hasta ahora la respuesta del gobierno sudafricano a la epidemia de VIH/sida.”

No fue Mbeki, sino la salud de la ministra lo que la apartó del poder. Afectada por graves problemas de alcoholismo, necesitó un transplante de hígado. Fue hospitalizada a finales de 2006. Perdió oficialmente su cargo en 2008, cuando Mbeki fue obligado a renunciar a la presidencia. Murió en 2009.

El arzobispo anglicano de Ciudad del Cabo, Thabo Cecil Makgoba,  buscó dar sentido al fallecimiento de esa ginecóloga y militante  histórica del CNA convencida de que el Onusida, el Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, así como el TAC y su red de ONG sudafricanas eran instrumentos de intereses neocoloniales y de la industria farmacéutica. 

Expresó Makgoba: “Tenemos que convertir a la muerte de la doctora Tshabalala-Msimang en una  etapa crucial de nuestro camino hacia una futura Sudáfrica liberada del sida”. 

 Recalca Mark Heywood, director de la ONG AIDS Law Project y vicepresidente del Consejo Nacional de Sudáfrica para el Sida: 

“Ahora nos damos cuenta de las consecuencias de las dudas de Thabo Mbeki, quien pasó tanto tiempo preguntándose si existía o no una cosa llamada sida. Nos hizo perder seis años capitales. De 2000 a 2006 no se llevaron políticas de prevención coherentes y dignas de ese nombre. Fue en ese periodo que la epidemia inició su fase de crecimiento exponencial.”

Si bien celebran la determinación de Jacob Suma, el TAC y el conjunto de ONG sudafricanas no esconden su inquietud  y plantean graves  interrogantes. 

En caso de que 80% de los 50 millones de sudafricanos se sometan a diagnósticos de VIH/sida, tal como lo prevé a mediano plazo el Plan Estratégico para Sudáfrica que defiende ahora Jacob Suma, se descubrirá  inexorablemente a nuevas víctimas del virus. ¿Cuántas? ¿Un millón? ¿Más? 

¿Se está preparando desde ahora el gobierno para tener la capacidad de ofrecerles tratamientos?