MONTEVIDEO.- Horas después del frentazo de Sebastián El Loco Abreu ante Costa Rica que le dio el pase a Uruguay para el Mundial de Sudáfrica el 18 de noviembre pasado, todo era algarabía.
Catorce jugadores del plantel se fueron esa misma noche de miércoles a bailar al boliche montevideano Azabache, reducto de salsa y merengue, curiosamente emplazado a una cuadra del estadio Centenario.
Uno de los más divertidos y felices que bailaban al ritmo de Daddy Yankee fue el volante Walter Gargano. Al otro día llegó al aeropuerto de Carrasco para partir a Italia y reincorporarse al Nápoles, con el sentimiento de la misión cumplida. Un periodista del diario El País le preguntó hasta dónde podía llegar Uruguay en el Mundial y, envalentonado por el triunfo de la mítica “garra charrúa”, Gargano se animó a hacer un pronóstico temerario: “vamos a estar entre los cuatro mejores”.
Después se supo quiénes serían los rivales de la celeste en el grupo A: el local Sudáfrica, México y Francia.
Se empezó a hablar del “grupo de la muerte”, aunque los franceses hayan conseguido su boleto gracias a la mano de Thierry Henry, los mexicanos clasificaran sin convencer y los sudafricanos sin ser gran cosa, protagonistas sólo por organizar el certamen. “Nobleza obliga” no era cuestión de presunciones, de sacar el pecho, cuando el conjunto de Óscar Washington Tabárez clasificó de repechaje (una vez más) luego de sufrir hasta el final contra su rival Costa Rica. De hecho, fue el último en obtener su boleto al Mundial.
Pero al aguerrido Gargano no hay quien le quite el optimismo. El miércoles 26 de mayo, luego de que Uruguay venciera en casa a un pobre sparring de Israel en partido de despedida, insistió con su idea y fue aún más lejos: “(Llegaremos) a la final. Si pasamos de fase tenemos que pensar así en un Mundial”.
“El Diego” de los uruguayos
Para la prensa internacional, y para la local, claro, la gran estrella es Diego Forlán. O como lo llama el relator Roberto Moar, “el Diego de los uruguayos”. Luego de ser el héroe del Atlético de Madrid el 12 de mayo en la final de la liga europea con dos goles ante el Fulham inglés (uno agónico), el rubio delantero fue ovacionado por los parciales “colchoneros” al grito de “¡u-ru-guayo! ¡u-ru-guayo!”.
Unos días antes, el 27 de abril, había lanzado ante sus aficionados su biografía ¡U-ru-guayo! y se mostraba desde la portada del libro festejando un gol sin camiseta, para deleite de esas damas que lo idolatran por TV pero no saben explicar la ley del fuera de lugar.
A la semana siguiente de obtener la Copa Europea, al enfrentar al Getafe por la liga española, el furor por él en Madrid todavía era tal que en los quioscos y el estadio Vicente Calderón se pusieron a la venta banderas uruguayas.
El sábado 22 de mayo, Forlán fue el último en sumarse al plantel inicial de 26 jugadores del maestro Tabárez (el hoy director técnico fue maestro de una escuela rural en los años ochenta). Diego llegó cansado y no bien acababa de pisar Montevideo cuando lo acosaron los reporteros, todos esos que no fueron a esperar a Sebastián Eguren, Jorge Malaka Martínez o Álvaro Fernández, los otros “europeos”.
En el partido de despedida de la selección uruguaya, Forlán abrió el marcador para la goleada 4 a 1 a Israel ante 60 mil personas esperanzadas.
No es para menos. Ausente en Alemania 2006, el equipo celeste todavía se jacta de haber obtenido el primer Mundial de futbol, organizado en Montevideo en 1930, y de la hazaña del Maracaná, el gigante carioca repleto con 200 mil brasileños que quedó enmudecido el 16 de julio de 1950 con el 2 a 1 que condenó al arquero Barbosa al ostracismo para el resto de su vida.
Los niños que hoy tienen 10 años nunca vieron a Uruguay en un Mundial de futbol y hoy están excitados con los stickers y el álbum de Sudáfrica 2010. La figurita de Forlán cuesta, para los revendedores callejeros, 40 pesos (dos dólares), lo mismo que la de Messi o Cristiano Ronaldo. Pero un sobre con cinco figuritas en cualquier kiosco vale 10 pesos (medio dólar).
Forlán es, además, el embajador oficial de la Unicef, elegido por los propios niños con más carencias del país. El sábado 29 de mayo condujo un programa especial de televisión para recaudar fondos para los chiquitos necesitados. Trece futbolistas de la selección acudieron en grupo al Canal 10 y le pidieron a los uruguayos que colaboraran con donaciones económicas por teléfono.
El argentino Julián Weich, coconductor del programa, no daba crédito. “¡Con lo que cuesta traer un solo jugador a un programa de estos y acá viene casi todo el plantel a una semana de viajar al Mundial!”, exclamó. El carismático Abreu lo corrigió: “Se ve que no venís mucho por Uruguay, porque el futbolista uruguayo es noble y siempre está para estas causas sociales”.
Rencillas disimuladas
Mucho antes del empate sin goles ante Francia y la goleada de 3-0 a Sudáfrica, pendiente el martes el juego contra México, en el seno de la selección uruguaya no todo era felicidad.
Ya nadie se acuerda de que hace poco más de un mes los futbolistas y las autoridades de la Asociación Uruguaya de Futbol (AUF) se miraban de reojo. El 2 de mayo, el capitán Diego Lugano dijo a la prensa que el plantel estaba “preocupado” por la falta de diálogo con las autoridades del futbol ante sus demandas económicas por viáticos y dinero por presencia en los partidos.
“No hemos tenido casi respuesta ni hemos visto voluntad de diálogo. Hasta ahora no hemos podido solucionar nada y todos los jugadores estamos preocupados”, dijo.
“No queremos estar discutiendo ni corriendo atrás de los dirigentes en plena preparación para el Mundial”, agregó Lugano. “Queremos meternos de lleno en nuestro objetivo; por eso hicimos nuestro planteamiento en diciembre, pero se ve que no hay interés de los dirigentes en solucionar este tema”.
Los de traje y los de pantalón corto llegaron a humo blanco compartiendo un asado, la excusa preferida por los uruguayos para resolver los problemas.
Por el concepto de viáticos (100 dólares por día), el plantel decidió donar lo ganado para la mejora en las instalaciones del complejo Uruguay Celeste, el búnker donde se concentra la selección, ubicado a la salida de Montevideo.
Y los 2 mil dólares de presencia por cada partido jugado los donarán a instituciones de acción social (un ejemplo de la nobleza a la que aludía Abreu). Así las cosas, si Uruguay sólo compitiera en su grupo sin pasar de fase, donará unos 46 mil dólares, aunque la selección tiene prácticamente amarrado su pase a los octavos de final.
Con el acuerdo económico toda la cúpula del futbol y del Estado acompañó a Uruguay en su partido de despedida: desde el presidente de la AUF, Sebastián Bauzá, hasta el presidente de la República, José Mujica, y su esposa, la legisladora Lucía Topolansky. Posaron con banderas junto a Lugano y Forlán, los dos más requeridos por la prensa, la afición y las empresas que los tienen como galanes de comerciales.
Ya antes de la casi calificación celeste a octavos de final el optimismo estaba desbordado, hasta asustar. Aún el equipo en tierras uruguayas, los periodistas deportivos –tan ácidos otras veces– coincidían en hacer notar el buen ambiente que estaba prevaleciendo en un grupo que no mostraba fisuras ni divisiones.
Lo anterior no es poca cosa, sobre todo si se considera que esa unión no se manifestó en el último Mundial que jugó la celeste, en Corea-Japón 2002: se decía que Álvaro Recoba lideraba un grupo y Abreu otro, y ninguno de los dos obedecía las órdenes del director técnico, Víctor Púa. Hoy todos parecen humildes, cariñosos, solidarios.
Como si fuera poco, los delanteros uruguayos llegan en un gran nivel al Mundial: Forlán es doble ganador del Botín de Oro y “pichichi” en España y lleva dos goles en el Mundial; Luis Suárez fue el máximo anotador de la temporada europea con 47 goles para el Ajax holandés, y El Loco Abreu –quien jugó para los Tecos, Cruz Azul, América, San Luis y los Dorados de Sinaloa– es el máximo goleador de los 736 futbolistas que jugarán el Mundial con 305 goles en su carrera, tres más que el francés Henry. Como para ilusionarse…
De todas formas, las expectativas parecen exageradas y anacrónicas. No sólo Gargano cree que Uruguay definirá el Mundial. El zaguero Lugano dijo el 31 de mayo: “hasta que a uno no lo golpeen y lo tiren afuera del campeonato, nadie de acá adentro se va a sacar de la cabeza que podemos ser campeones del mundo”.
Es más, dijo que soñaba todos los días con levantar la copa. El 3 de junio, el diario El Observador hizo una encuesta entre los futbolistas de la selección para preguntarles cuáles serían los primeros cuatro del Mundial. Todos (sí, todos) pusieron a Uruguay entre los cuatro mejores. España, Brasil, Argentina y Alemania tuvieron muchas menciones, pero para Álvaro Pereira, Jorge Fucile, Sebastián Fernández, Martín Cáceres, Sebastián Eguren, Nacho González, Fernando Muslera, Maxi Pereira, Nicolás Lodeiro, Edison Cavani, Forlán, Abreu, Suárez, y, claro, Gargano, Uruguay será el mejor del planeta.
Y no sólo los propios jugadores se tienen fe. La gente también. Según una encuesta de la prestigiosa consultora Equipos Mori publicada en los medios el 22 de mayo, 11% de los entrevistados opinó que Uruguay será campeón mundial; y 25% dijo que estará entre los cuatro semifinalistas; 57% de los encuestados aprobó la gestión del seleccionador nacional, el maestro Tabárez, un hombre serio y aburrido que todavía no tiene asegurada su permanencia en el cargo tras el Mundial.
La euforia que se vive en Uruguay empieza a tener asideros. Al menos ya tienen un pie en la siguiente ronda. l








