Festejo y dolor a la orilla del Sena

Victoria y fracaso en París

En minoría evidente, mexicanos se instalaron al aire libre en territorio parisino y fueron armando la fiesta ante el doloroso silencio que permeaba las gargantas de los franceses. Dominada la vista por la pantalla gigante, a la hora de los himnos se supo de qué lado estaba la convicción. Al final, la derrota a cuestas, los de casa doblaron sus banderas y se limpiaron el maquillaje mundialista. Entonces, la prensa gala iniciaba una extraña competencia por ganar el encabezado más humillante para el equipo de Domenech.

 

PARÍS.- Se reunieron ante la inmensa pantalla instalada a la orilla del Sena y formaron un núcleo verde, de unas 3 mil personas, en medio de una marea azul por lo menos seis veces más numerosa. 

No se dejaron intimidar, ni mucho menos…

En su mayoría eran jóvenes que estudian en París, pero había también turistas que estaban de paso y familias radicadas en esta capital.

Llegaron al Trocadero por grupitos a partir de las siete de la tarde, con el rostro pintado de verde, blanco y rojo, enarbolando camisetas y gorras, moviendo banderas compradas por cinco euros a enjambres de vendedores africanos aglutinados cerca de las salidas del metro o de la entrada a la explanada, vigilada por policías y guardias privados.

Dedicaron la hora que precedió al arranque del partido a cantar México lindo y querido. Aullaban: “¡Sí-se-puede!”, y desafiaban con mucho humor a los franceses: “¡Esta noche vamos a comer crepas!”. 

Al enterarse de la presencia de la corresponsal de Proceso en sus dominios decidieron acabar de una vez por todas con la imparcialidad periodística que ésta pretendía encarnar. En menos de dos minutos las mejillas de la reportera se cubrieron de verde, blanco y rojo. Alrededor del cuello se le ató la bandera de la serpiente y el águila con la prohibición formal de quitársela.

Todo empezó con el Himno Nacional, cantado por los mexicanos con energía y convicción, que contrastaron con la inhibición de los franceses cuando sonó La Marsellesa. 

Luego llegó el octavo minuto: Rafa Márquez estuvo a punto de meter un gol. Se calentó el ambiente. Se formó una ola. Se gritó: “Gol, queremos gol”.

Diez minutos más tarde Salcido volvió a despertar esperanzas entre los mexicanos, encantados por  la combatividad de sus jugadores. El mismo Salcido se lució al minuto 27. A partir de ese momento los 3 mil mexicanos del Trocadero entendieron que podían ilusionarse.

Entonces volvieron a entonar: “¡Sí-se- puede, sí-se-puede!”, animados por un deseo inmenso de ser felices. Nadie hubiera podido callarlos. Y nadie, por  cierto, intentó hacerlo. Por el contrario, asombrados ante su efervescencia y cada vez más preocupados por el juego confuso de su equipo, los aficionados franceses miraban con envidia y admiración a estos suporters que creían en su selección y la apoyaban apasionadamente.

Justo antes de que terminara el primer tiempo, cuando El Conejo Pérez logró parar un tiro de Anelka, los mexicanos, exultantes, contagiaron a la reportera, que gritó con ellos: “¡Portero, portero, portero!” Todos esbozamos pasitos de un baile difícilmente identificable. ¿Danza de los concheros? ¿Mambo? ¿Hip hop? Poco importaba. 

Corrió bastante cerveza durante el medio tiempo. Y ocurrió algo curioso: jóvenes franceses de segunda generación –de origen magrebí y del África negra–, que inicialmente apoyaban a Francia, empezaron a alejarse de los aficionados azules y emprendieron un repliegue estratégico hacia el círculo mexicano.

Ellos también cantaron, como pudieron, Cielito lindo, se interesaron en  expresiones triviales como “culero” o “puto”, que brotaban de vez en cuando. Y también quisieron saber por qué los mexicanos gritaban “Chicharito” a cada rato.

Empezó el segundo tiempo. Al minuto 54 y al 55 tembló la raza. Pero el arquero Pérez se mostró a la altura. “¡Portero, portero, portero!”, volvieron a gritar mexicanos y magrebíes mientras los franceses vituperaban contra Franck Ribéry, Florent Malouda y sobre todo Raymond Domenech, cuyo rostro petrificado aparecía a menudo en la inmensa pantalla.

Llegó el primer minuto histórico de la noche. El gol del Chicharito Hernández. Fue abrumador el contraste entre el silencio aterrado de 20 mil franceses y la explosión de júbilo de los mexicanos. Hay quienes afirman que sus gritos hicieron temblar la torre Eiffel… ¿Por qué no? ¡La metáfora es tan bonita!

En todo caso hubo abrazos, risas, cantos, agradecimientos a la Virgen de Guadalupe, rezos y, de nuevo, “¡Sí-se-puede, sí se puede…!”. De pie, tensos, fascinados, esperanzados, los mexicanos parecían hipnotizados por sus muchachos. Les coreaban con sonoros olés cada iniciativa, cada toque de balón, cada brecha abierta en la defensa adversaria. Celebraban su entrega total, su determinación de brindar una victoria a su país. 

El apoteosis llegó al minuto 79, cuando Cuauhtémoc Blanco le dio la estocada final a la selección francesa deshecha, desanimada, humillada. 

“Dios existe”, arriesgó una señora de rodillas. Algunos se persignaron al oírla. “Sí se pudo”, cantaban todos, al tiempo que se tomaban fotos con sus banderas, cuidando que se viera al fondo la torre Eiffel. Unos cuantos se dejaban entrevistar por los equipos de radio y televisión de Francia. Otros preguntaban: “¿Dónde están los francesitos que nos iban a ganar?”

 

“Gracias por la lección”

 

Tan aplastante fue la victoria de México, tan lamentable fue el juego de la selección gala, que los aficionados franceses –quienes suelen ser muy chovinistas– tuvieron que demostrar un poco de fair play. Doblaron sus banderas y las escondieron en sus bolsillos, se limpiaron el rostro de pintura azul, blanca y roja, y algunos incluso se deshicieron de sus camisetas azules antes de abrazar a los mexicanos para felicitarlos.

Sólo tres estaciones del metro separan el Trocadero de los Campos Elíseos. Los mexicanos no lo pensaron dos veces, la mayoría se dirigió a la “avenida más bella del mundo” para celebrar “su” victoria. La recorrieron desde el Arco del Triunfo hasta la plaza de la Concordia, en grupitos, sin alboroto. Unos cuantos agitaban su bandera, otros caminaban orgullosos con su camiseta verde. 

A las 12 de la noche, en esa víspera de verano, los Campos Elíseos están atascados de turistas, las terrazas de cafés y restaurantes se llenan, la gente se pasea y se divierte. En esta ocasión, la sola vista de un aficionado mexicano provocaba reacciones agradables. Franceses y extranjeros brindaban por “los valientes mexicanos”. Saludaban su juego “combativo sin agresividad” y su “ansia de ganar”. Llovían elogios: Vous l’avez mérité . Merci pour cette leçon de jeu collectif. Merci pour votre jeunesse. Bien merecido. Gracias por esa lección de  juego colectivo. Gracias por su juventud.

Los mexicanos que bajaban y subían por los Campos Elíseos se saludaban, cómplices. Algunos de ellos confesaron a la reportera que, en medio de tantos horrores que vive el país, esa gotita de felicidad era un bálsamo para el alma.  

Los estudiantes se mostraron más radicales. Todos hablaban al mismo tiempo y su mensaje era el mismo. Lo sintetizó Ernesto, quien prepara una maestría de sociología en la Sorbona:

“Es nuestra victoria. Es la victoria de los mexicanos, no la de Calderón y de su gobierno corrupto, metido en el narco hasta el tuétano. Lo que demostraron los muchachos del Tri es que el pueblo mexicano es capaz de hacer  cosas grandes, que tiene tripas, que sabe honrar y amar a su país. No debemos permitir que los políticos, cualquiera que sea su color, PAN, PRI o PRD, se apropien de nuestra victoria.”

De regreso a su casa, ubicada en un barrio popular del este de París, con el rostro pintado de verde, blanco y rojo, y con su bandera mexicana alrededor del cuello como si fuera un rebozo, la corresponsal vivió también su minuto de gloria en el café Bereber que frecuenta desde hace 20 años.

La clientela de ese lugar típico de las áreas multiculturales de París es muy variada, tanto en el aspecto social como en el étnico, pero todos le iban a los azules. A imagen y semejanza de toda Francia, todos aquí aplaudieron la proeza del Tri y pidieron un regalo: la bandera mexicana, que ahora adorna uno de los muros del café. El dueño prometió pegar a su lado un letrero que precisara: “En México no sólo hay narcos”.

 

Desamor a Francia

 

El respeto entusiasta que despertó el Tri en Francia es inversamente proporcional al oprobio que se abatió sobre la selección francesa. La prensa nacional y la de provincia se lanzaron en una extraña competencia por ganar el encabezado más humillante para el equipo de Raymond Domenech: “¡Indigno!” “¡Lamentable!” “¡Patético!” “¡Los azules en el fondo del abismo!” “¡Pesadilla azul!” “¡Farsantes!” “¡Los azules ya no tienen nada que hacer en Sudáfrica!”, son algunos de ellos.

Ganó ese concurso el diario L’Equipe, biblia de los aficionados franceses del deporte, con un latigazo de ocho columnas: LES IMPOSTEURS (los impostores). El editorial de ese matutino, firmado por su jefe de redacción, Fabrice Jouhaud, ilustra el desamor absoluto de los franceses hacia su selección:

Esta mañana Francia contempla un campo en ruinas: su equipo nacional. 

Corazón apretado. Algunas lágrimas. No… Los Azules ni siquiera merecen eso. Nada de tristeza. Nada de desolación. Y sobre todo ninguna sombra de enojo. No hay que dar demasiada importancia a estos hombres incapaces de regalarnos algo.

Es cierto, matemáticamente siguen teniendo una esperanza ínfima de calificarse si se dan ciertas circunstancias… A lo mejor acabarán campeones del mundo y odiarán para siempre a nuestro periódico. Pero francamente nos vale madre. Porque precisamente el valemadrismo es su bandera, es la única bandera  bajo la cual ese equipo fue capaz de reunirse. 

Sigue Jouhaud:

Si ese equipo se burla de todo y de todos, pues llevemos el juego hasta el extremo. Y nosotros también nos vamos a burlar de ellos y aprovecharemos la oportunidad para enseñarles a nuestros hijos la relatividad de todo lo que concierne el deporte.

Burlémonos de Raymond Domenech sofocado por su ego y rebasado por el ego de sus jugadores. Burlémonos de la decisión del entrenador de dejar fuera del juego a Thierry Henri, el mejor goleador de toda la historia del equipo de Francia. Riámonos de estos cuadros, como Franck Ribéry, William Gallas o Nicolas Anelka, que se consideran superiores a todo el mundo. Hay que divertirnos con su arrogancia, que sólo es igual a su ignorancia.

Más didáctico, el experto del vespertino Le Monde, Gérard Davet, recalca:

 Hay clanes en el equipo de Francia: el de los negros de origen antillano,  el de los negros de origen africano, un tercero de los blancos, un cuarto de los musulmanes, un quinto de quienes juegan fuera del país, y el ultimo, el de los que se desempeñan en clubes franceses… El mundo del fut se parece a la sociedad francesa… profundamente dividido.

Insiste L’Equipe: “No sólo hay clanes, sino que éstos no se soportan entre sí y dedican más tiempo a grillarse que a jugar futbol”.

En el último metro de la noche, con su arrugada bandera azul, blanca y roja, una pareja de aficionados galos se desahoga con la reportera:

“La mayoría de nuestros jugadores sólo se interesa en los contratos multimillonarios que firman con grandes empresas o con sus clubes. Ya no son futbolistas, son mercenarios. No los motiva en lo mínimo representar dignamente a Francia en esa competencia mundial. Son vulgares, ordinarios, indecentes. No nos hacen soñar. Se parecen a Sarkozy…”.    l