Sabedores de que quizá sería su última oportunidad en suelo mundialista, los mexicanos convirtieron el estadio Peter Mokaba en territorio azteca. Difíciles de igualar en el ingenio, el disfraz y el albur, tundieron a los franceses, compañeros de espacio, que al final de esa noche sudafricana salieron a cuestas con una doble derrota: en la cancha y la tribuna. La mujer vestida de vaina, el chile convertido en lanza verbal, la orden del coro pidiendo el ingreso del Chicharito… Protagonistas, al menos por una vez, en un triunfo que había sido testamentado por la costumbre como derrota.
POLOKWANE.- Cuando Marta, de 40 años, le encargó a su hijo José Carlos que le consiguiera un disfraz de chícharo para llevarlo al Mundial, le hacía caso a una premonición.
La noche del jueves 17, cuando por primera vez México derrotó en un partido oficial a Francia, esta mujer nacida en Torreón pero avecindada en Los Ángeles desde hace dos décadas, era una vaina viviente envuelta en una tela verde que la cubría de pies a cabeza; sólo su rostro asomaba del empaque del que colgaban grandes esferas del mismo tono y la hacía caminar con los pies juntos. “Son los chicharitos que se salen”, explica Marta, sonriente. Sobre su pecho, un letrero: “Chicharito, soy tu madre”.
Al minuto 64, cuando Javier Chicharito Hernández materializó los sueños de esta familia de migrantes, Marta no cabía de la emoción y tampoco en el traje verde. Quería brincar y aplaudir, pero la cáscara telar que la envolvía apenas le dejaba mover sus manos pegadas al cuerpo. Sólo se sacudía como podía.
“¡Para que veas que aquí está tu madre y te está apoyando! ¡Ese es m’ijo!”, se desgañitaba Marta. Y José Carlos la secundaba: “¡Goool de mi carnaaaal!”
En la grada, la raza vestida de verde ondeaba una bandera de Francia con el escudo nacional mexicano grabado en el centro. El símbolo de la conquista azteca.
El general Charles de Gaulle aseveró alguna vez que es muy complejo gobernar un país donde existen 246 variedades de quesos. La filosofía del mexicano es menos complicada, pero harto condimentada: es difícil derrotar a un país donde hay tantas variedades de chile. “Chipotle, morita, pasilla, serrano, poblano, ancho y parado, que es el que más pica. De ese le dimos hoy a los pinches franceses”, gritó un carapintada tricolor, jalándole la grabadora a la reportera.
“¡Francia va a probar el chile nacional!”, coreaba la tribuna cuando aún no caían los goles de Javier y Cuauhtémoc.
Les bleus llegaron a su segundo partido en Sudáfrica con todo en contra: la sombra de que calificaron al torneo por una mano tramposa de Thierry Henry; el odio de la prensa de su país, que trae a periodicazos al equipo; las críticas de la ministra del deporte, Rama Yade, quien cuestionó los lujos exagerados de los seleccionados –“rayan en el insulto”, dijo–, que el equipo se da cuando Francia atraviesa por una tremenda crisis; que el entrenador Domenech, sin importar las cuentas que entregue, ya tiene relevo en la figura de Laurent Blanc, y de la imperiosa necesidad de la Selección Mexicana de acabar con la historia de derrotas futboleras.
Los propios franceses hicieron escarnio de la forma en que su selección consiguió el boleto a la justa mundialista en noviembre pasado. El pase que el barcelonista Henry puso con la mano para el zaguero William Gallas y que, a la postre, dejó fuera del Mundial a Irlanda, fue pretexto para alzarle un monumento a la ignominia. Llegaron al estadio Peter Mokaba con manos gigantescas hechas de cartón y hule espuma con un balón pegado en la punta y pancartas en las que se leía: “Ésta es la mano de Henry”.
Los mexicanos, con más picardía, recordaron tan deshonroso detalle: “Henry, give me a hand, but with your sister. Vive le Mexique” (Henry, échame una mano… pero con tu hermana. Viva México). “Henry, venga esa mano amiga, pero a-mi-garrote”. Otro menos ocurrente: “Please, tie the hands to Henry” (Por favor, amárrenle las manos a Henry).
Pero Henry se quedó en la banca. Ahí estaba, envuelto en una gruesa cobija para capotear el frío al lado de Yoann Gorcuff y de Mathieu Valbuena, tres de los siete delanteros del cuadro francés que, desde finales de 2009, no han marcado un solo gol. Todos contemplaban a Frank Ribery echándose un desesperado solo el día en que debía tocar la orquesta.
Y el estadio aulló
México apostó desde el inicio del partido por la victoria. Javier Aguirre, aferrado a su estilo de juego, se paró igual que ante Sudáfrica, salvo que sentó a Paul Aguilar, recorrió a Ricardo Osorio a la banda derecha y puso a Héctor Moreno como central por ese lado. En la primera mitad, los tricolores llegaron a placer. Si no era Giovani, era Vela, o Franco o Salcido. La zaga francesa tenía más hoyos que un queso roquefort, pero los mexicanos, erráticos, fieles a su costumbre, no podían definir.
“Padre Cuauhtémoc que estás en Sudáfrica, bien acertados sean tus pases, abre la cancha tanto a Torrado como a Guardado, vengan tus centros a Giovani como al Venado, hágase tu cuauhtemiña en el área como en el centro, perdona al Guille como nosotros perdonamos a Aguirre, no te dejes caer en la provocación y líbranos del cero a cero. Amén”, rezaban los mexicanos en la tribuna una letanía que se daba vuelo en internet.
El imberbe Carlos Vela le disputó en el medio terreno un balón al experimentado Jeremy Toulalan del Olympique de León, quien finalmente lo perdió con el aguerrido Gerardo Torrado, pero el daño ya estaba hecho. Vela, de inmediato, se llevó la mano al muslo derecho. Salió del terreno para recibir atención médica. Aguirre le preguntó: ¿cómo estás? Y el chico asintió con la cabeza. No se atrevió a decir: mal.
El árbitro saudí, Khalil Al Ghamdi, le autorizó entrar al campo, pero Vela se quedó parado a un costado de la línea central, frente a la banca de México. Dio un pasito. Se tocó el muslo derecho. Agachó el tronco. Se dolía. Hacía gestos. Entretenidos en la jugada que se realizaba del otro lado del campo, nadie lo miraba. Hasta que se desplomó en el césped. Se acostó y ya nunca se soltó la pierna. Manuel Vidrio fue el primero en verlo. Corrió hacia él y le gritó a Aguirre.
“Verga, es Vela. Ya no puede”, soltó alguien en la tribuna.
Pablo Barrera se aceleró para calentar apenas en dos minutos. Seguro en el prólogo de su debut mundialista le alcanzaron los segundos para acordarse cuando no tenía ni para el pasaje de su casa en Valle Dorado, Tlalnepantla, hasta Ciudad Universitaria, cuando se aventaba casi tres horas en microbús para llegar a entrenar; porque este chico “hecho en C.U.”, que Memo Vázquez padre apoyó incondicionalmente, soñó con Sudáfrica desde que en 2005 jugó su primer minuto con los Pumas.
Y mientras Pablito soñaba y calentaba, en la tribuna le echaron una goya que se ganó sonora rechifla. “No mamen, cabrones; es la Selección, no los pinches Pumas”.
“La ola, la ola, la ola”, arengaron unos enjundiosos. “La ola es para putos”, fue la homofóbica respuesta.
Grada 506. Una pareja de franceses parecían extraviados entre los mexicanos. Eran lo único azul, blanco y rojo en toda esa zona donde los clientes de la agencia de viajes Mundomex se sentaron. Usaban pelucas rizadas y teñidas con los colores de su bandera. Orgullosos entonaron La Marsellesa, pero de a poco se fueron empequeñeciendo por la inoperancia de Francia y la ofensiva de México.
Salomón, del Distrito Federal, sentado detrás de ellos, degustaba una bolsa gigantesca de papas fritas; se echaba un puñado a la boca y después se sacudía la mano sobre las cabezas de los franceses. “Tengan, tengan, tengan. Hay que echarles la sal”, decía alegremente el muchacho. Los gachupines ni enterados.
En la segunda mitad, el llamado jugador número 12 que cada vez tiene más tintes de entrenador número 2, le exigían al Vasco Aguirre la presencia de Javier Hernández en la cancha.
“Que meta al Chicharito, que meta al Chicharito”, clamaban los mexicanos.
“El Chícharo es virgen”, vociferó un güerito de ojos claros, chilanguísimo. Estallan las carcajadas. Uno que se rió, pero no entendió la broma, preguntó, inocente, dónde estaba el chiste. “¿No ves que tiene como 14 años? A esa edad todos son vírgenes”, explicó otro. “No hables en plural, cabrón”, lo corrigieron.
Como si Aguirre hubiera escuchado desde la banca la sugerencia, mandó a calentar al número 14. Javier Hernández, El Chicharito del Manchester, el de los 10 goles con las Chivas. El hijo del Chícharo Hernández, el nieto de Tomás Balcázar.
A los 10 minutos, el aludido recibió un pase filtrado de Rafael Márquez. Javier Hernández estaba increíblemente solo. El estadio entró en una zona de silencio, entre esperando una bandera arriba y un no lo puedo creer. Durante un segundo nadie respiró, nadie parpadeó. Chicharito regateó al arquero Hugo Lloris. Con el marco abierto, anotó el primer gol de la noche. El estadio Peter Mokaba aulló de alegría.
El gol del “Temo”
“El Chícharo no es virgen, es como la Virgen. Es un santo”. “Goool, cabrones; goool. ¡A güevo!”. “¡Llámenlo Chicharoooooteeeee!”.
Ya nadie volvió a sentarse. En Polokwane, México era local. La grada pintada de verde. Las vuzuzelas jugando a su favor. Banderas chiquitas y grandotas, nuevas y viejas danzaban en el aire helado. Todos brincaban y cantaban, menos el aficionado del asiento 219 de la fila P. El anónimo personaje yacía ebrio, noqueado por tanto alcohol, con un hilo de baba que a ratos llegaba al suelo.
La zaga francesa, una de las mejores del mundo, ya estaba descompuesta. Domenech, fanático de la astrología, no supo a qué astro recurrir para ordenar a Evrá, Abidal, Gallas, a Sagna… hasta que Abidal derribó a Pablo Barrera cuando se fugaba por la derecha. Penal. Otra vez el rugido de felicidad. “Ese gol es de Cuauhtémoc”, se anticipó en la tribuna.
“Échenle sal al animal, pa’que no falle ese tiro penal”, cantaba la fanaticada con las manos extendidas, que movían de un lado a otro.
Blanco, resucitado en la Selección por obra y gracia de Javier Aguirre, fue inmisericorde. Tomó vuelo y tiró raso y colocado al ángulo inferior de derecho.
Volaron decenas de botellas de plástico color ámbar y regaron la cerveza como una ligera llovizna. Se escucharon clarito los acordes del Cielito lindo, que emergían de una tribuna acompasada que se movía de un lado a otro. “Perfume, jabón y fragancia, que chingue su madre Francia”.
Un par de mexicanos que usaban máscaras de látex con las caras de Javier Aguirre y Giovani Dos Santos que compraron en el mercado de Coyoacán emulaban a los que se abrazaban en la banca. Otro, con el rostro y el cabello blanco de Raymond Doménech, bramaba con la voz torpe por tanto alcohol: “Soy bien pendejo”.
Cuando El Temo sentenció el partido, en la euforia, un amigo de Salomón que usaba un sombrero de palma de soyate le extendió la mano a uno de los huéspedes de la afrancesada grada 506, cincuentón él. Molesto, el hombre se resistió. Escondió su brazo por un costado y le espetó algún insulto en su idioma.
“¿Queeé? ¿Por qué se enoja? Si sólo me quería presentar: Me llamo Pique y me apellido Selano, o sea, Pí-quesel-ano”. El francés, por supuesto, no entendió.
“No, no, déjalo. Está enojado”, Salomón llamó al orden a su cuate. “¡Sorry, eh, sorry!, ya está borracho, está drunk”. Después, Salomón se le quedó viendo y a él y a su pareja y les recitó esa frase tribunera: “¿Saben qué? ¡Mejor chinguen a su madre! ¡Y bésenla, béeesenla”, les decía, mientras les acercaba una bandera tricolor.
“En dónde están, en dónde están, los francesitos que nos iban a ganar”, cantaba y bailaba Antonio Vázquez, quien durante 90 minutos cargó un penacho que pesa siete kilos y trajo desde Ocotlán de Morelos, Oaxaca. Dice que lo usará se nuevo para bailar en las festividades de la Guelaguetza algún lunes de julio, cuando haya terminado el Mundial.
–¿Está contento por el gol que anotó Cuauhtémoc?
–No, si el Temo no ha anotado gol.
–Acaba de cobrar el penal.
–Ah, ¿fue él? Perdón, eh. Es la emoción porque va a ganar México. Fíjese que sí estoy contento, pero no satisfecho, ¿eh? Ahora tenemos que ganarle a Uruguay también para ser primeros de grupo y evitar a los malditos argentinos.
“¡Francia ya probó el chile nacional!”; “¡Francia ya probó la riata nacional!”, celebraban los mexicanos.
“¿No que somos ratones? Ahí les va su quesote, pendejos”.
Si hace 60 años Winston Churchill aseveró que un país que produce casi 360 tipos distintos de queso no puede morir, la noche de este jueves 17, al menos en el futbol, Francia quedó agónica a manos de la Selección Mexicana.
A la conferencia de prensa, el entrenador Raymond Domenech apareció desencajado, con los ojos acuosos. La sala de conferencias parecía un velatorio y el entrenador francés el deudo a quien nadie quiso dar el pésame.
“Estoy abatido. Necesito encontrar las palabras para expresarme. No sé qué decirle a mis jugadores, es una verdadera decepción para todos los que creían en nosotros. Es un fracaso de la selección francesa esta noche”, confesó.
Por lo pronto, México cumplió ante Francia. ¡Voilà! l








