¿Una victoria mundialista es sólo eso? Imposible de encapsular en el rectángulo verde, el escritor Juan Villoro escudriña en el más allá y entreteje un rojizo país con las taquicardias futboleras que genera una selección nacional. Al fin y al cabo, como dice el cronista, mientras la gente celebra, las ametralladoras se recargan.
El jueves 17 de junio dos cuerpos fueron hallados en el kilómetro 89 de la autopista México-Cuernavaca. Habían sido maniatados con cinta aislante y tenían los ojos vendados. No lejos de ahí apareció una narcomanta del cártel del Pacífico Sur deslindándose de otros homicidios: “Nosotros no matamos inocentes”. En Ciudad Juárez, grupos armados ultimaron a 12 personas; una de ellas cayó frente a las oficinas del gobierno del estado. La fachada fue alcanzada por las balas. En esa misma ciudad se detuvo a una banda de secuestradores, Los Rojas. Uno de sus miembros es policía municipal. Cinco personas murieron en tres balaceras distintas ocurridas en Durango. En la carretera La Piedad-Zamora fue acribillado un hombre. El cadáver tenía un mensaje firmado por el cártel de La Familia: “Éste era nuestro, pero es lo que va a pasarle a todos los bandidos”.
Además, ese día México le ganó a Francia.
¿Quién triunfa cuando triunfa la Selección? La pregunta debería ser innecesaria. Por desgracia, no lo es. El presidente Felipe Calderón, la campaña de Televisa Iniciativa México y la desbocada propaganda que asocia los más diversos productos con el alma nacional, consideran que el Mundial sirve para negar la realidad. Mientras la gente celebra, las ametralladoras se recargan.
Enrique Vila-Matas tomó dos frases del diario de Franz Kafka, escritas el 2 de agosto de 1914, y las unió de esta manera: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, fui a nadar”. Las turbulencias de la historia coexisten con la vida privada. Tenemos derecho a celebrar el merecido triunfo de la Selección (entre otras cosas porque no sabemos cuándo llegará otro). Lo extraño es que el gozo íntimo, la patria idéntica a su “espejo diario” que quiso López Velarde, repercuta en la estratósfera de los negocios multinacionales. El jueves 17, los empleados de Banamex llevaban puestas camisetas de la Selección. ¿Significaba eso que harían descuentos solidarios en las comisiones que cobran a los cuentahabientes? Por supuesto que no. El mensaje era otro: si gana la Selección, gana este banco, es decir, Citygroup Inc., es decir, unos pálidos señores que no hablan español. ¿Sabrá el CEO de ese megaconsorcio quién es el Chicharito?
Mixtificación financiera: una voz que parece salida del Concilio del Vaticano pronuncia el credo litúrgico de Banamex, el banco extranjero que “sí cree” en Torrado, Cuauhtémoc y los otros.
Una lógica perversa define el apoyo oficial y comercial al Tri. Javier Aguirre se lo confirmó a la revista Expansión: “Te dicen que hagas eso. A mí no me pusieron una pistola antes de firmar. Yo no soy actor, pero vienen y te dicen: ‘La camiseta quiere un eslogan. Dilo. Eso me dicen: ‘Televisa quiere un eslogan. Dilo’. Es así. Yo podría decir que no, pero ya no sería técnico de la Selección. Está clarísimo”. Rehén fuera de la cancha, Aguirre ha jurado que no lo es dentro de ella.
En el Mundial de 1978, César Luis Menotti trató de hacer patinaje artístico para justificar que alguien como él, con reputación de izquierdista, dirigiera a la selección argentina durante la dictadura militar. Según su versión, antes de salir a la final, pidió a sus jugadores que no vieran al palco de los generales, sino a las gradas superiores, donde estaban los mecánicos y los panaderos. Este efecto de distanciamiento, quizá tomado del teatro brechtiano, no fue registrado por los medios, ocupados en otra cosa. Durante el Mundial, la dictadura contrató a agencias de control de opinión para que la prensa internacional se concentrara en el futbol y no hablara de la represión: los goles desaparecieron a los desaparecidos.
La Selección Mexicana no enfrenta una disyuntiva tan dramática. Sin embargo, en televisión aparece como un producto de supermercado que se entrena a fondo para vender yogures y como el ejército de propaganda de un gobierno que aspira a que el esplendor en la hierba sustituya a lo que no encontramos en las calles. Detrás de esta manipulación hay jugadores que valen la pena y por momentos se ponen a la altura de uno de los mejores públicos con los que cuenta el futbol.
En este ambiente, en el que es difícil separar los hechos de su patrocinio, resulta difícil encontrar coherencia. Los comentaristas que apoyaron la decisión de La Volpe de excluir a Cuauhtémoc Blanco del Mundial de Alemania celebran que ahora el crack esté presente con su talento y su experiencia. Como en Alicia en el país de las maravillas, todo significa dos cosas distintas: primero México está jodido, luego es un ejemplo para el mundo.
En medio de una guerra no declarada, la Selección trae buenas noticias. El júbilo legítimo se une a la distorsión de los sucesos.
“No marques: haz sándwich”
En las pausas del Mundial atestiguamos una batalla surrealista en la que un cereal lucha por ser más patriota que una cerveza. Pan Bimbo, que en tiempos nobles hizo espléndidas campañas con su Osito, confundió la publicidad con el autogol. En su video, los jugadores de la Selección aparecen bailando al compás de una melodía (hay que decirle de algún modo) hecha con un instrumento que suena a bomba de insecticida. Ahí Rafa Márquez enfrenta una disyuntiva: el gran zaguero sostiene en una mano un balón y en la otra un sándwich. Parece dudar ante dos formas del deseo. ¿Qué hace? Arroja el balón y se queda con el sándwich. El mensaje es un tiro en el pie: “Olvídate de jugar”. En vez de simular que Bimbo es tan energetizante que ayuda a marcar goles, se presenta como alternativa para abandonar el futbol.
Y luego está el caso de Corona. Sabemos de su importancia como patrocinadora de equipos y estadios. Sin embargo, ¿era necesario reunir al Vasco y los suyos en un vestidor para tomarse de las manos como un pretexto para beber alcohol? La dramaturgia debería concentrarse en la afición, que se emborracha legalmente mientras los héroes chutan. Si las cámaras entran al vestidor en nombre de Corona, parece que en los lockers se están enfriando chelas. Si alguien no pasa el antidoping, sabremos por qué fue.
Otro defensor de la identidad nacional es Toyota. Su discurso en pro de los valores y las tradiciones resulta interesante hasta que el espectador se entera de que el patriotismo sirve para comprar camionetas japonesas.
A esta fantasmagoría se une la campaña Iniciativa México. La nación tiene tres carencias esenciales: seguridad, justicia social y delanteros. Sin embargo, Televisa piensa que el narcisismo es la forma más alta de la autocrítica y que las carencias se resuelven gritando: “Somos lo máximo”.
En esta maraña de engaños apareció un comercial estupendo, filmado por Alejandro González Iñárritu: “Escribe el futuro”, de Nike. En tres minutos y 20 segundos narra las consecuencias mundiales de una jugada. El efecto es tan poderoso que se acerca más al arte que a la publicidad; no parece un medio para un fin (vender zapatos), sino un fin en sí mismo. Sin embargo, el caprichoso Dios de las canchas decidió castigar a quienes juegan mejor en los comerciales que en los estadios. El anuncio del Negro González Iñárritu ha propiciado lo mismo que otra joya de la cinematografía, Blade Runner. Para financiar sus costosos efectos especiales, Ridley Scott permitió que numerosas empresas se anunciaran en la ciudad futurista donde ocurre la trama. Curiosamente, las marcas que apostaron por iluminar el porvenir entraron en crisis después de la película y algunas desaparecieron. A la “maldición de Blade Runner” se une la “maldición del Negro”. Los protagonistas de su excepcional anuncio están en apuros: Ronaldinho no fue convocado al Mundial, Drogba se fracturó antes de la justa, Cannavaro cometió un error que permitió el gol de Paraguay, Cristiano Ronaldo no brilló y fue amonestado, Rooney y Ribéry pasaron de incógnitos en sus primeros partidos. Naturalmente, es posible que alguno de ellos se redima. Por el momento, han sido amonestados por una deidad celosa del oficio. Una secreta ley de las compensaciones rige al futbol: el que se luce demasiado en un comercial, lo paga en la cancha.
El partido
México jugó con enjundia ante Francia. Un equipo brioso, que achicó los espacios y controló el balón. Nada debe empañar este “momento Zaragoza”. Por primera vez, Francia se rindió ante nuestros goles.
El Chicharito Hernández anotó con aplomo y Cuauhtémoc con maestría. Dos vertientes del futbol mexicano se unen en estos jugadores. El futuro, que dependerá de la técnica y la velocidad, y el pasado, custodio de una picardía que acaso desaparecerá del Tri.
Aunque no se puede rebajar la alegría ni el mérito de vencer al subcampeón vigente, hay que ponerle cierta dosis de sensatez a la victoria. Crónica de una tarjeta anunciada: el hiperventilado Efraín Juárez empujó a un contrario y se perderá el partido contra Uruguay.
Pasemos revista a las tropas enemigas. Francia es un equipo en el que impera un ambiente similar al de las barricadas de la Comuna de París, donde la gastronomía incorporó menú de ratas. Poco antes del Mundial, se anunció que el entrenador Domenech, eminente astrólogo que no visita a los peluqueros, será sustituido por el exmundialista Laurent Blanc. El técnico llegó al banquillo en trance de jubilación. Lo mismo puede decirse de la mayoría de los jugadores, que discuten en el vestidor más que Sartre y Camus. Desarticulados y faltos de ritmo, en 90 minutos no inquietaron una sola vez al Conejo Pérez, por logros de la defensa, pero también por apatía y falta de imaginación para atacar.
La prensa internacional juzgó que el gol del Chicharito fue discutible. Se trata de esa clase de jugadas apretadas que se vuelven legítimas por decisión del árbitro. En cuanto al pénalti, era obvio que iba a ser marcado por un juez tan rigorista como el saudiárabe Gandhi, obsesionado por la no agresión. Otros silbantes se lo hubieran comido. Esto no significa que el triunfo haya sido una chiripa. El Tri dominó el partido de punta a punta y ganó con justicia, pero sólo creó unas tres opciones de gol en jugada. Lo nuestro, una vez más, fue el control sin mucha profundidad.
Sigue sorprendiendo que Aguirre apueste por El Guille Franco, excelente preparador de jugadas que no concluye. Esperemos que el gol del Chicharito lleve a modificar la ensalada.
Aficionados pirata
En este planeta incierto, China ha roto récords de crecimiento económico sumando defectos sociales. El gobierno prohíbe las huelgas al mismo tiempo que estimula el capitalismo salvaje y fomenta la piratería: disciplina férrea, competitividad desbocada, calidad tramposa. No es éste el sitio para analizar en detalle las fisuras del modelo chino. Lo interesante es que aportó al Mundial algo que no se había visto: los aficionados pirata.
Corea del Norte viajó a Sudáfrica sin porra que la respaldara. Entonces los chinos entraron en acción. Cuando las omnipresentes cámaras de la televisión enfocaron el graderío, apareció un contingente vestido de rojo. No se trataba de coreanos, sino de chinos disfrazados. De acuerdo con la agencia EFE, el Comité de Deportes de Corea del Norte pidió auxilio para respaldar a los suyos, conocidos como los chollitas (caballos alados similares a pegasos). En un gesto de solidaridad, la empresa China Sports Management contrató a un centenar de chinos para actuar como coreanos. Es posible que hayan salido de las lavanderías y los restaurantes cantoneses de Sudáfrica. Como Corea del Norte no tiene emigrantes que conserven su nacionalidad y carece de recursos para mandar aficionados tan lejos, tuvo que recurrir a esta mascarada. Si el símbolo del equipo es el pegaso, animal híbrido –ni caballo ni ave–, no resulta tan ilógico que los coreanos de hueso colorado sean chinos.
Esto ha desatado sospechas acerca de otros países que ejercen la piratería: ¿Entre los fanáticos de Honduras habrá mexicanos pirata? Si el Tri es eliminado, los miles de paisanos que están en Sudáfrica se clonarán como porristas de otro país.
En un momento en que un coche japonés anuncia nuestras raíces, no sería raro que algunos fanáticos consideraran patriota gritar: “Bra-sil, Bra-sil”. En involuntaria anticipación de este travestismo, el poeta Carlos Pellicer escribió: “el verde se alimenta de amarillo”. Brasil puede ser nuestra futura identidad, como lo fue en México 70.
La piratería no es ajena a una actividad que ha convertido a los pícaros en genios útiles. En una ocasión, mi esposa me quiso regalar un muñequito de Messi. Fue a una tienda en las Ramblas de Cataluña y le vendieron a Bojan. Ella no supo que se trataba de otro jugador. La sustitución traía una moraleja: en cierta forma, Bojan es un Messi pirata.
Durante algún tiempo, el propio Leo fue visto como un Maradona pirata.
Drogba juega como un inglés pirata, Guille Franco como un argelino pirata y en un alarde de redundancia, Gatusso recorre el campo con los dientes apretados de quien muerde un cuchillo imaginario y la mirada atravesada de un corsario pirata.
La cosa no acaba aquí. Hay equipos enteros que se piratean. Brasil es una Holanda pirata. Dunga quiere que jueguen con eficacia y sin florituras. Menos baile y más diagonales.
La gran sorpresa del Mundial fue otro ejemplo de piratería: ante España, Suiza jugó como… ¡una España pirata! No imitaron a los virtuosos del Barça o el Real Madrid que hacen triangulaciones en la media cancha, sino a la vieja España, rabiosa y entregada: la Furia de otros tiempos.
En los tiempos de la revolución digital, el Homo Sampler se apropia de productos ajenos. Estamos viendo un Mundial sin copyright, donde abundan los clones, los replicantes y las copias pirata.
En este mundo de simulaciones y tecnología sin password resulta reconfortante que uno de los nuestros lleve con autenticidad un apodo rústico y redondo: el Chicharito. l








