Los que nadie cuenta

"Hasta quedar de pie"

CIUDAD JUÁREZ, CHIH.- Fue a mediados de 2007 cuando los empleados de la Fundación Villa Integra, que brinda rehabilitación a personas con discapacidad, se dieron cuenta de que algo nuevo estaba pasando en la ciudad. 

“Entre agosto y diciembre empezaron a llegar jóvenes de entre 17 y 25 años con lesiones medulares, afectados de la columna, sin poder caminar o pararse, y en sus expedientes leímos que sus lesiones habían sido ocasionadas por impactos de bala. Eran como 15, nos impresionó mucho”, dice Laura de Antillón, la directora de desarrollo institucional de la organización.

Ahí se intentó que esos jóvenes baleados, con pérdida de movilidad, se integraran a grupos de adultos con experiencia en el uso de la silla de ruedas, quienes les enseñarían a adaptarse a su nueva vida y a cuidarse, usar el baño, comer, manejar, jugar basquetbol sobre ruedas y darle mantenimiento a su silla, pero los jóvenes se esfumaron.

A partir del siguiente año se hizo común que la Villa abriera sus instalaciones a personas heridas por bala o violencia extrema, quienes se mezclan en el gimnasio con los discapacitados de nacimiento, los sobrevivientes de accidentes automovilísticos y los niños con parálisis cerebral que eran los beneficiarios habituales.

Actualmente son 12 heridos de la guerra que se libra en las calles de Juárez que pidieron rehabilitación. Unos son policías o expandilleros rafagueados, chavos que recibieron una bala perdida o fueron plomeados en un ajuste de cuentas, o profesionistas sobrevivientes de un asalto. Años antes hubo una quinceañera que perdió los dos ojos por un balazo que le cayó en un parque.

De los 12 actuales, ocho quedaron lesionados en un ajuste de cuentas y cuatro más en asalto; dos por arma blanca y el resto por arma de fuego. Todos son de clase media o media baja. El más joven del grupo tiene 16 años, el mayor 48.

La mayoría de ellos son sobrevivientes de la epidemia de violencia que se desató a partir de la declaratoria presidencial de la “guerra” antidrogas que desde 2008 tiene a Juárez como su centro, y que ha cobrado la vida de 5 mil 400 personas en esta ciudad y 23 mil en todo el país. 

Esta docena de lisiados forma parte de las otras “bajas colaterales” que no cuenta ningún gobierno. Son los sobrevivientes que no aparecen en las estadísticas. Los heridos de guerra, los lisiados permanentes. 

Aún son pocos los heridos de bala atendidos en este oasis de rehabilitación, formado por 12 asociaciones que materializan sus alternativas terapéuticas en este terreno arbolado y equipado como finca de descanso –con caballos para equinoterapia, canchas deportivas, albercas y áreas de juego–, pero en la fundación saben que hay muchos más heridos en la ciudad y prevén que pronto comenzarán a llegar.

Un grupo de organizaciones sociales juarenses que trabaja en las colonias marginales, al palpar la emergencia social originada por tanta violencia, acordó que este mes comenzará a hacer un trabajo de campo para rastrear a las víctimas de la “guerra”. A los familiares de personas asesinadas que aún no procesan el duelo o están paralizados por el miedo las canalizarán a talleres de tanatología o a terapias psicológicas y de medicina alternativa. A los heridos que encuentren inmovilizados en sus casas los contactarán con esta fundación. 

“Los 12 que están aquí han llegado solos. Imaginamos que hay otros que no saben de nosotros, pero queremos ser una alternativa de rehabilitación para ellos, que tengan una opción de rehabilitación y reintegración. Queremos llegar a más gente de clase baja, porque les falta información de las opciones que existen y en su gran mayoría no salen a buscarla”, dice Antillón, quien, como el resto de los empleados, usa una camisa café con el eslogan “La discapacidad es natural”. 

 

Historias paralelas

 

Los martes y jueves, el policía municipal César Mosqueda Grifaldo entrena tres horas y media en el gimnasio. Llega, calienta los brazos con las mancuernas, estira con un aparato para fortalecer la espalda baja, hace sentadillas apoyado en una escalera de madera, y con un aparato se da estimulación en las rodillas, las piernas y la espalda. Usa después un aparato estabilizador de piernas, parecido a una caja de juguete saltarín, que lo mantiene de pie. Después de su rutina se trepa de nuevo a su silla de ruedas y se va a casa. 

Al terminar los ejercicios del día, relata cómo fue que la violencia lo dejó inmovilizado para caminar: 

“El día que empezó mi periodo de vacaciones del trabajo, el 18 de octubre de 2008, fui como a las 9:30 de la noche con dos amigos a una tiendita a comprar unas papitas y una soda. Cuando llegué, había tres personas de aspecto cholo y dos camionetas. Entré y el dueño de la tienda, que ya me conocía, me dijo: ‘Buenas noches, poli’, y le contesté el saludo.

“Me subí a la (camioneta) Van que traía, volteé por el retrovisor, vi que las dos camionetas me venían siguiendo: una se me cerró a dos cuadras de mi casa, la otra se puso atrás. (Sus ocupantes) se bajaron, nos encañonaron, nos preguntaron quién de todos era ‘el poli’, y como no contestamos cortaron cartucho, nos obligaron a hincarnos. Les dije que yo era el policía. Me pusieron el arma en la frente, forcejeé, me resistía a hincarme. Me dispararon, pero como me salí de la línea de fuego me dieron en la tetilla derecha, en el pulmón. Me soltaron cuatro impactos: unos en el abdomen, otro golpeó mi columna.”

Uno de sus amigos fue asesinado de siete balazos, el otro nunca se recuperó del espanto. Mosqueda pasó por varias operaciones. Vivió dos meses en terapia intensiva, tres y medio en el hospital. Varias veces pensó que ya se moría. Los médicos le dijeron que tenía la médula seccionada, después rectificaron y le dijeron que sólo traía una fuerte inflamación que mejoraría con el tiempo. 

De eso ya pasó un año y cinco meses. “Hasta ahora estoy echándole muchas ganas a la rehabilitación”, dice el musculoso policía, de brazos bien torneados por la fuerza que hace al impulsar la silla de ruedas.

Él es constante en su propósito, aunque siempre que se ejercita en los aparatos siente en la espalda mucho dolor, hormigueo y ardor, lo que para los doctores es una buena señal.

“Ahora estoy batallando porque no me paga el municipio. Lo tomaron como enfermedad general, me cortaron mi sueldo, sólo me cubrieron los tres meses de hospital, pero desde enero de 2009 no me depositan (mi sueldo) con el argumento de que no me accidenté en mi horario de trabajo. Para ellos yo ya estaba de vacaciones cuando ocurrió todo”, se queja.

Al pelear por sus derechos laborales, logró que el ayuntamiento le ofreciera la posibilidad de una reubicación acorde con su estado o una jubilación anticipada. Esta es la opción que más le gusta, para no suspender las terapias que hasta ahora le pagan su papá y su mamá.

A los heridos por accidentes o violencia, los médicos normalmente les recomiendan media hora de hidromasaje para la relajación muscular y media hora de mecanoterapia para fortalecer los músculos y mejorar su coordinación. 

En el gimnasio hay varios aparatos: un estabilizador para que quienes no se pueden levantar lo hagan con ayuda y se mantengan verticales; las barras paralelas para que hagan el ejercicio de caminar; las caminadoras, que son como andadores pero con un chaleco sostenido al aparato para que la persona vaya sentada y alguien lo empuje; las bicicletas para fortalecer brazos y piernas; la cama que se levanta para que la persona se mantenga de pie; la máquina de electroterapia, que da impulsos eléctricos al músculo; las barras suecas para que la persona vaya levantándose de su silla, a base de fuerza, hasta quedar de pie.

Algunas tardes acude a rehabilitación un expandillero en silla de ruedas. Si bien ya abandonó a la banda para la que trabajaba, conserva los tatuajes en el cuerpo. Este otro sobreviviente pide el anonimato para relatar su historia:

“A mí me balacearon por cuestiones de que andaba con una pandilla en mi barrio. Fue por cuestiones de los cárteles, como están ahorita, por el territorio, por, cómo le diré… ir eliminando a la gente con la que yo andaba.

“Iba yo con mi señora, pasó un carro y se bajaron. Ya sabían mi apodo, me gritaron y cuando volteé los alcancé a ver con la pistola, era una 9 milímetros. Yo lo sé por la bala que me sacaron, porque en sí no vi qué arma era: ya cuando me di la vuelta y quise correr, sentí el impacto en la columna. Mi señora se fue corriendo a la casa, yo ya no me pude mover. Mi hermano me llevó al Hospital General con mucho dolor en las piernas, no las podía mover, no las sentía, pero sí me corría el dolor. Pero no me quisieron dar nada porque estaba intoxicado con heroína.”

Eso le ocurrió hace seis años, antes de que se desatara oficialmente la “guerra”, pero él considera que Dios le dio una oportunidad para vivir y quiere relatar su experiencia para que otros se salgan del ciclo de la violencia.

Aunque tiene permiso para ejercitarse tres veces por semana, sólo puede ir una, a causa de la violencia y porque la villa redujo su horario de servicio. Usa una sonda y, aunque su proceso de curación ha sido largo, él se dice satisfecho: “Ya camino poquito, en andador; doy vueltas, hago estiramientos y muevo piernas, tobillos… me suben a una bicicleta… Es lo que puedo hacer ahorita”.

Según la psicóloga Linda Palacios, de Villa Integra, los pacientes –“como un joven que se queda sin caminar por una bala perdida y le ocasiona lesión medular, y puede ser paciente de rehabilitación, o el policía al que le dan un balazo en la tienda y a quien le niegan la pensión en su trabajo, o el profesionista que llega a su casa y le desbaratan la vida con un bat en el cerebro y se queda sin partes de la memoria– tardan en asimilar su nueva situación y quizás esa fue la razón de que no se quedaran los primeros jóvenes baleados que llegaron en 2007.

“Ellos tienen que pasar primero un proceso de aceptación a esta vida nueva –dice–, a veces tienen que tomar terapia sicológica, porque el proceso es de negación y culpa al principio, y además tienen que aprender a depender otra vez de la familia. Estas personas, a diferencia de las que nacen con discapacidad, contrajeron la discapacidad a causa de la extrema violencia en la ciudad, no nacieron con ella y tienen que aprender a vivir así.” l