Con una espléndida propuesta que incide en la renovación pictórica contemporánea, se inauguró la semana pasada la galería Recinto, Project Room (Vicente Suárez 99, colonia Condesa de la Ciudad de México).
Concebida como parte de un proyecto galerístico mayor que se expande hacia el Estado de México, el espacio capitalino se especializa en creaciones que renuevan y llevan al límite los géneros, lenguajes, materiales y poéticas de las disciplinas visuales consideradas convencionales. Abierta a todas las generaciones, la apuesta de las galeristas Mariblanca Navarro y Mariana Valdés pretende descubrir, redescubrir y poner en valor a creadores cuya obra se distinga por la imposición del efecto y seducción visual.
Para la muestra inaugural de Recinto, las promotoras seleccionaron a Alfredo Gisholt, un interesante pintor mexicano que es prácticamente desconocido en el escenario nacional. Nacido en 1971 en el Distrito Federal, el también dibujante y grabador se ha desarrollado principalmente en el ámbito académico. Residente desde 1994 en Estados Unidos y actualmente profesor en la Universidad de Brandeis en Boston, Gisholt es cercano al grupo de creadores postconceptuales que iniciaron su presencia pública en la pasada década de los años noventa: en compañía de Fernando Ortega, Miguel Calderón y Yoshua Okón, fundó en 1991 y operó hasta su cierre en 1994, un espacio independiente que, bajo el nombre de Centro Cultural Tajín (CCT), puede considerarse como el antecedente de La Panadería.
Invitado por Federico Márquez, director adjunto de Recinto, Alfredo Gisholt presenta una selección de pinturas, gouaches y grabados realizados de 2007 a 2010. Apasionado del poder estético de la pintura y curioso de las situaciones trascendentales que permiten que el ser humano se sienta vivo, el artista ha desarrollado una propuesta que descubre y presenta un devenir apocalíptico de la humanidad. Trabajada con vocabularios figurativos y abstractos, en los que a través de rabiosos y contrastantes cromatismos se vinculan vigorosas y caprichosas formas con símbolos cristianos y artísticos –cruces, corderos, el foco del Guernica de Picasso–, la obra de Gisholt conjuga al ser social con el ser individual a través de la presentación semifigurativa de estados colectivos de conciencia alterada.
Admirador del pintor Francisco de Goya (1746-1828) –a quien considera su marco de pensamiento y su freno para “no hacer tonterías”–, el mexicano ha hurgado en el misterio de las conductas excesivas, convirtiéndolas en un “desenlace que se suspende”. Interesado en la interpretación de rituales comunitarios –aquelarres, romerías, revoluciones, procesiones– y atrevido en la utilización de tonos y colores –oscuridades goyescas interrumpidas por cínicos y luminosos rosas, verdes y amarillos–, Alfredo Gisholt crea escenarios teatrales en los que recupera, con una exuberante sensualidad visual, la posibilidades ficticias de la pintura.








