Odios raciales

Supremacista. La herencia de Terreblanche

Lejos de los reflectores mundialistas, la vida de muchos sudafricanos transcurre tan lenta que huele al siglo XIX. La de los hacendados y peones es una relación que se menciona no pocas veces para informar sobre asesinatos, maltratos y venganzas. Organismos locales calculan que hay 40 mil fincas agrícolas en el país y que 83% de las tierras de Sudáfrica están en manos de los blancos. Una rebelión negra, la del desagravio, se filtra hasta las urbes con números bañados en sangre. No hay estadísticas sobre las víctimas de color, pero las de los terratenientes se estiman en más de mil…

 

JOHANNESBURGO.- Fuera del cenáculo de sus partidarios, muy poca gente en Sudáfrica lloró a Eugene Terreblanche, asesinado el pasado 4 de abril por dos de sus peones.

Y si su muerte sacudió al país fue sólo porque se temió que las posibles represalias de sus seguidores contra la población negra despertaran odios raciales. Semejante perspectiva provocó pesadillas en las altas esferas de la FIFA y del gobierno de Jacob Zuma, pero el peligro parece conjurado. 

Líder del Movimiento de Resistencia Afrikáner (AWB, por sus siglas en lengua afrikáans), organización fascista que fundó en 1973, Terreblanche nunca escondió su admiración por Adolfo Hitler. Convencido de la supremacía de la raza blanca, consideraba al apartheid como una respuesta blanda ante la “amenaza negra”. Ejercía gran influencia entre los hacendados afrikáners del norte del país. 

Después de haber servido algunos años en la policía, Eugene Terreblanche se hizo cargo de la hacienda de sus padres, ubicada a unos 100 kilómetros de Johannesburgo, cerca de la ciudad de Ventersdorp.

Entre 1990 y 1994, el AWB perpetró varios atentados para manifestar su rechazo a la abolición del apartheid y a la democratización de Sudáfrica.

En 2002, Terreblanche fue condenado a cinco años de cárcel por haber agredido a un vigilante negro que quedó lisiado. Fue puesto en libertad en 2005 por “buena conducta”.

A raíz de su homicidio, la prensa nacional e internacional mencionó los ataques contra hacendados blancos. Se manejaron diversas cifras, pero el muy serio Instituto Sudafricano de Relaciones Raciales (SAIRR, por sus siglas en inglés) se limita a hablar de “más de mil asesinatos” desde 1994, sin más precisiones. El SAIRR recuerda que hay 40 mil fincas agrícolas en el país y que en su mayoría están en manos de los blancos, que poseen 83% de las tierras en Sudáfrica.

 

La crueldad blanca

 

Es difícil saber cuántos latifundistas blancos fueron asesinados, pero es absolutamente imposible conocer el número de empleados negros que mueren a manos de sus patrones.

El escritor Alois Rwiyegura explica: “Los dueños de numerosas fincas agrícolas aún no quieren darse cuenta de que la época del apartheid ya pasó y siguen imponiendo reglas feudales a sus trabajadores. 

“De vez en cuando los diarios publican historias espantosas. Sobresale el caso de un terrateniente cuya propiedad contaba con un zoológico. Encerró a un empleado en una jaula con leones para castigarlo. El peón acabó devorado. El hacendado fue condenado a 15 años de cárcel, pero sólo cumplió cinco. Una verdadera capa de silencio sofoca las voces de los trabajadores agrícolas maltratados por sus capataces o patrones.”

Solly Phetoe, responsable de la Cosatu (principal confederación sindical de Sudáfrica) en la región noroccidental del país, donde se concentran numerosas fincas agrícolas, explica que los terratenientes maltratan y matan a su personal con total impunidad. Dice que la policía sólo se moviliza cuando está bajo presión de las organizaciones sindicales o de la prensa. Por lo general, los agresores recobran su libertad bajo fianza y casi nunca tienen que rendir cuentas a la justicia.

Desde septiembre del año pasado Phetoe solicita a las autoridades judiciales y políticas del país, incluyendo al presidente Zuma, información al respecto. El líder sindical lleva ocho meses pidiendo estadísticas oficiales sobre agresiones y asesinatos cometidos contra peones negros. Ha sido en vano. Aún no sabe si no existen o si nadie se las quiere entregar. 

El mismo día en que se inició el juicio de quienes atentaron contra Eugene Terreblanche, un terrateniente hirió de gravedad a siete trabajadores agrícolas cerca de la ciudad de Lichtenburg, a escasos kilómetros del tribunal de Ventersdorp. Solly Phetoe exigió su detención. El hacendado pagó una fianza de 7 mil rands (890 dólares) y salió libre, mientras que se agudizaron las presiones contra el sindicalista.

 

La xenofobia sudafricana

 

Alrededor de 4 millones de sudafricanos, en su mayoría negros, trabajan en fincas agrícolas. 

Dave Steward, director ejecutivo de la Fundación De Klerk, creada por el expresidente blanco sudafricano para promover el desarrollo del multiculturalismo de la Nación del Arco Iris y defender la nueva constitución del país, explica a la reportera:

“Hay grandes haciendas en las que casi se vive y trabaja como en el siglo XIX. La casa del terrateniente ocupa el lugar central y un poco apartadas están esparcidas las viviendas de los empleados. Su número puede oscilar entre 150 y 200, cada cual con su respectiva familia de seis o siete hijos. Es un mundo aparte regido por estructuras bastante arcaicas.”

Solly Phetoe se opone a estas fincas en las que muchísimos menores de edad cumplen largas jornadas de trabajo en lugar de estudiar, y recuerda que uno de los dos peones que asesinaron a Terreblanche tenía 15 años.

Los trabajadores agrícolas son tan dependientes de sus patrones que casi nunca se atreven a denunciar los maltratos que padecen. David Steward subraya otro problema:

“El gobierno obligó a los hacendados a pagar un salario mínimo a sus empleados. La medida, loable en sí, tuvo un efecto perverso: muchos terratenientes buscaron pretextos para deshacerse de parte de sus trabajadores y de sus familias. Les resultó mucho más ventajoso contratar a inmigrantes de otros países africanos y que fueran menos exigentes en cuanto a salarios. Lo mismo ocurrió en numerosas minas del país. El resultado es preocupante. Los despedidos llegan a las ciudades y se amontonan en los tugurios que rodean los townships negros.”

Ese nuevo éxodo agudiza las tensiones en los barrios miserables y crea también un inquietante clima de xenofobia. Steward afirma que es difícil calcular el número de inmigrantes africanos que viven actualmente en Sudáfrica. Las estimaciones son vagas: oscilan entre 5 y 10 millones. Huyen de las guerras, las dictaduras, la hambruna, el desempleo. Vienen de Zimbawe, Malaui, Kenia, Congo, Ruanda, Burundi, Senegal, Tanzania… Los atrae el espejismo de Sudáfrica, la gran potencia económica del continente. Están dispuestos a todo con tal de ganarse la vida. 

Son frecuentes las fricciones de los inmigrantes con los negros sudafricanos marginados y tuvieron un punto culminante en abril de 2008, cuando tomaron proporciones trágicas en numerosas regiones del país. La violencia se desató particularmente en las ciudades de Durban, Ladysmith y Pietermarzburg, de la provincia de Kwazulu Natal, y en townships negros de Ciudad del Cabo y Johannesburgo. Hubo cacería de inmigrantes también en zonas mineras. 

Murieron 50 africanos –muchos linchados, otros quemados vivos al ser incendiadas sus chozas–, centenares resultaron heridos y 25 mil huyeron de las zonas afectadas. El gobierno tuvo que desplazar al ejército para restablecer el orden.

El Consejo Nacional Africano, los sindicatos, las iglesias y la sociedad civil se movilizaron de inmediato para auxiliar a las víctimas refugiadas en iglesias, delegaciones de la policía o en las playas, en el caso de Ciudad del Cabo. 

No se han repetido agresiones de tal envergadura, pero se multiplican los incidentes individuales. A lo largo de su estadía en Sudáfrica, la reportera tuvo oportunidad de platicar a diario con inmigrantes, en particular con los de las excolonias francesas, que realizan todo tipo de oficios en las ciudades: trabajan en el comercio informal, cuidan coches en las calles y en los estacionamientos, son meseros, venden periódicos…

Ahora se agrupan por comunidades, están alertas, organizaron su autodefensa. Saben que sólo pueden contar con las ONG y las iglesias. Los indocumentados son los más vulnerables. 

Emily Mabusela, del Centro para el Estudio de la Violencia y la Reconciliación, concluye: “Fue muy duro mirar a nuestra sociedad en el espejo de la xenofobia. Medimos la profundidad de nuestras heridas. El problema es que nuestros dirigentes negociaron un compromiso leonino con los blancos para evitar una guerra civil. Una élite se aprovechó de los acuerdos. Emerge paulatinamente una clase media negra. Pero la frustración de millones de olvidados es cada vez más apremiante. Los turistas que visitarán Sudáfrica para el Mundial de Futbol quizá sólo percibirán nuestra alegría, porque las tragedias que vivimos no mutilan nuestro instinto vital y porque las medidas de seguridad van a ser drásticas. Pero ¿qué pasará después de la fiesta?”.

 

Seguridad extrema

 

Bheki Cele, temible y temido jefe de la policía sudafricana, es categórico: el Mundial sudafricano será el más seguro de la historia. Es inacabable la lista de las medidas excepcionales que afirma haber tomado. 

Desde hace un año, expertos en cuestiones de seguridad de Gran Bretaña, Alemania, Francia y Estados Unidos entrenan a las fuerzas policiacas de la Nación del Arco Iris. Reclutaron 55 mil policías más, cuya capacitación fue acelerada, sin hablar del contingente de 200 agentes especiales de la Interpol que ya están listos. El gobierno gastó 80 millones de dólares para comprar seis helicópteros, 10 vehículos antimotines, cañones de agua y chalecos blindados.

Ese amplio dispositivo implica también una labor intensa de los servicios de inteligencia del país. Éstos hicieron una demostración pública de su eficacia el pasado 7 de mayo al anunciar que habían frustrado un complot de la ultraderecha blanca. 

Muy escueta fue la información oficial al respecto. Nathi Mthethwa, ministro de la Policía, se limitó a explicar que sus hombres habían lanzado “operativos en ciertos lugares en los que ciertas personas habían escondido armas y municiones”. 

Enfatizó que cinco extremistas blancos habían sido detenidos y acusados de actividades terroristas. No dio sus nombres ni dijo si pertenecían al AWB de Terreblanche, pero en Sudáfrica todo el mundo entendió que los seguidores del líder neonazi buscaban vengar su asesinato.

Musa Zondi, vocero de los Hawks (halcones), unidad de élite de la Policía Criminal, se mostró apenas más elocuente. Reveló que la detención de los activistas se remontaba al pasado 14 de abril. “Su meta era colocar bombas en townships negros”, afirmó sin dar más detalles.

Siyabonga Cwele, quien encabeza todos los servicios de inteligencia de Sudáfrica, salió de la sombra donde suele desenvolverse. “Estamos trabajando con todas las comunidades, afrikáners, judías, musulmanas y con todos los grupos religiosos para fortalecer nuestra cohesión”, insistió antes de descartar cualquier amenaza terrorista. 

Vicepresidente de la Universidad de Johannesburgo y profesor de ciencias políticas, Adam Habib es uno de los más agudos analistas de la sociedad sudafricana. Explica a la reportera:

“Bheki Cele tiene razón: en junio y julio Sudáfrica será el país más seguro del mundo. No hay riesgos de terrorismo islámico, como los que existen en Estados Unidos y Europa. La lucha contra delincuentes y criminales será implacable y a lo largo de los últimos meses la policía se entrenó para controlar a grandes multitudes.

“Pero lo que no previó Bheki Cele es lo que pasará después del Mundial. Los sudafricanos van a ser sumamente exigentes y simplemente le van a decir: ‘Usted acaba de demostrar que podía ofrecer hospitalidad segura a miles de invitados extranjeros. ¿Por qué no nos brinda la misma seguridad a los sudafricanos? Si fue posible vivir normalmente durante dos meses, ¿por qué no lo es todo el año?’. Paradójicamente, esa pregunta será lo mejor que nos habrá heredado el Mundial.”  l