Cuarenta años de ira acumulada

Sudáfrica padece uno alto índice delincuencial y de violencia. Diversos investigadores achacan ese fenómeno al apartheid, ese sistema segregacionista que durante cuatro décadas trató a los negros como infrahumanos, los degradó, los hizo acumular 40 años de ira. Y esa presión de décadas apenas está buscando su salida…

 

JOHANNESBURGO /CIUDAD DEL CABO.- Una tarde Eric Mabaso sacó dinero de un cajero automático de Yeoville, el barrio céntrico de Johannesburgo donde vivía. Camino a su casa se cruzó con amigos que lo invitaron a tomar una copa. Aceptó. Platicaron. Pasó el tiempo.

“Salí del bar a las siete y media de la noche. Empecé a caminar y sentí pasos detrás de mí. De pronto tres hombres –un blanco y dos negros– me rodearon. Apenas pude ver sus caras. Me estremeció un dolor atroz en la pierna. Perdí el conocimiento y me derrumbé. Desperté en el hospital con la pierna literalmente destrozada. Me enteré de que me habían golpeado varias veces con una barra de hierro para robarme 300 rands (40 dólares).

“No fue muy exitosa mi cirugía. Quedé lisiado y mi vida cambió. Se acabó mi carrera de atleta de alto nivel. Renuncié a mi pasión por las barras paralelas. Ahora camino con bastón. Mis amigos piensan que tuve suerte porque no me mataron. Quizá tengan razón…”

Eric Mabaso pensó en irse de Sudáfrica. Finalmente optó por mudarse de barrio. El asalto del que fue víctima tuvo lugar hace 12 años, cuando Yeoville empezó a dejar de ser un oasis cosmopolita y de convivencia del centro de Johannesburgo para convertirse en una zona de alto riesgo. Hoy Mabaso vive en un condominio protegido por rejas, altos muros, cámaras de vigilancia y servicio de seguridad privado. Su dominio de cinco lenguas africanas, además del francés y del inglés, le permiten desempeñarse como traductor e intérprete. Pero ese no es el destino con el que soñaba.

El atraco que sufrió este sudafricano negro de clase media es uno de entre los miles de delitos similares cometidos diariamente en todas las ciudades del país. La policía nunca llevó una investigación seria para encontrar a los asaltantes de Mabaso. 

“La policía se dice rebasada y en parte es cierto, comenta. Pero también es corrupta. Pide dinero para no tirar una denuncia a la basura. En ciertos casos los policías son cómplices de los delincuentes. Renuncié a pedir justicia. Me dediqué a reconstruirme física y moralmente y acabé viviendo en una residencia-fortaleza cuyos vigilantes, privados, están autorizados a disparar contra los ladrones. Como millones de compatriotas míos interioricé esa espiral de violencia. Tengo entendido que los mexicanos experimentan lo mismo, aunque allá las raíces son distintas.”

¿Cuáles son los factores específicos que convirtieron a Sudáfrica en uno de los países más violentos del mundo, a pesar de no padecer una situación de guerra?

Los investigadores blancos, negros y de la comunidad india consultados por la reportera coinciden: la violencia que sacude al país resulta inexplicable si no se toma en cuenta el hecho de que el apartheid fracturó profundamente a la sociedad y a los individuos sudafricanos, causando daños considerables a la población negra.

Alois Rwiyegura, intelectual y escritor oriundo de Burundi que radica en Sudáfrica desde hace 17 años, resalta:

“Antes del apartheid, pero sobre todo durante los 40 años de ese sistema perverso, los negros fueron reducidos a la nada. Vivieron humillados, explotados, muchos fueron perseguidos, torturados y asesinados. Eran considerados subhombres. Un ejemplo simbólico: los blancos paseaban a sus perros en parques donde el acceso estaba estrictamente prohibido a los negros.

“La única manera de no dejarse aniquilar por completo fue responder a esa violencia institucional con una resistencia violenta. Todos los negros sudafricanos actualmente siguen impregnados de esa violencia que sufrieron, interiorizaron y, a menudo, perpetraron.”

Subraya también Emily Mabusela, quien coordina el Programa de Prevención de la Violencia para Jóvenes del Centro de Estudios de la Violencia y la Reconciliación (CSVR, por sus siglas en inglés):

“Sin la violencia nunca nos hubiéramos liberado del apartheid. ¿Ya visitó el museo Hector Pieterson en Soweto? Es un homenaje a los adolescentes que empezaron a manifestarse contra la imposición del afrikaan como idioma de escolarización el 11 de febrero de 1976. El museo está lleno de fotos de las revueltas juveniles que sacudieron a los townships de todo el país. 

“En la explanada del museo hay una escultura de un adulto que carga el cuerpo sin vida del joven Pieterson. Son éstos los héroes que hoy rememoran los niños en las escuelas. El 11 de febrero es un día feriado en la nueva Sudáfrica. En realidad, el culto por nuestros mártires nos causa un verdadero dilema. 

“No podemos olvidar a quienes se sacrificaron para derrocar el apartheid, pero al recordarlos con tanto fervor enviamos un mensaje ambiguo a nuestros muchachos. Les decimos que la violencia permite cambiar la sociedad.”

Agrega: “La tarea apremiante y compleja del CSVR en el medio escolar es lograr al mismo tiempo que nuestra juventud no olvide el pasado y entienda que no debe repetirse. El papel de los adultos es convencer a la nueva generación de que la violencia fue la única respuesta posible en un momento histórico determinado y contra un sistema fascista. Hoy vivimos en una democracia, ciertamente frágil, pero que cada uno debe contribuir a fortalecer.

“Nuestra ONG, al igual que otras involucradas con jóvenes, y algunas iglesias, trabaja en ese sentido. Pero demasiados medios masivos y muchos adultos siguen celebrando sin matices nuestra violenta gesta de liberación. En el clima actual eso es irresponsable.”

Precisa Alois Rwiyegura: “Se necesitarán varias generaciones antes de que desaparezcan las huellas del apartheid. Un joven de 15 años que nació en la nueva Sudáfrica sabe perfectamente lo que fue el régimen segregacionista. Todos los adultos que lo rodean fueron moldeados por ese régimen y le transmiten sus experiencias y traumas”.

Al igual que los demás especialistas consultados por la reportera, Emily Mabusela y Alois Rwiyegura deploran que el gobierno nunca haya tomado en serio ese trauma colectivo. Por el contrario, enfurecido por su incapacidad para hacer retroceder la violencia en vísperas del mundial de futbol, el jefe de la policía, Bheki Cele, apoyado por el presidente, Jacob Zuma, autorizó recientemente a sus hombres a “disparar a matar” cuando se enfrentan con criminales y delincuentes peligrosos.

“Luchar contra la violencia con más violencia no resolverá el problema y nos amenaza a todos. El problema viene de las deficiencias de la policía, que deja en libertad a 90% de los criminales. Se calcula que un delincuente perpetra un promedio de 105 fechorías antes de ser detenido”, denuncia Rudolph Zinn, profesor de criminología de la Universidad de Sudáfrica.

La justicia sudafricana arrastra todavía los lastres del apartheid. Durante décadas fue de blancos para blancos. Hoy dista de haber sido realmente restructurada y su eficacia es limitada. Tener acceso a un abogado, además, no está al alcance de millones de negros pobres.

“Las consecuencias de los desequilibrios entre la policía y la justicia son terribles, subraya Rwiyegura. En barrios y aldeas pobres la gente optó por ajusticiar en forma expedita a los delincuentes. Se multiplican casos de criminales asesinados o de delincuentes linchados por familiares y vecinos de sus victimas.”

En zonas acomodadas de Ciudad del Cabo la reportera pudo platicar con dueños de residencias “visitadas” por ladrones, que decidieron organizarse para hacer rondas. Llevan walkie talkies que los mantienen en contacto con patrullas de corporaciones privadas. Se vanaglorian de haber “atrapado” a varios delincuentes. Algunos, más radicales, no vacilan en lanzar redadas punitivas relámpago en los tonwships de donde aseguran que son oriundos los ladrones.

Emily Mabusela lleva años analizando las raíces específicas de la violencia sudafricana. Reconoce: “Llevamos tantos años viviéndola, que la ‘normalizamos’. Muchos sudafricanos pierden referencias éticas y se dejan atrapar por un engranaje peligroso, a veces sin darse realmente cuenta de los excesos en los que caen o ya sin preocuparse de reflexionar sobre lo que hacen”.

Le llama la atención la violencia de las protestas que se multiplican en los barrios olvidados de la nueva Sudáfrica. Según datos manejados por las ONG hay un promedio de 10 mil revueltas al año en todo el país. Mientras más pasa el tiempo, más virulentas son.

“Los manifestantes queman coches o centros de salud. Están desatados, denuncia Mabusela. Hay algo pernicioso en nuestra sociedad que genera tanta agresividad. El derecho de manifestarse es una gran conquista de nuestra flamante democracia. Pero arrasar con todo para pedir agua y luz es un síntoma de un mal muy profundo.”

La destrucción de la célula familiar negra que provocó el apartheid es otra de las causas específicas de la violencia sudafricana. Las minas y las fábricas necesitaban exclusivamente mano de obra masculina. Sólo los trabajadores estaban autorizados a dejar sus bantustanes (regiones de origen). Vivían en “hostales”, albergues sórdidos construidos alrededor de las minas y en los townships, donde centenares de hombres solos se amontonaban en condiciones de higiene más que rudimentarias.

Regresaban una vez al año a su hogar. Su principal distracción era emborracharse en shebeens, cantinas donde se vendía cerveza fabricada clandestinamente, y pasar un rato con prostitutas. Muchos acababan teniendo una nueva pareja y vivían entre sus dos familias. Cuando perdían su trabajo, abandonaban a una de las dos… y a menudo a las dos.

“Fue durante el apartheid cuando muchos negros sudafricanos empezaron a perder su autoestima, su sistema de valores y el sentido de sus responsabilidades. Se hundieron en el alcoholismo y buscaron desahogo a la violencia que sufrían atormentando a los que eran más débiles que ellos: las mujeres y los niños. Un análisis de las características de la criminalidad que hoy azota a Sudáfrica refleja esa terrible herencia del apartheid”, enfatiza Rwiyegura.

Mabusela insiste en que 20 años después de la abolición del apartheid, la familia sudafricana negra sigue siendo bastante desintegrada:

“Las mujeres pueden vivir donde quieren ahora. Muchas tienen que desenvolverse solas porque sus hombres se esfumaron o murieron. Llegan a las ciudades con sus hijos pero sus largas horas de trabajo y transporte les impiden cuidarlos. Algunas los dejan en las provincias con los abuelos que están totalmente rebasados por la nueva generación. Sea como sea, los niños están demasiado solos. Con ellos trabajamos en nuestro Programa de Prevención de la Violencia para Jóvenes.”

El CSVR tiene antenas en todo Sudáfrica. Cuenta con algunos miembros permanentes y muchos benévolos. En Soweto están presentes en 40 escuelas. Buscan concientizar a alumnos y convertir a algunos de ellos en mediadores para prevenir conflictos. Colaboran con los profesores. Pero la labor es ardua. 

“La violencia en las escuelas negras es escalofriante. Estoy metida de lleno en programas sobre violación en recintos escolares. Es un tema que nos tiene sumamente preocupados. Es imposible imaginar que nadie oiga los gritos de estas niñas abusadas y que después nadie se dé cuenta de su desesperanza. En realidad nadie quiere darse por enterado. 

“Es esa actitud que nuestro Programa de Prevención busca cambiar en las escuelas donde intervenimos. Pero es una tarea titánica. Habría que reeducar a todo el mundo. Enseñar el respeto a los muchachos. Enseñar a las niñas a no dejarse intimidar y a aprender a decir ‘no’ con fuerza. Tratar de motivar a los profesores. Pero muchos están exhaustos y no se adaptan a las nuevas reglas de disciplina. Antes los castigos corporales eran algo común. Ahora están prohibidos. Los profesores están desamparados. No saben cómo ejercer su autoridad. Los alumnos son arrogantes e incontrolables. Cuando se pelean nadie interviene para separalos. Por el contrario, los muchachos celebran al vencedor y los profesores los miran impotentes.”

Emily Mabusela quedó desilusionada tras colaborar con el Ministerio de Educación Pública: 

“Siempre privilegiamos el diálogo con el ministerio, pero a menudo predicamos en el desierto. Sus funcionarios no consideran los reportes y las señales de alarma que les enviamos sobre la gravedad de la situación. Cuando nos cansamos de su sordera, lanzamos denuncias en la prensa. Es la única manera de hacerlos reaccionar.”

En los últimos 15 años el Congreso Nacional Africano (CNA, en el poder) invirtió una parte importante del presupuesto nacional en la educación pública, pero careció de planes de acción coherentes. Obtuvo resultados catastróficos que frenan el desarrollo social de los negros y causan cada vez más frustración entre los jóvenes.

La integración racial en las escuelas dista de ser un hecho. Muchas familias negras hacen sacrificios para que sus hijos estudien en escuelas tradicionalmente frecuentadas por blancos. Pero los hijos de la inmensa mayoría de los habitantes de los townships están inscritos en escuelas de sus barrios donde sólo van los negros y cuyas infraestructuras mediocres nada tienen que ver con las de las escuelas de otras zonas urbanas.

A pesar de los esfuerzos del gobierno por agilizar la movilidad geográfica de los educadores, 90% de los profesores blancos siguen enseñando en escuelas antes reservadas a los blancos. 

“En las escuelas de los townships subsiste un apartheid de facto. Veinte años después de su abolición oficial, el hecho es muy violento para los niños”, recalca Alois Rwiyegura.

“Si bien es cierto que la mayoría de los sudafricanos negros no pensaron que su vida iba a cambiar del todo con el fin del apartheid, muchos soñaron en una mejoría que aún esperan. En los últimos quince años se agudizó aún más la brecha entre los muy ricos y los muy pobres”, insiste Emily Mabusela.

Segun la Confederación de Sindicatos Sudafricanos (Cosatu), la principal central sindical del país, Sudáfrica es ahora la nación con más desigualdades sociales del mundo. Acaba de superar a Brasil. El contraste entre el nivel de vida de la élite, que goza de tantos lujos como la de los países más desarollados, y la miseria absoluta de numerosos tugurios es abrumadora. 

La publicación de la lista de los 100 hombres más ricos de Sudáfrica causó profundo malestar en los townships. Fue un choque para sus habitantes darse cuenta de que 10 de ellos eran negros, en su mayoría estrechamente ligados al CNA.

Destacan dos ejemplos: los de Tokyo Sexwale y Patrice Motsepe.

Sexwale es el actual ministro de Vivienda y Urbanismo. Oriundo del barrio de Orlando West, de Soweto, Sexwale combatió en la organización Umkhonto we Sizwe (Punta de Lanza de la Nación), brazo armado del CNA. Pasó años encarcelado en la isla Robben junto con Nelson Mandela. Se desempeñó como miembro de la dirección del CNA hasta 1998, cuando se dedicó a los negocios.

Aprovechó la política de Black Economic Empowerment —que busca facilitar la integracion negra en el mundo de los negocios sudafricanos— y su alta posición en el CNA para convertirse rápidamente en presidente de Mvelaphanda Holdings, que tiene ramificaciones en el sector minero (diamantes y platino) y en el de la energía.

Sexwale dedica parte de su fortuna a obras filantrópicas pero critica vehementemente los movimientos de protesta que sacuden los tugurios agobiados por la miseria.

Patrice Motsepe, apodado El Príncipe de las minas, fue el primer multimillonario en dólares de Sudáfrica. Ese abogado de 48 años se desempeñó como miembro del órgano consultivo del CNA para los sectores minero y energético. Inteligente y dinámico, se encontró en el lugar adecuado en el momento adecuado… Gracias al Black Economic Empowerment llegó a ser muy pronto un oligarca celebrado por la revista estadunidense Forbes que, sin embargo, subrayó que su “historia de éxito” se debía más a sus contactos con el partido en el poder que a sus “talentos empresariales”.

Patrick Craven, vocero de la Cosatu, insiste: “Los habitantes de los townships soportan cada vez más difícilmente ver cómo políticos que eligieron se ayudan entre sí para enriquecerse. Las revueltas que se van multiplicando están esencialmente dirigidas contra esas personas llevadas al poder por sus comunidades, que se dejaron corromper, se olvidaron de sus ideales y no se preocupan por los que quedaron sobreviviendo en la pobreza total. Se sienten traicionados”.

La aparición de una élite negra multimillonaria no debe hacer olvidar que la vida económica del país sigue dominada por los blancos. Un informe publicado en 2009 por la oficial Comisión para la Equidad en el Empleo es bastante revelador. 

Basado en datos proporcionados por empresas a lo largo de 2007, enfatiza que 68% de los más altos dirigentes de las compañías sudafricanas son blancos, 19% negros, 4% mestizos y 6% oriundos de la comunidad india. Según el censo de 2007, 79% de la población sudafricana es negra, 9.5% es blanca, 8.9% es mestiza y 2.6% es india.

Se observa la misma desigualdad con los mandos superiores: 65% son blancos, 18% negros, 6% mestizos y 6% indios; y también entre los mandos medios con cierta capacitación: 58% son blancos, 25% negros, 8% mestizos y 9% indios. En cambio, los obreros calificados son mayoritariamente negros: 45%; los blancos son 35%, los mestizos 13% y los indios 7%.

Lapidaria es la conclusión de los expertos del Instituto Sudafricano para la Relación entre las Razas que analizaron ese informe: “Es urgente tomar medidas para acabar con ese desequilibrio. Todos estamos preocupados, pero le corresponde al gobierno actuar cuanto antes. Si seguimos con un sistema de educación tan mediocre que no permite a los negros desempeñarse dignamente, nos esperan tiempos duros”.

Emily Mabusela pregunta: “¿Cuál es el futuro de la Nación del Arco Iris si gran parte de nuestra juventud negra carece de perspectivas, de valores y sigue debatiéndose en medio de tanta violencia?”