JOHANNESBURGO.- Además del color de su piel, lo más blanco que Matt Booth, defensa de la Selección sudafricana, ha conocido es la nieve de Rusia, donde jugó siete años con dos equipos de futbol.
El resto de su mundo es negro. Está casado con Sonia Bonneventia, una modelo negra que compitió por el título de Miss Sudáfrica y que además de inglés habla zulú y setswana, dos de los 11 idiomas sudafricanos que su esposo blanco domina casi tan bien como el ruso.
Booth tiene dos hijos varones, Nathan Katlego y Noah Neo, también de color, cuyos nombres son una combinación de inglés y sesotho.
En las canchas de la Liga Premier Sudafricana, donde Booth se graduó como futbolista en 1999 cuando los Mamelodi Sundowns le dieron su primer contrato profesional, siempre ha estado rodeado de negros.
Durante su formación académica en tiempos del apartheid lo obligaban a jugar en equipos de cricket y rugby, pero él siempre se sintió cómodo entre los morenos.
Este arroz entre prietitos es una muestra de la lenta, casi imperceptible integración de blancos y negros en Sudáfrica. Han pasado 20 años desde que el apartheid fue abolido y Booth es uno de los pocos sudafricanos blancos que tiene un matrimonio mixto.
Cada vez que toca el balón en un partido, su legión de fanáticos negros corea un largo y sonoro “Boooooooth” que, quizás erizados por las muestras de racismo en su país, los periodistas españoles confundieron con abucheos durante la Copa Confederaciones 2009.
El espigado central de los Bafana Bafana tuvo que aclarar en la conferencia de prensa posterior a un partido que jamás ha sido víctima del desprecio de ningún negro.
La montaña
En el hotel ecológico Thaba Ya Batswana (La Montaña de Botswana), donde está concentrada la Selección Mexicana, los blancos son quienes ostentan puestos gerenciales. El resto de los empleados, desde vigilantes hasta personal administrativo, son negros en su mayoría.
En un esfuerzo por ser cálidos con los jugadores y la delegación mexicana, durante meses los empleados estudiaron español.
El hotel está ubicado en las afueras de Johannesburgo, a un costado de Klipriviersberg, la reserva natural más grande en esta región del país donde hay cebras y ñus negros.
Es un lugar de descanso ideal para que los blancos –y negros que puedan pagar este hotel de cuatro estrellas– salgan de la ciudad los fines de semana.
Thaba Ya Batswana se encuentra en medio de la nada. Los empleados que no tienen coche –la mayoría– llegan y se van caminando. El lugar más cercano donde es posible tomar un taxi colectivo se ubica a más de seis kilómetros.
A 10 minutos del hotel está Waterstone College, el colegio de educación cristiana en cuyas canchas empastadas entrena el equipo tricolor.
Llegar al lugar implica atravesar kilómetros y kilómetros donde el paisaje está compuesto sólo de pastizales. Hierba seca por doquier. Humo que se asoma por el horizonte producto del pasto seco ardiendo.
La estampa es pura desolación, como El llano en llamas de Rulfo, versión hemisferio sur. Los negros andan a pie con la pobreza a cuestas en los acotamientos de estos caminos sin encontrar ni una sombra de árbol. Aquí ni siquiera se oye ladrar a los perros y se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga.
A un costado de la carretera, las instalaciones de Waterstone rompen con la monotonía. En esta escuela, en teoría, 85% de los alumnos son blancos y 15% negros; sin embargo, de 800 estudiantes matriculados desde kínder hasta preparatoria, sólo cuatro son de color.
Esta escuela, creada en 2007 para atender a los blancos de posición económica acomodada, está en Kibler Park, un enorme y solitario suburbio al sur de Johannesburgo donde, esparcidos como lunares, se alcanzan a ver exclusivos fraccionamientos como el Eagle Nest, donde los negros sólo pueden llegar a pie.
Como diamantes
Los negros son los meseros, garroteros y lavaplatos de los restaurantes; son los choferes y los jardineros de las canchas donde entrenan las 32 selecciones nacionales. Son los que integran el personal de seguridad y limpieza de los estadios, así como los voluntarios del Mundial. También son negros los vendedores ambulantes que en las calles ofrecen banderas de todos los países y las tronantes vuvuzelas (trompetas); los que se sientan horas bajo el rayo del sol en las banquetas de las casas de los blancos pidiendo trabajo, comida o una muestra de caridad.
El Mundial de Futbol representa un enclave en Johannesburgo. En el terreno que controla la FIFA hay calles limpias que barren los negros, pisos nuevos que pulen los negros, atención a los medios de comunicación que ofrecen los negros; siempre amables, siempre sonrientes, siempre dispuestos a ayudar a los extranjeros, porque su desgracia es pequeña al lado del orgullo que representa ser el país sede del máximo certamen de futbol.
No importa que ganen 2 mil rands (3 mil 500 pesos) al mes por jornadas de 12 horas al día cuatro veces a la semana ni que su trabajo sea temporal; comenzó el 27 de mayo y volverán al desempleo al terminar la justa mundialista.
El famoso estadio Ellis Park –donde en 1995, durante la final de la Copa del Mundo de rugby, Nelson Mandela comenzó su proyecto de la Nación del Arco Iris– es la fachada de una casa que se despedaza por dentro. Ni siquiera hay que ir a los townships; basta cruzar la calle para llegar al Johannesburgo de hueso y muy poca carne, la ciudad de verdad, la de los negros que afean el paisaje, los que sufren las inclemencias de la calle.
En la esquina que forman Heigh y Curry, a una cuadra del Ellis Park, un grupo de indigentes saluda a los extranjeros. Nada les borra la sonrisa. Saludan contentos. Humphrey Hleza muestra una dentadura incompleta, piel erosionada, cabello corto y crespo lleno de canas. Parece un viejo de 60 años, pero sólo tiene 37. Dice que sabe leer y escribir, que fue a la escuela; incluso afirma que México está en América, pero ignora que la Selección mexicana jugó el partido inaugural contra los Bafana Bafana. Hace muchos años, no recuerda cuántos, se quedó sin trabajo, igual que sus compañeros de banqueta.
Comentan que están emocionados porque su país es la sede del Mundial, pero cuando se les pregunta si el torneo es benéfico para Sudáfrica, Humphrey responde sonriente: “Sí, para el país es benéfico, pero para nosotros no”.
“Mira, vivimos en la calle”, apunta Patrick Jansen. “Dormimos ahí”. Y señala un montón de bolsas de plástico sucias y roídas.
Unos pasos adelante está Doornfontein, una estación de tren. A las afueras hay hombres y mujeres que venden fruta fresca y dulces. Naranjas en montones de tres, pencas de plátanos, papayas, cacahuates, periódicos, a ras de piso, en cubetas o en improvisadas tablas viejas y astilladas.
Wellington Mayeza solía trabajar hace unos 10 años en una fábrica de madera, pero fue despedido. Ahora se gana la vida pegado a una pared ennegrecida por el carbón que utiliza para cocer salchichas en un anafre redondo. Tiene cinco hijos que ya no van a la escuela. El dinero que gana apenas le alcanza para comer. En su casa, el estudio es un lujo.
A un costado le hacen competencia quienes venden inyama ye ndloko a las brasas, o sea, carne de cabeza de vaca. Con arroz blanco y cocido se forma un cuadrado pastoso que sirve para hacer una especie de tortilla con la que se coge la carne. Nadie usa tenedores ni cuchillos.
La comida se acompaña con sorbos de agua que beben en pequeños pocillos de peltre desportillados y que se sirven de bidones mugrosos apenas aptos para gasolina. A nadie incomoda el olor a orines.
Negros y blancos, pobres o ricos, los sudafricanos muestran con decenas de expresiones que su país está de fiesta. Usan la camiseta verde y amarilla de los Bafana Bafana, hacen sonar las vuvuzelas y llevan makarapas en la cabeza.
Los makarapas son cascos que usan los trabajadores de la construcción, pero adornados con banderas, balones en miniatura, lentes gigantes, letras, muñecos, dibujos o cualquier objeto que se le pueda añadir; cuestan desde 200 hasta 800 rands (entre 300 y mil 300 pesos).
Estos sombreros fueron creados en 1979 por Alfred Baloyi, residente del suburbio de Edenvale, a las afueras de Johannesburgo, con la intención de protegerse de los proyectiles que los aficionados acostumbran lanzar en los estadios de futbol. Makarapa es una palabra setswana que significa “trabajador migrante”. Se le ocurrió utilizar un casco por su dureza, pero como no quería parecer un migrante, optó por decorarlo. Los aficionados lo vieron en los estadios y quedaron encantados, así que le pidieron que les hiciera algunos.
Baloyi comenzó un mininegocio que le permitió fabricar dos o tres sombreros por día. Treinta años después, para el Mundial, un empresario local, Grant Nicholls, se asocio con él y crearon la marca Original Baloyi Makarapa. Ahora una máquina los produce en masa y ya nadie los hace a mano.
Los negros cantan y bailan el diski dance, una combinación de movimientos del futbol que involucra el pecho, la cabeza y los pies como si se estuviera dominando un balón invisible. Ríen todo el tiempo, son amables, se preocupan por agradar y por asegurarse de que los miles de visitantes que ha traído el Mundial así los recuerden.
Son negros como un carbón, pero brillan como diamantes. l








