Fallaste, corazón: no vuelvas a empatar

El viernes 11 en Johannesburgo, la selección del Vasco Aguirre mostró sus credenciales: es decir, las nuevas, las del momento, porque mañana o pasado mañana bien podrían servir para acreditar su desempeño histórico de inconsistencias, de frustraciones. A juzgar por los tamaños del equipo nacional, ¿el empate a uno con Sudáfrica es un triunfo? En el presente texto, el escritor Juan Villoro aguza la observación sobre un objetivo caprichoso, la selección mexicana de futbol, y consigue la primera instantánea del enigma…

 

El futbol es un oficio de paradojas: Steven Pienaar, conductor de la selección de Sudáfrica, no tiene licencia de manejo. Esto se descubrió cuando lo detuvieron al salir de un bar en la ciudad de Liverpool. Tal vez por eso, dentro del campo disfruta tanto el arte de avanzar en sentido contrario sin posibilidad de ser multado.

¿Qué paradojas podía esperar México en la inauguración del Mundial? Que Sudáfrica recordara que tiene 11 idiomas oficiales y cada uno de sus seleccionados hablara uno distinto. Enfrentar a un equipo babelizado por el desconcierto hubiera sido espléndido.

No fue esto lo que ocurrió. Sudáfrica dejó que sus rivales llegaran como un cazador deja que un tigre se aproxime a beber agua. Luego sacó la pólvora.

Otra paradoja de interés hubiera sido la siguiente: el primer trasplante de corazón fue hecho en Johannesburgo. Hubiera sido un buen gesto de los anfitriones que, en homenaje al doctor Christian Barnard, dejaran que jugáramos con corazón de locales. Y es que México prefiere ejercer la simpatía de quien ofrece la fiesta (no ha organizado con éxito dos Mundiales y prepara magníficos margaritas de cortesía) que caer en pecado de arruinarla.

El primer partido tenía una alta dimensión psicológica. Sudáfrica es el más endeble de los seis equipos del continente africano que participan en la justa, pero había hilvanado 12 partidos sin derrota desde que los dirige Carlos Alberto Parreira, que ya fue campeón con Brasil. Además, contaba con las simpatías de la FIFA, del público, de los ambientalistas que se unen a los débiles y de las estruendosas vuvuzelas, trompetas del juicio final que sonaban en las gradas.

Javier Aguirre la semana pasada ha puesto énfasis en el trabajo mental que se toma muy poco en cuenta en una profesión acostumbrada a que las patadas no tengan vida interior.

Sin embargo, días antes del partido inaugural, el entrenador puso en práctica un experimento muy poco psicológico. Salió de México con 24 jugadores con el expreso fin de dejar fuera a uno de ellos. ¿Podemos imaginar la depresión de quien debe emprender el solitario viaje del descastado? Esta antiterapia equivale a participar en American Idol al revés: el elegido no va a la gloria sino a la ignominia.

Para colmo, el jugador excluido fue Jonathan dos Santos, el único con un hermano en el equipo. Más allá de sus cualidades, se trata del jugador cuya ausencia puede afectar psicológicamente a su hermano Giovanni. Además, al ser un jugador en formación, la experiencia de estar en la banca se prestaba para una pedagogía que ya no tiene sentido para gente como el Bofo, que ya se doctoró en frustraciones. ¿Es posible que Torres Nilo supere en méritos a Jonathan, más allá de los apellidos que hacen pensar en un prestigiado penalista?

Aunque defiende el trabajo psicológico, Aguirre revolvió los ánimos de sus jugadores. No ha sido el único eclipse de un hombre íntegro. Después de superar la crisis por sus críticas a la situación del país, pasó al extremo opuesto y se convirtió en inmoderado propagandista de los esplendores nacionales en la campaña Iniciativa México.

Todo esto no hace tanto ruido como las vuvuzelas, pero mete una presión de baja intensidad y desata una innecesaria guerrilla de nervios.

 

El presidente que no sabía decidir

 

Las vacilaciones de Aguirre son una muestra de entereza si se comparan con las del presidente Felipe Calderón. Cada 12 años el Mundial coincide con las elecciones. Durante la campaña electoral de 2006, Calderón visitó al Tri como candidato panista. La Selección es –o debería ser–  “el equipo de todos”. En este sentido, no debe prestarse para el proselitismo partidista.

Como candidato Calderón buscó acercarse con oportunismo a la épica deportiva. Como presidente, ha actuado con la indecisión de un delantero que llega solo al arco pero da un pase atrás para que otro asuma la responsabilidad de chutar.

A Sudáfrica asistirán unos 70 jefes de Estado. Desde el punto de vista protocolario, resultaba lógico que el presidente de México asistiera al cotejo. Sin embargo, Calderón recurrió a un sondeo inducido para sugerir que era el pueblo quien pedía su asistencia. Quien necesita una encuesta para respaldar una decisión revela debilidad. El margen de maniobra de Calderón ha sido cada vez más reducido. Sudáfrica lo ejemplifica a la perfección. Después de encerrase en su propia área chica al pedir el permiso de la opinión pública, el Ejecutivo anunció la visita de Estado como “viaje de trabajo”. Acto seguido, los diputados le hicieron un pressing de catenacchio italiano.

El avión del presidente despegó cuando un niño mexicano había sido asesinado por la Border Patrol, causando un significativo conflicto bilateral. Ese mismo día las carreteras de acceso a Monterrey fueron bloqueadas por el crimen organizado, un empresario fue asesinado en Xalapa y se encontró un arsenal de explosivos en el DF (aunque luego se diría que se trataba de algo inofensivo, tal vez leche Nido). Calderón dejó un país en llamas, no por una razón circunstancial, sino por la infructuosa guerra que ha desatado.

Desde un punto de vista simbólico, ¿le convenía ir a Sudáfrica? Si México ganaba, difícilmente se atribuiría al apoyo de un presidente débil, que no logró que sus iniciativas de reforma del Estado se convirtieran en leyes y necesitó un sondeo de opinión para empacar su cepillo de dientes rumbo a Sudáfrica. En cambio, si México perdía, los supersticiosos, los esotéricos, los amigos del azar y de la estadística pensarían que el chaparrito daba mala vibra.

El pretexto de entregarle a Nelson Mandela el Águila Azteca no parecía de suficiente peso. Primero que nada porque no había certeza absoluta de reunirse con el exmandatario de 92 años, pero sobre todo porque, si el objetivo era respaldar la competitividad del Tri, resultaba contradictorio llevarle un regalito al adversario. En términos tribales equivalía a pagar por el permiso de que nuestros elefantes se bañaran un ratito en su río. Mandela merece todos los reconocimientos. Si Calderón deseaba distinguirlo, podía visitarlo otro día en su casa de Pretoria. Entregar la camiseta antes del partido es un gesto de cortesía hacia los extraños, pero de poca motivación hacia los tuyos.

Cuando el presidente abanderó a la Selección, el capitán Gerardo Torrado lo invitó a Sudáfrica. Para entonces, la polémica del viaje ya estaba en el aire. Calderón sonrió como diciendo: “A mí que me esculquen”. Su indecisión y su falta de claridad son la cara presidencial de una Selección que, acaso en forma preventiva, se vistió con el elegante color de la posmodernidad y del luto.

 

Si los goles no existieran…

 

Después del empate a uno queda claro que la única posibilidad de que un mexicano llegue a la final está en Marco Rodríguez, silbante que compite con los cracks en condición física y singular corte de pelo.

Joseph Blatter se ha acostumbrado con los años a ser un jerarca trasnacional. Seguro del poder que ejerce y de que su inquilinato en la FIFA será larguísimo, puede darse el lujo de ser sincero. Sólo los políticos débiles necesitan diplomacia. De acuerdo con el extrovertido Blatter, sería magnífico que Sudáfrica pasara a la siguiente ronda. Su secretario fue aún más proselitista y pidió al público que llegara a tiempo al estadio Soccer City “para no perderse los dos primeros goles de los Bafana Bafana”.

LA FIFA no escogió a un curtido árbitro europeo para soplar justicia en el primer partido, sino al más inexperto del torneo, procedente de las praderas de Uzbekistán. La situación se prestaba para que, en caso de duda, el colegiado se inclinara por el equipo local.

Abro un paréntesis para comentar algo en lo que se ha reparado poco: un equipo también juega en relación al árbitro. En su último partido de preparación, México brilló ante Italia. Pero salió del campo con una colección de tarjetas amarillas, algo terrible en un torneo, y estuvo a punto de enervar a un árbitro de por sí desfavorable. El Tri corre mucho en medio campo, pero a veces lo hace con la celeridad no necesariamente constructiva de quienes buscan una ruta de evacuación. El equipo se hiperventila sin razón aparente. Gerardo Torrado es un tarjetahabiente de mucho crédito; Efraín Juárez rehúye la violencia, pero no la enjundia que parece violencia. Ambos fueron innecesariamente amonestados contra Sudáfrica.

Con todo, la única pifia grave del árbitro benefició a México. Perdíamos 1-0 cuando el Maza Rodríguez estuvo a punto de llevarnos a la ruina con un faul dentro del área. El error humano nos benefició.

En el primer tiempo, mientras el enjambre de vuvuzelas mostraba la versión sonora de la abeja africana, México dominó sin consecuencia. Una vez más quedó claro que seríamos un gran equipo si no existieran los goles. La pelota circulaba bien, se achicaba a los contrarios, se ganaban balones divididos, pero no había sentido de la definición.

Guille Franco confirmó que es uno de los mejores prologuistas del futbol. Domina balones inverosímiles. Luego de este brillante prefacio, deja la obra maestra en blanco.

El más apasionado de los mexicanos era Javier Aguirre, que puteaba con furor de vuvuzela al borde del campo.

En distancias cortas, México corrió más y mejor que Sudáfrica. Cuando la cancha se abría, el equipo sede era dueño del césped. En el minuto 54, Shabalala recibió un balón en punta. Enfrente tenía la sabana africana. Avanzó con ánimo de safari y venció a El Conejo con un riflazo cruzado.

A continuación vino una coreografía celebratoria que confirmó lo que los futbolistas sudafricanos tienen en el campo: su mejor recurso técnico es el cambio de ritmo y la cadencia.

El gol en contra desnudó la fragilidad de un equipo sociable, que ama la convivencia y los pases laterales, pero odia la determinación.

Un error de marca dejó a Rafa Márquez ante el portero, a una distancia de arma blanca. Resolvió con maestría y el empate comenzó a saber bien y se volvió francamente apetitoso cuando un tiro de Sudáfrica dio en el poste, ante un Conejo que ya era de Pascua.

Cuando el árbitro uzbeco sopló el final del juego, Khune, portero de Sudáfrica, se lanzó al suelo, abatido. México dominó, pero el triunfo se le escapó a Sudáfrica.

El lema de Chile ’62 se presta para entender las esperanzas que ha desatado el primer Mundial en territorio africano: “Porque nada tenemos, lo queremos todo”. Los Bafana Bafana quisieron, pero no pudieron. El Tri pudo, pero no quiso. Después del primer tiempo, comprobó que jugar mejor sin resultado alguno desgasta mucho.

¿Hay una moral en este partido? Las vacilaciones de Aguirre y del presidente no son ajenas a una Selección sin capacidad de resolver. Tradicionalmente, México se ha adaptado al son que le tocan en el futbol. Gana de fea manera ante Jamaica y pierde de lujo ante Brasil. El empate es una radiografía del alma en la hierba. La Selección se parece a Ivanovich Chichikov, el personaje de Gógol: “Ni feo ni guapo, ni delgado ni grueso, ni viejo ni joven”. El drama de la responsabilidad, la horrenda tarea de decidir, le sientan mal a un equipo que no busca la singularidad del gol y en cambio administra bien el balón, acata la norma y cumple a cabalidad largos trámites de archivo.

México debutó sin personalidad. Se trata de un equipo más ordenado y eficaz que el que dejó Eriksson, pero aún está lejos de adaptarse a las emociones que El Vasco Aguirre siente al borde del campo.

Vamos en camino de imponer un récord geriátrico con dos hombres de 37 años en el campo, Cuauhtémoc y El Conejo. Se trata de un indudable triunfo médico, pero lo que más nos hace falta en la tierra del Dr. Barnard es un trasplante de corazón.

El desangelado Tri no dio motivos para ir a Paseo de la Reforma. l