Amargo empate

Lejos de las predicciones triunfalistas dictadas por el furor mediático, la Selección Mexicana se mostró sin sorpresas y guardó el “ya se pudo” oficialista para otra ocasión. Ante un rival poco exigente, elemental a ratos, los dirigidos por Javier Aguirre debutaron con pocas luces en el Mundial de Sudáfrica. Ante un estadio cruzado por un frío invernal, una inauguración multicolor y el duelo en la casa Mandela, los tricolores salieron derrotados a pesar de que habían empatado

 

JOHANNESBURGO.- Setenta y nueve agónicos minutos de tribulación y enfado padeció Javier Aguirre ante el anfitrión Sudáfrica. En la banca, el entrenador de México y sus 23 jugadores a los que llama guerreros festejaron el gol, que les alcanzó apenas para un penoso empate, como si hubieran ganado el séptimo partido del Mundial. 

El peor escenario que El Vasco Aguirre pudo imaginar lo sufrió la Selección nacional y sus millones de seguidores ante lo cerrado del Grupo A que comparten con Francia y Uruguay: los tricolores se sentían muertos en el alumbramiento del Mundial. 

El verde de la esperanza revivió en las tribunas donde miles de mexicanos se animaron con el gol de Rafael Márquez. Aguirre gritó eufórico. Sacó toda la presión. Después volvió a su misma expresión de enojo y desesperación. 

La Selección Mexicana que llegó al continente negro en pos de hacer historia obtuvo una igualada con tintes de derrota ante los infravalorados Bafana-Bafana: sólo un punto de los tres que Aguirre tenía presupuestados en la inauguración del Mundial. 

Los 11 de Carlos Alberto Parreira ni siquiera echaron mano de la magia de Nelson Mandela. El expresidente no asistió al Soccer City porque esta madrugada su bisnieta Zenani, de 13 años, perdió la vida en un accidente. Ni el luto de Madiba opacó la fiesta que, reza el slogan, “sólo una vez” podrá celebrar Sudáfrica. Sin minuto de silencio. Sin instante de amargura. 

Los seleccionados sudafricanos en tremendo guateque bajaron del camión que los llevó al estadio y cantando y bailando salieron al campo; en cambio, los mexicanos, con la solemnidad en el rostro y el negro de su propio uniforme. México jugó sin el voltaje que exige una inauguración del Mundial. Quería reconocimiento y no alcanzó ni aplausos. 

“Bafana, Bafana me prestas a tu hermana. Bafana, Bafana me pelas la banana”, cantaban los aficionados mexicanos, cargados como siempre de albures, ya instalados en una de las esquinas de la grada superior, pero sólo unos cuantos los escuchaban. Los fanáticos sudafricanos embelesados intentaban corear lo que pensaban que era un gesto amistoso y hacían sonar sus vuvuzelas. “Sudafricano maleta, sóplame la corneta”, les espetaban los nacionales a negros y blancos que seguían sin entender. 

En el  Soccer City, todos empezaron perezosos. Sudáfrica apostando por el contragolpe, la marca de la casa, la cultura transmitida por el entrenador brasileño. México, como siempre, intentando llegar, sumando pases, pero sin saber conjugar el verbo definir. 

En las tribunas las vuvuzelas permanecían calladas. Hacerlas sonar durante 90 minutos es a riesgo de perder un pulmón. Los mexicanos también, entumidos por el frío del invierno austral y por un juego manso, desbravado, sin casta, sin gol, se mantenían a la expectativa. Con un virginal empate se fueron al medio tiempo.  

Dispersos en los tres pisos del estadio, los fanáticos mexicanos  trataban de armar su fiesta. Con sombreros de charro, matracas chirriando, brindis con cervezas Budweiser, la oficial y única que se vende en el estadio, banderas de México, gorros y cornetas, pero sin motivos futboleros para aplaudir. Poco que festejar.

“Ha estado bien flojo el partido, a ver si responden, pero siempre es lo mismo, según que ahora sí van a ganar y no pueden con los sudafricanitos”, dice Juan Hernández, jalisciense radicado en Phoenix quien gastó 450 dólares sólo en el boleto. 

“Hagan los goles no los sándwiches”, gritaba una aficionada en la desangelada tribuna. 

Fernando Chávez, de Puebla, rentó un disfraz de guerrero azteca. Se quedó en viles calzones: una simple pechera plateada y penacho multicolor eran toda su vestimenta. “Espero empedarme para no sentir el frío”, le explicó a todo aquel que, sorprendido, le veía sus desnudas y peludísimas piernas. Los fanáticos sudafricanos se le acercaban para tomarse una foto. “Ya déjenme ver el partido, cabrones”, les decía en broma. 

Casi 85 mil fanáticos colmaron las tribunas del remodelado e histórico Soccer City Stadium. Al tiempo del silbatazo inicial, cientos de lugares de un bloque de la tribuna más alta aún estaban vacíos. Minutos después, el Comité Organizador ya había mandado sentar a voluntarios del evento. Su inconfundible uniforme verde brillante los delataba.  

Si la selección del multimundialista Parreira se atrincheró en la primera mitad, en la segunda parte del juego se fue hacia adelante. El gol de Sudáfrica fue obra de dos hijos de los townships de Johannesburgo: Teko Modise, de  Soweto, le dio un pase de posgrado a Siphiwe Tshabalala, de Alexandra. Una jugada casi calcada del tanto de largos y precisos pases que hace un par de meses el mismo jugador culminó en un amistoso contra Paraguay. 

El movimiento del calleg achicha, expresión en zulu que significa sacudirse, que los jugadores bailotearon después del gol de vitrina que convirtió Tshabalala fue emulado por los fanáticos en la tribunas. Y ya nada pudo acallar las vuvuzelas. Del silencio nació la escandalera. 

Los sudafricanos, más blancos que negros, comenzaron a brincar sin parar. Miles de figuras amarillas y verdes subiendo y bajando. Vuvuzuela en mano, miles movían hacia atrás y hacia adelante el brazo al grito de guerra de los indios americanos, cortando el aire como hachas. 

“Ya con uno que meta México, con eso me conformo”, dijo resignado un hombre cincuentón con camiseta verde y bandera tricolor anudada en el cuello. Nadie lo secundó. Todos, con la mirada clavada en el juego.   

Un partido de nubes y claroscuros: la lentitud de Ricardo Osorio y en general de la defensa que, en el papel, es la zona más poderosa de la Selección. Los intentos continuos pero sin éxito de Giovani. Un equipo desordenado, con Andrés Guardado 53 minutos en la banca y Guillermo Franco errando a placer. 

“Tenía que haber metido ese gol ese güey “(Guillermo Franco una de las veces que falló su remate con la cabeza), se escuchó un lamento anónimo.

“Aquí está El Chicharito echándose una cerveza, por eso no anota gol México. Este es el verdadero Chicharito”, refirió alguien del montón señalando a un jovencito que portaba la camiseta negra con el número 14. 

Despojado del gafete de capitán en el democrático equipo de Javier Aguirre donde todos son iguales y no hay jerarquías, pero con la autoridad moral y experiencia del que manda en una embarcación, el otrora villano de la Selección, Rafael Márquez, al estilo del campeón Barcelona, resolvió el problema con tiro de derecha sin dudarlo a un centro de Guardado.

México demostró otra vez que es un equipo de algunos minutos, a veces de medio tiempo. 

Los aficionados respiraron más tranquilos durante unos minutos, pero cuando en jugadas consecutivas los sudafricanos presionaron a México y ganaron cuatro tiros de esquina en pocos minutos, comenzó el frotadero de manos. Unos enlazaban sus dedos y alzaban la mirada al cielo. Otros arengaban a los verde al grito de “¡Vamos!”, “¡Órale, México!”.   

Desesperado en la banca, Javier Aguirre manoteaba con su auxiliar Mario Carrillo. El Vasco le reclamó todo al juez central uzbeko Ravshan Irmatov. Le gritoneó a Efraín Juárez por el innecesario cartón amarillo que se ganó, mientras su otro auxiliar, Manuel Vidrio, arremetía contra el cuarto árbitro.

 El equipo con personalidad, bien armado en lo futbolístico, con buena moral, sin miedo al éxito, como lo describió un día antes Aguirre, terminó descompuesto, sacando un empate milagroso ante el hasta ahora país sede del Mundial más débil de todos. 

En el gol de Márquez, Aguirre explotó en júbilo unos instantes. Después siguió mesándose el cabello, mentando madres a diestra y siniestra. 

En la banca aledaña había otra fiesta verde y amarilla. Parreira la pasó cómodamente sentado con Jairo Leal y Pitso Mosimane, sus auxiliares. El entrenador que en el Mundial del 94 hizo tetracampeón a Brasil tenía en el rostro la sonrisa de misión cumplida. Aguirre el semblante adusto de quien quedó a deber. 

Las vuvuzelas no fueron el jugador número 12 que los Bafana Bafana y su entrenador deseaban, pero tampoco las necesitaron. Rugían como sirena gigantesca de un barco cada vez que México amenazaba con una jugada de peligro y el estruendo se multiplicaba cuando los locales iban al frente o controlaban el balón.

“Ya anoten, ganen, como si en México no hubiera crisis”, se quejaba Jorge Luis Ramos, del Distrito Federal, quien invirtió 25 mil pesos en su boleto de avión y además gastará 2 mil rands diarios (casi 3 mil pesos) en hospedaje.  

Víctima de sus errores, la zaga tricolor  estuvo a punto de regalarle el triunfo a Sudáfrica. Katlego Mphela se llevó a Osorio, y el Maza Rodríguez cerró pero no pudo evitar el disparo que, milagrosamente, se estrelló en el palo derecho de Óscar Pérez. 

Con el silbatazo final, los aficionados mostraron su desilusión con chasquidos de lengua y moviendo la cabeza de un lado a otro, con “chales” y “qué pocas”. En el terreno de juego, El Maza golpeó el aire con la mano en señal de desaprobación. Giovani dos Santos dio unos pasos cabizbajo. 

“Nos robaron. No era fuera de lugar (el gol de Carlos Vela). Estuvo de la chingada el partido”, dijo Pablo de 54 años, enrollado en un sarape tricolor.

No pasaron ni cinco minutos antes de que los fanáticos que soportaron las inclemencias del tiempo, que empeoraron por el viento que soplaba, comenzaran a buscar la salida. 

Mandela no fue al estadio, pero en espíritu estuvo ahí, y eso en Sudáfrica lo es todo. l