El archivo del fotógrafo estadunidense, que consta de 250 imágenes tomadas en México durante sus viajes de 1932-34 y 1966, adquiridas por la Fundación Cultural Televisa, integrarán una exposición que, se anunció, será montada en el Palacio de Bellas Artes en 2011. De ellas, 160 permanecen inéditas.
En febrero de 1933 la Sala de Arte de la Secretaría de Educación Pública (dirigida entonces por Roberto Montenegro y Gabriel Fernández Ledesma) presentó una exposición de fotografías de Paul Strand (Nueva York, 1890-Orgeval, Francia, 1976), con temas de México y del sur de Estados Unidos, donde lo hispanoamericano podía ser detectado a cada paso.
Paul Strand se encontraba en México haciendo fotografías y todavía no comenzaba su trabajo de cámara para la película Redes, que dirigieron Fred Zinneman y Emilio Gómez Muriel, con base en un argumento de Agustín Velázquez Chávez y el mismo Paul Strand, quien había estudiado en la Ethical Cultural School de Nueva York, donde tuvo como profesor a Lewis Hine, quien lo presentó con Alfred Stieglitz, el fundador de Photo Secession y editor de Camera Work. El último número de esta revista (1917) estuvo completamente dedicado a la fotografía de Strand, que ya comenzaba a englobar muy diversos géneros.
La filmación de Redes tuvo un sentido de aventura que fue evocado por Emilio Gómez Muriel:
“Quienes nos reunimos para realizar Redes sabíamos mucho de cine en teoría. Paul Strand, por ejemplo, era un fotógrafo excelentísimo, pero jamás había hecho cine. Llegó a México para tomar una serie de fotografías. Su relación con Carlos Chávez, entonces jefe del Departamento de Bellas Artes en la Secretaría de Educación Pública, lo ligó al ambiente. Hizo amistad con Agustín Velázquez Chávez y conmigo. De nuestra relación con Strand nació la idea de hacer un documental sobre la vida de los pescadores. Convencimos a Chávez y éste ordenó una partida de dinero suficiente para realizar una película de dos rollos. Entonces Strand, Velázquez y yo nos fuimos a Alvarado. Una vez allí comprendimos que el asunto merecía una película de largometraje con argumento y decidimos comenzar a hacerla sin tramitar autorización alguna, sabiendo que la partida de dinero no nos alcanzaría. Confiábamos en que las primeras muestras de nuestro trabajo convencerían a quien correspondiera. Strand consideró que necesitábamos a alguien con más experiencia y llamó a un amigo suyo, un trabajador poco conocido de Hollywood.
“Fue así como se nos unió Fred Zinneman. Nosotros ya estábamos gestando la película cuando llegó Zinneman y dijo: ‘No, así no sirve’. Él y Strand chocaron. Éste quería ante las cámaras seres estáticos, una fotografía no cinematográfica. Fue la confrontación entre la plástica en movimiento y la plástica fija. Como era lógico, se siguieron las indicaciones de Zinneman. Los trabajos se habían comenzado en abril de 1934, el rodaje se terminó en noviembre de ese mismo año. La película quedó lista en octubre de 1935. A Silvestre Revueltas se le encargó la música en septiembre de 1934 y no tardó en reunirse con nosotros en Alvarado para captar ritmos y ambiente.”
La amistad entre Revueltas y Strand, anterior a la filmación de Redes, llevó al músico a escribir una breve presentación de la muestra fotográfica del estadunidense:
“Paul Strand no es un fotógrafo: es un artista. Sus fotografías son poemas de un sentimiento tan hondamente profundo que rara vez podrá encontrarse un trabajo de esta naturaleza. No buscan el asombro visual admirativo. Están llenas de silencio. Sus temas, de una aparente sencillez, tienen una íntima poesía. La serenidad intelectual de Paul Strand, tan comprensiva, tan llena de suave piedad, hace de él uno de los artistas contemporáneos más nobles.”
Por su parte Gabriel Fernández Ledesma, temprano propulsor de la fotografía artística, subrayaba la calidad del trabajo de Paul Strand:
“Su cámara, como simple producto de la civilización de esta época, es en sus manos de buen artesano y buen técnico el medio del cual se sirve para convertir en imágenes perennes así las nubes como la montaña, como la casa, que a través de la visión limpia de su lente cobran el sentido de entidades casi biológicas, arraigadas profundamente a la vida del hombre. Paul Strand es un técnico. El valor positivo de sus fotografías nace desde la médula de esas imágenes ‘químicamente puras’ que ha realizado sin escamoteos.”
Cuando el célebre libretista italiano Cesare Zavattini llegó por primera vez a México en 1954, traía el libro fotográfico Un paese, sobre su tierra natal, trabajado con Paul Strand. Juntos habían recorrido palmo a palmo esa tierra tocándola, interrogándola, descubriéndola para sí y para los demás, en la certidumbre de que el libro que resultara de ese trabajo ayudaría a tomar conciencia de su propia realidad a la población ahí representada. También el curioso, el investigador, el inquieto podían tomar Un paese y apreciar qué cara tiene un campesino de las riberas del Po que se aferraba con angustia y con esperanza a su parcela. Así lo creía firmemente y con toda su ternura Cesare Zavattini.
En 1968 el Museo de Arte de Pasadena, California (desaparecido ya), y su curador Fred R. Parker querían adquirir un lote de imágenes de Manuel Álvarez Bravo que se guardaban en la George Eastman House de Rochester, Nueva York. Para conseguir fondos, Parker acudió a la Fundación Florence V. Burden. Con una partida aprobada llegó a México para conocer a Manuel Álvarez Bravo y adquirir treinta obras suyas. El maestro de la cámara acababa de subir sus precios a 80 dólares la copia. Para el tabulador estadunidense ese precio estaba muy por debajo de lo que se hubiera cotizado cualquier fotógrafo de su prestigio. En consecuencia Parker pudo adquirir sesenta fotografías. En el mercado artístico de Estados Unidos los fotógrafos con el prestigio y la calidad de Álvarez Bravo cobraban entre 150 y 500 dólares la copia. Tal era el caso de Paul Strand, quien había fijado su residencia en París. Cuando Strand se enteró de los precios irrisorios que Álvarez Bravo ponía a su trabajo, le mandó decir que ya era tiempo de que los subiera. Desde su primera estancia en México, Paul Strand había expresado gran entusiasmo por las fotografías de Álvarez Bravo, sin adoptar una actitud de suficiencia como otros coterráneos suyos. Pero la admiración era mutua como lo demuestra el hecho de que piezas de Paul Strand figuraron en la selecta colección que reunió Álvarez Bravo y que expuso en el Instituto de Artes y Técnicas Fotográficas, una sociedad anónima de corta existencia, cuyos objetivos fueron promover la fotografía en todos sus aspectos.
Los profesionales de la fotografía en México siempre reconocieron, entre los antecedentes más válidos a Edward Weston, Tina Modotti y Paul Strand. l
Consúltese el libro Episodios fotográficos, de Raquel Tibol, editado por Libros de Proceso en 1989; pp. 90-92, 140,144, 208 y 273.








