La guerra de las “vuvuzelas”

Los equipos que competirán en el Mundial, así como los millones de espectadores extranjeros, tendrán que llegar armados con tapones para los oídos si no quieren exponerse a lesiones auditivas. Pese a las protestas y ruegos de diversas naciones, la FIFA se negó a prohibir el uso de las vuvuzelas, trompetones que los sudafricanos hacen sonar durante los partidos. Las consideran parte de la cultura futbolística local.

JOHANNESBURGO.- Los presidentes de la FIFA y de Sudáfrica, Joseph Blatter y Jacob Zuma, respectivamente, al igual que el exmandatario Thabo Mbeki, hicieron la misma apuesta: lograr que el mundial de 2010 sea el más festivo de toda la historia del futbol.

Ninguno de los tres, sin embargo, tenía previsto que se convertiría en uno de los más controvertidos.

Las polémicas empezaron a desatarse hace 10 años, en 2000, cuando Alemania arrebató la sede del evento planetario a la Nación del Arco Iris. 

Todo ocurrió en el muy cerrado cenáculo del comité ejecutivo de la FIFA, que cuenta con 24 miembros. Alemania había reunido 12 votos a su favor; Sudáfrica estaba convencida de que iba a lograr el mismo resultado, y Blatter se aprestaba a resolver el empate pronunciándose a favor de la Nación del Arco Iris. Pero el neozelandés Charles Dempsey no cumplió con el mandato que le habían confiado las federaciones de futbol de la zona de Oceanía. Se abstuvo en lugar de dar su voto a Sudáfrica.

 El triunfo cuestionable de Alemania sacudió al mundo internacional del futbol. La reacción del presidente de la FIFA no se hizo esperar: organizó un sistema de rotación de continentes y decidió que le tocaría turno a África en 2010.

La victoria de la candidatura sudafricana contra la de Marruecos el 15 de junio de 2004 no fue fácil y volvió a provocar un sinnúmero de polémicas en el país y entre éste y el resto del mundo.

Algunas son muy serias, otras no tanto; algunas parecen casi surrealistas; todas apasionan a los sudafricanos, que las viven a flor de piel.

Entre las más divertidas destaca la “guerra de las vuvuzelas”. Opone a Sudáfrica y a los equipos de futbol que participan en el mundial. Ya hizo correr muchísima tinta y amenaza con seguir siendo tema de bromas y fricciones a lo largo del certamen.

La vuvuzela, una trompeta multicolor de plástico que mide 62 centímetros de largo, es parte integrante de la cultura futbolística sudafricana.

Apareció en los estadios del país a finales de los noventa e hizo la fortuna de la empresa Masincedane Sport, que tiene el monopolio de su fabricación. La vuvuzela no nació de la nada. Tiene un ancestro que se llama ixilongo en zulú o mhalamhala en lengua tshivenda: se trata de una trompeta primitiva que suele tocarse en los pueblos para juntar a los aldeanos.

El origen de la palabra vuvuzela es confuso. Algunos de sus exégetas mencionan una palabra zulú que significa “hacer ruido”, otros se refieren a un término coloquial que significa “ducha”, en clara alusión al diluvio cacofónico que se abate sobre los estadios cuando el público la toca.

De hecho nadie puede explicar cómo los aficionados de futbol sacan sonidos de un instrumento tan rudimentario y, sobre todo, cómo logran la proeza de tocarlo durante horas alcanzando niveles de frenesí cuando se marca un gol.

Sea como sea, las vuvuzelas aterran a los equipos de los 31 países que se aprestan a llegar a Sudáfrica. Las malas lenguas insinúan que es el arma secreta de los Bafana Bafana, el equipo anfitrión. Algunos entrenadores comparan su sonido a bramidos de miles de elefantes enloquecidos; otros, a zumbidos de millones de abejas agresivas. Todos hicieron lo imposible para convencer a la FIFA de que prohibiera las vuvuzelas en los estadios.

Los futbolistas extranjeros que experimentaron una inmersión de dos horas en un estadio hundido en el mundo sonoro de las vuvuzelas fueron categóricos: nunca pudieron comunicarse entre sí ni oír las vociferaciones de sus entrenadores, sin hablar de sus esfuerzos desesperados para concentrarse. El equipo japonés rogó que se renunciara a las vuvuzelas. Los españoles y holandeses se solidarizaron con él. En vano.

Asociaciones de periodistas de radio y televisión temerosos de que el ruido ensordecedor de las vuvuzelas perturbe la retransmisión de los partidos se unieron a la súplica de los futbolistas. Sin más éxito.

Joseph Blatter se mostró inflexible. “Los sudafricanos vivirían la prohibición de las vuvuzelas como una afrenta”, protestó enfáticamente antes de exclamar: “¡Estamos en África! ¡Es ruidoso! ¡Es energía pura! ¡Es música! ¡Es ritmo!”. 

Columnistas de diarios sudafricanos denunciaron la “intolerancia” internacional; unos cuantos hablaron de “racismo”. Un editorialista del matutino Mail & Guardian precisó: “Me importa destacar que no tocamos vuvuzelas porque somos africanos. La tocamos porque su ruido creativo nos asegura un fantástico brote de adrenalina”.

Se apagó la controversia. Pero la edición del pasado mes de abril de la muy respetada South African Medical Journal, revista de la Asociación de Médicos de Sudáfrica, relanzó el debate con la publicación de un estudio científico sobre los daños físicos que puede causar el ruido conjugado de los gritos, aplausos y el sonido de las vuvuzelas. 

Sus autores, los doctores Dewet Swanepoel y James Hall, examinaron a adultos que acababan de asistir a un partido de futbol en un estadio donde la mayoría de los 30 mil espectadores tocaba vuvuzelas. Tras comprobar que la intensidad del ruido a la que fueron expuestos oscilaba entre 100.5 y 144.2 decibeles, confirmaron que todos sufrían una disminución temporal pero significativa de su capacidad auditiva. Advirtieron que exposiciones seguidas a ruidos tan intensos podían causar lesiones permanentes.

Los partidos del mundial se celebrarán en estadios que pueden admitir hasta 90 mil espectadores, lo que multiplica el nivel de decibeles al que será sometido el público. Swanepoel y Hall insisten en que la ley laboral sudafricana exige protección auditiva para los trabajadores expuestos a más de 85 decibeles y exhortan a los miles de aficionados internacionales a llegar a Sudáfrica armados contra el ruido.

De inmediato, varias fábricas locales de tapones para los oídos anunciaron que están aumentado su producción, a precios competitivos. 

 

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La ceremonia de apertura del mundial 2010, que se efectuará en el estadio de Orlando de Soweto el 10 de junio, en la víspera del partido inaugural entre México y los Bafana Bafana, fue otra fuente de discordia, esta vez entre la FIFA y los músicos de la Nación del Arco Iris.

Por increíble que parezca, la FIFA programó sola ese espectáculo de tres horas que verán millones de televidentes en el mundo. Contrató a la empresa californiana Control Room, dirigida por Kevin Wall, que se apuró en solicitar la participación de estrellas internacionales como la colombiana Shakira; los estadunidenses Black Eyed Peas, John Legend y Alicia Keys; los artistas Amadou & Mariam, de Mali, y Angelique Kidjo, de Benín. 

Control Room seleccionó solamente a dos grupos de afro rock y pop sudafricanos, The Parlotones y BLK JKS, así como al cantante Vusi Mahlasela, tan conocido por su talento como por su compromiso en la lucha contra el apartheid.

La FIFA dio a conocer su programa a finales de marzo, y su desdén hacia los artistas de Sudáfrica provocó un auténtico electrochoque en el país. 

Es difícil imaginar una nación con más creatividad musical que Sudáfrica: todos los estilos conocidos en el mundo vibran en ese país multicultural que desempeñó un papel importante en la historia mundial del jazz, cuyos gospels son inolvidables, que cuenta con un repertorio estremecedor de canciones de lucha y dolor inspiradas por el apartheid, que inventa músicas urbanas contemporáneas sumamente audaces, revisita salsa y reggae, integra y reinventa melodías de su comunidad india o asiática… 

Festivales musicales del mundo se disputan artistas como Mahotella Queens, Soul Brothers, Ringo Madlingozi, PJPowers, o nuevas estrellas de rap como Tumi and the Volume, de hip-hop como el grupo afrikaner Die Antwoorp. La lista se halla lejos de ser exhaustiva.

Marjorie Jobson, presidenta de la ONG Kulhumani, presentó a la reportera a François Leroux, un compositor afrikaner fuera de lo común, cuya canción Her Time Has Come (Llegó su hora) es una auténtica sinfonía, a la vez delicada y apasionada, que rinde homenaje a los sufrimientos de África y celebra la vitalidad y las esperanzas de ese continente demasiado desconocido.

 Leroux contaba con el apoyo de autoridades culturales sudafricanas según las cuales Her Time Has Come hubiera podido convertirse en himno del mundial. Fue ignorado por Control Room. 

Muy independiente, el joven músico no se dejó afectar por el rechazo. Pero no fue el caso de los demás artistas sudafricanos que desenterraron el hacha de guerra. Encabezó la insurrección Mabutho Sithole, presidente de la Creative Workers’ Union of SA, quien solicitó el apoyo de Lulu Xingwana, ministra de Cultura.

El pasado 14 de abril, Sithole y Xingwana discutieron durante horas con Danny Jordaan, presidente del Comité Nacional de Organización del mundial, y un enviado especial de la FIFA que llegó de Zurich para esa cita. 

Salieron medianamente satisfechos del encuentro. Obligaron a Control Room a incluir más artistas sudafricanos en el espectáculo del 10 de junio y a coordinarse con la Asociación de Promotores de la Música Sudafricana. La ministra de Cultura anunció además que artistas sudafricanos animarían eventos culturales en parques y en plazas donde el público seguirá los partidos en grandes pantallas. 

“Es aberrante que tengamos que luchar tanto para que el mundial sirva de vitrina a los talentos que pululan en nuestro país –se indignó Mabutho Sinthole–. No tenemos nada en contra de las estrellas extranjeras, pero nos hubiera parecido más equilibrado si la fiesta más grande jamás organizada en África hubiera contado con 50% de cantantes sudafricanos, 30% de africanos y 20% del resto del mundo.” 

El mismo 14 de abril, la South African Broadcasting Corporation (SABC, equivalente sudafricano de la BBC británica) anunció que 85% de la música que difundirán sus 15 radioemisoras desde el 1 de mayo hasta finales de julio será sudafricana y que el 15% restante será africano. 

“Así quizás los visitantes extranjeros tendrán la oportunidad de descubrir nuestro extraordinario patrimonio musical”, comentó Kaizer Kganyago, vocero de la SABC, con una ironía un tanto amarga.

El pasado 5 de mayo los artistas sudafricanos volvieron a desenterrar el hacha de guerra contra la FIFA al enterarse de las nuevas iniciativas adoptadas por Control Room. La empresa californiana anunció que acababa de contratar al cantante colombiano Juanes, a Tinariwen, un grupo tuareg de Mali, y a K’naan, un artista hip-hop canadiense oriundo de Somalia, para la gran fiesta del próximo 10 de junio. 

Se apresuró a destacar que había incluido a más artistas sudafricanos. Mencionó a dos coros, el Mzansi Youth Choir y el Soweto Gospel Choir, Freshyground –una banda de músicos que mezcla ritmos africanos tradicionales con jazz, blues y rock–, y al famosísimo jazzista Hugh Masekela.

Oupa Legogo, vocero del Sindicato de los Creadores de Sudáfrica, y el renombrado poeta Mzwakhe Mbuli manifestaron abiertamente su enojo. Afirmó el segundo: “Los artistas están profundamente desilusionados e indignados. Fueron burlados, manipulados y engañados. Los organizadores no tomaron en cuenta lo que se había decidido hace tres semanas”. Legogo advirtió por su parte que los músicos y cantantes sudafricanos no se daban por vencidos…

 

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A lo largo de los seis últimos años, las patéticas presentaciones del equipo nacional sudafricano no han dejado de provocar polémicas acaloradas, indignación y pitorreos vitriólicos. Los Bafana Bafana ocupan actualmente el peor lugar de todas las selecciones africanas clasificadas por la FIFA. ¡Tan lejano parece el glorioso título de Campeón de la Copa de las Naciones Africanas que arrancaron al equipo de Túnez en 1996, en Johannesburgo, ante un público delirante de 80 mil aficionados!

La bajada al infierno de los Bafana Bafana fue progresiva e irremediable. El equipo empezó a tocar fondo en 2006 en Egipto, durante la Copa Africana de las Naciones. Perdió los tres partidos que jugó, no marcó un solo gol y se regresó avergonzado a Sudáfrica. 

La South African Futbol Association (SAFA) contrató al renombrado entrenador brasileño Carlos Alberto Parreira. Mejoró un poco el juego de los Bafana Bafana y renació la esperanza. Pero el destino se ensañó con el equipo. De un día a otro, Parreira renunció a su misión salvadora y regresó a Brasil para estar a la cabecera de su esposa enferma de cáncer. Fue reemplazado por otro entrenador brasileño, Joel Santana, que no logró la selección de los Bafana Bafana para la Copa Africana de las Naciones 2010.

Llovieron reproches y vituperios sobre el brasileño, quien empezó a vivir un auténtico viacrucis. Los Bafana Bafana perdieron ocho de los nueve partidos internacionales que disputaron y acabaron en el lugar 85 de la clasificación de la FIFA. 

El escándalo fue nacional, y absoluta la desesperanza de la SAFA, que despidió a Santana en octubre de 2009 y rogó a Carlos Parreira reintegrarse a su puesto, mientras que la opinión pública exacerbada por los reporteros de deportes reclamaba un director técnico sudafricano.

Regresó Parreira. Siguieron el escepticismo nacional y las polémicas. En marzo pasado el entrenador se llevó a los Bafana Bafana a Brasil y luego a Alemania para que experimentaran una atmósfera más serena y se enfrentaran con equipos internacionales.

En vísperas del primer partido de la contienda, los sudafricanos, tan prontos a entusiasmarse como a enojarse, ya no saben ni qué pensar. Pero muchos tienen ganas locas de soñar con un milagro. 

El presidente Jacob Zuma se convirtió en fan de los angustiados Bafana Bafana. Sale por todas partes enarbolando camisetas y bufandas de la selección nacional. Busca galvanizar a sus compatriotas instándolos a ponerse una vez a la semana alguna prenda que aluda al mundial. Presiona para que las ciudades estén adornadas con banderas y símbolos de la contienda. Pide que los automovilistas hagan lo mismo con sus coches…

Los Springboks, equipo nacional de rugby que triunfó en el Campeonato Mundial de 1995, y la Unión Sudafricana de Rugby manifestaron públicamente su solidaridad incondicional con los Bafana Bafana. 

El hecho, normal en cualquier otro país, merece ser subrayado. La victoria de 1995 de los Springboks –plasmada en la película Invictus, dirigida por Clint Eastwood– fue un momento intenso de unidad nacional, pero no rompió con la división racial que existe en el deporte sudafricano: el rugby sigue atrayendo sobre todo a los blancos, en particular a los afrikaners; el futbol, a los negros; el crícket, a sudafricanos de origen británico, y el golf, a la élite económica blanca, negra, mestiza e india.

 En un gesto de conciliación, el pasado 22 de abril Mandla Mazibuko, vicepresidente de la SAFA, anunció que nombraría al sucesor de Parreira antes del primer partido del mundial, y prometió que sería sudafricano.

No apaciguó los ánimos. Exjugadores del mítico equipo Bafana Bafana de 1996 siguieron criticando vehementemente a la SAFA y explicaron que se encargarían personalmente de detectar nuevos talentos sudafricanos para el mundial de 2014. 

Encabezados por Shaun Bartlett, uno de los dos mejores goleadores de Sudáfrica, anunciaron que se aprestaban a abrir tres campos de entrenamiento para jóvenes futbolistas y que contaban con el apoyo económico de la empresa Nike, que ya invirtió 2 millones de dólares en su proyecto.

 

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La venta de boletos es otro tema de aguda controversia. La FIFA y las autoridades sudafricanas esperaban atraer a 450 mil aficionados del mundo entero y contaban esencialmente con el público europeo. Pero a mediados de abril sólo contabilizaban 228 mil 500, según explicó la firma de auditoría Grant Thornton International Business Consultants. 

Son dos las principales causas de esa falta de entusiasmo internacional: la tasa de criminalidad y delincuencia en Sudáfrica sigue siendo una de las más altas del mundo, por un lado; y por otro, los altos costos del viaje, de los boletos y de la estadía en la Nación del Arco Iris son disuasivos en plena crisis económica planetaria. 

 El sistema de venta de “paquetes del mundial”, exclusivamente electrónico, penalizó además a miles de aficionados de toda África, donde el uso de tarjeta de crédito es muy limitado. Los analistas de Gran Thornton afirman que alrededor de 50 mil africanos tenían previsto asistir a la Copa del Mundo, pero que hasta mediados de abril sólo 11 mil 300 habían comprado sus boletos. Esa cifra, si se mantiene, amenaza con desacreditar a Joseph Blatter. ¿Cómo podrá enorgullecerse de ese primer mundial de África si sólo 2% del público es oriundo del continente?

Las críticas de la prensa africana se hicieron tan numerosas y acerbas que obligaron a la FIFA a repensar sus canales de distribución de boletos. Estaría ahora dispuesta a crear mecanismos de venta directa en países africanos y a bajar los precios. 

La FIFA ensayó su nueva estrategia en varias ciudades sudafricanas en las que puso 500 mil boletos a la venta. En Johannesburgo y Ciudad del Cabo casi se armaron motines cuando falló el sistema de computación. Un hombre de 64 años falleció en medio de empujones. Pero la situación se normalizó y 180 mil boletos fueron vendidos en seis días, entre los cuales hubo 300 para el partido inaugural del 11 de junio. 

 

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¿Serán o no serán rentables las inversiones colosales del gobierno de Sudáfrica en la infraestructura del mundial? ¿Necesitaba realmente tener nueve estadios ultramodernos ese país que carece cruelmente de viviendas, escuelas y hospitales?

El debate sacude a la nación desde que Sudáfrica fue designada sede de la contienda. Expertos reciben constantemente informes contradictorios.

El presidente Jacob Zuma no quiere oír hablar de cuentas mezquinas y no se cansa de repetir que el mundial es “una oportunidad única de dar a conocer la diversidad y el potencial de Sudáfrica a todo el planeta”. Danny Jordaan, presidente el Comité Nacional de Organización del Mundial, va más lejos y compara sin parpadear el impacto de la celebración del mundial con el de la liberación de Nelson Mandela el 11 de febrero de 1990. Ambos recalcan que la ampliación del aeropuerto OR Tambo de Johannesburgo y la modernización de numerosas obras de infraestructura en el país acelerarán su integración al mundo globalizado.

El costo del evento es impresionante: En 2007 el gobierno sudafricano presentó un presupuesto de 17 mil millones 400 mil rands (un dólar equivale a 7.5 rands). Ya con el mundial en puerta, tuvo que reconocer que se había gastado casi el doble: 30 mil millones 300 mil rands, suma a la que hay que agregar los 9 mil millones de rands desembolsados por las ciudades y las provincias que acogen a los partidos.

 Los analistas de Grant Thornton International Business Consultants aseguran que el turismo y los gastos multimillonarios de la FIFA en Sudáfrica tendrán un impacto positivo de medio punto sobre la tasa de crecimiento del país en 2010, que pasará de 2% a 2.5%.

Mucho menos optimistas son los expertos del Bank of America Merrill Lynch. Afirman categóricamente que los efectos macroeconómicos del mundial no estarán a la altura de las esperanzas sudafricanas. 

Con base en un estudio de las repercusiones del mundial sobre la economía de los países anfitriones en los 40 últimos años, confirman que su PIB creció menos el año en que acogieron el certamen. Argentina en 1978 y México en 1986 sufrieron inclusive una recesión de -3%. 

Aconsejan analizar con prudencia el auge de consumo que generará el mundial en toda la nación: “En Sudáfrica ese auge no beneficiará tanto como se puede creer a las industrias locales, ya que la mitad de los productos comprados para el mundial son importados”. 

El gobierno de Zuma no comentó el informe que, en cambio, llamó la atención de columnistas de la prensa sudafricana. Su conclusión fue lacónica: el futbol se parece a la economía. Una mayoría de individuos asiste al espectáculo, pero sólo una minoría de comerciantes e industriales percibe los dividendos…  u