Carlos Mijares: El dibujo del árbol *

Mijares. Por una arquitectura sin límites

Carlos Mijares tenía dos años cuando un día tomó un lápiz y quiso definir, ¿para sí mismo o para alguien querido?, cómo era un árbol. Él mismo cumplió 80 años el 26 de abril pasado y, aunque parezca increíble, hubo un momento en que tuvo dos. Estoy seguro, porque he visto fotos de él vestido de marinero. Aquel niño que trazaba los indicios de la persona que hoy queremos y respetamos como a uno de los más entrañables maestros –no sólo en las aulas de diversas escuelas de arquitectura, sino fuera de ellas–, hace 78 años tomó sus colores. Dibujó primero con un impulso impresionista la fronda de un árbol. Es obvio que para él era lo más importante. Sus rasgos nos dicen que observó cómo el viento la movía. En seguida, sin cambiar de lápiz café, era el más indicado, dibujó el tronco. Estaba torcido y así lo representó. Tal vez era un árbol en una colina y a fuerza de resistirse al viento terminó un tanto vencido. En cambio, es claro que la tierra de donde surgía el tronco no le interesaba, pues sus rasgos son menos cuidadosos. A pesar de su pequeño formato, sorprende lo bien distribuido que el dibujo se halla en el papel.

Aquel niño logró, logra aún hoy, transmitirnos su explicación, sus sentimientos, sus acentos y sus juegos. Percibo en el dibujo, la oigo, una canción infantil que él tarareaba acerca de cómo es un árbol. “Se echa de ver”, Carlos diría hoy que ese niño era un adulto. Por fortuna, alguien, ¿su madre?, tuvo el cariño y el cuidado de reconocer algo significativo en este dibujo, se lo celebró y lo guardó.

Luego vinieron proyectos más ambiciosos. Un jinete en su caballo, ¿qué le parecía más importante, el caballo o el jinete?; los volcanes que contienen un estudio de la geometría de los conos, un amueblado interior y, por fin, los proyectos de unas casas… ¿Cuándo entendió aquel niño que el dibujo es un método de conocimiento? ¿Siempre lo supo? No lo sé, pero al ver la colección aquí reunida de acuarelas, esbozos, caricaturas y dibujos personales, íntimos, realizados para él mismo, o para regalarlos a alguien querido, como aquella lejana persona que guardó el primero, creo ver los tránsitos y demoras en su progresiva autoconciencia acerca del dibujo como medio para estudiar la realidad y los sueños.

Sus hijas, hijos y amigos hemos reunido estos trazos, desoyendo las peticiones del mismo Carlos, con todo el cuidado, amor y respeto del que hemos sido capaces, pues creemos que la evolución de su lenguaje y mensajes valen la pena ser compartidos.

Un momento intermedio parece el representado por la serie de acuarelas y dibujos de paisajes. No tienen fecha. En ellos se refleja la geografía y la aspiración expansiva del altiplano central, del norte duranguense y del valle del Quencio, Michoacán, lugar donde en 1968 él se reinventó a sí mismo. El paisaje de la llanura con lluvia es espléndido, las rocas de Tuxpan son tan meticulosas como sorprendentes.

Del arquitecto Carlos Mijares conocemos su arquitectura. Tenemos en la mente, entre otras obras, la planta Fertilizantes del Bajío (1962-1964), Bujías Champion (1965-1966), la parroquia de Ciudad Hidalgo (1968-1983), la VAM (1978-1980), la capilla del panteón de Jungapeo (1982) o la Christ Church (1988-1992). Los libros y artículos que él ha escrito documentan la evolución de sus ideas. Por los libros y artículos que diversos investigadores hemos publicado sobre su obra estamos al tanto de algunas interpretaciones y conocemos los planos donde se prefiguró su arquitectura. Sin embargo, hasta hoy nadie más allá de su círculo inmediato conocían esta veta tan rica de Carlos como dibujante íntimo, gozoso y reflexivo.

Si en Teotihuacán los espacios contienen otros espacios y los edificios se hallan a media escala entre los fenómenos naturales y los construidos; si esto es así, en las degradaciones y progresiones de sus trompas de tabique sforcescas, o en Patios que no se están (1 y 2), podemos ver algo de esos espacios contenidos y expansivos, el juego del lleno y el vacío que él explicó hablando de la pirámide de la Luna y su plaza, así como en sus dibujos titulados Bomarzo y Fractura biológica.

Mijares ha explicado la estructura de Xochimilco, o la opción que representa en cierto momento elegir no intervenir los espacios; preferir no hablar con la arquitectura, y optar por construir con la naturaleza y enriquecerla, pues los espacios son representación de la naturaleza, a la vez que la naturaleza puede hacerse arquitectura. Aquel paisaje, que es un boceto apenas en tonos pastel suaves en que las montañas y la arquitectura se entrelazan, es estupendo.

Mijares ha insistido en definir la arquitectura sin límites acartonados. Su sabiduría propone respuestas diversas ante problemas particulares, por más que de pronto estos compartan algo en común. Su obstinación en el ejercicio indispensable para aprender la arquitectura considera necesario el juego al proyectar y construir, con pocas reglas, pero que como tales deben ensayarse una y otra vez. Por consecuencia, el relativismo es un enfoque que deriva en él en cierto eclecticismo serio y, diría, muy actual. ¿Qué más relativo si no el dibujo de unas escaleras escherianas que nunca suben o bajan? ¿Qué mejor ejemplo sino aquella serie de mesas que están prestas a jugar –cubilete, backgammon, cartas– en el espacio que ocupan?

El zoológico de Nico y el de Julián representan al maestro, que alcanza la sencillez luego de haber dominado la complejidad. Es el abuelo que quiere estar presente en el espacio íntimo de sus nietos explicándoles infinidad de cosas: el amanecer y la noche, la alegría y la tristeza, cómo es un tigre o una guacamaya, cómo es la lluvia y el sol, y más que usar palabras o gestos, él –que domina el lenguaje del dibujo, lo practica desde hace 78 años– les entrega una serie de explicaciones que aquí pueden verse por vez primera.

Estamos ante los dibujos del maestro, un adulto que es, “se echa de ver”, el mismo niño que hace 78 años tomó un lápiz café para estudiar con alegría y entender cómo es un árbol.

 

* La exposición de la obra plástica del arquitecto, El pasado comenzó ayer, se inauguró el sábado 29 en la Casa de la Primera Imprenta de América.  l