El deceso del monero Gabriel Vargas es un signo más de que el siglo XX quedó atrás, de que la época dorada de nuestra cultura popular, ya no la folclórica, sino la nacida con la emergencia de los medios masivos de comunicación, va siendo historia. Historia y nostalgia: añoranza de tiempos que, ante el páramo que hoy transitamos, se antojan mejores.
Durante más de 60 años el único clásico de la historieta mexicana, La Familia Burrón, acompañó a los compatriotas de a pie en su diario trajín. La saga de Borola y Regino se siguió publicando hasta hace poco, aunque en verdad el cronista del Callejón del Cuajo le siguió la hebra a la pobrería chilanga desde finales de los cuarenta, hasta principios de los ochenta de la pasada centuria, después empezó a repetirse. Pero las cuatro décadas de las que dio puntual testimonio no son poca cosa: representan el tránsito del optimismo de la posguerra deslumbrado por las promesas del desarrollo estabilizador, a la frustración y el pesimismo finisecular que generan las recurrentes crisis económicas y la depredadora política neoliberal. Los Burrón van de la esperanza al desencanto, pero también del conformismo a la rebeldía: del protagonismo del mustio Regino a la preeminencia de la irreverente Borola.
Corpus monero
Gabriel Vargas es La Familia Burrón, pero su obra es mucho más copiosa. Nacido en Tulancingo, Hidalgo, en 1915, pero avecindado desde pequeño en el defe, el monero comienza a publicar dibujos e historietas breves en el semanario Jueves de Excélsior en 1932, cuando tiene 14 años. Para 1936 aparece en la misma revista la serie policiaca de dibujo realista Frank Piernas Muertas y poco después la saga de guerra El Caballero Rojo; a estas se sumarán otras series de trazo naturalista como la adaptación de las aventuras de Sherlock Holmes y una Vida de Cristo, que aparecen en el diario Novedades. En 1937 dibuja Virola y Piolita, su primera historieta de humor y con protagonistas fijos, también para Jueves de Excélsior, y su debut en el costumbrismo chilango es la serie Los Superlocos, que desde finales de los treinta y hasta principios de los cincuenta se publica en Pepín, revista emblemática con que el coronel García Valseca empezó su carrera editorial y le dio nombre genérico a los cómics mexicanos.
Definitivamente chilanga, destaca en Los Superlocos el personaje de Jilemón Metralla y Bomba, un pícaro oportunista y trepador, un cínico tracalero pero simpático, un ratero exitoso como los nuevos ricos que hicieron fortuna a la sombra de los gobiernos posrevolucionarios y en particular del alemanismo, en el que se refleja inconfundiblemente su editor, el truculento coronel García Valseca. Hay otras series menores, como Los del 7, Los Superchiflados y Poncho Lópes (sic), pero Los Superlocos es el escalón necesario para llegar a su obra mayor: El señor Burrón o vida de perro, después La Familia Burrón, y que comienza a publicarse con otras series en el misceláneo Pepín, en 1947, de donde transitará a fascículos independientes en Editorial Panamericana hasta 1978, año en que don Gabriel comienza a editarla por su cuenta en una aventura que termina en 2009.
Un inefable reparto
Regino Burrón, barbero dueño de la módica peluquería El rizo de oro y en la de malas trasquilador de perros; su esposa Borola Tacuche, que viene de “la alta”, de donde descendió a la rascuache vecindad del Callejón del Cuajo; sus hijos Regino chico, El Tejocote; Macuca y más tarde el entenado Foforito, son base de la historia y vórtice de un remolino de personajes memorables: el güen Caperuzo y su hermana Caledonia, caciques del polvoso Valle de los Ecorpiones que ocasionalmente abandonan su cueva natal para visitar a los Burrón, a quienes también frecuentan otros rústicos como Juanón Teporochas, patriarca de San Cirindango de las Iguanas, Acémilo Chaparreras, protector de La Lobera, y Briagoberto Memelas, señor de La Coyotera; la robusta aristócrata Cristeta, tía de Borola que, como los narcos de ahora tiene un cocodrilo en la alberca; Floro Tinoco, asivo y motorizado pretendiente de Macuca; Alubia Salpicón, la generosa y servicial niña del tololoche; el inspirado cuanto encajoso vate Avelino Pilongano y su abnegada madrecita Doña Gamucita; Ruperto Tacuche, cumplido esposo de la mustia Bella Bellota pero también amante de la llevativa Lucila Ballenato, desgarrado entre su pasado como rufián y su presente como honesto panadero, el siempre embozado hermano de Borola es el abismado de la serie; desobligados, briagos, concupiscentes Susanito Cantarranas y la Divina Chuy pasan días de tlachicón y rosas en la colonia El Lodazal, escenario de sus desfajados amores, cruentos celos y pringosas reconciliaciones. Y qué decir de Viviano Torija, de Isidro Cotorrón, del Pato Chico…
En el Callejón del Cuajo
Historieta excepcional, La Familia Burrón documenta más de medio siglo de penurias plebeyas. Una terca precariedad que va de la pobreza esperanzada de los primeros años de la posguerra a la desalentadora miseria del fin del siglo 20; de las ilusiones de progreso del barbero emprendedor que en el arranque de los cincuenta de la pasada centuria abre su propia peluquería, a la frustración del artesano honesto y chambeador que pese a su tesón y austeridad nunca pasó de perico perro.
El falaz mito rockefelleriano de ascenso social, que en México se traduce en la leyenda del coronel García Valseca: un self-made-man autóctono que empezó vendiendo empanadas y charamuscas frente a la cantina poblana La Clarita y terminó siendo dueño del edificio y de la mayor cadena periodística del mundo, tiene su contraleyenda en la balconeadora saga de Regino Burrón: un hombre emprendedor que transitó de trasquilar perros y enfermos casa por casa, a peluquear enfermos y perros a domicilio, pasando por atender su propio negocio: una peluquería bautizada con voluntad profética El rizo de oro, que se quedó en precario changarro de subsistencia.
“Prángana”, “móndrigo”, “mustio”, “poca lucha” y para colmo “alma muerta” y “triste como burro con jiricua”, el depresivo y melancólico Regino Burrón sería nada sin su compulsiva y colérica esposa, la “alzada”, “entrona”, “chimiscolera” , “igualada” y “salidora” Borola Tacuche. Porque si el “chapatín” representa el fracaso resignado, la “lombricienta” encarna la insumisa rebeldía. Naturaleza subversiva que primero la lleva a desertar la condición de “abnegada madre mexicana”, para transformarse después en protofeminista y terminar convertida en un “pícaro que ejerce en los mercados, Guzmán de Alfarache en una fiesta de vecindad”, como escribió Carlos Monsiváis, o en un “Chucho el Roto con enaguas” (La Familia Burrón, no. 16299, 9/4/56), como proclama ella misma.
Y el cuestionamiento boroliano no es epidérmico, sino profundo, pues desde la marginación social y de género la güera involucra al vecindario en un desorbitado bricolaje colectivo fundado en el más premoderno “pensamiento salvaje”, un discurrir prerracionalista o posracionalista que documentó ampliamente el antropólogo Claude Lévi-Strauss en un libro del mismo nombre y que le queda como mandado a hacer al cacumen iconoclasta de la lombricienta.
El pensamiento salvaje boroliano es estrategia de sobrevivencia, es práctica mítico-poética que entra en acción en situaciones límite –cuando todas las salidas convencionales se cierran– desmontando y reordenando radicalmente la realidad circundante, cuando menos en el microcosmos de la vecindad.
En sus más de 60 años, La Familia Burrón fue crónica puntual de una utopía que resultó espejismo, de una desilusión social colectiva, de una frustración histórica que el autor comparte con sus personajes. A finales de los cuarenta del siglo XX, en el arranque del “desarrollo estabilizador”, la serie se inscribe tentativamente en la ideología del progreso individual como hazaña de la honradez, la austeridad y el trabajo esforzado; diez años después al historietista y al peluquero lo invaden las dudas, y para los setenta y ochenta es ya evidente que muchos fueron los llamados pero pocos, si alguno, los elegidos. Y es que el México de la posrevolución es paraíso de oportunistas y trepadores como don Jilemón Metralla y Bomba, y no de peluqueros chambeadores como el buen Regino y moneros esforzados como don Gabriel.
Por fortuna, en el curso de la inefable saga, la “calaca flaca” va pasando de malcriada niña bien a lideresa del viejerío, de esposa “fodonga” a conciencia de la vecindad, del anarquismo aristocrático a la rebeldía social.
Borola como rebelde social
La inversión de estrategias familiares de sobrevivencia operada en los 40 años creativos de La Familia Burrón, por la cual el marido que debía ser proveedor y autoridad deviene mandilón y la esposa presuntamente sumisa y abnegada asume la tarea de salvación hogareña, transforman a la “lagañosa” en cabeza desgreñada de las comadres de la vecindad, en lideresa del vecindario, en encarnación de una rebeldía social con perspectiva de género que hace de Borola Tacuche ícono del feminismo.
No es para menos, como lo documenta un fragmento de la historieta que a continuación trascribo y que apareció en la entrega ya citada de 1956. Cuando una sufrida vecina se queja amargamente del hambre de sus hijos: “puros esqueletos forrados de cuero”, Borola sugiere que coman cartón remojado o, de plano, que roben. En el diálogo la comadre reivindica el conformismo más lloriqueante, mientras que la güera hace apología del instinto rebelde y da puntual definición de sí misma como bandolero social:
Vecina: Soy pobre pero honrada, nadie me señala con el dedo… cuando nos aprieta el hambre nunca pienso en ratearme algo, nomás me arrincono a chillar.
Borola: Pues por dárselas de honrada pronto asistirá al velorio de sus bodoques.
Vecina: A veces me desespero… quisiera prender un anafre, abrazar a mis hijos y esperar a que la muerte ponga fin a nuestros días.
Borola: Hay que hacerle frente a la vida con buena dosis de valor y mucho de concha… Yo soy mano larga, pero únicamente con los que tienen de sobra… haga de cuenta que soy un Chucho el Roto con enaguas.
Claridosa como siempre, al definirse como un ladrón generoso con pollera, Borola se pone el saco del concepto de rebelde social acuñado por el historiador Eric Hobsbawn en el libro Bandidos:
“El ladrón noble… forma primitiva de protesta social…, es un individuo que se niega a doblegar la espalda, pero eso no es todo… No puede abatir la opresión… pero demuestra que la justicia es posible y que los pobres no tienen que ser humildes, impotentes y dóciles… Por esa razón Robin de los Bosques no puede morir y se le inventa incluso cuando no existe.”
Posdata:
Mientras tecleaba apuradamente este texto, me cayó el veinte de que no era yo quien debía estar escribiendo la exaltación necrológica de don Gabriel.
¡Carlos, regresa! Nos haces tanta falta…! l








