Miles de migrantes subsaharianos recorren durante meses el Continente Africano con la esperanza de cruzar el Mediterráneo y llegar a Europa. Atraviesan el Sahara sin más líquido que sus propios orines, en riesgo permanente de ser abandonados por sus guías y morir deshidratados, expuestos siempre a robos, matanzas y violaciones. Cuando al fin llegan a Tánger, vértice africano del Estrecho de Gibraltar, se inicia otra odisea: cruzar los 14 kilómetros de mar que los separan de las costas españolas. Muy pocos lo logran. Muchos mueren. Muchos más quedan varados en esa ciudad. Son ilegales, carecen de derechos, abusan de ellos…
TÁNGER.- “En Nigeria yo no mendigaba, trabajaba. Pero eso no me beneficiaba mucho: era poca plata y tenía que ayudar a mi madre, que es discapacitada y no tiene casa”, dice a Proceso la joven Amen, inmigrante nigeriana sin papeles, varada en esta ciudad marroquí.
Es la más pequeña de nueve hermanos. Su padre murió cuando ella tenía 10 años. “En Nigeria no hay trabajo. El que nace pobre es pobre para siempre –dice–. Mi familia ha sufrido de generación en generación. Por eso yo decidí ir a trabajar a España para ayudar a mi madre”.
Amen nació hace 28 años en un pueblo del estado de Edo, en el sur de Nigeria. Una breve marca longitudinal en cada una de sus mejillas muestra su pertenencia al pueblo edo o bini, cuyo reino de Benín tuvo su apogeo en 1440 y fue conquistado por los británicos en 1897. Su inglés asume el ritmo y la tonalidad del edo, su lengua materna. Amen fue criada como cristiana.
La joven dejó Nigeria junto con su marido a principios de 2008. Tres meses demoró el trayecto de 4 mil kilómetros que los trajo a Tánger, vértice africano del Estrecho de Gibraltar, a las puertas, hoy blindadas, de la Unión Europea.
En Tánger nació su hijo, Junior, ahora de 15 meses. “El futuro en Marruecos es muy difícil: no hay trabajo, muchísimos marroquíes piden en las calles, como nosotros”, señala Amen.
El gobierno del rey Mohammed VI se niega a legalizar la situación de los inmigrantes subsaharianos. El acceso al mercado laboral y al sistema educativo les está vedado. La policía suele deportarlos a Oujda, muy cerca de la frontera de Marruecos con Argelia. Se trata de una región desértica y peligrosa. Debido a la tensión entre ambos países, la frontera está cerrada desde 1994.
“Para mí, en Nigeria, la situación no era buena en el 99, 98, 97, 96… los ochenta… no fueron buenos”, dice Kingsley, otro inmigrante nigeriano igualmente varado en esta ciudad. “Yo estaba en la calle, buscando comida, pidiendo, vendiendo cosas para la gente, ¿me entiendes?”
Kingsley, también de origen edo, se marchó de su país con 23 años. Cuando era adolescente su familia fue obligada a dejar el pueblo en que vivían después de una disputa tribal por la sucesión del trono edo. “Nosotros no peleamos con armas de fuego, peleamos con vudú –cuenta Kingsley–. A través del vudú se cambia el pensamiento de alguien para que se vaya lejos de la familia y no vuelva nunca”.
Su padre se marchó a Italia. Kingsley ganó la calle. Con el tiempo comprendió que su futuro no sería diferente de la vida que llevaba. Cuenta: “Después de encontrarme con algunos amigos y brothers, uno de ellos me dijo: ‘Tenemos que tomar el camino de Marruecos… hacia Europa’. Yo dije: ‘Bueno… ¿cómo?’ ‘Si tienes 500 euros, 700 o quizá 800 euros, llegas a Europa. Vamos con un grupo de cinco chicas y seis chicos’. Yo grité: ‘¡¿Europa?! ¡Okay! ¡Europa!’”.
Su voz sonora revive el entusiasmo de aquel momento.
Kingsley vive de la mendicidad. En Tánger ha tenido dos hijos. Pero su existencia está como detenida. Su ser, clavado en la idea fija de cruzar el estrecho. A la espera de juntar mil euros para la patera, esa embarcación precaria en la que cifran sus esperanzas. Un intento peligroso y que pocas veces tiene éxito.
El Sahara
El grupo de Kingsley salió de Nigeria en marzo de 2000 con dirección a Niamey, la capital de Níger. El avance fue lento, en camiones cargados de inmigrantes y mercancías, con el peligro, siempre latente, de sufrir ataques o robos. Poco a poco el grupo se fue dispersando. Después de tres meses Kingsley se encontraba en Malí. Había gastado parte del dinero. Por delante tenía la parte más difícil del camino.
Cuenta como si lo estuviera viviendo: “Nosotros vamos por el desierto. A pie. A veces en jeep. Entre Malí y Argelia hay un gran desierto. No hay ningún oasis. Muchísima gente cruza. Los guías te llevan todos los días. A mucha gente la matan. Muchos negros han muerto en el camino. Cuando vas por el desierto ves los huesos.
“Caminamos dos semanas, haciendo pis en una botella de plástico, tomando pis porque no hay agua, ¿entiendes? Yo no voy a darte mi pis. Tú no vas a darme tu pis. Entonces hago pis en la botella y la llevo conmigo.”
Actualmente los guías árabes, llamados arabú por los subsaharianos, usan GPS para cruzar el Sahara. En 2000 sólo valía su conocimiento del terreno. En esta parte del trayecto, Kingsley se sumó a un grupo de unos 50 hombres y 100 mujeres.
“El dinero lo llevamos en el ano”, comenta. “Yo tenía 500 euros: me quedé con 100 en el bolsillo, los otros 400 los envolví con cinta adhesiva y me los metí en el ano (…) Así estuvo conmigo tres meses”.
Exponer el propio cuerpo a nuevos límites de sufrimiento no es el único desafío. El desierto es rastrillado por fuerzas de seguridad, narcotraficantes, grupos rebeldes, bandas criminales. El temor a toparse con cualquiera de ellos es permanente.
“A veces nos agarraban, nos golpeaban, nos quitaban el dinero, violaban a algunas mujeres. Te dan un líquido para tomar y uno caga el dinero en cuestión de segundos. Algunos mueren deshidratados”, dice Kingsley.
Durante la noche el grupo marchaba a un costado de la ruta, ya que entonces no había retenes ni policía. Poco antes del amanecer dejaba el camino, se internaba unos tres kilómetros en el desierto y seguía adelante. “Queríamos llegar cerca de las luces. Queríamos ver las luces: ‘¡Eh! ¡Ahí está la ciudad!’, decíamos. Hasta allí llegaba sólo el guía árabe. Compraba pan y agua para todos. Se alimentaban y emprendían la marcha.
Amen hizo el camino junto con su marido Samuel, un nigeriano de 30 años, de labios gruesos y complexión robusta. Su grupo, de 35 personas, estaba advertido de los peligros. Hicieron casi todo el camino en vehículos.
Cuenta: “En algunos lugares caminamos porque el conductor del camión dice que hay que caminar. Y quizá hay algunos que no han comido nada ni han tomado agua y durante la marcha pierden el paso. Los dejan ahí. Simplemente porque no se puede llevar el cuerpo muerto a ninguna parte. Se acostumbra hacer eso”.
En una ocasión el guía árabe les dijo que los dejaría en un lugar donde los militares y soldados no los vieran. Y que iría a recogerlos en la hora en que éstos van a la mezquita. “Pero ese día no volvió”, se estremece Amen. “Estábamos hambrientos, sin comida. Pensamos que se había esfumado. Nos dimos por muertos”.
Otros subsaharianos refieren que en el desierto encontraron decenas de cuerpos duros como momias. Eran inmigrantes abandonados por el guía que murieron de sed.
“Dios trajo al guía de regreso al día siguiente”, suspira Amen.
La ruta de Marruecos le llevó a Kingsley seis meses. En Oujda, ciudad junto a la frontera con Argelia, entró en contacto con Tina, una de las mujeres del grupo. Antes no se le hubiera ocurrido. Era la dirty life, la vida sucia, tal como él la define, meses en los que se tienen preocupaciones más urgentes que bañarse. “Ella no tenía comida ni dinero para comprar pan”, dice Kingsley. “Entonces vino y me pidió comida. Y yo le di. Al otro día le di comida y al otro y al otro. ‘Tú eres un buen chico. Yo tendría que estar contigo’, le dijo ella”.
En el bosque
La música bereber del desierto llega hasta el mercado callejero del barrio de la Plaza de Toros. En este suburbio pobre de Tánger viven muchos subsaharianos. Las callejuelas de cemento, angostas y empinadas, forman una especie de ciudadela ganada al cerro. Los edificios de departamentos son grises, de dos o tres pisos, con pequeños negocios de todo tipo en las plantas bajas.
La vida transcurre en la calle. Algunos hombres y mujeres usan chilaba larga hasta el suelo, con capucha. Los niños juegan a la pelota en el pronunciado declive. Cinco veces cada día el moacín llama a la mezquita por los altavoces.
Desde la cima del cerro se puede ver la franja costera del otro lado del Estrecho de Gibraltar: Tarifa, España, Europa. El sueño de una nueva vida. 14 kilómetros de mar que se han convertido en un duro escollo.
También están los que intentaron alcanzar Europa sin salir de África.
Willy Bayanga, oriundo del Congo, es pastor evangélico. El padre Willy, como se le conoce, participó en 2005 en el intento de cruzar las vallas fronterizas de Ceuta, enclave español en territorio africano. Por entonces, unos mil inmigrantes subsaharianos sobrevivían en los bosques lindantes con la frontera. Allí habían construido albergues de palo y plástico.
“Pasé un año allí en el bosque”, dice a Proceso el padre Willy. “La vida era como un sueño y, como en un sueño, la gente pensaba entrar a Europa. Por entonces tenían esperanza. Pero al mismo tiempo la Unión Europea tomó medidas para asegurar las fronteras. Esto fue muy duro para los inmigrantes”.
En 2004 la Unión Europea creó la Agencia Frontex, encargada de centralizar y endurecer el control de sus fronteras. Y aumentó la presión sobre los países de salida y tránsito de inmigrantes sin papeles para que se comprometieran a disuadir y reprimir cualquier intento de cruce. España construyó una segunda valla perimetral en Ceuta. El ejército marroquí, por su parte, rodeó el bosque donde estaban los inmigrantes. Nadie podía salir ni entrar del campamento.
“Yo les llevaba alivio espiritual –dice el padre Willy–. Rezaba por la gente. Les daba también consejos. Sin nuestro trabajo en el bosque, la gente se hubiera quebrado y vuelto loca. Porque ellos tenían esperanza de que Dios iba a hacer algo por ellos.”
En la noche del 29 de septiembre de 2005, valiéndose de escaleras rudimentarias, unos 500 inmigrantes salieron del bosque y se lanzaron al asalto de las vallas fronterizas de Ceuta. Para contenerlos estaban la policía y el ejército marroquíes, la guardia civil y los legionarios españoles. Muy pronto llovieron las balas.
“Yo sentí la sentencia de muerte. Porque vi gente muerta. Vi correr sangre”, dice el padre Willy, quien fue detenido poco después de saltar las dos vallas. “Yo no podía creer, a mi edad, que pudiera pasar por algo así. Fue inhumano. Fue verdaderamente la muerte”.
“En la represión de Ceuta y la de Melilla hubo 14 muertos y cantidad de heridos y deportados”, dice a Proceso Boubker al Khamlichi, sindicalista marroquí, miembro de la Red Chabaka, que se ocupa de dar apoyo a los subsaharianos.
Al Khamlichi apunta sin ironía un dato tragicómico: “Acá dicen que Ceuta es marroquí, pero protegen la colonia española. Son gendarmes de Europa”.
Deportados
Kingsley alquila junto con su familia un departamento modesto en una casa de tres pisos, bien arriba en el cerro. Un dormitorio, una cocina y un pequeño recibidor que sirve de sala. Todo separado sólo por cortinas de tela. El baño, afuera, junto a la escalera de paredes sin pintar, es un retrete de cemento al que hay que echarle agua con un balde. El alquiler cuesta 700 dirhams (unos 75 euros).
Kingsley guarda todos sus papeles importantes en una mochila que cuelga de una pared del dormitorio. Allí tiene el certificado de nacimiento de sus hijos Destiny, de cuatro años, y Emily, de dos, emitidos por Médicos sin Fronteras y el Hospital Italiano de Tánger, sin valor legal para las autoridades marroquíes. Los pequeños no pueden ir al jardín de niños ni a la guardería. Allí guarda también un ejemplar del libro The spirit of Tangier, donde aparece en una foto a doble página junto a su familia.
Una noche Kingsley esperó a su mujer hasta pasadas las 12. Ella había salido a mendigar con la hija pequeña y él se quedó a cuidar al hijo. “Fui con Destiny a la comisaría. No tenía ningún pasaporte. Sólo ese libro, The spirit of Tangier. Llegué y dije: ‘Por favor, ¿dónde está mi mujer?’. Me dijeron ‘Lárgate, ¿qué problema tienes?’. Yo les dije: ‘No, este es nuestro hijo, ella está con la pequeña, con su certificado de nacimiento, de aquí, del hospital italiano’. Me dijeron: ‘¿Quieres que te llevemos a Oujda con tu mujer?’”.
Kingsley dice que en Marruecos hay gente buena y gente mala como en cualquier sitio. Lo que no puede aceptar es el trato que le dan las autoridades. “Me llevaron a Oujda 20 veces. Mi mujer ha estado allí nueve veces. ¿Qué clase de vida es ésta? ¿Yo qué hice? Nada. Me ven en la calle pidiendo, me agarran y me llevan a Oujda”.
Amen fue deportada al desierto dos veces. “Yo no quiero pasar por ese tipo de experiencia otra vez”, suspira. Cuatro días en una celda sin comida para el niño, sin poder bañarlo. “A éste niño lo llevaron a Oujda cuando tenía tres meses. Nos tiraron en el desierto. Nos dijeron que camináramos hacia Argelia y volviéramos a Nigeria. Pero nosotros seguimos la ruta del desierto que va a Oujda. Pedimos algo de dinero y regresamos a Tánger”.
La mirada de Amen denota un espíritu cálido, abierto, envuelto en una coraza de experiencias duras que le dan gravedad a su hablar.
Kingsley está mucho más curtido. Es histriónico a la vez que insondable. Habla perfectamente el árabe. La gente del barrio lo saluda. Aquí se le conoce como Youssef.
La realidad de Kingsley, como la de Amen, es mendigar. La sección española de Cáritas los ayuda con pañales y medicamentos. Volver a Nigeria no entra en sus planes. Para ellos sería emprender el “camino de la vergüenza”.
Futuro
En el DVD de la sala suena un Glory, glory, aleluya con un ritmo nigeriano, dulce y cadencioso. La mujer de Kingsley, Tina, tiene aire y autoridad de matrona. Ahora da unos pasitos de baile en la pequeña cocina. Revive acaso algún instante de la fiesta que los nigerianos tuvieron la noche anterior.
La música en casa de Kingsley, de contenido religioso, convive sin problemas con el canto de los versículos del Corán que su vecino marroquí oye durante el día.
“Soy católico creyente –dice Kingsley–. Le rezo a Dios cada día. Pero desde que emprendí el camino de Nigeria a Marruecos, ¡hermano: no tengo un amigo mejor que Dios!”
Amen también se encomienda: “Yo rezo todos los días y le pido a Dios que me lleve a mi destino, que provea todas las cosas que necesito para que mi familia esté bien. Lo más importante que yo pido es no vivir así el resto de mi vida. Porque viviendo así no voy a estar contenta conmigo misma”.
La solución tiene una sola cara: cruzar el estrecho. Lo intentan en pateras, ocultándose bajo camiones que van en transbordador hacia España, a nado utilizando todo tipo de flotadores, en traje de neopreno a Ceuta. Las fuerzas de seguridad en Marruecos son el primer obstáculo.
El 2009 registró la menor llegada de esas embarcaciones a las costas españolas en una década. Un factor de desaliento es la crisis que atraviesa España. “Lo que sí puede explicar con certeza el descenso de llegadas este año es la externalización del control de las fronteras”, dice el informe Derechos Humanos en la Frontera Sur 2009, publicado por la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía. “Muchos africanos siguen intentando emigrar pero son detenidos antes de salir en barco o al salir, en las mismas playas”, explica.
El informe critica que la nueva ley de extranjería española haga referencia al papel de los países africanos “en la ordenación efectiva de los flujos sin que, en ningún momento, se exija a estos países el necesario respeto a los derechos humanos”.
“Queríamos ir a Europa con el bote inflable, éramos 60 pasajeros a bordo”, cuenta el marido de Amen, Samuel, quien probó suerte en 2009. “Los militares marroquíes trataron de detenernos, nosotros no nos detuvimos. Entonces pincharon el bote con un cuchillo. El bote se dio vuelta. 29 personas murieron, entre ellos cuatro niños con su madre. La lancha que hundió nuestro bote no vino a rescatarnos. Los militares nos miraban. Pasamos 15 minutos flotando en el mar”.
En otra patera iba Willy, otro chico nigeriano, quien se alojaba en otro departamento del edificio en el que vive Kingsley. La quilla del bote, con capacidad para 20 personas, cedió ante el peso de las 43 que iban a bordo. “Desde que murió no se han podido encontrar los cuerpos, ninguna pertenencia”, dice Kingsley.
Frontex controla todas las fronteras desde Senegal a Marruecos por el Atlántico. Y en el Mediterráneo controla las costas de Marruecos y Libia. Esto ha desalentado el cruce en botes a las Canarias, reactivado los intentos por el Estrecho de Gibraltar y desde Argelia. El necesario cruce del desierto florece. Muchos “camiones patera” pasan de Níger a Libia, cargados de inmigrantes que pretenden llegar a la isla italiana de Lampedusa. De las humillaciones y pérdidas que sufren no se responsabiliza nadie.
Amen piensa correr el riesgo. Ve allí la única posibilidad para llegar a su destino: “Cada cual tiene su propio destino. Y yo tengo que pagar el precio para alcanzarlo”, comenta.
La joven cree que en España encontrará la ayuda que ahora le falta en Marruecos. “Si no es por mí, por mi hijo. Quiero que me ayuden para que el futuro no se muera, porque si alguien tiene futuro, pero no encuentra a nadie que lo ayude a cultivarlo, el futuro morirá y será enterrado en el cuerpo. Y yo no quiero que el futuro se me muera dentro del cuerpo”, dice.








