Sudáfrica no es la excepción; si acaso la aberrante confirmación de que el negocio del futbol arrasa con los presupuestos de los países sedes de los Mundiales. En este país africano, cuya economía despunta como una de las emergentes a escala internacional, la construcción de estadios implicó en algunos casos destruir escuelas y castigar presupuestos en rubros como los de salud, agua potable y electricidad. Es más: como ocurrió en China, Japón y Grecia, a varios de los monstruos deportivos construidos en esta desigual nación de la mano del derroche y la corrupción les espera, una vez concluido el huracán futbolero, simplemente la inutilidad.
En el estadio Mbombela de Nelspruit, Sudáfrica, sólo se disputarán cuatro partidos de los 64 programados durante el Mundial. La ciudad ni siquiera tiene equipo propio de futbol, pero para esas seis simples horas de juego se construyó un inmueble que costó 140 millones de dólares.
En 2007 fueron demolidas dos escuelas, una primaria y una secundaria, porque estaban en el terreno donde se construiría el estadio. Los estudiantes fueron transferidos a unas aulas prefabricadas donde la ventilación es casi nula y hace mucho calor. Los padres y los alumnos protestaron en numerosas ocasiones, pero la policía los dispersó con balas de goma.
De acuerdo con una investigación realizada por el diario estadunidense The New York Times en marzo pasado, las personas que viven cerca del lugar están orgullosas de que su ciudad sea una de las sedes del evento de futbol más importante del mundo. Sin embargo, también se preguntan cómo es posible que haya dinero para un estadio cuando muchos de ellos carecen de agua potable y electricidad.
“El problema de la escuela nos puso furiosos. Eso y la falta de trabajo. Algunos fueron contratados para trabajar en el estadio, pero no los suficientes. Nos han prometido una vida mejor, pero mire cómo vivimos. Si pone agua en un vaso verá partículas moviéndose dentro. Los que se beneficiarán serán los ricos, que ya tienen mucho en su bolsillo”, dijo al periódico neoyorquino Simon Magagula, uno de los vecinos más pobres y quien vive en una casucha cercana al estadio, en una zona sin pavimentar.
La construcción del estadio Mbombela también se vio empañada por escándalos de corrupción en los que estuvieron involucrados empresarios y gobernantes locales, quienes derrocharon millones de dólares en onerosos dobles contratos e incluso en la compra del terreno.
En enero de 2009, Jimmy Mohlala, miembro del Comité Organizador y también vocero de la Asamblea Municipal de Nelspruit, fue baleado afuera de su casa. Antes había denunciado los negocios turbios relacionados con la construcción de los estadios e incluso dijo que daría a conocer los nombres de los responsables. Días después, Sammy Mpatlayane, subdirector del Departamento de Cultura, Deportes y Recreación local, fue asesinado a tiros mientras dormía.
En las semanas siguientes, el diario inglés The Sunday Times difundió las revelaciones de un asesino arrepentido. Manifestó que era oriundo de Mozambique y trabajaba como “limpiador”. Confesó que había sido contratado por políticos y empresarios de alto nivel para matar a adversarios. También dijo que había tres listas con nombres de objetivos para ser asesinados, entre ellos Lassy Chiwayo, alcalde de Nelspruit.
Gastos inútiles
De acuerdo con el reporte de The New York Times, Nelspruit ha sido escenario de una larga lucha entre miembros rivales del partido gobernante, el Congreso Nacional Africano (CNA). “Los antagonistas quieren un pedazo más grande del pastel que supone el patrocinio y otras gracias. Los asesinatos parecen haber sido usados como táctica”, consignó la publicación.
Por su parte, Chiwayo apuntó que no tenía pruebas de que las amenazas de muerte se hayan cumplido, pero destacó el hecho de que varios de sus colaboradores habían muerto de manera sospechosa. “Me temo que la insensata avaricia ha carcomido el alma del CNA”, señaló.
A su vez, Richard Spoor, uno de los abogados involucrado en estos casos, reflexiona: “¿Qué nos va a quedar después de que se acabe la Copa del Mundo? Ni siquiera hay equipo local que juegue aquí. Este estadio va a ser un elefante blanco. Los políticos lo usarán para dar discursos”.
Un elefante blanco como el famoso estadio Nido de Pájaro que los chinos edificaron a un costo de más de 420 millones de dólares y que después de los Juegos Olímpicos apenas ha sido rentado para cuatro eventos.
Para el Mundial de 2002, en Japón se construyeron 10 estadios, de los cuales sólo en dos se realizan competencias, mientras que los ocho restantes permanecen sin utilizarse y en muy raras ocasiones se alquilan para algún acto público.
En 2004 el gobierno de Grecia invirtió casi 15 mil millones de dólares para la construcción de 22 complejos deportivos destinados a la justa veraniega de ese año. De éstos, sólo se utilizan dos y el resto quedó en el abandono.
Cuando un país es sede de un campeonato mundial de futbol o de unos juegos olímpicos, sus gobiernos no reparan en gastos e invierten miles de millones de dólares sin considerar las catástrofes económicas que puedan provocar en su afán por demostrar la supuesta pujanza de sus economías. En algunos casos pretenden, mediante dispendios faraónicos, cambiar la percepción negativa que se tiene de ellos, por ejemplo, en materia de democracia o de respeto a los derechos humanos.
“El Mundial mostrará lo mejor de Sudáfrica: ciudades modernas, prósperas y amigables con el comercio, los turistas y la democracia”, dijo el expresidente Thabo Mbeki.
En su primer discurso como presidente, Jacob Zuma se comprometió a crear 500 mil empleos, a luchar contra la pobreza (un tercio de la población sobrevive con menos de dos dólares al día) y a que el Mundial de futbol sería un éxito.
En los preparativos mundialistas, el gobierno de Sudáfrica ha erogado 6 mil millones de dólares.
Para la construcción de cinco estadios (Green Point, en Ciudad del Cabo; Nelson Mandela, en Port Elizabeth; Moses Mabhida, en Durban; Mbombela, en Nelspruit, y Peter Mokaba, en Polokwane) y la remodelación de otros tantos inmuebles (Ellis Park y Soccer City, en Johannesburgo; Royal Bafokeng, en Rustenburg; Free State, en Bloemfontein, y Loftus Versfeld, en Pretoria), el gobierno presupuestó 2 mil 315 millones de dólares.
Pero esa suma no resultó suficiente. En octubre de 2008 el ministro de Finanzas, Trevor Manuel, informó que se agregarían 126.3 millones de dólares para cubrir el excedente en gastos, además de otros 80 millones de dólares para mejorar las conexiones de internet entre los estadios y la red nacional.
El gobierno sudafricano también ha destinado cuantiosas sumas para construir o remodelar la infraestructura carretera y aeropuertuaria, sin hacer a un lado la seguridad; todo ello en medio de los efectos de la crisis financiera mundial y el aumento de los precios de los materiales de construcción.
Un cable de la agencia Reuters reportó en octubre de 2008: “Los economistas dicen que a Sudáfrica le costará mucho conseguir el dinero necesario para financiar los masivos planes de infraestructura que implica el Mundial, debido a que el costo de los préstamos se ha disparado como consecuencia de la crisis crediticia mundial”.
Sólo circo
En julio de 2009, seis meses antes de que se cumpliera el plazo para la entrega de los estadios terminados, los trabajadores sudafricanos estallaron una huelga en casi todas las sedes mundialistas.
Mientras la Unión Nacional de Mineros, que aglutina a los trabajadores de la construcción, anunció que eran 70 mil huelguistas, la Federación Sudafricana de Ingenieros Civiles y Contratistas, que representa a las compañías constructoras, dijo que sólo participaron en el movimiento 11 mil trabajadores.
Los líderes sindicales denunciaron que algunos obreros ganaban 1.50 dólares por hora (18 pesos) y otros 5.00 (60 pesos) por semana. En Sudáfrica el salario mínimo es de 200 dólares (2 mil 400 pesos) al mes. Además, las condiciones en que vivían en las cercanías de los estadios eran infrahumanas: permanecían hacinados en casuchas improvisadas y en vez de cobertores se tapaban con costales de manta.
El presidente del Comité Organizador, Danny Jordaan, subestimó la huelga. “Nuestros estadios estarán entre los mejores del mundo el próximo año”, presumió. Tres días después el problema quedó mágicamente resuelto.
Como reconocimiento al hecho de que la construcción y remodelación de los estadios se realizó dentro de los tiempos estimados, el 3 de mayo pasado la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) anunció que regalará boletos a 27 mil trabajadores para que asistan a dos partidos del Mundial, tal como Joseph Blatter lo prometiera en septiembre de 2008.
La prensa local ha informado sobre la inconformidad de la población, sobre todo de la clase trabajadora, que no percibe los beneficios por el hecho de que su país sea la sede del Mundial. Para hacer frente al compromiso deportivo, el gobierno dejó de gastar en áreas prioritarias como salud, vivienda y programas sociales.
En 2005, el gobierno destinó 6 mil 342 millones de dólares al sistema de salud pública; es decir, canalizó esos recursos a 400 hospitales que atienden a 43 millones de habitantes. “De este dinero, casi 200 millones de dólares son para mejorar y remodelar nosocomios cada año; es mucho menos de lo que gastó en construir estadios para un evento que sólo sucederá una vez”.
Parte de la suma que el gobierno ha invertido proviene de los impuestos que se recaudan a nivel federal por concepto de salarios, cigarros y alcohol, entre otros, así como de los que cobran a nivel local los gobiernos municipales a negocios y a la población por el pago de luz y agua. El costo de los servicios deberá incrementarse y los gobiernos deberán despedir a parte de su personal para sufragar los gastos.
Este mes 100 comerciantes ambulantes protestaron en las oficinas de la Federación Sudafricana de Futbol (SAFA, por sus siglas en inglés), en Johannesburgo, porque fueron desalojados de los alrededores del Soccer City, estadio que costó 300 millones de dólares y en el que se realizarán la inauguración y la final del Mundial.
Los vendedores inconformes primero se apersonaron en los alrededores del estadio con pancartas. Después marcharon a las oficinas de la SAFA, donde se quejaron y entregaron una petición por escrito. Nokuthula Dladla, de 45 años, quien ha vendido afuera del estadio durante 12 años, contó que sus siete hijos han estado sufriendo desde que fueron desalojados.
“Nos echaron. FIFA debería darnos un espacio adentro del estadio. A mí no me importa que me regalen boletos; sólo me preocupo por mi familia. ¿Qué gano en un juego de futbol? Eso no me va a dar dinero”, sentenció la mujer.
En contraste, Putko Mafani, director de marketing de Nelson Mandela Bay, la zona metropolitana de Port Elizabeth, que da nombre al estadio que costó 270 millones de dólares, asegura que el Mundial está ayudando a acelerar el crecimiento económico del lugar.
“En los dos años que duró la construcción del estadio se generaron 7 mil empleos. En el corto plazo, el nuevo estadio empleará a miles de trabajadores, además de que abrirán muchos negocios alrededor. A largo plazo se mejorarán el aeropuerto y las carreteras. El inmueble servirá para la realización de conciertos, encuentros religiosos y, espero, estoy cruzando los dedos para que llegue un equipo de futbol de la liga local”, dijo en entrevista al diario digital Global Atlanta.
“Sudáfrica desea aprovechar la Copa del Mundo para mostrar sus oportunidades empresariales y deshacerse de los estereotipos”, planteó Donald Gips, embajador de Estados Unidos en Sudáfrica. Con ello se refirió al hecho de que con frecuencia se dice que el crimen y la corrupción constituyen obstáculos para hacer negocios en el país.
Sin embargo, la pobreza no es una condición que pueda superarse por decreto o mediante buenos deseos. La venta de boletos no ha sido como se esperaba. Mientras en Alemania 2006 se recibió un promedio de seis solicitudes por cada entrada disponible, para este Mundial, aunque el precio más bajo es de 18 dólares, está lejos de los menos de tres billetes verdes que cuesta presenciar un partido de la liga local.
Ha costado tanto vender los boletos que la FIFA decidió abrir las taquillas para ofrecerlos en efectivo. Fue tan reducido el número de sudafricanos interesados que después de unas horas las ventanillas fueron cerradas.
Dany Jordaan, excusó a sus compatriotas: “Tienen la costumbre de comprar entradas para los eventos deportivos en el último minuto”. Después, desesperado, les dijo a los sudafricanos: “Hemos hecho todo lo que se nos ha pedido. Hemos creado una categoría de precio exclusiva para Sudáfrica. Si eres un buen anfitrión, tienes que estar ahí”.
De esta forma, no sólo los albañiles fueron “premiados” con boletos gratis. En total, la FIFA obsequiará a los sudafricanos 120 mil entradas para los 64 partidos del Mundial “en reconocimiento a su contribución a la sociedad y a la comunidad”.
Por primera vez, un país sede del Mundial no liderea la venta de entradas. Incluso la selección de Inglaterra tiene más apoyo en Sudáfrica que el equipo nacional. Seguir los partidos de la Liga Premier todos los fines de semanas es una costumbre que tienen los sudafricanos fanáticos del futbol. u








