Actualmente los sudafricanos pueden vivir donde les plazca, recorrer su país y mezclarse sin importar el color de su piel. Así lo establece su legislación… Pero, en los hechos, pocos se mudan de los barrios donde predomina la etnia a la que pertenecen. Son excepcionales los noviazgos y los matrimonios mixtos, y los programas destinados a incentivar el desarrollo económico de los negros –los más golpeados por la pobreza– avanzan con lentitud. Veinte años después del fin del apartheid, las barreras raciales –poderosas e invisibles– se mantienen.
JOHANNESBURGO /CIUDAD DEL CABO.- El apartheid separó y enfrentó a las distintas razas de una manera tan radical que arrastró a los sudafricanos a una aprehensión casi patológica del “otro”.
Greg es mestizo, fue miembro de un cuerpo de baile multirracial a finales de los ochenta en Ciudad del Cabo. “En esa época era un auténtico desafío al régimen, pero lo logramos”, dice.
Y recuerda: “El primer día en que todos los bailarines blancos, negros y mestizos nos reunimos, nos quedamos estupefactos. A todos nos entusiasmaba el proyecto, pero al mismo tiempo el hecho de trabajar a diario durante horas en el mismo salón de danza nos causaba un malestar indescriptible. No entendíamos realmente lo que nos pasaba. No se trataba de un problema de comunicación. Nos hablábamos sin problema. Era un mero problema de convivencia física. Por extraño que eso parezca, nuestros cuerpos se tenían desconfianza. Era algo instintivo. Nos demoramos más o menos seis meses para poder convivir en forma natural”.
Hoy todos los sudafricanos, cualquiera que sea el color de su piel, pueden recorrer el país a su antojo, vivir donde lo deseen y mezclarse. Así lo establece la Constitución. Así lo pregonan las leyes. Pero entre la teoría y la práctica sigue habiendo un abismo.
Durante su estadía en Sudáfrica la reportera convivió a diario con guías negros tanto en Johannesburgo como en Pretoria y en Ciudad del Cabo. En ciertas áreas tal convivencia era indispensable por cuestiones de seguridad, pero sin ellos nunca habría sido posible percibir ciertos matices de la sociedad sudafricana.
Juntos paseábamos de un barrio a otro, juntos comíamos en restaurantes de todo tipo y nos sentábamos en cafés en todas partes. En lugares “demasiado blancos”, ciertas miradas eran inequívocas: mostraban desprecio, hostilidad, reprobación. Era patente el malestar de los guías. En otros sitios, siempre blancos, se trataba a la “blanca” con amabilidad y al “negro” como “chofer”. En lugares muy específicamente negros el solo hecho de ser presentada como “amiga” por un zulu abrió puertas y corazones. La reportera no tuvo la oportunidad de saber lo que habría pasado sin un mentor negro.
Amor monocromático
A lo largo de tres semanas nunca fue posible ver en la calle una pareja de distintos orígenes étnicos. Los sudafricanos entrevistados y los datos oficiales coinciden: un matrimonio mixto es una excepción.
Una noche la corresponsal cenó con dos jóvenes sudafricanos, Sorina y Thiresh, en Melville, pequeño barrio cosmopolita agradable y elegante ubicado en la parte occidental de Johannesburgo.
Sorina, de escasos 25 años, es una activa diseñadora de modas blanca afrikaaner. Thiresh pertenece a la comunidad india. Es un urbanista talentoso de 35 años que trabaja con entusiasmo en la renovación de ciertos barrios de Soweto. Son muy buenos amigos. Sorina no comparte la visión del mundo de sus padres, dueños de una próspera explotación agrícola y hostiles a la nueva Sudáfrica multirracial. Thiresh se libró también de cierta rigidez de su comunidad. Ambos logran vivir su vida sin romper del todo sus lazos familiares.
Ninguno de los dos tiene la mínima duda sobre su identidad: se reivindican como “africanos hasta el tuétano”. Están convencidos de que los estigmas del color de la piel acabarán por diluirse por completo en las décadas venideras. Consideran que su generación ya dio los primeros pasos al relacionarse cada vez más con personas de comunidades distintas.
De pronto, al calor de las copas, Sorina se muestra inquieta y dice en forma abrupta: “Mi padre es un hombre muy culto… Me enseñó a amar los libros… Respeto a mi padre… pero me es imposible llegar a su casa con Thiresh. Nunca aceptaría acoger a un indio en su hogar”.
Thiresh sonríe.
Cuando se les pregunta si algún día pensaron en casarse con alguien ajeno a su comunidad, se quedan perplejos.
Beki es zulu. Tiene 28 años. Está a punto de casarse con una joven de su etnia. Celebrarán la boda en su tierra de origen, Kwazulu Natal, con ritos zulu y de la Iglesia evangelista a la que pertenecen. Todo el pueblo ya juntó dinero para la fiesta a la que asistirán 500 invitados. Beki ríe a carcajadas cuando se le pregunta si algún día soñó con una novia blanca, mestiza o india.
Trusha es una guapa profesora de danza de la comunidad india. Da clases en el centro de Johannesburgo y se mueve en un mundo “policromático”, como dice divertida. Pero nunca le pasó por la mente la posibilidad de compartir su vida con alguien de otra comunidad. Ni tampoco tiene ganas de mudarse de Lenasia, el extenso township indio donde nació.
Actualmente Lenasia es una auténtica ciudad de 800 mil habitantes ubicada al sur de Johannesburgo y a 35 kilómetros del centro de la metrópolis de la que es parte. Fue construida en los cincuenta para albergar a las comunidades indias que el régimen del apartheid expulsó a la fuerza de Vrededorp y Fordsburg, dos barrios llenos de vida y multiculturales de Jo’burg.
Lenasia es un meteorito indio caído al lado de Soweto, separado de él por una larguísima tierra de nadie. Indios son los rostros de la mayoría de sus habitantes, sus ademanes, sus saludos corteses y los elegantes saris de las ancianas; indios son muchos de sus restaurantes y parte de los productos que se venden en sus modernísimos supermercados; indias las películas que se alquilan en DVD y que se exhiben en flamantes multicinemas; india la música que brota de tiendas, autos y casas, e india la fragancia de las especias que flota en el aire.
Como Soweto, Lenasia cuenta con numerosos lugares de culto: amplios templos hindúes, mezquitas y una que otra iglesia cristiana.
Familias negras y mestizas de clase media se mudan poco a poco a Lenasia y muchos trabajadores negros encontraron empleo en ese lugar muy dinámico. Es un tímido embrión de mezcla social. Lenasia tiene su propio suburbio bastante pobre: Daxina, donde empiezan a llegar inmigrantes y refugiados oriundos de otros países de África.
Trusha vive con su madre en una casa cómoda. Maneja diariamente dos horas para ir a trabajar y volver a su barrio. Pero no le interesa vivir en otra parte de la ciudad. Toda su gente está en Lenasia, participa en las organizaciones sociales de su barrio y cuenta con vecinos solidarios. Se siente segura, entre iguales. Además, necesita recogerse con frecuencia en la paz de su templo hindú.
“Discriminación positiva”
Mudarse es un lujo inaccesible para la gran mayoría de la población negra, la más golpeada por la pobreza. Según las estadísticas oficiales, 43% de los sudafricanos vive con menos de dos dólares al día. La tasa de desempleo no deja de crecer. El gobierno afirma que es de 24.5%, los sindicatos hablan de 40%, pero en los townships negros afecta a 60% de la población.
Por obvias razones, a los blancos, mestizos o indios no se les ocurre mudarse a un township negro. Sólo lo hacen miembros de ONG y de comunidades religiosas que realizan un ejemplar trabajo social, sobre todo con la multitud de enfermos de sida. Se estima que únicamente una parte de la nueva burguesía no blanca –1 millón de indios y alrededor de 4 millones de negros, según datos oficiales– decide alejarse de su barrio de origen.
Romper con la segregación de la sociedad sudafricana es un auténtico reto. La mayor parte de las escuelas son mixtas. Pero como muchas áreas siguen siendo “monocromáticas”, acudir a colegios donde existe la diversidad étnica sólo es posible para los hijos de familia de clase media y acomodada. Las universidades también son mixtas. Pero acceder a ellas es costoso y aún falta un eficiente sistema de becas para los estudiantes pertenecientes a familias de escasos recursos.
En los 16 años que lleva en el poder, el Congreso Nacional Africano (CNA) no ha logrado acelerar la capacitación de nuevos cuadros negros. Esa deficiencia frena la movilidad social, impide una mayor mezcla étnica y limita el impacto de la política de la affirmative action (discriminación positiva a favor de la población no blanca) lanzada en 1998 y reforzada a principios de ésta década por el Black Economic Empowerment.
Este último es un ambicioso programa de promoción social de las comunidades antes discriminadas que ofrece numerosas ventajas financieras y fiscales a grandes grupos industriales para incitarlos a vender parte de sus filiales sudafricanas a inversionistas negros, mestizos e indios, y abrirles espacios en sus consejos de administración.
La meta del presidente Jacob Zuma es la misma que la de su antecesor Thabo Mbeki: lograr que en 2015 la tercera parte de las pequeñas y medianas empresas del país estén en manos de no blancos. Falta mucho para alcanzar ese objetivo: en la actualidad sólo 15% de las compañías sudafricanas cuentan con un accionista mayoritario negro.
Desde 2003 algunas empresas del sector minero y de tecnología de la información se comprometieron públicamente a vender la cuarta parte de su capital a inversionistas negros. Se toman su tiempo, pero lo van haciendo.
El Black Economic Empowerment tuvo, sin embargo, efectos perversos. Numerosos cuadros del CNA lo aprovecharon para enriquecerse en forma descarada, llevando al mismo tiempo una carrera política y otra de flamantes empresarios. Tres de los hombres más ricos de Sudáfrica, Mzi Khumalo, Cyril Ramaphosa y Patrice Motsepe, son veteranos del CNA. Su nuevo estatus les permite codearse con la élite blanca que sigue controlando 80% de la vida financiera y económica del país, pero sus relaciones se limitan a contactos profesionales.
La imagen de una nación “arco iris” que venden los promotores del turismo sudafricano en vísperas del Mundial de Futbol es todavía un bosquejo.
Pero, en realidad, ¿qué son 16 años comparados con 40 años de segregación y tres siglos de colonialismo? u








