Soweto, bronco y rebelde

SOWETO.- Símbolo de la lucha contra el apartheid, Soweto –acrónimo de South West Township– es un mundo aparte. Casi tres millones de personas viven en esa ciudad que se extiende sobre 100 kilómetros cuadrados. 

Al igual que el township de Alexandra, Soweto tiene altísimas tasas de desempleo (50% de la población activa) y de criminalidad. Alrededor de 35% de sus habitantes padecen Sida. 

Soweto es feo, árido, violento, en ciertas partes repelente, pero es muchísimo más que eso. Es un concentrado de vitalidad y humanidad que sólo perciben quienes se toman el tiempo de sentir su pulso.

Es el caso de la renombrada fotógrafa blanca sudafricana Jodi Bieber –ocho veces galardonada con el World Press Award–, quien se sumergió tres meses en Soweto para realizar un libro de fotos cuyo título Home safety fantasy contradice deliberadamente todo lo que se dice sobre ese lugar.

“Estoy harta de tantas estadísticas y clichés que petrifican a Soweto –confía a la reportera–. A pesar todo lo que sufrió y sigue sufriendo, y ciertamente para poder sobrevivir a tanto sufrimiento, Soweto generó una dinámica excepcional, una creatividad, una imaginación, un apego fuerte a ese espacio ingrato y un orgullo de pertenecer a esa comunidad bronca y rebelde… Es lo que busqué plasmar en mi nueva serie de fotos”. 

Los artistas de Soweto están plenamente conscientes de que su “ciudad” se ha convertido en el crisol de una cultura urbana radical e innovadora. La audacia de sus diseñadores de ropa impone una moda iconoclasta.

Su nueva generación de escritores sacude la literatura sudafricana con obras explosivas en que los diálogos prevalecen sobre las descripciones. Entre varias obras emblemáticas destacan la novela Después de las lágrimas, de Kgebetki Meole, cuyos protagonistas se mueven en un Soweto machista y delirante, mientras que los de Habitación 207, de Niq Mhlongo sobreviven a pesar del sida y del desempleo.

Los músicos de Soweto hacen vibrar a Sudáfrica con ritmos siempre reinventados. Entre las creaciones de esta nueva cultura musical urbana sobresale el kwaito, una mezcla de disco y hip hop con un fuerte componente africano que expresa la nueva identidad de millones de jóvenes sudafricanos.

Soweto era una zona de viviendas improvisadas donde en los treinta se amontonaban los mineros y obreros negros. A mediados del siglo XX cambió radicalmente. A partir de 1950 el Partido Nacionalista mandó construir miles de minúsculas casas cuadradas de ladrillo todas iguales –apodadas matchboxes (cajas de cerillos)– para alojar a la población negra que había expulsado de Johannesburgo.

Este gigantesco gueto fue la materialización brutal de la ideología del apartheid. Unos 15 kilómetros separan a Soweto del centro de Johannesburgo y terrenos baldíos lo apartan de Lenasia, otro gran township reservado para la comunidad india.

La geometría rigurosa de su plan urbanístico también era política: calles sin asfalto no muy estrechas trazadas en forma recta que se cruzaban con otras igualmente rectas, lo que facilitaba el control de la zona y la circulación de los vehículos blindados de la policía.

 

Insurrección

 

Soweto se dio a conocer en todo el mundo el 16 de junio de 1976. Ese día miles de alumnos de secundaria se reunieron cerca de la escuela de Orlando para protestar en contra de la decisión del gobierno de imponer el afrikaans como lengua de enseñanza en las escuelas primarias donde las clases se impartían en inglés y en las distintas lenguas del país. La meta del gobierno era clara: limitar al máximo la práctica de las lenguas indígenas e imponer el afrikaans como lengua nacional.

La policía disparó contra los adolescentes. Hector Peterson, de 13 años, fue el primero en caer muerto. La foto de un adulto cargando su cadáver dio la vuelta al mundo. La rebelión se extendió a todos los townships negros del país. Duró hasta diciembre de 1976 y costó la vida a miles de personas –nunca se pudo determinar el número exacto–, mientras que otras 4 mil fueron detenidas. Entre 1976 y 1977, 90 presos murieron por torturas. Esa insurrección fue la primera sacudida que desestabilizó al régimen racista. En la nueva Sudáfrica el 16 de junio es un día feriado. Es un homenaje que la República rinde a sus mártires.

Inmediatamente después de su liberación en 1990, Nelson Mandela inauguró un monumento dedicada a la memoria de Peterson en el lugar mismo donde fue baleado. Fue uno de sus primeros actos públicos simbólicos. 

El 16 de junio de 1992 Mandiba –como cariñosamente se le llama a Mandela– inauguró el Museo Hector Peterson. Es un museo sobrio y conmovedor en el que se cuenta la historia de la resistencia de Soweto, sin énfasis dramático. Algunos de los guías son exalumnos rebeldes de 1976. Su emoción sigue intacta cuando recuerdan su hazaña.

Soweto cuenta con otro museo: el de Nelson Mandela. Está ubicado en el número 8115 de la calle Nagkane. Es una casita de ladrillo igual a todas las que se construyeron en los años cincuenta en la que Mandiba vivió hasta 1962 con su esposa Winnie Mandela: cuatro habitaciones minúsculas, algunas fotos, una vieja máquina de escribir… Se respetó la precariedad original de la casa.

Cada día autobuses de turistas se estacionan en la calle antaño triste y hoy bulliciosa, bordeada por nuevas casas amplias y presuntuosas. Vendedores de artesanías se colocaron en este espacio estratégico. El famoso restaurante Sakhumzi, de comida corrida africana, recibe a turistas y a los nuevos ricos negros nostálgicos que emigraron hacia áreas más selectas. Comen en la terraza vigilando sus lujosos autos estacionados unos tras otro enfrente del restaurante. A una cuadra se encuentra la casa donde llega el obispo Desmond Tutu cuando viaja a Johannesburgo. La residencia principal del obispo está en Ciudad del Cabo.

Existen muchos bares, restaurantes, centros nocturnos de ambiente denso y “caliente” donde los “exiliados” reencuentran sus raíces y los nativos que se quedaron cultivan las suyas. Soweto tiene sus barrios residenciales y sus mansiones vistosas, una de ellas pertenece a la siempre polémica Winnie Mandela. Las casas tienen varios garajes y están sobreprotegidas, como lo están todas las casas ricas de la metrópoli. Las calles están asfaltadas.

Soweto cuenta con uno de los centros comerciales más grande y moderno de Johannesburgo, el Maponya Mall, vigilado por un ejército de agentes privados. Hay bancos, algunos hoteles y varios guest houses. Muchos nuevos burgueses negros viven en esa área privilegiada. No quieren alejarse de su “comunidad” en la que se sienten más identificados.

Estos barrios acomodados de Soweto en pleno desarrollo contrastan con los demás, muy numerosos, que siguen estancados en la miseria de la época del apartheid: calles de tierra y polvo, casuchas destartaladas, luz robada, tomas de agua sólo en algunas esquinas, pequeñas tiendas improvisadas, peluqueros trabajando en la calle…

Hay barrios peores aún: son las zonas que se aglutinan alrededor de la ya miserable periferia de Soweto. Carecen absolutamente de todo. Son tugurios innobles donde cohabitan en forma cada vez más violenta aldeanos sudafricanos en busca de trabajo y miles de emigrantes del resto de África atraídos por el espejismo de Jo’burg, la metrópoli más rica del continente.

Entre 1994 y 2008 las nuevas autoridades políticas de Sudáfrica construyeron tres millones de viviendas en todos los townships del país. En Soweto miles de ellas saltan a la vista. Son casitas cuadradas un poco más grandes que sus antecesoras. Sus muros exteriores lucen colores vivos. Tienen luz y agua corriente. Sin embargo, el déficit habitacional es todavía abismal.

Hacer una excursión por Soweto es parte del paquete turístico que las agencias de viaje ofrecen a quienes visitan Johannesburgo. El tour es prudente. Encerrados en sus autobuses con aire acondicionado los extranjeros se pasean por ciertos barrios. Toman fotos de los contrastes de ese mundo heteróclito sin salir de sus camiones. Visitan los museos, comen en restaurantes “típicos” y tienen derecho a una “inmersión” de 20 minutos en unas calles desoladas. Un habitante de la cuadra los guía. Cuenta la historia de su gente, habla de su desasosiego, hace visitar una que otra casucha pobrísima y limpia en la que señoras y niños posan ante las cámaras. Se deja dinero a las amas de casa y al guía. No hay tarifa. El dinero es para la comunidad.

Los habitantes de esa cuadra están desempleados. Venden lo único que tienen: su miseria. El guía se indigna cuando la reportera se limita a confirmar el hecho sin emitir juicio alguno. Su objetivo, dice, es que los extranjeros tomen conciencia de la frustración de millones de sudafricanos después de los primeros años de sueño e ilusión con Nelson Mandela. 

Todas las iglesias parecen haberse dado cita en Soweto. Pululan los lugares de culto. La Iglesia anglicana es muy activa, pero también lo son la católica, la evangélica luterana, la evangélica presbiteriana, la metodista, la bautista y la cristiana de Sion… Sin hablar de nuevas Iglesias que colindan con sectas. 

Los sábados y domingos los fieles de los distintos cultos visten su mejor ropa para celebrar su fe cantando. Sus gospels vibrantes desafían las estadísticas mórbidas de Soweto y recuerdan que más allá de su violencia endémica, Soweto también tiene alma.  u