Las huellas

Plaza Nelson Mandela. En el corazón financiero

El desarrollo urbano de Johannesburgo –capital económica de Sudáfrica– no logra borrar las huellas del apartheid: cada barrio es como una isla con dinámica propia, donde raza y clase social remarcan sus características de gueto. Febril y caótica, la ciudad exhibe sus contrastes: townships miserables y violentos cohabitan con apacibles barrios residenciales que resguardan mansiones de ensueño y con centros financieros donde se derrocha lujo y dinero.

 

JOHANNESBURGO.- No es una ciudad; es un archipiélago. Sus barrios son grandes islas. Cada isla es un mundo. Cada mundo es distinto. Cada isla vive demasiado ajena a las demás islas. Cada mundo sigue todavía muy  replegado sobre sí mismo. Sólo de vez en cuando se divisa el “arco iris” tan soñado por Nelson Mandela.

Johannesburgo es desmedida, arisca, y sus contrastes llegan hasta el paroxismo. Tiene dos diminutivos: Jo’burg y Jozi. Y un hermoso nombre  zulu, eGoli: la ciudad del oro.

Capital financiera y económica de Sudáfrica –y de lejos la más importante de todo el continente africano–, es imagen y semejanza de ese país convaleciente y febril que busca caóticamente forjarse una identidad múltiple y polifacética. 

Corrientes de energía telúrica circulan en sus gigantescos townships sobrepoblados por negros. Sus inmensas áreas residenciales habitadas por blancos parecen estancadas en el tiempo, autistas. Su centro está en plena mutación. Sandton, su nuevo barrio de negocios, exhibe sin pudor su fascinación por el lujo y el dinero. 

Con el pretexto del Mundial de Futbol sus calles se ampliaron, surgieron nuevos puentes y cruces que enlazan sus avenidas, el periférico y carreteras; se construyó un metrobús que atraviesa la ciudad, del norte al sur, de Sandton hasta el flamante estadio Soccer City, ubicado en la orilla de Soweto.

Jozi no es bella pero es atractiva y en perpetua efervescencia. Nació durante el furor de la búsqueda de oro a finales de 1886 y su breve historia está impregnada de pasión, codicia, violencia, explotación, rebeldía e instinto de sobrevivencia. Esa historia la moldeó, pero fue la ideología racial del apartheid –impuesta a Sudáfrica en 1948 por el Partido Nacionalista– la que trastornó por completo su geografía.  

Apartheid es una palabra afrikaans que significa “mantener aparte”. El Partido Nacionalista se dotó de un arsenal jurídico pletórico, aberrante y único en el mundo para poder separar a los múltiples componentes raciales y étnicos del país. Convirtió a Sudáfrica y a todas sus ciudades en mosaicos  inicuos. 

Entre centenares de leyes, destacan dos que sentaron las bases del sistema segregacionista: la Population Registration Act  y la Reservation of Separate Amenities. 

Con base en la primera el gobierno estableció cuatro grupos raciales: los blancos, los mestizos, los indios y los negros. Dividió además a los negros en nueve etnias en función de los idiomas que hablaban. Procedió  después a realizar otras subdivisiones inextricables entre mestizos, chinos y grupos de distintos orígenes asiáticos. Luego asignó a cada grupo y subgrupo un área específica donde vivir y organizó amplios desplazamientos forzados de poblaciones. 

En el campo los blancos se apoderaron de las tierras más fértiles y concentraron a los negros en homelands o bantustans, neologismos hipócritas para designar reservas inhóspitas. En las ciudades tomaron medidas drásticas: los negros fueron expulsados a la periferia en townships miserables. Se reglamentó estrictamente su acceso a las otras zonas urbanas. Sólo podían salir fuera de su área para ir a trabajar en las fábricas, las minas o como empleados en zonas blancas. 

Mestizos e indios también tuvieron que mudarse a sus propios townships un poco menos ingratos. La élite blanca se quedó como única dueña del centro de las ciudades y de sus barrios exclusivos, mientras que los trabajadores blancos vivían en zonas modestas pero urbanas. Cada área estaba separada de la otra por terrenos baldíos. Estaba estrictamente prohibido ir de una a otra sin autorización.

La Reservation of Separate Amenities, promulgada en 1963, terminó por imponer la segregación en todos los lugares públicos de las ciudades. Surgieron por doquier pancartas y avisos que dictaminaban: White, Non White, Blankes, Nie-Blankes. Blancos y no blancos viajaban por separado en trenes y autobuses, entraban por puertas distintas en tiendas, bancos y edificios administrativos. El acceso a los cafés, restaurantes, salas de espectáculos, baños públicos, piscinas y parques, entre otros lugares, era imposible para los no blancos o estrictamente reglamentado.

 El apartheid desarrolló una ideología kafkaiana del espacio. Veinte años después de su abolición, sus huellas son muy difíciles de borrar.

 

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Sin un guía y sin auto le resulta casi imposible a un extranjero moverse en esta metrópolis inmensa y compleja de 9 millones de habitantes que no cuenta con una red de transporte público eficiente. El municipio administra una flotilla de sólo 500 autobuses, mientras que compañías privadas  controlan 20 mil microbuses colectivos en los que viaja la población de escasos recursos económicos, en su mayoría negra. Al igual que los chilangos, los joburgers de clase media y alta, ahora de todos colores y razas, sólo se desplazan en autos y pasan horas atrapados en embotellamientos. Hace 10 años sólo uno de cada 10 conductores era negro en Jozy. Ahora la mitad de quienes manejan son negros.

Durante el apartheid el centro de Jo’burg era blanco. Albergaba las principales actividades financieras y económicas del país y se enorgullecía de su arquitectura anglosajona parecida a la de Nueva York de los años setenta: mezcla de escasos edificios del siglo XIX con rascacielos dominados por la Torre del Carlton Center.

En los ochenta, conscientes de que el régimen segregacionista empezaba a tambalearse, los blancos huyeron del centro. El lujoso hotel Carlton que quedaba en la torre homónima acabó por cerrar sus puertas y lo mismo hicieron los demás hoteles, restaurantes, librerías, boutiques elegantes, sedes de empresas… Todos se mudaron hacia el norte y el oeste de Johannesburgo. Se mantuvieron en su lugar sedes históricas de algunos bancos, instituciones y edificios administrativos. Centenares de edificios y casas quedaron vacíos. 

Después de la abolición del apartheid (1990-1991) el centro fue rápidamente ocupado sobre todo por poblaciones negras, pero también por mestizas e indias que carecían de espacio vital en sus respectivos townships. Según datos oficiales, en esos años faltaban entre 120 mil y 140 mil viviendas en las áreas negras, alrededor de 6 mil en las mestizas y 5 mil en las indias. Los expertos estiman que el déficit habitacional era mucho mayor.

Esa migración fue masiva y a menudo anárquica. Se multiplicaron las ocupaciones ilegales. Algunos barrios se volvieron sumamente peligrosos. Desde hace una década las autoridades municipales intensifican esfuerzos para rehabilitar el corazón de Jo’burg. Les falta aún muchísimo por hacer y es más prudente no caminar de noche por ese rumbo. Pocos turistas se arriesgan a visitar esa parte de la ciudad. Lo hacen de día. Se mueven en grupos con guías y a veces con un guardia de seguridad. Sus autobuses sólo paran en lugares cuidadosamente seleccionados. 

Pero bajo la mirada atenta de su guía  zulu, la reportera se paseó sin problema alguno por ese centro bullicioso que es ahora radicalmente negro. La atmósfera vibrante de esas calles activas, llenas de gritos, música, pitos, frenazos, movimientos, pequeñas empresas, oficinas, centros comerciales, tiendas de ropa barata, puestos de comida y de frutas, es una versión africana del Centro Histórico de la Ciudad de México en vísperas de Navidad.

Las banquetas están invadidas por pequeños puestos metálicos en las que los vendedores ambulantes exponen su mercancía. Llegan de muchos países de África, hablan múltiples idiomas, venden de todo. Ese comercio informal es tolerado y en cierta forma organizado por las autoridades municipales, que alquilan los puestos a sudafricanos quienes a su vez los subalquilan a africanos indocumentados.

El centro de Jo’burg aloja varios museos, entre ellos la Johannesburg Art Gallery, donde se exhibe una colección de pinturas europeas de los tres últimos siglos y arte contemporáneo sudafricano. Es inmensa y vacía. Está ubicada en una zona todavía considerada como de riesgo. Los empleados de la galería se ven deprimidos. Apenas atienden a una decena de visitantes diarios. 

El Parque Joubert, contiguo a la galería, está lleno de hombres sentados o medio acostados en el césped. Al acecho. Sus miradas sopesan a cada paseante. Policías montan guardia. La tensión es palpable. 

“Son destechados sudafricanos y africanos dispuestos a todo para sobrevivir. Por eso la gente no visita la Johannesburg Art Gallery”, suspira la encargada de la tienda del museo.

 

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A pocas cuadras se encuentran el Museum Africa y el Market Center en el barrio de Newtown, un área parcialmente rehabilitada del centro “histórico”. El primero es el edificio colonial más hermoso de la ciudad. Albergó al mercado de mayoreo durante un siglo. Fue abandonado durante décadas y restaurado después de la caída del apartheid. Las obras que expone, muchas arqueológicas, cuentan el origen del continente africano y de sus civilizaciones de manera sutil e inteligente, alejándose del punto de vista occidental sin caer en el “afrocentrismo”. 

En el segundo lugar late el corazón cultural de Johannesburgo. Ese centro artístico acoge al mítico Market Theater, que siempre resistió al  apartheid con obras comprometidas. Su creatividad sigue intacta y uno de sus mejores espectáculos, Songs of migration, es algo fuera de lo común. 

Esta comedia musical de altísima calidad evoca con un ritmo endemoniado las distintas olas migratorias de los negros sudafricanos obligados desde hace más de un siglo a dejar sus aldeas para ir a trabajar en  las minas de oro, de diamantes, de carbón y en las fábricas.

Sus músicos, bailarines y cantantes ya fascinaron a un amplio público internacional. Pero lo que más les gusta es actuar para los espectadores “arco iris” de Jozy. Noche tras noche personas de todas las edades y razas comulgan con los artistas. La estrella es el trompetista Hugh Masekela, figura legendaria del jazz sudafricano, nacido en Soweto hace 71 años.

Sentarse en Sophiatown, un amplio y famoso café ubicado a dos pasos del Market Place, es toda una experiencia. Frecuentado por una clientela negra heteróclita, relajada y extravagante, el lugar está permanentemente sumergido en una música africana embriagadora que oscila entre el jazz de principios de siglo XX y el acid jazz contemporáneo, dependiendo del humor de sus afamados disc jockeys.

Su atmósfera es única: charlas, risas, abrazos, pasos de baile esbozados entre las mesas, bromas con meseras tan despampanantes como de armas tomar. El nombre de este café es un homenaje al célebre barrio de  Sophiatown, que fue el “Harlem” de Johannesburgo en la primera mitad del siglo XX. Fue en esa cuna del jazz sudafricano que Hugh Masekela, la cantante Myriam Makeba y Joe Mogotsi, entre otros, se dieron a conocer. 

Sophiatown era hirviente y cosmopolita. Sus noches eran inacabables. En 1955 el gobierno expulsó a los 65 mil negros que allí vivían y los reubicó en el township de Soweto que acababa de construir. Luego arrasó el barrio para construir uno nuevo, totalmente blanco, que llamó cínicamente Triumph (Triunfo). La mayoría de los músicos y cantantes se exiliaron.  

 

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Hillbrow y Yeoville son dos barrios que se extienden al noreste del centro de Jo’burg. Tienen peor fama aún que el Parque Joubert. Beki, nuestro guía, prefiere recorrerlos en auto.

En los ochenta Hillbrow era un oasis cosmopolita en medio de la brutalidad segregacionista. Mestizos e indios habían logrado burlarse de las leyes para instalarse en esa área blanca donde pululaban librerías, tiendas de moda, cabarets, restaurantes y cafés. Convivían en perfecta armonía con intelectuales y artistas blancos. El encanto duró 10 años. Repentinamente, a principios de los años noventa, el aura de Hillbrow se apagó. Su ambiente cosmopolita fue rescatado por el barrio contiguo: Yeoville. Pero nuevos flujos humanos cambiaron su ambiente. Poco a poco pandillas de jóvenes y niños –muchos “huérfanos del sida”–, vendedores de drogas y delincuentes impusieron su ley. Prostitución y bares de mala muerte invadieron Yeoville. Sus casas y edificios empezaron a degradarse.  Actualmente, sobre todo en vísperas del Mundial de Futbol, la represión de  la policía es cada vez más brutal en estas áreas.

Beki conoce cada callejón de Yeoville. Allí vivió tres años con sus dos hermanos cuando llegó de la provincia Kwazulu Natal. Nos muestra calles antaño coquetas, hoy transformadas en un mundo eléctrico en el que una multitud abigarrada sobrevive con una mezcla indefinible de indolencia y ansiedad. 

En todas partes las casas parecen acurrucarse detrás de gruesas rejas y telarañas de alambres de púas. Beki estaciona su auto ante una de ellas. Detrás de las rejas se vislumbran un pequeño jardín y un garaje. Aparece Sifo, el dueño, un gigante negro, fornido y sonriente. Beki le explica que queremos ver su primer “hogar” en Johannesburgo.

Sifo nos lleva hacia la parte trasera de su casa: ocho cuartos de unos cuatro metros cuadrados cada uno, desprovistos de ventanas, rodean un patio minúsculo. Los muros son de concreto barato y los techos de lámina. Agua y sanitarios se encuentran en el patio. De dos a tres personas pueden hospedarse en cada cuarto. El alquiler es de mil rands mensuales (135 dólares).

 Beki mira con emoción el cuarto donde vivió con sus dos hermanos. Hoy está ocupado por un mozambiqueño. En el cuarto contiguo viven indocumentados de Zimbabwe. En un tercero una mujer joven guisa en un hornillito.

 

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El puente Nelson Mandela, que enlaza el centro con los barrios más residenciales del norte y del occidente de Johannesburgo, desemboca en el barrio de Braamsfontein, en donde se erige Constitution Hill (Colina de la Constitución), uno de los principales símbolos de la voluntad de Mandela de integrar dignamente los años cruentos del apartheid con la historia de Sudáfrica.

Un penal fortificado ocupó la cima de esa colina entre los años1893 y 1983. Era una de las cárceles más temidas del país. Se conocía como Fort Johannesburg o Number Four; este último nombre se refería a la espeluznante Sección 4, en la que estaban encarcelados los reclusos negros. Fue la única cárcel del mundo que tuvo entre sus reclusos a dos personajes históricos: Mahatma Gandhi y Nelson Mandela. 

Después de su cierre el fuerte se quedó vacío y descuidado. Fue precisamente en medio de sus edificios bastante destartalados donde Mandela decidió construir, en 1994, la nueva Corte Constitucional. 

Lo que queda del Fort Johannesburg es tenebroso. Una explanada arbolada lleva a la parte reservada para las mujeres. Estaba dividida en zonas blancas y no blancas. Fue restaurada y convertida en museo y centro de archivos. La de los presos negros es terrible. Muchos espacios fueron dejados deliberadamente en su estado original: corredores, celdas, pasillos y puertas metálicas pesadas y lúgubres; duchas y baños sórdidos, patios de cemento inhumanos. Múltiples fotos, videos, objetos–recuerdo, dibujos y cartas de presos rinden homenaje a los humillados de Fort Johannesburg.

El armonioso edificio de concreto y vidrio de la Corte Constitucional se empotra literalmente en uno de los edificios de ladrillo medio demolido del fuerte, pero en realidad parece emerger de las ruinas. En una de sus fachadas bailan grandes letras multicolores: son las palabras “Corte Constitucional” escritas en las 11 lenguas oficiales de Sudáfrica: isi zulu, isiXhosa, tswana, sotho del norte, seSotho, siSwati, venda, isiNdebele, tsonga, inglés y afrikaans.  

La arquitectura del inmenso lobby del edificio es metafórica. Amplios ventanales lo vuelven casi transparente como aspira a ser la flamante democracia sudafricana. Altísimas columnas de concreto decoradas con mosaicos coloridos representan los árboles debajo de los cuales, en la tradición africana, los aldeanos se juntan para resolver sus pleitos legales. 

La sala misma del Tribunal Constitucional tiene forma ovalada. Es elegante sin ser solemne: muros de ladrillos, vigas de concreto y acero y, en el piso, un tapete claro con manchas azules y verdes que evocan las sombras de las ramas y de las hojas de un árbol. La Corte está abierta al público y sus ventanas evocan también la transparencia que debe caracterizar las decisiones de sus 11 jueces. Son los guardianes de la   Constitución sudafricana, celebrada internacionalmente como una de la más democrática y tolerante del mundo.

 

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Beki lo confiesa: aun con un GPs se pierde en las calles sinuosas y arboladas que serpentean en las colinas de los elegantes barrios residenciales de Houghton, Rosebank, Linden, Bryanston, Forways o Randburg. 

Todas estas calles están bordeadas por larguísimos y altísimos muros detrás de los cuales se esconden mansiones rodeadas por parques, canchas de tenis y albercas. Johannesburgo posee un extraño récord: el de la ciudad que concentra el mayor número de piscinas privadas del mundo.

Cada mansión parece una fortaleza. Su protección es máxima: vallas metálicas electrificadas con alto voltaje y a veces reforzadas con láminas de acero cortantes que se erigen encima de los muros, cámaras de video, sistemas de protección conectados con servicios privados de seguridad, perros de guardia y en muchos casos garitas con hombres armados. 

Anuncios pegados afuera de las casas mencionan el nombre de la o las compañías de seguridad contratadas y advierten que se responderá con disparos cualquier agresión. Autos de la policía y patrullas privadas recorren las calles con frecuencia. De vez en cuando se oyen aullar sirenas de alarma.

Sudáfrica tiene otro récord mundial: es el país donde la industria de la seguridad privada es la más floreciente. Se calcula que su volumen de negocios anual gira alrededor de 40 mil millones de rands (5 mil 714 millones de dólares).

El mercado está dominado por empresas multinacionales como Tyco International o United Technologies Corporation (UTC) y poderosos grupos sudafricanos como Fidelity. Pero existe también una miríada de empresas más pequeñas, quizás 5 mil, en todo el país. Se calcula que la seguridad privada emplea entre 300 mil y 450 mil personas. La policía cuenta con 150 mil agentes. Los expertos sudafricanos no pueden ser más precisos, ya que muchas empresas no registran su personal como lo exige la ley.

Nuestro guía se demora un poco antes de dar con la extensa Central Avenue de Houghton. Baja la velocidad y muy respetuosamente nos enseña el portal de la casa donde reside Nelson Mandela, cada vez más apartado de la vida pública. Esa mansión le fue regalada por el Estado sudafricano.

La élite adinerada de Johannesburgo vive en autarquía. Sus barrios se administran de manera autónoma y asemejan enclaves europeos o estadunidenses.

El centro neurálgico de esa parte noroccidental de Jo’Burg es el barrio-ciudad de Sandton, el nuevo centro financiero y económico de la ciudad. La vida de Sandton se articula alrededor de la plaza Nelson Mandela, la cual se encuentra adornada con una inmensa estatua de bronce del legendario líder. Da lástima ver la noble figura de Mandela exhibida en ese barrio arribista y artificial, donde se pavonean nuevos ricos, hombres de negocios, banqueros e industriales sudafricanos y extranjeros, blancos y negros. 

La Plaza Mandela –dominada por las torres de Sandton City y de Miguel Angel– busca imitar una plaza italiana. En todo Sandton se codean hoteles y tiendas de lujo, restaurantes elegantes, sedes de bancos y de grandes empresas, discotecas, multicinemas. La vigilancia es paranoica. A nivel arquitectónico Sandton es muy distinto del barrio Santa Fe, en la Ciudad de México, pero cumple exactamente la misma función de gueto sobreprotegido de super ricos. 

Desde la torre Miguel Angel, ocupada por un hotel de cinco estrellas, se ve el township contiguo de Alexandra, en el que vive una población negra de 900 mil personas, de la cual más de la mitad se encuentra desempleada.

Parte de la nueva élite económica negra se mudó a las zonas residenciales de Jozy, pero no es realmente aceptada por los cerrados medios sociales blancos. Los fines de semana muchos nuevos ricos negros se aburren en sus mansiones. Entonces se suben a sus autos carísimos, recorren los casi 50 kilómetros que separan el norte del sur de la metrópoli y llegan a Soweto, donde tienen sus raíces, dolorosas quizá, pero raíces al fin y al cabo.

Soweto es la isla más grande y más sui generis del archipiélago de Johannesburgo. Es también el municipio más extenso de toda Sudáfrica. Fue un bastión de la resistencia al apartheid. Es un universo tan singular  que merece capítulo aparte.  u