“La lucha es mi vida”, son palabras de Nelson Mandela. Tras haber pasado casi tres décadas en la cárcel, el líder político no dejó de combatir la segregación racial. Sacrificó su vida privada y su juventud para que Sudáfrica alcanzara la libertad.
En la parte cuatro del libro El largo camino a la libertad. Autobiografía de Nelson Mandela, que empezó a escribir en la clandestinidad en 1974 durante su cautiverio, el expresidente de Sudáfrica relata la forma en que el boxeo, con su disciplina y estrategia, le proporcionó una filosofía de vida que lo preparó para luchar. Dice:
Aunque boxeé un poco en Fort Hare, no fue hasta que viví en Johannesburgo que lo tomé más en serio. Nunca fui un boxeador excelso. Estuve en la división de peso completo, no contaba con la fuerza suficiente para compensar mi falta de velocidad.
No disfrutaba la violencia del box tanto como la ciencia detrás del deporte. Estaba intrigado en cómo uno mueve su cuerpo para protegerse a sí mismo, cómo se usa una estrategia para atacar y para retirarse, cómo se marca el paso en un combate.
Todos somos iguales en el box. El ring, el ranking, la edad, el color y la riqueza personal son irrelevantes. Cuando rodeas a tu oponente, probando sus fortalezas y debilidades, no piensas ni en su color ni en su estatus social.
Una vez que entré al mundo de la política nunca volví a pelear. Mi interés primordial era entrenar, encontré que el entrenamiento tan riguroso era una manera de deshacerme de las tensiones y el estrés. Después de un entrenamiento fuerte me sentía mental y físicamente más ligero. Era una manera de perderme en algo sin conflicto. Después de un entrenamiento nocturno, la mañana siguiente me despertaba sintiéndome fuerte y fresco, listo para la lucha.
Iba al gimnasio durante una hora y media todas las noches de lunes a jueves. Me iba a casa directamente del trabajo, recogía a mi hijo Thembi, luego manejaba al centro comunitario (en Soweto). Hacíamos una hora de ejercicio, combinaciones de pista, saltar la cuerda, calistenia o boxeo de sombra, seguido por pesas y luego entrenamiento de sparring. Si entrenábamos para una pelea o un torneo, extendíamos el entrenamiento de dos a dos horas y media.
Todos tomábamos turnos dirigiendo la sesión de entrenamiento, esto era para desarrollar liderazgo, iniciativa y autoestima. A Thembi le gustaba dirigir las sesiones. Las cosas se ponían un poco duras para mí las noches que mi hijo estaba de encargado porque me criticaba. Se apuraba a llamarme la atención en cuanto bajaba el paso.
Todos en el gimnasio me llamaban “jefe”, algo que no me gustaba, o me decían “señor Mandela”. Ocasionalmente, cuando mi hijo bromeaba conmigo me llamaba “my bra”, la forma en caló para decir “my brother” (mi hermano). Cuando me veía de flojo, me decía en un tono duro: “Señor Mandela, está perdiendo el tiempo esta noche. Si no puede con el paso, por qué no se va a casa y se sienta al lado de su vieja”.
Todos disfrutaban inmensamente de estas bromitas, y me daba mucho gusto ver a mi hijo tan feliz y tan seguro de sí mismo.








