En 1994 Nelson Mandela llegó a la Presidencia de una Sudáfrica dividida por profundos odios raciales y a un paso de la guerra civil. El presidente valoró un factor que podía desactivar enconos y servir de aglutinante de todos los sudafricanos: el deporte. Así que impulsó el rugby (juego con honda raigambre en ese país) y luchó para albergar un Campeonato Mundial. Ahora, sin Mandela en el poder, el turno es para el futbol.
La primera vez que Nelson Mandela pensó en el poder político del deporte fue cuando estaba preso en la isla Robben, en aislamiento total, y diseñó mentalmente la nueva Sudáfrica, un país reconciliado para negros y blancos. En 1990, después de 27 años de cárcel, y sólo tras la caída del apartheid, fue liberado. Encontró un país dividido, con todos los elementos para que estallara una guerra civil.
Pero en 1994 hubo elecciones. Fue la primera ocasión en su vida que Mandela votó, tenía 75 años y resultó democráticamente electo presidente de la República de Sudáfrica.
El gran objetivo para sus cinco años como presidente fue reconciliar a los sudafricanos y crear las condiciones para una paz duradera. Pensó aprovechar el deporte como un instrumento de movilización de masas para llevar su mensaje de reconciliación racial y cambiar las convicciones sociales de su patria. “Necesitamos cada ladrillo para construir el país, no importa del color que sea”, reflexionó Mandela.
Fue así como la Copa del Mundo de Rugby, con sede en Sudáfrica, en 1995, se convirtió en la estrategia política de Mandela, quien conocía perfectamente a los afrikaners (blancos descendientes de holandeses, alemanes, franceses o belgas) y la importancia del rugby en sus vidas.
Para los negros el rugby era un símbolo del odiado apartheid. Para los blancos era como una religión. El equipo nacional sudafricano, Springboks, tenía la reputación de ser el más rudo del mundo. Su uniforme era una camiseta verde que los negros detestaban tanto como a las redadas policiacas, la bandera y el himno nacional, Die Stem (El llamado), en cuyas estrofas los blancos celebraban la conquista del sur de África.
Sólo los blancos usaban el emblema springbok (un escudo compuesto por una gacela saltarina y una protea, la flor característica del sur de Sudáfrica), que los jugadores de rugby tienen bordado del lado izquierdo del pecho.
El primer ministro de Sudáfrica, Hendrik Frensch Verwoerd, conocido como “el arquitecto del apartheid”, pensó, en algún momento del siglo pasado, modificar la bandera nacional para añadirle el springbok y seis proteas. Para el mundial de rugby, Mandela apoyó públicamente al equipo y su emblema.
Un amigo de Mandela, Ali Bacher, integrante del equipo sudafricano de cricket, expulsado de las competencias internacionales por la política racista del gobierno, cuenta cómo el presidente se ganó a los blancos y hasta persuadió a los integrantes del Congreso Nacional Africano (CNA) de la necesidad de mantener el odiado emblema en la camiseta de la selección.
“Me dijo: ‘Sabemos cuán importantes son el rugby y el emblema springbok para los blancos’. Mandela tomó una posición de total apoyo basada en el hecho de que el rugby es un deporte de blancos, así logró que los afrikaners lo respaldaran como primer presidente negro.”
Mandela aspiraba a ser el padre de toda la nación; entonces se dio a la tarea de convencer al país de que tenía que apoyar al equipo nacional de rugby. El capitán de los Springboks, François Pienaar, desempeñó un papel trascendental en la historia de la unificación sudafricana.
El 17 de junio de 1994, unos días después de haber asumido la Presidencia, Mandela se reunió por primera vez con Pienaar, a quien citó en su oficina. El presidente le sirvió té al jugador, lo trató con tanta cortesía y respeto que el joven se sintió abrumado. Impresionado por sus finos modales y maravillado con su conversación, el jugador escuchó al mandatario.
“‘Habló sobre el poder que tiene el deporte para mover a la gente y cómo, después de que salió de la cárcel, estuvo en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, evento del que recuerda especialmente cómo sintió que el estadio retumbaba cuando se puso de pie’, dijo Pienaar, en cuya mente Mandela sembró las primeras semillas de su idea política”, escribió el periodista inglés John Carlin en su libro El factor humano. Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación.
En su texto, Carlin consigna lo que Nelson Mandela le explicó, en una entrevista, sobre aquel encuentro: “François Pienaar era el capitán del equipo de rugby y yo quería usar el rugby. Tuve que trabajar con él. Le hablé del papel que él estaba desempeñando y lo que tenía que hacer. Le hice un resumen de lo que yo estaba haciendo con ese deporte y la razón por la cual lo hacía. Encontré en él una persona muy inteligente”.
Pienaar es un blanco criado en el desprecio a los negros, pero que fue capaz de superar los prejuicios y accedió a colaborar con Mandela. El presidente le encomendó ganar la Copa del Mundo de Rugby porque así se elevaría la moral popular y se facilitaría la integración racial.
Su proyecto de nación se vio concluido cuando, en el juego final, Sudáfrica se impuso a Nueva Zelanda. Negros y blancos estuvieron reunidos en el estadio Ellis Park (donde se jugarán siete partidos durante el mundial de futbol) y cientos de afrikaners cantaron en xhousa (su lengua) las estrofas del nuevo himno nacional (Dios bendiga a África y la eleve a la gloria), palabras que en algún momento fueron el símbolo del movimiento de los negros por sus derechos.
Ataviado con la camiseta verde del equipo de los Springboks, Mandela presenció el dramático partido en el estadio y luego entregó a Pienaar el trofeo de la Copa del Mundo. “François, muchas gracias por lo que usted ha hecho por nuestro país”, le dijo Mandela en un estadio atiborrado de sudafricanos. “No, señor presidente, gracias a usted por lo que ha hecho por nuestro país”, le contestó el jugador.
En el libro de Carlin, Pienaar detalla por qué creyó en Mandela, quien en lugar de salir de la cárcel a buscar venganza contra la minoría opresora blanca, se ganó su respeto con una actitud humilde.
“Adoptamos el lema ‘un equipo, un país’ porque nos dimos cuenta de que el torneo era para todos en Sudáfrica y que si nos iba bien, todos los sudafricanos nos sentiríamos orgullosos. Subestimamos cuánto orgullo podíamos dar a Sudáfrica”, sentenció François Pienaar.
“Alcanzar la paz por medios políticos era la ‘revolución negociada’ de Sudáfrica. Ningún otro país había hecho la transición de la tiranía a la democracia mejor ni con más compasión. Una historia con un héroe de carne y hueso sobre un país cuya mayoría negra debería haber exigido a gritos la venganza y, sin embargo, siguiendo el ejemplo de Mandela, dio al mundo una lección de inteligencia y capacidad de perdonar. En un acontecimiento deportivo se plasmó todo aquello por lo que Mandela había luchado y sufrido en su vida”, escribió Carlin en la introducción de su libro.
El mundo vio cómo Sudáfrica pudo organizar un gran torneo deportivo internacional, pese a los temores por sus alarmantes niveles de criminalidad. Después organizó con éxito la Copa Africana de Naciones en 1996, el Mundial de Cricket en 2003 y la Copa Confederaciones de Futbol en 2009.
En 2000, cuando Mandela le entregó el Lifetime Achievement Award (premio a la labor de toda una vida), de los Laureus World Sports Awards, al brasileño Pelé, habló públicamente sobre el poder político del deporte: “El deporte tiene el poder de transformar el mundo. Tiene el poder de inspirar, de unir a la gente como pocas otras cosas. Tiene más capacidad que los gobiernos de derribar las barreras raciales”.
El propio Mandela, quien fue deportista (boxeador amateur), también identificó la fuerza constructiva del deporte y el futbol en la entrega de los Premios Fair Play de la FIFA, cuando declaró: “¿Quién puede dudar que el deporte es una vitrina crucial para la propagación del juego limpio y la justicia? Después de todo, el juego limpio es un valor esencial en el deporte”.
En distintos niveles, Nelson Mandela ha estado involucrado con el futbol, que en Sudáfrica es el deporte de los negros. Según consigna el portal de la FIFA en una nota –en ocasión del cumpleaños 89 del expresidente–, cuando vivía en Soweto (un área urbana localizada 24 kilómetros al suroeste de Johannesburgo), durante la etapa más fuerte de su actividad política, “usó los partidos de futbol como una herramienta para movilizar a Sudáfrica contra el apartheid”.
Los presos de la cárcel de la isla Robben, donde Mandela pasó 18 años, jugaban clandestinamente futbol en celdas colectivas, con balones hechos con trapos y papeles. Pero en 1965 las autoridades penitenciarias les autorizaron crear su propia liga: la Asociación Makana de Futbol (AMF). A los prisioneros se les permitió jugar en el exterior de las celdas, que fueran equipados y dispusieron de un terreno apropiado. Fue una concesión para todos, menos para Mandela, quien estaba condenado al aislamiento en una minúscula celda. Ni siquiera le permitían ver los partidos.
La AMF se convirtió en un escape para muchos de los prisioneros de la isla. Un exconvicto, Sipho Tshabalala, explicó: “Era más terapéutico para nosotros y para nuestras vidas. Nos hizo sentir como seres humanos, nos hizo sentir que, al menos, no estábamos aislados”. Desde esa cárcel se alcanza a ver el moderno estadio Green Point de Ciudad del Cabo, que será sede de ocho partidos durante el próximo Mundial.
El estadio Soccer City fue la locación donde, el 16 de diciembre de 1990, Mandela encabezó el primer mitin realizado por el CNA desde su liberación. En ese mismo escenario, el presidente fue parte de la multitud que apoyó la victoria (2-0 sobre Túnez) de la selección nacional de futbol en la final de la Copa Africana de Naciones.
Mandela ofreció charlas motivacionales a los jugadores durante el torneo, y le entregó el trofeo al defensa Neil Tovey, quien se convirtió en el primer futbolista blanco en levantar una copa para Sudáfrica.
Lucas Radebe, uno de los grandes futbolistas de exportación de Sudáfrica, que jugó 11 años en el Leeds United de Inglaterra, recuerda con emoción algunas de las visitas que Nelson Mandela hizo a los seleccionados nacionales: “Estábamos en el campo, en el hotel en Johannesburgo en 1994. Él entró en la habitación y se me pararon todos los pelos de la espalda y de los brazos. Tenía un aura tan especial, que sentí mariposas en la panza y estaba tan nervioso que apenas pude hablar. Era muy diferente verlo de carne y hueso que en fotos o en la tele. Te sientes comprometido a jugar para él y temes decepcionarlo. Nos visitaba regularmente cuando estábamos concentrados y nos daba charlas motivacionales. Fue un gran aliciente conocerlo y saber que le importábamos lo suficiente para darse el tiempo de vernos en medio de su apretada agenda.
“Todos sabíamos quién era por su papel en la lucha, pero no sabíamos cómo era físicamente, pues las únicas fotos que había de él eran viejas. Era nuestro héroe, un modelo a seguir, nuestro líder en la lucha, nuestra mejor oportunidad de libertad, pero sabíamos que no podíamos ser libres mientras él estuviera preso, así protestamos contra el régimen del apartheid en su nombre. Confiamos en que podía ser un gran líder para nuestro pueblo y lo probó. Es el más grande sudafricano”, externó Radebe en una entrevista que concedió al portal de la FIFA el 16 de julio de 2007.
Los sudafricanos aficionados al rugby en su mayoría son afrikaners; sin embargo, de acuerdo con reportes periodísticos locales, ellos también apoyan al equipo nacional de futbol.
Aunque la selección de Sudáfrica parece estar en desventaja para superar la primera ronda en el Mundial (comparte el grupo A con Francia, Uruguay y México), los fanáticos, desde Mandela hasta los residentes de los barrios más pobres, apoyan incondicionalmente a los llamados bafana bafana (los muchachos), como se conoce a la oncena que dirige el brasileño Carlos Alberto Parreira.
El 24 de junio de 2009, fiel a su costumbre, Nelson Mandela, visitó a la selección nacional para desearle suerte antes de la semifinal que disputó en la Copa Confederaciones ante Brasil. Los jugadores le obsequiaron una camiseta con su nombre en la espalda. El entonces entrenador de Sudáfrica, Joel Santana, reveló por qué ese encuentro significó tanto para su equipo: “Su presencia y la forma como nos habló, nos dio una gran tranquilidad. Yo pensé que lo había visto todo en la vida, pero no. Me sentí extremadamente orgulloso de haber tenido esta oportunidad”.
Con un gol de Dani Alves, dos minutos antes del final, Sudáfrica cayó ante Brasil. En el partido por el tercer lugar, los bafana bafana también pelearon incansablemente ante España, campeón de Europa, al que le empataron a dos tantos en tiempo de compensación. Ya en el alargue, un gol de Xabi Alonso puso el 3-2 definitivo.
Seis meses después, durante el sorteo de la Copa del Mundo 2010, el legendario anfitrión de Sudáfrica le dio la bienvenida a los espectadores a través de un video, ante la imposibilidad de viajar hasta Ciudad del Cabo: “El deporte tiene el poder de inspirar y unir a las personas. En África, el futbol goza de gran popularidad y tiene un lugar muy particular en los corazones de la gente. Debemos esforzarnos para ser excelentes anfitriones y, al mismo tiempo, asegurar que dejaremos una gran huella de beneficios para nuestra gente”, aseveró Mandela.
Una semana después de la final del Mundial, el próximo 18 de julio, Nelson Mandela cumplirá 92 años. Probablemente esté demasiado débil para repetir su memorable gesto de entregar la copa al equipo campeón, como ocurrió en 1995. Quizá, a través de la televisión, estará complacido de ver a negros y blancos compartiendo las gradas.








