Al margen de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación –cuyas labores fueron calificadas como insuficientes por sus críticos–, organizaciones no gubernamentales impulsaron iniciativas para frenar la violencia que, tras el fin del apartheid, aún se mantiene latente. Así, expolicías se reunieron con los pobladores de su comunidad para explicar cómo y por qué reprimieron; responsables de las fuerzas de seguridad sostuvieron encuentros con madres de jóvenes a los que mandaron asesinar; los verdugos explicaron sus actos a las víctimas. Con base en ello fue surgiendo el perdón, la reintegración social y la reconciliación nacional que, pese a todo, es todavía endeble.
JOHANNESBURGO.- Una mano de hierro en un guante de terciopelo. Así es Marjorie Jobson: sonrisa casi tímida, voz suave, algunas arrugas y mirada penetrante. Su voluntad no parece tener límites. Total es su entrega a las causas que defiende y absoluta su identificación con el gran principio de la filosofía africana del Ubuntu: “Sólo puedo existir plenamente enlazándome con el otro y reconociendo su humanidad”.
Enfrentar la barbarie del apartheid nunca la asustó y hoy no teme denunciar fallas éticas y políticas del Congreso Nacional Africano (CNA), que desde 1994 gobierna a la Nación Arco Iris.
Marjorie es blanca, de origen británico, pero aparta con indiferencia estos datos. Sólo le importa ser sudafricana. Entre todas las luchas que sostuvo durante años contra el apartheid –y que la convirtieron en una de las figuras relevantes de la conciencia moral y política blanca– sólo menciona su combate contra la pena de muerte. Pertenecía a la organización Pretoria Black Sash. Visitaba y asistía a presos políticos negros condenados a la pena capital.
Desde 2006 Marjorie dirige Khulumani, una ONG que realiza un trabajo excepcional con las víctimas del apartheid.
Khulumani es una palabra zulu que significa “dejar que brote la palabra”. La ONG nació en 1995, cuando Nelson Mandela decidió crear la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR).
Marjorie reconoce la importancia que tuvo la CVR, pero considera que no cumplió cabalmente con su misión de reconciliación nacional.
“Buena parte de la violencia que sacude hoy al país se debe a las esperanzas frustradas que generó la comisión”, recalca.
Y precisa: “La decisión de Mandela provocó un auténtico electrochoque en toda Sudáfrica, particularmente entre la población negra que nunca había tenido derecho a la palabra. Pero la idea de un Comité de Amnistía generó polémicas. Mucha gente consideraba que era una concesión indebida a los violadores de derechos humanos.
“La familia de Steve Biko (figura mayor de la lucha contra el apartheid y quien murió debido a las torturas que le infligieron durante su detención en 1977) denunció esa amnistía y presentó una demanda en su contra ante la Corte Constitucional. Perdió el caso. Se impuso el Comité de Amnistía.
“Para ‘compensar’, el gobierno se comprometió a brindar toda su ayuda a las víctimas por medio del Comité de Reparaciones y Reinserción. Esa promesa, que se inscribe en el concepto africano de justicia reparadora, muy distinta de la justicia punitiva occidental, fue determinante. Pero hoy constatamos que no se cumplió.”
“Chispas de odio”
A partir de 1996 numerosas víctimas decidieron finalmente ofrecer su testimonio ante la CVR. Pero se sentían inseguras. Temían represalias, no sabían a quién dirigirse ni cómo expresarse. Acudieron con Khulumani.
La ONG cuenta ahora con unos 50 mil miembros activos en todo el país, la mitad de los cuales prefieren definirse como “sobrevivientes de la violencia del apartheid” más que como “víctimas”. Brinda todo tipo de apoyo a los que resultaron perjudicados por el régimen racista: asistencia psicológica y legal, participación en grupos de solidaridad, reintegración social, capacitación… Además, junto con otras organizaciones, presiona permanentemente al gobierno sudafricano para que cumpla sus obligaciones con las víctimas del apartheid.
A lo largo de los últimos 14 años Khulumani rastreó 58 mil casos de graves violaciones a los derechos humanos o crímenes de lesa humanidad. Más del doble de los registrados por la CVR.
“Esa cifra dista de ser exhaustiva –confía Marjorie–. Tememos que el número total de víctimas gire alrededor de 200 mil. Cada día nos llegan más casos. Archivamos todos los que podemos documentar debidamente. Estos archivos pueden ser consultados en nuestra página web. Son también elementos capitales para las distintas batallas judiciales que llevamos desde hace años.”
Denuncia: “El gobierno dio solamente tres años a la Comisión de la Verdad y la Reconciliación para actuar. Todo se hizo con demasiada prisa e improvisación. La CVR envió investigadores a todo el país para recoger testimonios, pero a veces no hablaban el idioma de la región y perdieron mucho tiempo. Cajas enteras de testimonios escritos se extraviaron y nunca llegaron a Ciudad del Cabo, sede de la comisión. Tenemos una larga lista de problemas administrativos. La presentamos a las autoridades e insistimos para que se diera más tiempo al proceso, pero el gobierno no nos hizo caso”.
La voz serena de Marjorie Jobson se vuelve indignada cuando toca el tema de las reparaciones:
“La Comisión de la Verdad y la Reconciliación se comprometió a dar compensaciones económicas a las 21 mil 707 personas que reconoció oficialmente como víctimas. Hasta la fecha sólo cumplió con 7 mil. Y lo peor del caso es que no se trata de un problema de dinero. Hace 10 años el entonces presidente Thabo Mbeki creó un fondo especial para indemnizaciones en el que se depositaron importantes donaciones internacionales y subvenciones del Estado. Allí está el dinero. No fue desfalcado por nadie. Duerme.”
–¿Por qué esa apatía?
–Por falta de voluntad política. Los sucesores de Nelson Mandela, Thabo Mbeki y Jacob Zuma, consideran que la labor que desempeñó la Comisión de la Verdad y la Reconciliación durante tres años logró secar las lágrimas y borrar las atrocidades del pasado. Hoy están en otra dinámica. Cometen un error grave y juegan con fuego. Es obvio que personalmente lograron dar la vuelta a la hoja porque pertenecen ahora a una élite negra que convive sin problema con la élite política y económica blanca y hace negocios con ella. Pero para la mayoría de los 33 millones de negros del país (75% de la población) no es así”.
Insiste:
“La CVR jugó un papel muy importante en el incipiente proceso de reconstrucción humana de Sudáfrica. Desactivó brotes de violencia. Nos convenció a todos de que una reconciliación era posible. Pero se estancó. A nivel internacional se considera que logró realizar algo único. No es falso, pero hubiera podido ir mucho más lejos y generar una auténtica y profunda reconciliación. Hubiera podido ser una referencia dentro y fuera de Sudáfrica. En lugar de eso dejó sueltas chispas de odio que pueden prender polvorines en cualquier momento.”
Afirma:
“La reconciliación no se decreta ni se resuelve en tres años. Es un proceso largo, que implica paciencia y respeto. Sé por experiencia que aquí en Sudáfrica es posible volver a tejer lazos entre todas las comunidades raciales y étnicas que el apartheid dividió durante décadas. Sé también que es posible reconciliar a verdugos y víctimas. Es lo que viene haciendo Khulumani desde una década y media.”
Comunidad
Estamos sentadas en una sala de juntas de la sede de la ONG, en el corazón de Johannesburgo. Entran y salen personas a la vez ocupadas y relajadas. Se oyen risas, charlas. Timbran teléfonos celulares. Niños corren por los pasillos. Pero extrañamente esa agitación no perturba la plática. De vez en cuando alguien se sienta para escuchar a Marjorie. Aprueba lo que dice con movimientos de la cabeza; luego se levanta y se va.
La directora de Khulumani se percata del asombro de la reportera:
“Lo que ve aquí es una comunidad de personas profundamente unidas. Si quiere entender a Sudáfrica siempre debe tener presente el papel primordial que juega el concepto de ‘comunidad’ en nuestra cultura. Nada tiene que ver con lo que algunos llaman peyorativamente comunitarismo. Fue gracias a la fuerza de la ‘comunidad’ y al sentimiento de pertenencia a una ‘comunidad’ que pudimos realizar una verdadera labor de reconciliación en numerosos lugares. Me importa darle unos ejemplos.”
Varias personas se sientan alrededor de la mesa. Ya no se oye tanto ruido. Todos estamos pendientes de la voz serena de Marjorie Jobson.
“Antes que todo –advierte– cabe recordar que parte de los policías que el régimen segregacionista enviaba a los townships para reprimir a la gente eran negros. Los adiestraban para eso. La mayoría cumplía su tarea con celo. Después de la caída del apartheid muchos fueron enjuiciados y condenados a 15 o más años de cárcel. En algunos reclusorios formaron comités de presos políticos para distinguirse y defenderse de los presos comunes. Algunos de estos comités contactaron a Khulumani por intermedio de trabajadores sociales.”
Vibra aún más la voz de Marjorie cuando empieza a recordar lo que ocurrió en dos cárceles de Kwazulu Natal, una provincia nororiental de Sudáfrica en la que vive una población esencialmente zulu.
“Los presos nos dijeron: ‘Algun día vamos a recobrar nuestra libertad. Lo único que nos interesa cuando salgamos es reintegrarnos a nuestras comunidades. Cometimos crímenes contra nuestra propia gente: la matamos, la herimos, quemamos sus casas. Estamos conscientes de todo. Por eso estamos en la cárcel. Pero pertenecemos a nuestras comunidades. Les pedimos que nos ayuden a volver a construir puentes con ellas’.”
–Les solicitaron ser mediadores…
–Así fue. Hablamos con sus comunidades. Todas aceptaron la idea de tener encuentros con los presos. Hablamos con los directores de los dos reclusorios. Dieron permisos excepcionales a los reos para que pudieran entablar diálogos con su gente. Organizamos las citas.
–¿Cómo fueron esos encuentros?
–Sencillos, graves y dignos. Los expolicías contaron su historia personal: cómo fueron reclutados –muchos a la fuerza–, cómo les lavaron el cerebro, cómo fueron entrenados. Luego confesaron lo que hicieron. Las comunidades escuchaban, preguntaban. Surgió la verdad poco a poco. Fueron momentos de una gran intensidad. Los presos acabaron por expresar su arrepentimiento y preguntaron a sus comunidades si aceptaban acogerlos de nuevo. Las comunidades dijeron que las puertas estaban abiertas. Entonces se empezó a hablar de las reparaciones.
Perdón y redención
Marjorie interrumpe su relato para tomar un poco de agua. Todos esperan que siga contando esa historia que conocen de memoria pero que no se cansan de oír.
“Los presos explicaron: ‘No tenemos un solo centavo, pero nos sobra tiempo en la cárcel. Tenemos brazos para trabajar. Están a sus órdenes’. Las comunidades se pusieron de acuerdo. Y surgió un proyecto: pedir a los reclusos que restauraran todo el mobiliario de las escuelas que se estaba cayendo a pedazos después de décadas de descuido. Así se fueron dando los primeros pasos de la reconciliación.”
Sonrisa maliciosa de Marjorie Jobson:
“Para convencerla de que una reconciliación amplia, verdadera, hubiera sido posible en Sudáfrica, permítame contarle otra historia.
Se acomoda mejor en la silla.
Cuenta: “A principios de esta década llevaba una relación estrecha con un grupo de mujeres del township negro de Mamelodi, ubicado en las afueras de Pretoria. Todas habían participado en una marcha de protesta pacífica que la policía reprimió en forma sangrienta matando a 30 de ellas en presencia de sus hijos. Esa masacre, que ocurrió en 1986 y quedó grabada en la memoria colectiva negra, traumó de tal manera a los jóvenes de Mamelodi que muchos decidieron incorporarse a la guerrilla.
“Contactaron a Joe Mamasela, quien se hacía pasar por enlace con Umkhonto we Sizwe, brazo armado del CNA. En realidad se trataba de un exdelincuente de Soweto que la policía había torturado y usaba como agente infiltrado en Mamelodi.
“Todos los jóvenes que acudieron con él para ir a los campos de entrenamiento del CNA fueron asesinados. Fue otra tragedia para las madres de Mamelodi. Años después de los hechos seguían sin poder ‘asimilar’ la desaparición de sus hijos. Sus muertes en condiciones cruentas no las dejaban en paz nunca.
“Reflexionamos mucho, todas juntas. Llegamos a la conclusión de que la única manera de entender lo que había pasado era hablar con Adriaan Vlok, el terrible ministro de la Ley y del Orden que había ordenado la infiltración de Mamasela en el township de Mamelodi.
–¿Vivía libre? ¿Era asequible?
–Siempre estuvo libre. Llevaba una vida discreta. Fue difícil encontrarlo. Pero dimos con él. No nos rechazó. Sin embargo, no quiso venir a hablar con nosotras en Mamelodi. Le tenía pavor al township. Pensaba que todo el mundo lo iba a reconocer y que alguien lo podía matar. Nos citamos en un lugar tranquilo de Pretoria. Nos sentamos todas con él. Se notaba tenso. Miraba una tras otra a las madres de sus víctimas. Todas callábamos. Poco a poco se percató de que no estaba rodeado por el odio.
–¿Quién rompió el silencio?
–Nosotras. Le explicamos que la venganza nos era ajena. Una de las mujeres lo miró a los ojos y le dijo: ‘Si nos dice la verdad, toda la verdad, lo podremos aceptar a usted aun a sabiendas de que mandó matar a nuestros hijos’… Luego hablamos horas. Nos dábamos cuenta de que Adriaan Vlok estaba trastornado. Nos volvimos a encontrar a menudo.
–¿Las madres de Mamelodi lo perdonaron?
–Sí. Fue lo que les permitió hacer su duelo. Esos encuentros actuaron como un detonante en la vida de ese político implacable que dirigió la policía sudafricana entre 1987 y 1991, en la peor época de la represión de nuestra historia. Se volvió muy religioso.
“Tuvo un gesto de arrepentimiento que nunca hubiéramos imaginado. Imitó a Cristo: pidió permiso para lavar los pies de 10 madres de Mamelodi. Luego buscó a Frank Chikane, entonces asesor del presidente Thabo Mbeki. Le confesó que había ordenado su asesinato en 1989. En ese entonces el reverendo Chikane presidía el Consejo Sudafricano de Iglesias y era una gran figura de la resistencia al apartheid. Agentes secretos buscaron envenenarlo, pero sobrevivió. De igual forma Vlok lavó los pies de Chikane durante una ceremonia privada. Después ambos firmaron un comunicado de prensa para hacer público ese gesto de arrepentimiento. La noticia dio la vuelta al mundo.”
Marjorie calla unos segundos, frunce el ceño.
–¿Le molestó esa difusión mediática?
–No. Lo que nos desilusionó fue que Vlok no rindió homenaje públicamente a las madres de Mamelodi. Fueron ellas las que lo llevaron a la redención. Se mostró cobarde. Pero seguimos en contacto con él.
En 2008 Vlok selló un acuerdo con el procurador general. Fue enjuiciado. Reconoció su culpabilidad en el intento de asesinato de Frank Chikane y fue condenado a una pena condicional de 10 años de cárcel.
Concluye Marjorie Jobson:
“Cada mes Vlok acude a un supermercado de Mamelodi. Llena su auto de víveres que entrega personalmente a cada una de las madres. Ya no le asusta andar en el township. Nadie lo mira aun si todo mundo sabe quién es. Fue amnistiado por la comunidad porque lo perdonaron las madres de sus víctimas.”








