JOHANNESBURGO.– El caso de Wouter Basson fue uno de los más inquietantes y complejos que tuvo que investigar la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR).
Estremeció a Sudáfrica y a la comunidad internacional. Exhibió mecanismos científicos de exterminación de la población negra ideados por el régimen del apartheid. Destapó relaciones estrechas entre los servicios secretos sudafricanos y los de numerosos países.
Wouter Basson, cardiólogo militar y médico personal del expresidente Pieter Botha, encabezó de 1981 a 1993 el Coast Project. Se trató de un programa ultrasecreto de las fuerzas armadas sudafricanas dedicado a la fabricación de armas bioquímicas. Su meta: acabar con la resistencia al apartheid que se iba fortaleciendo desde la tristemente famosa masacre de jóvenes estudiantes del 16 de junio de 1976 en Soweto.
En 1996 la CVR empezó a tener un interés especial en Basson. Paralelamente otras tres entidades lo investigaron. Entre ellas la Agencia Nacional de Inteligencia, responsable de los servicios secretos sudafricanos, mientras que la CIA estadunidense y el MI6 británico lo tenían en la mira.
En 1997 la CIA avisó al gobierno sudafricano que Basson estaba a punto de huir del país. Fue detenido por la policía, que encontró en su domicilio grandes cantidades de éxtasis y cuatro baúles llenos de documentos: unos relacionados con el Coast Project y otros sobre la red de contactos internacionales que el cardiólogo había tejido.
El 31 de julio de 1998 Basson fue acorralado para que se presentara ante la CVR. Llegó rodeado por un equipo de abogados. Habló lo menos posible. Pero a lo largo de sus audiencias se empezó a arrojar luz sobre el Séptimo Batallón del Servicio Médico Sudafricano, la unidad militar secreta que dirigía.
Más información surgió durante su juicio en la Alta Corte de Justicia de Pretoria, que inició el 4 de octubre de 1999 y acabó en 2002. Fue el juicio más largo de toda la historia de Sudáfrica: duró 30 meses, movilizó a unos 200 testigos y costó 2 millones de dólares.
Las audiencias de Basson y las distintas investigaciones realizadas sobre sus actividades por periodistas y expertos sudafricanos, estadunidenses y europeos, así como por informes publicados por organismos internacionales, como la Asociación Médica Británica o el Instituto Holandés para Sudáfrica, entre otros, permitieron entender cómo se elaboró y cómo se fue haciendo cada vez más sofisticado el Programa para una Guerra Química y Biológica, que el cardiólogo militar encabezó a partir de 1981 a pedido de las más altas autoridades militares y políticas del país.
Basson viajó primero a Europa occidental para recopilar información sobre armas químicas y biológicas. Su argumento para relacionarse con los servicios secretos europeos especializados en el tema era sencillo: Sudáfrica estaba en primera línea en la Guerra Fría. Cubanos y soviéticos hostigaban sus fronteras. El avance comunista la amenazaba tanto como al mundo occidental.
En 1982 creó un equipo de trabajo que contaba con 200 médicos y científicos y un presupuesto anual de 10 millones de dólares. Creó cuatro empresas ficticias que le sirvieron de pantalla para manejar dinero, realizar sus experimentos y almacenar sus productos.
Fue en los Roodeplaat Research Laboratories donde el equipo de Basson trabajó sobre todo tipo de agentes patógenos: bacterias del ántrax, del botulismo, del cólera y de la peste, así como con virus de Ébola, E. Coli y de la enfermedad de Marburgo… Las armas químicas eran producidas en otra empresa llamada Protechnik.
Acciones encubiertas
Según varios testigos interrogados por la CVR, y más tarde por la Alta Corte de Justicia de Pretoria, algunos colaboradores de Basson realizaron investigaciones genéticas sobre agentes bacteriológicos susceptibles de afectar solamente a la población de raza negra. Otros afirmaron que se utilizaron sus toxinas mortales durante acciones encubiertas –como el Operativo Barnacle y el Operativo Duel– causando estragos entre los opositores al apartheid. Líderes negros de Sudáfrica, Angola y Namibia aseguraron que las fuerzas armadas sudafricanas usaron con frecuencia esas armas no convencionales en su contra.
En su informe final la CVR dio nombres de víctimas de las armas químicas del Coast Project. El más conocido es Frank Chikane, figura emblemática de la lucha contra el apartheid y expresidente del Consejo Sudafricano de Iglesias. En 1989 agentes secretos empaparon su ropa con una sustancia mortal. Médicos estadunidenses lo salvaron de milagro.
Algunos de los documentos encontrados en los baúles de Basson describen una gama variada de armas bacteriológicas: cigarros contaminados con ántrax; leche, whisky y chocolates envenenados con bacterias de botulismo; azúcar mezclada con bacterias de salmonelosis.
Entre otros testigos, un exagente secreto sudafricano, Joan Theron, y un mercenario francés, Chris Pessara, explicaron que centenares de opositores fueron eliminados con inyecciones letales fabricadas en los laboratorios militares secretos y luego tirados al mar desde aviones.
Insistieron: en numerosas oportunidades Basson inyectaba personalmente su veneno químico a las víctimas. Ninguna investigación permitió determinar el número de opositores que perecieron a causa de sus armas venenosas.
En 1990, unos meses después de que asumió la presidencia de Sudáfrica, Frederik de Klerk canceló la producción de armas bacteriológicas y exigió la destrucción de las que ya existían. El equipo de Basson se dedicó a la producción masiva de sedantes ecstasy y mandrax y de gases CR y BZ, ambos sumamente dañinos para el sistema nervioso.
Oficialmente nunca se aclaró el uso que se planeaba dar al ecstasy y al mandrax. Los investigadores no tienen la mínima duda: estaban destinados a inundar las calles de los townships negros del país.
En 1992 el gobierno de Mozambique acusó a Sudáfrica de haber usado gas BZ contra sus tropas. La comunidad internacional tomó la denuncia en serio. Comisiones de inspección estadunidenses, británicas y de las Naciones Unidas fueron enviadas a Mozambique. No descartaron el uso del gas BZ, pero diplomáticamente afirmaron que no podían comprobarlo del todo.
El gobierno de De Klerk salvó la cara a nivel internacional, pero Washington y Londres multiplicaron las presiones contra el Coast Project. En marzo de 1993 Basson dejó la dirección del programa al tiempo que se le pidió destruir de una vez por todas el fruto de sus experimentos.
El contenido de sus baúles demostró que el cardiólogo, apodado Doctor de la Muerte en Sudáfrica, distó de acatar las órdenes de De Klerk.
¿Vendió algunos de sus secretos a organizaciones criminales o a gobiernos? Nadie puede contestar esa pregunta. Pero los investigadores aseguran al unísono que numerosos servicios secretos en el mundo seguían de cerca los descubrimientos de Basson. Mencionan a los de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Suiza, Irak, Irán, Libia, Israel…
En 1995, bajo presiones estadunidenses y británicas, Nelson Mandela aceptó reincorporar a Basson en las fuerzas armadas de la nueva Sudáfrica. Según la prensa surafricana, Londres y Washington convencieron al emblemático líder de que esa era la única manera de controlarlo.
En 2002 Basson ganó su juicio ante la Alta Corte de Justicia de Pretoria y salió libre. El juez Willie Hartzenberg, conocido por sus convicciones ultraderechistas, desechó los 67 cargos en su contra, entre los cuales destacaban acusaciones de conspiración para cometer crímenes, fraude fiscal y posesión de drogas. Hartzenberg descalificó pruebas y testigos sin parpadear. Se habló de apelar su decisión en nombre del Estado sudafricano. Luego ya nadie tocó el tema.
La justicia de la flamante “Nación del Arcoiris” y el gobierno de Thabo Mbeki salieron muy mal parados de ese patético desenlace que hizo más frágil el difícil proceso de reconciliación nacional.
Actualmente Basson vive en una lujosa mansión de Ciudad del Cabo.
Durante las dos décadas que encabezó el Coast Project –sumergido en el mundo secreto más tenebroso del apartheid– Basson acumuló datos de suma importancia sobre toda la clase política sudafricana, al tiempo que estrechó sus lazos internacionales. Su silencio conviene a mucha gente. Libre, Basson calla. l








