Las heridas

Durban, 1959. Represión

Pactado el fin del régimen del apartheid, Sudáfrica inició a mediados de los años noventa un proceso doloroso, pero necesario: encarar el pasado. Se instauró así la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que de 1996 a 1998 documentó 21 mil 707 casos de graves violaciones a los derechos humanos cometidas durante más de tres décadas. Miles de testimonios escalofriantes echaron luz sobre las entrañas de un sistema hecho para la represión y la segregación racial. Pero el dirigente Nelson Mandela y el obispo Demond Tutu imprimieron a este proceso una particularidad: buscar la verdad y la justicia, no la venganza; reparar más que castigar, y reconciliar para reconstruir una nación multicultural y multiétnica.

 

JOHANNESBURGO.- “Me detuvieron primero en 1983. Fue duro. Luego en 1984. Fue terrible. Me llevaron a la orilla de la locura. Querían obligarme a colaborar con ellos. No lo lograron.” 

Zweili habla muy rápido, sin parar, casi sin respirar. Sus frases son cortas, precisas, tajantes. Una fuerza abisal emana de todo su ser, de su cuerpo delgado, de los gestos inquietos de sus largas manos, de su mirada a veces demasiado fija. Parece permanentemente sacudido por una corriente eléctrica de alta tensión.

Tiene 50 años. No los aparenta. La cuenta de sus años se perdió en el infierno de las cárceles del apartheid. Su vida personal quedó pulverizada. Veinte años después de su calvario sus noches son aún de desvelo, y batalla como endemoniado para controlar la violencia que a veces lo invade. Se salva dedicando todo su tiempo a luchar por el mismo ideal de justicia que lo llevó a integrar el Congreso de la Juventud Sudafricana en 1978.

“Ser militante era en extremo peligroso en esos años. Los servicios de seguridad nos tenían en la mira. Intenté ingresar a la universidad. No me dejaron. Me perseguían. Pasé a la clandestinidad.”

Zweili no da mayores detalles sobre su entrenamiento militar “en países amigos” ni sobre los operativos en los que participó. Sólo menciona que se forjó una disciplina de hierro que sigue siendo el eje de su existencia. 

 De repente, empieza a hablar de su segunda detención. El ritmo de su relato se acelera. La plática se vuelve monólogo. Brotan trozos de frases punzantes como puñales.

“Me encerraron seis meses en una celda abyecta. Incomunicado… Oscuridad total… Ningún contacto con nadie… De vez en cuando irrumpían en la celda con una antorcha que disparaba una luz violenta. Me la clavaban en los ojos. Me obligaban a mirarla. Me desmayaba. Me golpeaban y otra vez me cegaban con esa luz. Luego se iban. De nuevo las tinieblas… La locura al acecho… Al final me la pasaba repitiendo mi nombre. Me aterraba olvidarlo. Me aterraba diluirme en la nada… Me agarré de mi nombre. Era lo único que me quedaba.” 

Después del aislamiento total, siguieron otras torturas infligidas en distintas cárceles. Largas huelgas de hambre. Más suplicios…

“Entre cada sesión de torturas llegaban médicos que me examinaban para ver si mi cuerpo aguantaba… Matarme no era el objetivo. Buscaban aniquilar hasta la más mínima parcela de mi dignidad para poder usarme como agente infiltrado”, alcanza a comentar antes de hundirse de nuevo en la evocación de lo que sufrió. 

Describe pinzas metálicas y alambres eléctricos que le laceraron los genitales, gotas de agua fría que caían en electrodos incrustados en su cuero cabelludo.

“Tenía la impresión de que mi cráneo se estaba despedazando. Me parecía que la sangre me brotaba de las orejas. Todo olía y sabía a sangre.” 

Empieza a tartamudear. Logra controlarse y sigue hablando. Su voz tiene una tonalidad distinta.

“Un día me encerraron en un costal junto con un gato salvaje. Echaron mucha agua sobre el costal. Fue atroz…Me faltan  palabras…”

Calla. Nos sacuden los mismos escalofríos. Necesitamos silencio. Tomamos agua. Luego Zweili sale a fumar un cigarro.

 

Nacida rebelde 

 

Nomarusia era aún un feto cuando sufrió por primera vez la violencia del apartheid. Su madre llevaba ocho meses de embarazo cuando los policías rompieron la puerta de su casa en Soweto. 

Sus padres eran oriundos de Transkeï, uno de los primeros bantustan (enclaves negros) creados por el régimen racista de Pretoria. Sus habitantes necesitaban pasaportes para viajar por Sudáfrica, su propio país, y permisos especiales para radicar y trabajar en Johannesburgo. Los padres de Nomarusia carecían de ese permiso. Sabían que cualquier día policías podían llegar para detenerlos y deportarlos.

Y fue lo que pasó el 28 de marzo de 1968:

“Mi padre trabajaba de noche en la mina. Mi madre estaba sola en la casa. Los policías se enfurecieron porque tenían la orden de agarrarlos a los dos. Se echaron sobre mi madre, la golpearon, la violaron y la dejaron tirada en un charco de sangre. Los vecinos la llevaron a Baragwanath, el gran hospital de Soweto. Los médicos nos salvaron a las dos. No hubiera debido nacer. Pero nací.”  

Nomarusia se endereza. La llena de orgullo ese primer acto de resistencia. “Nací rebelde”, clama a la vez solemne y burlona.

Un pañuelo amarillo atado como un turbante disimula su cabello e ilumina su rostro. Sus largos aretes bailan cuando mueve la cabeza para expresar su coraje, sus dudas, su dolor, su frustración.

Demasiados recuerdos la atormentan. Habla mucho de la espiral de violencia que enloqueció al país a mediados de los años ochenta y sobre todo a partir de junio de 1986, después de que el gobierno de Pieter Botha declaró el Estado de emergencia.

“No teníamos derecho a estar en la calle después de las siete de la tarde. Los hippos (vehículos blindados de la policía) estaban en todas partes. Se disparaba por doquier. Soweto estaba asediado. A menudo tuve que reptar hasta la puerta de mi casa en medio de tiroteos”.

Después de la liberación de Nelson Mandela, en 1990, y antes de las primeras elecciones libres de Sudáfrica en 1994, siguió imperando el caos. Las negociaciones entre los líderes políticos negros y blancos alcanzaban niveles extremos de tensión. En 1993 cinco soldados blancos mataron al hermano de Nomarusia. Estaba esperando el tren a las 5 de la mañana. Iba a trabajar.

“Era un muchacho sencillo que no estaba metido en nada. Nunca nadie pudo explicarme por qué le dispararon. Muchos blancos estaban aterrados porque sabían que el Congreso Nacional Africano (CNA) iba a gobernar al país. Militares mataron a muchísima gente para impedirlo. 

“Me enteré de la muerte de mi hermano viendo el noticiario de la noche. Tardé 15 días en recuperar sus restos. Recorrí muchos depósitos de cadáveres. Todos estaban llenos. Finalmente di con un bulto de cuerpos en medio del cual reconocí al de mi hermano. Batallé para que me lo devolvieran. Mi madre enfermó y falleció. Mi hermano más joven se volvió muy violento y acabó acuchillado en 1997. Pero aquí estoy.” 

 

El “Ubuntu”

 

Zweili y Nomarusia son tan sólo dos de entre una multitud de víctimas provocadas por el apartheid, un sistema político aberrante, cruel y anacrónico que todavía hoy, dos décadas después de su disolución, corroe la vida, la mente y el inconsciente de millones de habitantes de Sudáfrica.

En el momento en que la Nación Arco Iris se apresta a realizar la XIX edición del Mundial de Futbol, se acumulan datos y estadísticas escalofriantes sobre la violencia criminal que hoy la sacude. Son incuestionables, pero no deben hacer olvidar que la transición de un sistema de corte fascista a una democracia moderna, aún en proceso de gestación, se logró sin mayor baño de sangre ni guerra civil.

Varios factores permitieron esa transición casi pacífica. Los primeros son políticos: los líderes del gobernante Partido Nacional tomaron la medida de su impotencia ante la rebelión creciente de los oprimidos; y el CNA comprendió que no podría derrocar militarmente al poder segregacionista. 

Ese empate se dio en un contexto geopolítico trastornado por la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética. El fin de la Guerra Fría dejó sin justificación a los ideólogos del apartheid que se vanagloriaban de proteger al mundo occidental contra la “plaga comunista” que se abatía sobre el continente africano.

Se impuso el pragmatismo. Los enemigos se sentaron a negociar. Sus discusiones duraron cuatro años, de 1990 a 1994. Tan esperanzador como potencialmente explosivo fue el compromiso final. Hoy nadie puede descartar que alguna chispa prenda de nuevo el polvorín.

Entre los temas que generaron mayores tensiones destacaba la suerte  de los responsables políticos, policiacos y militares de los crímenes cometidos durante el apartheid, crímenes que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) calificó de lesa humanidad en 1968. El CNA exigía enjuiciarlos; el gobierno encabezado por Frederik de Klerk exigía amnistiarlos.

Nelson Mandela y el obispo Desmond Tutu salvaron la situación insuflando el precepto filosófico africano del Ubuntu al proceso histórico que vivía el país. Propusieron a su pueblo encarar el pasado, buscar la verdad, huir de la venganza, volver posible la justicia, reconciliarse para construir una nación multicultural y multiétnica.

Desmond Tutu definió la complejidad luminosa del Ubuntu y su pertinencia en Sudáfrica: 

“Ubuntu significa: soy un ser humano porque usted es un ser humano. Si aminoro su humanidad, me deshumanizo a mí mismo. Es capital hacer lo imposible para preservar esa gran armonía permanentemente mermada por el resentimiento, el coraje y el deseo de venganza. En África la justicia busca más reparar que castigar.” 

En junio de 1995, un año después de la elección de Mandela como presidente, el Parlamento promulgó el Acta para la Promoción de la Unidad Nacional y la Reconciliación, que permitió a su vez crear la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR), cuyas tareas fueron repartidas entre tres comités.

Un año duró el proceso de selección de los 17 miembros del Comité de Violaciones de los Derechos Humanos. Éstos debían ser representativos de todas las tendencias políticas del país, incluyendo a la ultraderecha, de todas las comunidades étnicas y raciales, y contar además con un número equitativo de hombres y mujeres. Mandela supervisó esa selección en un clima de pasiones exacerbadas y acabó imponiendo su voluntad.

 Fue también sumamente difícil integrar el Comité de Reparaciones y Reinserción, así como el de Amnistía.

Finalmente la CVR quedó oficialmente constituida en enero de 1996. Su presidente, Desmond Tutu, inauguró sus labores el 15 de abril de ese año en la alcaldía de la ciudad de East London, ubicada en la provincia sudoriental de Eastern Cape. Cunas de la resistencia contra el apartheid, ambas localidades sufrieron una represión despiadada. 

Empezó entonces una catarsis colectiva que convulsionó al país durante dos años y cuyas ondas de choque aún se sienten hoy. 

De 1996 a 1998, la CVR recorrió toda Sudáfrica, se reunió en modestas escuelas de pueblos, en áreas carcomidas por el racismo, en townships (zonas urbanas) miserables, en iglesias modestas, en solemnes salas municipales de grandes metrópolis, en la Universidad de Western Cape de Ciudad del Cabo, en la sede central de la Misión Metodista de Johannesburgo…

Los 17 jueces de la comisión se dividieron en distintos grupos que trabajaron simultáneamente en diversas partes del país. Pero en cada audiencia se buscó manifestar un gran respeto para las víctimas con la esperanza de que su testimonio pudiera ayudarlas a recobrar su dignidad. 

 La CVR documentó 21 mil 707 casos de víctimas de graves violaciones de derechos humanos cometidas entre el 1 de marzo de 1960 y el 10 de mayo de 1994. Más de 2 mil de ellas se expresaron en audiencias públicas. 

Todas esas audiencias fueron filmadas y se encuentran archivadas. Los medios de comunicación del país reseñaron ampliamente los trabajos de los tres comités de la CVR. Entre abril de 1996 y junio de 1998, cada domingo el programa televisivo Informe especial sobre la Comisión de la Verdad difundió horas de audiencias públicas. 

Los reporteros que cubrieron esos eventos no salieron ilesos de esa hazaña: unos sufrieron síntomas depresivos, otros problemas psicosomáticos. Lo mismo pasó con casi todo el equipo de 343 personas que trabajó sin descanso para la CVR, sin hablar del impacto que causaron en las víctimas y sus familias las atrocidades destapadas. Muchos lamentaron que la comisión se hubiera quedado a medio camino.

El 29 de octubre de 1998 la CVR entregó oficialmente su primer informe a Mandela. Cinco años más tarde, en marzo de 2003, hizo entrega de su reporte final al presidente Thabo Nbeki, sucesor de Mandela. Ambos documentos constan de 4 mil 500 páginas en total y pueden ser consultados en internet. Constituyen una radiografía implacable e incuestionable de la represión desatada por el régimen del apartheid y de la violencia que generó entre quienes lo combatían.

 

Winnie y sus muchachos 

 

La Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica no tiene equivalente en la historia porque dio la palabra a todas las víctimas de esa violencia que sacudió al país durante 34 años.

Hablaron familiares de algunos de los 5 mil negros ejecutados por otros negros: unos por colaborar con el régimen, otros por rebelarse en los campos de entrenamiento del Umkhonto we Sizwe, brazo armado del CNA, y otros más en luchas fratricidas entre los partidarios del Inkhata Freedom Party, encabezado por el líder zulu Mangosuthu Buthelezi, y los del CNA.

Mandela mismo dio el ejemplo al describir públicamente las exacciones cometidas en las bases guerrilleras que Umkhonto tenía en Mozambique y Angola. Permitió así que centenares de familias pudieran finalmente asumir su duelo.

Fue sumamente doloroso para la comunidad negra oír testimonios sobre el “suplicio del collar” infligido a los impipis (espías negros pagados por blancos) en los townships. Se les colocaban llantas empapadas de gasolina alrededor del cuello a las que les prendían fuego. 

El diálogo que sostuvo el abogado Dumisa Ntsebeza, uno de los  17 sabios de la CVR, con Thomzama Maliti, hija de una víctima, habla por sí solo.

Según contó Thomzama su madre fue atacada el 25 de octubre de 1985 por cinco hombres. Sus verdugos la agarraron en la calle, la inmovilizaron, la bañaron con gasolina, le colocaron una llanta alrededor del cuerpo y le prendieron fuego. 

Dumisa Ntsebeza: ¿Cuándo llegó la policía?

Thomzama Maliti: Llegó cuando ya estaba en llamas. Estaba embarazada cuando la quemaron.

–Ntsebeza: ¿Qué quiere decir?

–Thomzama: Los policías la buscaban. Sólo la oían aullar. Cuando la vieron ya estaba en llamas.

–Ntsebeza: ¿Corría mientras se consumía?

–Thomzama: No, no podía correr. Caminaba despacio mientras ardía su ropa. Se dirigía hacia los policías.

–Ntsebeza: ¿Acabó errando desnuda por las calles?

–Thomzama: Sí.

–Ntsebeza: ¿Le daba miedo a la gente ayudarla?

–Thomzama: Los comrades (militantes del CNA) no permitían que nadie ayudara a los castigados. Caminó sola hasta el coche de la policía.  

La madre de Thomzama murió en el hospital tres días después. 

Pero lo que realmente convirtió la labor de la CVR en un proceso que no se parece a ningún otro fue la oportunidad que se dio a los perpetradores de violaciones de derechos humanos de tomar la palabra ante el Comité de Amnistía (CA). Lo hicieron en presencia de sus víctimas o de los familiares de éstas.

Integrado inicialmente por tres jueces independientes y dos abogados de la CVR, el CA tuvo que pedir refuerzos porque recibió 7 mil 112 solicitudes. Acabó su misión hasta el 31 de mayo de 2001. Las dos terceras partes de los solicitantes estaban encarcelados. Un total de 849 personas fueron amnistiadas.

Los solicitantes debían cumplir con tres requisitos: comprometerse a contar todo lo que sabían y lo que habían hecho; expresar un arrepentimiento sincero y demostrar que habían actuado bajo órdenes de una organización o de un partido político o por consideraciones políticas.

Entre los testimonios más escalofriantes de los torturadores destaca el de Dirk Coetzee, quien encabezaba el Vlakplaas, escuadrón de la muerte encargado de eliminar a los activistas antiapartheid. 

En realidad Coetzee no había esperado a la creación de la CVR para destilar información explosiva. Empezó a hablar en 1989, acorralado por las confesiones de uno de sus subordinados. Su comparecencia ante el Comité de Amnistía y los familiares de sus víctimas fue terrible.  

Coetzee no demostró arrepentimiento, pero entregó a la CVR un informe detallado sobre las actividades del Vlakplaas. Fue amnistiado en 1997. El CNA consideró su testimonio como un factor clave para poder exhibir la maquinaria más sangrienta y secreta del apartheid e impedir que los partidos políticos afrikaners siguieran negando los hechos.

Su libertad recobrada traumó a millones de negros, entre ellos a la madre de Sizwe Kondile, que asistió a la audiencia del verdugo de su hijo y rehusó perdonarlo.

Sizwe Kondile era un joven estudiante de derecho que luchaba contra el apartheid. Los esbirros de Coetzee lo detuvieron en 1981 y lo torturaron tanto que quedó irremediablemente lesionado. Optaron por matarlo y quemar su cadáver. Explicó Coetzee al CA: 

“Quemar un cuerpo en una hoguera a cielo abierto es un proceso que dura siete horas. Mientras se consumía tomábamos tragos alrededor de una barbacoa. No vayan a pensar que cuento eso para provocar a la familia. Sólo lo hago para que entienda que en esa época, cuando estábamos haciendo nuestro trabajo, carecíamos de toda sensibilidad (…) Las partes carnosas del cuerpo se demoran más en quemarse (…) Por lo tanto nos tocó darles varias veces vueltas a las nalgas y a los muslos de Kondile (…) Por la mañana recogimos las cenizas con sumo cuidado para estar seguros de que no quedaran dientes ni huesos. Y luego cada uno de nosotros se fue por su lado (…)” 

El CA presenció también escenas extraordinarias de auténticos arrepentimientos y reconciliación entre verdugos y víctimas que dieron vida y fuerza al Ubuntu. Hubo por supuesto arrepentimientos fingidos o “políticos” que generaron ira, desilusión y polémicas.

Fue el caso de las disculpas ambiguas que presentó Winnie Madikizela-Mandela, después de semanas de evasivas y arrogancia. 

Primera esposa de Nelson Mandela, Winnie fue, durante décadas, una de las figuras más emblemáticas de la lucha contra el apartheid. Permanentemente hostigada por la policía, estaba rodeada, protegida y venerada por un grupo de jóvenes armados del Mandela United Football Club, que cometieron varios crímenes. El más conocido fue el asesinato, en 1989, de Stompie Seipei, un joven de 14 años.

El muy respetado obispo metodista Peter Storey tomó la palabra ante la CVR en una de las primeras sesiones de trabajo sobre el asesinato de Stompie: 

“Esta semana por vez primera vamos a inmiscuirnos por debajo de la piel de la vergüenza de Sudáfrica. El primer cáncer es y seguirá siendo el apartheid. Pero infecciones secundarias contaminaron a muchos opositores al apartheid y erosionaron su sentido del bien y del mal. Uno de los dramas de la vida es que podemos de repente convertirnos en lo que más odiamos, abusar sin compasión del poder y cometer actos que se parecen a los crímenes que combatimos.”

Conforme pasaban las semanas la CVR se fue enfrentando con una tarea cada vez más compleja y titánica, que a menudo la rebasó.  

Destapó una inmensa cloaca que sofocó a todos los sudafricanos pero que a la vez les permitió encarar su historia reciente para tratar de aprender a reconstruirse juntos.

En ningún otro país del mundo ministros y exministros, un presidente y un expresidente, altos mandos militares y policiacos, soldados rasos y policías aceptaron rendir testimonio público sobre las atrocidades infligidas…Y eso tan sólo dos años después de la caída de una dictadura.

 La CVR sudafricana distó de ser perfecta: demasiados políticos rehusaron acudir ante ella, entre ellos el expresidente Pieter Botha.  Muchos perpetradores sólo dijeron parte de la verdad. Algunos de los 17 “sabios” de la comisión estuvieron de acuerdo cuando los exenemigos se arreglaron entre sí para que los políticos no fueran  enjuiciados. Varios cometieron errores graves y muchos pelearon entre ellos. Pero, a pesar de todo, ninguna otra Comisión de la Verdad y la Reconciliación en el mundo dio tantos pasos adelante.

La poetisa y periodista afrikaner Antjie Krog cubrió los dos años de actividades de la CVR para una radioemisora sudafricana. Plasmó su experiencia en Country of my skull, un libro conmovedor y sin concesión, publicado en 1998, que así concluye: 

“Con todos sus errores, su arrogancia, su racismo, su espíritu moralizador, su incompetencia, sus mentiras, su incapacidad para echar a andar una política de indemnización provisional, su egolatría… Con todo eso, la comisión se mostró valiente, muy cándidamente valiente para enfrentar los vientos de la hipocresía, del rencor y del odio (…)

“Confrontada a una marea aplastante, al peso de un pasado brutal y a la realidad de nuevas políticas usurpadoras, la comisión logró salvar la idea de un humanismo compartido. Atravesó el dolor para abrir un camino que nos llevó más allá del racismo y dio espacio a todas nuestras voces. A pesar de todos sus fracasos, prendió una chispa de esperanza que me vuelve orgullosa de pertenecer a mi país.”