Recién desembarcado en la prisión donde deberá purgar una pena de seis años por un delito contra la autoridad, el joven Malik El Djebena (Tahar Rahim) debe cometer un crimen si quiere permanecer con vida. Acto seguido, se convierte en una especie de esclavo de César (Niels Arestrup), jefe de la banda de corsos que operan en el reclusorio. Analfabeta, sin familia ni amigos, Malik advierte pronto que la ley del más inteligente resulta más eficaz que la del más fuerte.
Un profeta (Un Prophete; Francia-Bélgica, 2009) no es una película carcelaria más, tampoco es uno de esos homenajes al cine de acción americano que algunos cineastas franceses se complacen en hacer. Para Jacques Audiard, director de la cinta, la población de presos formada por árabes, corsos, negros, franceses, es la metáfora de la nueva sociedad francesa; sin identidad propia cuando inicia su sentencia, Malik representa el nuevo modelo de hombre que debe constituirse a sí mismo entre dos regímenes que chocan entre sí: el de una sociedad legal, en principio, pero quizá ya obsoleta, frente a una nueva manera de funcionar, de hecho, que establece su ley a partir del crimen y del narcotráfico.
Entre muros de celdas claustrofóbicas, sobre charcos de sangre, golpizas y luchas de poder de diversos grupos étnicos impregnados de la tortuosa historia del pasado colonialista francés, Malik emprende el camino hacia una identidad propia. Este magrebí desarraigado, sin lugar propio, es situación pura; Jacques Audiard, en su momento estudiante de letras y filosofía en la Sorbona, seguramente evoca resonancias del pensamiento sartriano en el perfil histórico de Malik, que se construye a través del actuar.
Pese al eco de nociones abstractas en la concepción de la trama, Malik es persona de carne y hueso; más allá del talento para contar una historia llena de vericuetos como la arquitectura de la prisión, Audiard parte de un punto cero, Malik es uno de tantos entre los cientos de miles de jóvenes argelinos, no hay antecedentes que anuncien sus cualidades; situaciones al filo de la realidad, producto de la maquinaria del poder, y la respuesta frente a ellas lo van definiendo.
Para Jacques Audiard, Malik El Djebena es un profeta no porque predique una religión, sino porque anuncia un nuevo estereotipo. Resulta significativo que el director utilice en las entrevistas este término en vez de arquetipo; por humana que sea la figura de Malik, siempre hay algo rígido en cualquier tipo social sin otra opción más que la de ser sometido o someter.
A diferencia del cine carcelario y de mafiosos americano, Un profeta no glorifica la violencia ni el poder ni el dinero, sino que escudriña los mecanismos en juego para adquirir la libertad; instancias conocidas como cumplir la condena y reformarse, o aprender de la escuela del crimen y convertirse en un peor delincuente, no bastan; lo difícil es la dolorosa construcción de la conciencia, cualesquiera que sean las consecuencias, en todo caso no necesariamente optar por el bien.
Audiard lo muestra principalmente con dos temas: el contraste entre el destino del temible César y el del profeta; el otro, más sutil, el fantasma del tipo que Malik tuvo que asesinar y que se convierte en una especie de amigo íntimo; la paradoja que convierte en confidente a su propia víctima, es la única manera que este asesino “por situación” (no por accidente) encuentra para aliviar la culpa.
Aunque la buena factura y el hábil manejo del suspenso colocaron a Un profeta en la carrera del Oscar, una metáfora tan suspicaz, aunque densa, sobre la sociedad actual, no solo en Francia, sino en el mundo entero, descalificaban ipso facto el trabajo de Jacques Audiard. l








