Han aprendido a burlar la orfandad, las drogas, el alcohol y los embarazos tempranos. Soportan que les digan machos, lesbianas y las califiquen de anormales. Habitantes de la nada, sin esperanzas, a estas mujeres se les cruzó un balón y algo empezó a cambiar. “Mi vida es mejor en el campo”, dice una de ellas. “Amo el futbol”, presume otra. “Me hace sentir segura”, confía una más. Son las futbolistas de un township llamado Alexandra.
ALEXANDRA, SUDÁFRICA.- Se le conoce como la ciudad oscura. Y lo es. En este township todo es caótico y sucio. Los niños defecan en lotes baldíos rodeados de montañas de basura donde husmean las cabras que andan sueltas por las calles. La miseria campea entre las láminas y ladrillos mal pegados de las chozas sin baño en las que viven hacinados 350 mil negros. Los servicios de agua y luz llegan sólo de vez en cuando. La violencia es un vecino más. La desesperanza, otro inquilino.
No hay ni una esquina bonita. Nada para sonreír. En invierno el frío no se aguanta. Con el termómetro bajo cero las calles se inundan de fogatas. Alrededor de ellas se amontonan las personas. El sol calienta la espalda. El fuego, manos y pies.
Ante la falta de todo, niños y jóvenes tienen un consuelo mediano jugando futbol en la calle. Durante horas corren detrás de la bola de una banqueta a otra. Sacarle el balón a un amigo es un triunfo. Anotar un gol es toda la felicidad. Los que no tienen ni un balón forman una esfera irregular con bolsas de plástico anudadas. No rebota, pero rueda.
En este barrio crecieron las jugadoras del equipo femenil Alexandra Ladies, creado en 1999 por el entrenador Samuel Modiba con la intención de ayudar a las niñas y adolescentes –huérfanas, la mayoría– a tener una vida mejor lejos de las drogas, del alcohol y de los embarazos tempranos.
Zinia Vuntu tiene 20 años. Conoció el futbol a los siete. Desde niña se le veía en las calles con sus amigos, sólo varones. Ella se sentía uno de ellos.
“Dicen que cuando las mujeres juegan futbol se convierten en hombres, pero yo digo que nací en el cuerpo de hombre aunque parezca que soy mujer. Muchos dicen que por eso las niñas no deberían jugar este deporte. No es el deporte, se nace así. Soy feliz como soy, pero todos me critican y dicen que ser así es anormal y está mal. Me hacen enojar. Nosotras podemos jugar igual que los hombres. A mí me hace fuerte. Yo puedo hacer esto, algo que otros hombres no saben hacer”, explica Zinia, una de las cuatro jugadoras lesbianas del equipo.
A Zinia le cuesta hablar. No articula las palabras como domina el balón. Secuelas del uso de drogas. Tiene la mirada extraviada. A ratos sólo balbucea. Aclara que desde hace tres años está limpia, gracias al futbol, por supuesto.
“Estuve metida en problemas de drogas por unos amigos que conocí en una escuela de Soweto. Entonces nada me importaba. Mi mamá murió en 2001 y luego dejé de ir a la escuela. Sólo pasaba el día pensando ‘¿por qué?’. Entré a un programa de rehabilitación. Hace dos años conocí al entrenador y me trajo aquí. El futbol para mí es muy importante, porque me salvó. Tengo daños por haberlas usado (las drogas). Ya no puedo hacer nada para arreglarlo, pero ahora veo más claramente las cosas”, narra la mediocampista del Alexandra Ladies.
–¿Qué te hace sentir el futbol?
–Mi vida es una desgracia. Mi mamá enfermó y falleció. Luego también mi papá. Mi vida es mejor en el campo. Me siento bien en medio de toda mi desgracia. No soy una persona feliz, pero cuando juego futbol, sí. Tengo amigas que me aceptan y me siento bien.
En Sudáfrica hoy día las mujeres deportistas aún suelen enfrentar un estigma social. Las tachan de lesbianas o les recuerdan que su misión en el mundo es ser sólo amas de casa. En casos extremos son agredidas físicamente, como le ocurrió a Eudy Simelane, la excapitana del equipo nacional femenil de futbol, quien en 2008 fue violada y asesinada por una pandilla que la despreciaba por ser una “lesbiana descarada”.
La capitana del equipo de “Alex”, como también se conoce este township, Mtabiseng Ramatsokota, refiere que las jugadoras han sido blanco de agresiones de los hombres, que desde un costado del campo las miran entrenar.
“Crecer en esta comunidad no te da opciones. Estás metida en drogas o te embarazas en la adolescencia y te vuelves ama de casa. Con el futbol descubres que sirves para algo más que eso. La gente es mala; cuando te ven jugar te ponen apodos, como lesbiana o macho, y nos gritan: ‘Oigan, no deberían estar en un campo, sino en la cama con nosotros’. El futbol para nosotras es un reto. No tenemos apoyo de toda la comunidad. No nos motivan, la mayoría nos critica”, detalla la jugadora de 23 años.
Mtabi, como la llaman cariñosamente, fue fustigada por su propio padre, quien le prohibió jugar futbol. Los primeros años lo hizo a escondidas, con permiso de su madre. Después de 11 años como integrante del Alexandra Ladies, de haber ido a torneos a Kenia y Tanzania y de los múltiples reconocimientos obtenidos, el señor Ramatsokota accedió a acompañarla a un partido.
“Fue difícil pero ahora me comprende. No me quería dar dinero ni nada. Se enojaba y me decía que el netball es un deporte de niñas, pero no me gusta. Éste es el deporte que yo amo. Mi madre y mis sietes hermanos hombres me apoyaron. El futbol es mi vida. En las escuelas de aquí no hay actividades deportivas. Ahora soy un ejemplo a seguir en mi comunidad, porque por el futbol ni abusé de las drogas ni del alcohol ni me embaracé. Un día mi papá fue a verme y me dijo: ‘¿Esto es el futbol de mujeres?, pues muy bien’. Ya está orgulloso de mí.”
Actualmente el equipo femenil de Alexandra cuenta con 45 jugadoras registradas, 18 de las cuales son menores de 15 años y están en el equipo principal (14 a 26 años). El resto está en la división de desarrollo (ocho a 13 años).
Dos de las jugadoras aún tienen problemas de drogas y alcohol. Ambas tienen 21 años. El entrenador Modiba hace de todo para ayudarlas. Dos más, una de 20 y otra de 23 años, tuvieron embarazos tempranos. La primera tiene una hija. La otra, dos niños.
“Una de ellas vivía hasta hace poco en mi casa, pero decidió irse. Soy muy estricto. Les pido que lleguen temprano, que sean ordenadas y no le gustaron mis reglas, así que se fue a vivir con un amigo. Quiero ayudar porque en este lugar todos somos pobres y tenemos muy pocas posibilidades de una mejor calidad de vida en el futuro. Muchas de ellas son huérfanas o sólo tienen a uno de sus padres, están desorientadas y desesperadas. Jugando futbol pueden aprender o desarrollar un talento, sentir que saben hacer algo bien en la vida y se alejan de los problemas; en el mejor de los casos pueden usarlo para ganar dinero y salir de aquí”, explica.
Alexandra Ladies ya exportó a Simphiwe Dludlu, zaguera y capitana de la selección femenil sudafricana, las Banyana Banyana (las muchachas), que en 2008 calificaron a los Juegos Olímpicos y fueron subcampeonas en la Copa Africana de Naciones.
El nuevo prospecto para llegar al equipo mayor de mujeres se llama Jabulile Mazibuko, defensa central que, a sus 16 años, ya forma parte de la selección Sub 17 que calificó al Mundial que se jugará en septiembre en Trinidad y Tobago. A los 11 perdió a su madre, víctima de bronquitis y neumonía. Después su padre desapareció. Su único hermano acaba de ser condenado a 15 años de prisión por un delito del que prefiere no hablar.
“Mi mamá murió en 2005. Me puse muy mal. La mamá es todo porque nos cuida y yo me quedé sin nada, porque mi papá después nos dejó. Somos muy pobres. No teníamos nada. Vivíamos en la calle. Mi hermano está en la cárcel, por eso ahora el entrenador es mi padre: él se ha encargado de mí, dependo de él, me da todo lo que puede. Viví en su casa y ahora estoy con una tía. Me quedé sola. No tengo casa, padres, una familia ni nada, entonces mi mundo cambia cuando estoy en el campo. Me olvido de todo lo que me pasa y también pienso que es mi oportunidad de salir de aquí.”
–Jugar muy bien en el Mundial Sub 17 podría llevarte a un club en el extranjero.
–Para mí es una gran oportunidad estar en otro país, conocer gente que podría ayudarme a irme de aquí y tener una mejor calidad de vida. Voy a representar a mi país. Ya represento a mi comunidad como un ejemplo que de aquí, de lo peor, puede salir algo que valga la pena. Y también deseo jugar para el equipo de las Banyana Banyana.
–¿El futbol es lo mejor que tienes?
–El futbol me ha empujado, me hizo ponerme una meta y hacer todo por conseguirla. Esto es lo único que he hecho por mí misma, no tengo nada más. Me hace sentir segura. Empecé en un equipo pequeño y ahora estoy en una selección nacional. Aquí no tenemos mucho que hacer, luego ni a la escuela vamos. El futbol nos mantiene ocupadas. Cambió mi vida. Me siento bien. Y ya no estoy triste.
Además de sus desgracias personales, las futbolistas de Alexandra tienen que lidiar con las carencias de un equipo que existe por la buena voluntad y los esfuerzos de Samuel Modiba. Por su trabajo con las muchachas no recibe un centavo. Por el contrario, del gasto familiar también hay que tomar una parte para comprar lo que haga falta.
Modiba, de 36 años, trabaja como entrenador en la escuela de un suburbio cercano que, por un contrato de medio tiempo, recibe dos mil rands mensuales. La Federación Sudafricana de Futbol (SAFA, por sus siglas en inglés) otorga un presupuesto anual de 20 mil rands para la temporada de la SAFA Sasol Ladies League, que dura seis meses y en la que participan 16 clubes. Los gastos del equipo, entre uniformes, botines, transporte, pago de arbitraje, agua y un poco de comida, rebasan los 68 mil rands.
Las carencias se notan en los pedazos de casacas que usan para los interescuadras, donde una mediocampista usa un botín en el pie derecho y un tenis en el izquierdo. En que los zapatos de otra son de colores y modelos distintos. En las redes de las porterías hechas garras.
“En las escuelas donde trabajo pido donaciones. A las muchachas que compran botines nuevos les pido que me obsequien los viejos para mis jugadoras. Le he pedido dinero a la SAFA, pero hay muchos equipos en todas las provincias y me dicen que si nos dan a nosotros todos van a querer. No tenemos ninguna empresa que nos patrocine. Aquí nadie se interesa por ayudar, porque no obtienen un beneficio directo. Para empezar, no creen en el futbol femenil porque la mentalidad de muchos sudafricanos es que las mujeres están en el mundo para lavar y cocinar. Yo creo en los derechos de la mujer, que deben ser los mismos que los que tiene un hombre. Si alguien quiere y puede ayudarnos, por favor contáctenos; esto no se trata sólo de diversión, es una labor social para ayudar a niñas y adolescentes”, solicita Modiba.
Desde hace 18 años se dedica al futbol. Comenzó entrenando hombres. Cuatro años más tarde decidió trabajar con mujeres. La condición de sus cuatro hermanas lo obligó a pensar en cómo ayudar a aquellas a las que flagela el sida, que mueren en plena juventud y dejan niños en el abandono; a las condenadas a la miseria que conlleva la ignorancia y la ausencia de preparación académica.
“Hay que evitar que se embaracen para que aspiren a un mejor futuro, que tengan la posibilidad de ir a la escuela. Si ni siquiera eso tienen, van a caer en las drogas, si no se educan no podrán tener nada. Me siento muy orgulloso, porque puedo decir que al formar jugadoras estoy ayudando a formar mujeres de bien.
“Yo se que no es suficiente, pero esto ayuda un poquito a que vivan y se sientan mejor. Tengo una hija, Maphoko, de nueve años, y ella también me inspira porque quiero que ella tenga algo más. Yo las he ayudado y de pronto desaparecen. Se van y me duele, pero las otras que se quedan son mi fuerza. Es mi deseo y, aunque no soy cristiano, en mis oraciones no pido que sean seleccionadas nacionales, sólo que salgan de sus problemas”, refiere el entrenador.
A Mtabiseng Ramatsokota le da vergüenza tener que pedir donaciones, pero sabe que si el equipo no recibe más recursos difícilmente sobrevivirá. Las mujeres de Alexandra ya no jugarán futbol. Ya es una veterana y en tres años más tendrá que despedirse de las canchas, pero desea darle continuidad al trabajo que ha hecho Samuel.
“Tenemos muchas dificultades para ir a los juegos semanales. A veces sólo somos 11 jugadoras, no alcanza ni para hacer cambios. Las demás no pueden ir porque falta dinero. Esta es una forma de ayudar a Sudáfrica. A mí ya me ayudaron y sé que para que salvemos a más niñas, esto tiene que seguir y mejorarse. Quiero ser entrenadora de futbol. En Alex no tenemos mujeres entrenadoras; bueno, en toda Sudáfrica no hay. Si no puedo hacer eso, quisiera estudiar administración del deporte o ser periodista de deportes y difundir lo que hacemos aquí”, dice Mtabi.
En los sueños de Samuel está contar con un presupuesto anual de 100 mil rands, tener un campo empastado para entrenar y jugar, y hasta imagina construir una villa donde puedan vivir niñas y jóvenes de todo el país, tener comida caliente y una camioneta grande en la que pueda viajar todo el equipo. Entre tanto, se conforma con ver a sus futbolistas sonreír tras una buena jugada. l








