Equipo de esporádicas pero notables participaciones en los mundiales, la selección de Holanda arañó la gloria un par de veces y dejó a la posteridad figuras dignas de un salón de la fama del futbol. Ahora La Naranja Mecánica llega a su tercera final, lejos del virtuosismo de sus glorias de antaño: los Cruyff, Rensenbrink o Neeskens, aquellos popularizadores del futbol total, aunque a su favor asoma, en estos tiempos ariscos al espectáculo, la codiciada efectividad
Con la historia de la selección de Holanda se podría escribir una novela. Largas ausencias mundialistas, apariciones que casi rozan lo mágico, futbolistas de ensueño y toques de dignidad más allá del terreno de juego.
Tiene menos participaciones en copas del mundo que Brasil, Alemania, Italia, Argentina, Inglaterra, Francia, España, Uruguay y, por supuesto, México, pero ya es la octava mejor de todos los tiempos.
Como pocas selecciones, la de Holanda tiene mote universal: La Naranja Mecánica. El color de su uniforme y la casi perfección del juego que desplegó en los setenta le valieron la distinción. En aquellos años de leyenda Holanda se quedó a la nada de dos títulos mundiales.
Como pocas naciones futboleras, en la plantilla de los grandes de todos los tiempos tiene registrado a uno de los suyos: Johan Cruyff, singular dentro y fuera de la cancha.
Este domingo, Holanda tiene programada su tercera final, ahora contra España. Llega con una racha de 25 partidos sin perder, 20 de ellos ganados, con 52 goles a favor y 15 en contra, con olor a viejo su última derrota, en septiembre de 2008, ante Australia por 2-1 en un amistoso.
La larga marcha
En el segundo Mundial –Italia 1934–, Holanda perdió contra Suiza 3-2 y quedó fuera. En 1938 también fue eliminado, ahora por Checoslovaquia que le ganó 3-0. Eran copas del mundo de un solo juego para los perdedores.
Holanda regresó a una Copa del Mundo 36 años después. Apareció en Alemania en 1974 y maravilló al mundo. Los Cruyff, Neeskens, Rensenbrink, Van de Kerkhof, Rep y Krol, dirigidos por un tal Rinus Michels, se volvieron célebres.
Hace 36 años debutaron ganando 2-0 a Uruguay con dos goles de Rep. Su segundo partido lo empataron sin goles con Suecia y en el tercero apabullaron a Bulgaria 4-1 con dos anotaciones de Neeskens, Rep y De Jong.
Calificados a la segunda fase les tocó como rival Argentina. La humillaron 4-0 con dos tantos de Cruyff, uno de Krol y otro del goleador Rep. Les tocó luego la entonces Alemania Oriental y le ganaron 2-0 con tantos de Neeskens y Rensenbrink.
Espectaculares, avasallantes, el calendario mundialista les puso enfrente al histórico Brasil, que ya sin Pelé conservaba buena parte de la magia. Holanda le ganó 2-0 con goles de Neeskens y Cruyff.
La final la jugó contra el local, Alemania Federal. Inició el juego y Holanda hilvanó 16 toques de balón hasta que Cruyff terminó derribado en el área teutona. Neeskens cobró la falta y Holanda se puso 1-0. Iban dos minutos de juego y Alemania no tocaba el balón.
Lo que se cuenta que ocurrió después de ese inicio vertiginoso no tiene desperdicio. Con la ventaja el equipo se dividió. Unos se inclinaron por burlarse futbolísticamente de los alemanes y otros por acabarlos de inmediato. No se definieron. Cuando se dieron cuenta Alemania ya estaba 2-1. Los también emblemáticos Paul Breitner, al minuto 25, y Gerard Muller, al 43, les acabaron “robando” la Copa.
El comentario final fue unánime: el campeón no fue el mejor del Mundial. Los holandeses se iban de territorio teutón con el digno pero insuficiente trofeo de ganadores morales.
Tres de sus jugadores –Neeskens, Cruyff y Rensenbrink– aparecieron en la lista de los 11 mejores del Mundial.
En 1978, Holanda no sólo refrendaría su cátedra futbolística. Fuera de las canchas daría algunas lecciones de civismo y dignidad ante la recién instaurada dictadura argentina.
El mejor jugador del mundo de aquella época, Johan Cruyff, cimbró al mundo más allá de los adictos a las peripecias del balón cuando anunció que no asistiría al Mundial, entre otras razones, como protesta ante el gobierno militar sudamericano. Lo acompañó en esa travesía el también sobresaliente jugador holandés Ruud Geels.
Holanda entró en la locura. Sin Cruyff, La Naranja Mecánica no sería la misma. Dos diarios deportivos organizaron de emergencia una fiesta. Invitaron a las celebridades holandesas, entre ellas al mediocampista fugitivo de su destino. Paralelamente la cadena de televisión Tros había reunido 14 mil firmas que rogaban por el regreso del líder naranjero.
Pero el aludido no modificó su decisión.
Sin su astro Holanda despachó 3-0 al débil Irán, empató sin goles con Perú y perdió con Escocia 3-2. Calificado a la segunda fase, ganó a Austria 5-1, empató a dos goles con Alemania Federal y venció a Italia 2-1.
Se toparía en la final con Argentina. Segunda vez finalista, segunda vez que le tocaba enfrentar al anfitrión que llegaba a esa instancia luego de una “rara” goleada a Perú por 6-0, que le permitió dejar en el camino por diferencia de goles a Brasil.
En un juego marcado por el favoritismo del árbitro Sergio Gonella, que toleró la violencia argentina, Mario Kempes puso arriba a los albicelestes al minuto 38. Nanninga empató al 82.
Faltaba un minuto para irse a la prórroga. Robby Rensenbrink se instaló a pocos metros del portero Ubaldo Fillol. El delantero remató con la pierna izquierda. En el estadio Monumental se hizo un angustioso silencio con olor a tragedia. El balón se estrelló en el poste derecho y no entró.
En tiempo extra Kempes anotó al 105 y Bertoni al 116 para el definitivo 3-1. De nuevo La Naranja Mecánica se quedaba en la antesala.
El defensa Krol y de nuevo Neeskens figuraron en el equipo ideal de esa Copa.
Pero ahí no terminó la participación holandesa. Sus jugadores decidieron no asistir a la entrega de medallas para evitar darle la mano al dictador Jorge Rafael Videla.
Johanes Rep, el goleador, contó tiempo después pasajes de esa experiencia.
“La gente en Holanda no quería que fuéramos pero era un Mundial y teníamos que jugarlo. Nosotros, repito, estábamos contra la dictadura de Videla. (Por eso) tras perder la final no le dimos la mano a Videla, era un dictador, no nos gustaba.”
Siguió contando Rep: “Tuvimos un poco de miedo antes de esa final, incluso llegamos a pensar que lo mejor era no ganarla. El miedo era a la gente y al gobierno. Efectivamente, no podíamos ganar. En la cancha también lo sentimos, el árbitro no era totalmente limpio… Creo que él también sintió que nosotros no debíamos ganar”.
Doce años después
La Naranja Mecánica se sumergió en lo que pareció un eterno receso. No fue a España 1982 ni a México 1986.
Regresó a Italia 1990 con tres empates: ante Egipto a un tanto, ante Inglaterra sin anotaciones y ante Irlanda a un gol, lo que le alcanzó para calificar como mejor tercer lugar a los octavos de final.
Ahí le tocó enfrentar a Alemania Federal, que le ganó 2-1 y lo eliminó. A pesar del fracaso, despuntaron algunos jugadores, dignos herederos de la legendaria Naranja Mecánica, como Rijkaard, Koeman, Van Basten y Gullit.
Para el Mundial de 1994 Holanda debutó ganando a Arabia Saudita 2-1. Luego perdió con Bélgica 1-0 y se impuso a Marruecos 2-1. Pasó como primero de grupo.
En octavos de final le ganó 2-0 a Irlanda y en cuartos de final perdió 3-2 ante Brasil. A los Rijkaard y compañía se sumaban los Boer, Overmars, Bergkamp, Van Vossen, entre otros.
Para el Mundial de 1998 en Francia, Holanda empató sin goles ante Bélgica, goleó 5-0 a Corea del Sur e igualó a dos con México. Pasó a octavos de final como primero de grupo.
En esa instancia se impuso 2-1 a Yugoslavia. Y en cuartos de final eliminó a Argentina por igual marcador, pero perdió la semifinal en penales con Brasil luego de empatar a un gol en el juego.
Dirigidos por Guus Hiddink aportaron al cuadro ideal de ese Mundial a Frank de Boer, Edgar Davids y Dennis Bergkamp. Y otros apellidos se volvieron familiares para los amantes del buen futbol: Cocú y Kluivert.
En 2002 volvieron a interrumpir el paso. Sorpresivamente no calificaron para el Mundial de Japón-Corea, aunque para el de Alemania 2006 regresaron con fuerza.
Debutaron ganando a Serbia 1-0, luego a Costa de Marfil 2-1 y empataron sin goles con Argentina. Calificaron en segundo de grupo con siete puntos, los mismos que el líder, Argentina, pero en octavos de final sucumbieron ante Portugal 1-0, aunque no dejaron de aportar nombres célebres como el del portero Van der Sar que después acabaría siendo considerado uno de los mejores del mundo.
Ya se perfilaban los Sneijder, Robben, Van Persie…
La era millonaria
Cabezas de una nueva generación de holandeses Wesley Sneijder y Arjen Robben sedujeron a los hombres del dinero en el Real Madrid y en operaciones millonarias pasaron al futbol español.
Ninguno de los dos hizo larga historia en la escuadra merengue. Al poco tiempo fueron maltratados y sus cartas negociadas al futbol de Italia y Alemania.
La historia de Robben abona a la novela holandesa. En agosto de 2003, cuando jugaba en el PSV Eindhoven le detectaron un “tumor benigno”, “un quiste” dijo la prensa de su país. En realidad se trataba de un cáncer de testículos, reconoció Robben 10 meses después de haber fichado por el Chelsea, cuando el mal había sido curado.
“Tenía mucho miedo”, confesó el delantero cuando se sobreponía de las quimioterapias y le atacaba una “prematura” calvicie, a la revista mensual del Chelsea. “Vivir sin que el futbol fuera lo más importante fue algo difícil. La espera fue terrible. No sabía qué iba a pasarme”.
Después de un año de tratamientos contra el cáncer y de juegos con el Chelsea, Robben declaraba con una mediana sonrisa: “Mi carrera acaba de empezar”.
Y entonces llegó al Real Madrid. El PSV Eindhoven lo contrató por 3.9 millones de euros, el Chelsea por 12.1 y, en 2007, el cuadro merengue pagó 36 por su carta.
Sin embargo a Robben no le fue del todo bien en el Real Madrid. En dos años sufrió nueve lesiones musculares y fue catalogado como un jugador de cristal luego de no poder ligar más de 10 juegos seguidos. Acabó de suplente y, devaluado su futbol, fue vendido al Bayer Munich en 25 millones.
A Wesnley Sneijder le ocurrió lo mismo. El Real lo compró en 27 millones y lo vendió al Inter de Milán en 15.
Sin embargo Sneijder, el jugador más bajito de su selección, con 1.70 metros, se ha convertido en el símbolo de la escuadra naranja. Hasta antes del juego final contra España llevaba cinco goles y compartía el liderato de goleo con el español David Villa.
Fuera de las canchas el divo holandés dio nota a las secciones de sociales antes de llegar a Sudáfrica. Se bautizó en la Pinetina Appiano Gentile para poder casarse por la Iglesia con Yolanthe Cabau.
El habilidoso delantero se dio tiempo para explicar que lo del bautizo surgió luego de una experiencia con sus compañeros del Inter y no por sus ansias de casorio. Lo cierto es que este hombre que sabe hacer goles tomó un curso de catecismo para adultos y ahora lleva colgado al cuello un rosario, regalo de su novia.
Bert Van Marwijk, entrenador ajeno a los aspavientos, sereno ante los reflectores, modesto como jugador, suegro del mediocampista Mark van Bommel, hizo pública la principal carencia de la Holanda ahora finalista: no tenía un portero confiable.
El 18 de marzo declaró que había intentado convencer al emblemático portero Edwin van der Sar de que rompiera su retiro.
“Le he llamado. Encontraba eso normal, vista la alarmante situación de los porteros de Holanda. Me esperaba su respuesta, pero lo he intentado.”
Su prudente desesperación se entendió cuando el uruguayo Diego Forlán con un tiro lejano y al centro venció el desfigurado lance de Maarten Stekelenburg –quien no hace mucho había cedido la titularidad del Ajax– para empatar momentáneamente la semifinal con Uruguay.
Lejos de “La Naranja”
Con alguna dosis de suerte, pero más que nada gracias al consistente juego que despliegan, Holanda llegó al encuentro final.
Aunque su manera de jugar despierta nostalgias y críticas por lo poco espectacular de su andar, para algunos, la exnaranja es el único equipo invicto del Mundial.
Le ganó 2-0 a Dinamarca, 1-0 a Japón, 2-1 a Camerún, 2-1 a Eslovaquia, 2-1 a Brasil y 3-2 a Uruguay.
Tranquilo y hasta afable, Van Marwijk ha explicado su filosofía de trabajo. “Un seleccionador tiene pocas ocasiones de trabajar con su plantilla, de modo que optimizo el tiempo que paso con los jugadores, me confundo con ellos, participo en los entrenamientos, multiplico y varío los ejercicios para conocerlos mejor”.
Apoyado en el banquillo por Phillip Cocu y Frank de Boer, Marwijk declaró antes de partir a Sudáfrica: “Si tuviera la más mínima impresión, por remota que fuera, de que no podemos ganar el Mundial, sencillamente me quedaría en casa”. l








