Consumido por el apetito sexual por la bella Tae-ju (Kim Ok-bin), el atormentado Sang-hyun (Song Kang-ho) le explica a su objeto de deseo que no pueden hacer el amor porque él es un sacerdote católico y ambos se condenarán; Tae-ju replica que ella ni es cristiana ni cree en el infierno.
Conocido en México por su Trilogía de la venganza, el sudcoreano Park Chan-wook consiguió lo que nadie antes: una película de vampiros que pueda verse y leerse en segundo nivel de principio a fin. Además de formar parte de una corriente innovadora dentro del género, Sed de sangre (Thirst; Corea del Sur-EU, 2009) es una farsa naturalista y una tragedia cristiana.
Sang-hyun (Song Kang-ho) viaja a África para participar en el experimento de la vacuna contra el nuevo virus Emmanuel; una transfusión contaminada lo transforma en vampiro. De regreso al hospital coreano, donde ejerce su ministerio, Sang-hyun se reencuentra con una familia de amigos de la infancia, los Ra; una madre sobreprotectora de un hijo viscoso y enfermizo con quien obliga Tae-ju a casarse.
Es una adaptación menos libre de lo que pareciera, de Thrse Raquin, a la famosa novela de Émile Zola, melodrama grave plagado de crimen, culpa y castigo, en la cual el defensor del caso Dreyfus afirmaba haber realizado un estudio de temperamentos más que de caracteres. Park Chan-wook, admirador de Zola, lleva esta teoría humoralista (sangre, flema, bilis negra y amarilla) al nivel del delirio. La sangre brota y corre de principio a fin, la baba y el moco, el tema del flema asociado a la repulsión y a la culpa, a lo pegajoso, escurre por las paredes.
Con un sacerdote vampiro capaz de renunciar a su ministerio pero no a su fe, Park depura el género de vampiros del miedo al crucifijo, al ajo, espejos y ataúdes (el cura duerme en el armario). Con la compulsión de sangre y sexo que se despierta en Sang-hyun, el vampirismo se hace metáfora de las pulsiones desatadas; la maldición vampírica es la excusa del religioso para liberar los deseos prohibidos, declara Park Chan-wook. La sangre, asociada en sed al vino de consagrar y al sexo, le permite ilustrar su visión personal del éxtasis.
Es básico aclarar que no es la religión lo que está en la mira; de formación católica, el director afirma que, siempre contestatario frente a la dictadura militar, el catolicismo coreano desarrolló una postura más liberal que las otras religiones del país.
Sin embargo, quien recorra la filmografía de este cineasta podrá constatar que su obra es todo un himno contra la represión de impulsos vitales; la inhibición del dolor produce autómatas, como lo ilustra la cinta que hizo con el cantante Rain (Yo soy un robot); el sexo más que el amor, el deseo de venganza más que la culpa, se manifiestan como fuerzas de lo absoluto. Si se ahonda más, la fuerza que generan estas avalanchas en el universo de Park Chan-wook es el anhelo de libertad, y ésta no tiene precio.








