Un trío de mexicanos llegó a Sudáfrica sólo con la seguridad de los boletos de juego, pero sin hospedaje y mentalizados para la aventura. A los pocos días habían resuelto el problema. Rentaron un auto, lo convirtieron en taxi pirata, se dieron a la tarea de localizar a paisanos extraviados en el aeropuerto y acabaron costeando buena parte de su periplo futbolero. La de Gerardo, Paco y Mario es una historia entre muchas de mexicanos adictos a los mundiales.
JOHANNESBURGO.- “Es que con las caras de paisano que se cargan es bien fácil encontrarlos. Ni pierde hay. Salen por la puerta de llegadas de cualquier aeropuerto sudafricano portando atuendo tricolor. Sombrero de charro en la cabeza o bajo el brazo. Miran para todos lados como buscando respuestas. Pelan unos ojotes y ponen cara de what cuando escuchan que una dejadita en taxi cuesta 800 pesitos. Son los clientes perfectos.”
Con desenfado, Gerardo y Paco, queretanos y siempre providenciales, se acercan al desvalido. “¿Qué pasó paisano, necesitas ayuda?”, pregunta uno. Entonces la charla comienza a fluir: que si “pinches changos son bien abusivos”, (“sí se pasan”), que “qué poca madre, con eso compro un boleto en Interjet” (“¡chale!, ¡qué manchados!”), que “con eso trago unos tres días” (“mínimo, sí”), que “no se qué voy a hacer porque sí me duele el codo” (“‘ta cabrón, ‘ta cabrón”).
“Pues nosotros te llevamos por la mitad de eso”, ofrecen los muchachos. Entonces viene la negociación: que “¿quiénes son ustedes?, no me vayan a transar” (“¡no!, ¿cómo crees? Somos mexicanos”), que “pues por eso te digo” (“¡úchala!”), que “¿por qué me quieres ayudar?” (“porque favor con favor se paga”), que si “¿me juras que es seguro?” (“¡que sí, chingá!”), que “no me vayan a perder” (“traemos un GPS”), que “bueno ¿nomás 250 rands?” (“es más, danos 200”), que “¡pues órale, ya vámonos!”.
Gerardo y Paco encaminan a los paisanos a una puerta. Con Mario al volante aparece el auto compacto que el trío rentó para 25 días. Hacen las presentaciones. Le echan la bendición (“órale cabrón, con cuidado”). Mientras Mario lleva “al pasaje”, sus amigos vuelven al aeropuerto a encandilar extraviados.
Gerardo, Paco y Mario viajaron a Sudáfrica con la intención de apoyar a la selección y turistear por un país exótico. Obligados a rentar un automóvil en un lugar donde sin vehículo propio es imposible moverse –porque el transporte público prácticamente no existe– se volvieron ruleteros para convertir el gasto en inversión.
“Nos fuimos manejando a Ciudad del Cabo. Fueron como 17 horas sin parar. Primero estuvimos paseando y luego pensamos que cuando nosotros llegamos a Johannesburgo no sabíamos cómo movernos, qué hacer ni a dónde ir. Ahí se nos ocurrió utilizar el carro para trabajar de taxistas y recuperar lana de la renta que fueron como 20 mil pesos, entonces nos fuimos al aeropuerto. Ya sabíamos que los pocos taxis que hay cobran carísimo y que muchos mexicanos iban a estar llegando. Traemos el GPS y como ya nos habíamos estado moviendo, conocíamos más o menos, porque también es difícil andar acá. Nos salió muy bien porque este viaje fue casi gratis con el dinero de la ruleteada”, cuenta Gerardo Moisidelis.
Los primeros días en Sudáfrica los tres mexicanos los pasaron errando. Primero intentaron quedarse en un hostal donde apenas estaban pegando los azulejos de los baños y pintando los cuartos. Luego se encontraron con que “unas personas” les instalaron unas literas en el cuarto de una casa a cambio de 100 rands la noche “por cabeza”, precio que se quintuplicó para el 10 de junio, un día antes de la inauguración del Mundial, cuando comenzó a llegar el grueso de los futboleros.
Entonces les convino hospedarse en un Fórmula 1, una suerte de hotel de paso que hay por todos lados, donde por una habitación para tres –una cama matrimonial, otra individual y baño compartido– pagaban 550 rands. El negocio que comenzó ofreciendo transporte barato amplió sus horizontes a hospedaje y agencia de viajes.
“Pagamos un cuarto para tres y nos metíamos cinco o seis personas, obvio, mexicanos que conocimos aquí y nos hicimos cuates. Nos turnábamos las camas y el piso. A unos chavos que recogimos en el aeropuerto Mario los convenció de que se quedaran en el Fórmula 1 para darles el servicio de taxi todo el día y también ahorrarnos una lana en el hospedaje.
“A tres de Guanajuato que conectamos en Ciudad del Cabo les conseguimos un hotel bien barato y Paco les armó todo el tour. Los llevamos a Table Mountain, a Cape Point y a ver a los pingüinos. La verdad no nos manchamos con los paisanos, las dos partes ganábamos. A unos clientes nos los encontramos en Johannesburgo y nos dijeron: ‘Los extrañamos, porque nos la han dejado caer los taxistas’, como ellos no rentaron carro estaban out”, explica Gerardo.
Para el segundo partido de la primera ronda, México ante Francia en Polokwane, a casi 400 kilómetros de distancia, Gerardo, Paco y Mario fueron otra vez al aeropuerto de esta ciudad a rescatar paisanos. “Ahí nos agarramos a otros dos güeyes y nos los llevamos. Esa ida también fue gratis para nosotros, pero a ellos les convenía también, les salía más barato y por la inseguridad siempre es mejor moverse en bola; así que nos íbamos juntos a comer, a conocer y nos pagaban por hacerles todo”.
Por el traslado ida y vuelta en avión y los boletos para cinco partidos, Gerardo desembolsó en México 35 mil pesos. A Sudáfrica trajo otros 900 dólares, de los cuales todavía le quedan 200 porque sus gastos los ha financiado con su trabajo de taxista.
“No derrochamos el dinero. Hacemos una o máximo dos comidas al día, o sea, almorzamos a eso de la una y si cenamos pues es un hot dog y ya. No gastamos más de 40 o 50 rands. Otro amigo traía un montón de playeras (de la selección nacional), obviamente piratísimas, y las cambió por comida y chelas. Otro y yo trajimos máscaras de luchador y también las cambiamos, hasta por souvenirs. Al carro le sacamos bastante provecho aunque íbamos todos apretados con las maletas; recuperamos casi los 20 mil con la chambeada y todavía nos quedan algunos días para seguir ruleteando. Yo pensé que me iba a gastar como 80 mil pesos, pero van a ser unos 50 mil, máximo.”
El grupo de amigos regresará a México el martes 6 de julio. Ya con el Tri eliminado, vendieron sus boletos del quinto partido y con ese dinero viajarán a Zimbabue o a las cataratas Victoria. El Mundial ya no interesa, ni tampoco que los verdes hayan fracasado.
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No todos los fanáticos piensan así. Decepcionados por la eliminación de la selección, un par de amigos oriundos de Mexicali, que estuvieron un mes en Sudáfrica, prometen no regresar a un Mundial. Se dicen, además, agraviados por los jugadores, quienes se rehusaron siquiera a levantar la cara para tomarles una foto y fueron echados del entrenamiento.
“Vinimos hasta acá para apoyar a la selección y no nada más perdieron, sino que el día que fuimos al entrenamiento nos sacaron y nos dijeron que no hiciéramos ruido. Ahí estamos hablándoles, diciéndoles que volteen para una foto y nada, pinches batos. Nosotros como limosneros ahí afuera. De güeyes gastándonos el dinero para venir a verlos, nuestras esposas se enchilaron y que salgan con eso. La verdad que todos chinguen a su ya sabes que”, explota El Meza.
Su hermano Jonathan lo secunda: “Da coraje, decepciona porque uno deja todo por venir a apoyar para que este cabrón de Aguirre haga lo que le da su gana. Yo nunca voy a regresar. Jugadores como Bofo, Guille, Osorio no son de selección, no pueden ni controlar el balón; El Conejo tampoco tiene nada que hacer ahí. Eso ni yo lo hago. Agarra a cualquier fanático chilango del DF y te arma un mejor equipo que el de Aguirre”.
–¿Creen que vale la pena gastar tanto para seguir a la selección?
–No –contesta El Meza–. Yo en el partido estaba emputado de ver tanta mediocridad en la cancha. Estuvo muy a todo dar el viaje, pero por México se echó a perder. Yo prefiero ir a ver a los Pumas al DF que ir a otro Mundial. Igual fuimos a Alemania y vimos lo mismo. De perdida ahí duraron dos tiempos extras, aquí fue una humillación desde el primer tiempo. No es excusa el error arbitral, México fue víctima del técnico y de los jugadores idiotas que trajo. Contra Uruguay debió haber ganado y hubiéramos agarrado a los chinos. Ya se veía venir.
–Ja, ja. Dirás a Corea –lo corrige Jonathan.
–Por eso; son chinos ¿no? Son lo mismo, son asiáticos. El problema también es Televisa que tiene inflados a los jugadores, con sus anuncios y todo se creen artistas. Están creciendo y ya los meten a anunciar todo. Ves puro artista jugar. A ver si a El Chicharito no lo echan a perder.
De los 15 mil mexicanos que viajaron a Sudáfrica para el Mundial, de acuerdo con información de la embajada de México en este país, la mayoría vive en alguna ciudad de Estados Unidos. El viaje tan lejos, que contratado con una agencia de viajes costó entre 90 mil y 120 mil pesos, lo hizo menos accesible. Quienes vinieron desde México tuvieron que ahorrar durante tres o cuatro años, además de que no tomaron vacaciones en ese mismo periodo para poder pasar aquí un mes.
Marcela Corona, de 39 años, dice que ama el futbol por encima de cualquier cosa y que desde hace 25 años todos sus fines de semana los ha pasado en un estadio. Sudáfrica fue su segundo Mundial y asegura que tratará de asistir a los próximos sin importarle que la selección pierda. El dinero es su único impedimento.
“Apoyo al Tri con todo mi corazón. El amor a la selección es el mismo amor que le tengo al país; ellos son el país, ganen o pierdan. El futbol es mi prioridad en la vida. Me encantaría seguirlos en todos los mundiales, pero por falta de lana no he ido a más, pero es lo que más me gusta en México: el futbol. Ya me tenía que haber ido hace cinco días, pero están llenos los aviones. El trabajo… pues está chido, junté 15 días de vacaciones pero ya llevo un mes. Tengo miedo de que me corran, que crean que quise quedarme, pero no hay vuelos”, explica Marcela, desde hace cinco años gerente de mercadotecnia de una empresa mayorista de equipos de cómputo.
–¿No te duele gastar tu dinero para venir a ver lo de siempre?
–Así somos los mexicanos. Nos gastamos lo que no tenemos. Todo vale la pena por el futbol. Yo sabía que no iban a jugar los cuartos de final, por Aguirre; todo se lo debemos a él. Tenemos el equipo, pero no el técnico. Hay jugadores que no deberían estar, pero son sus cuates y por eso están. Por Aguirre no dimos ese salto, igual que en 2002.
En las derrotas, lo que empuja a los mexicanos lo llaman orgullo. Entre “caímos con la cara al sol”, “nos morimos en la raya” y “perdimos, pero a mucha honra” se consuelan los paisanos. “Sabemos que nunca llegamos a donde queremos, pero bueno… ya llevo tres Copas del Mundo y nada, pero voy a ir a Brasil porque ellos son la patria. Yo vivo en Estados Unidos, pero a México nunca lo olvido”, comenta envuelto en tristeza Carlos Cuevas, quien reside en Chicago.
Armando González vende coches en Colorado desde hace 18 años, “pero nací en Neza, soy orgullosamente mexicano”, aclara. Al mundial vino disfrazado como Súper Chile, una especie de Pique ochentero en versión musculoso. Tras el México-Argentina ya nada más arrastraba el sombrero. Junto con su hijo se gastó 12 mil dólares en 19 días. Dice que vendió unos cuantos carros para poder venir y regresando tendrá que vender muchos más para saldar las deudas.
“Es dinero bien invertido. Si no es ahora, ¿cuándo? El dinero va y viene y esto tal vez no lo volvamos a vivir. Sí duele, 120 millones de mexicanos queríamos el quinto partido y otra vez caímos con Argentina, es más doloroso. El futbol es mi pasión. Como mexicano siento eso. Un partido no me pierdo, si puedo viajar voy a verlos, si no, aunque sea en la tele. El orgullo me empuja a ir aunque pierda. Nos duele, pero sabemos aceptarlo”, explica resignado.
Vestido de charro y con una media botarga de caballo, Jonathan Ávila llegó desde Tenancingo, Estado de México. Hecho de tela y cartón, el atuendo le costó seis mil pesos, más los dólares que tuvo que pagar por los 35 kilos de sobrepeso.
Triste por la eliminación del equipo tricolor en octavos de final, el muchacho reflexiona: “La selección, para mí, pasa a segundo término. Yo soy un empresario joven y soy bien trabajador. Me levanto temprano, sé lo que me cuesta ganar un peso. Vengo cargando mi caballo y vestido así no por los jugadores, sino como un embajador de mi país para que la gente del mundo conozca una embarradita chusca de México. La selección nos ha dado satisfacciones, pero también decepciones porque no se parten el alma como muchos mexicanos que sí lo hacemos, para trabajar y pagarnos un viaje. Tristemente me he dado cuenta que no han dado el ciento por ciento. Por dinero en sus clubes sí se parten el alma, los ves cómo juegan; sabemos del potencial, por eso les exigimos. Queríamos que se rifaran y otra vez no se pudo”. l








