“Celda 211”

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Todo camina como reloj en la vida de Juan (Alberto Ammann), su mujer se haya embarazada y él está a punto de empezar a trabajar en una prisión importante de la ciudad española de Zamora.

Impaciente y seguramente con deseos de ganarse una medalla, el joven funcionario decide echar un vistazo a la institución un día antes de la fecha prevista. Mientras los compañeros le hacen el tour por la cárcel, se desata un motín, y Juan decide hacerse pasar por preso para sobrevivir.

Celda 211 (España, 2009) es toda una sorpresa porque el cine español parece poco afecto al género de acción; durante el franquismo la comedia, ligera o negra, permitía la evasión o hasta la sátira política como ocurría con las cintas de Luis Berlanga (El verdugo, 1963); en la España socialista han predominado las adaptaciones de novela negra (Manuel Vázquez Montalbán), o las obras de corte realista que abordan la crítica política de manera frontal (Los lunes al sol, Mar adentro).

Esta cinta de Daniel Monzón, adaptada a partir de una novela de F. P. Gandul por Jorge Guerrica Echevarría, explota los resortes del cine carcelero americano a lo Brubaker (1980), donde predomina la rudeza y la peligrosidad de convictos y guardianes, el ambiente depresivo y claustrofóbico y, sobre todo, la estética sucia, elemento básico de la fascinación de este género.

Sin duda, la experiencia del guionista en trabajos anteriores como Perdita Durango permite construir la estructura sólida en la que se apoya el director. Pero hasta ahí llega la aportación de Hollywood, pues la adrenalina de Celda 211 sirve para provocar una reflexión política del estado de cosas en las cárceles españolas, o de la condición de preso frente a la autoridad.

De la identificación del espectador con la situación de víctima potencial de Juan, representante de la legalidad, la simpatía se desliza hacia los presos. El siniestro y peligroso asesino Malamadre (Luis Tosar) es un tipo con sentido del humor, de la justicia y de la solidaridad, mientras que el bueno de Juan revela su parte oscura; el lado flojo de la cinta se encuentra del lado gobierno, delegados y jefes de prisión, personajes demasiado malos, tontos y, lo peor, aburridos.

En Celda 211 abundan las peripecias, unas más verosímiles que otras; la acción depende mucho de giros y accidentes, pero aquí se aprovechan para activar la química de Juan con los presos, especialmente con Malamadre. La arquitectura de la prisión vacía donde se filma la cinta permite jugar con la idea del laberinto, el pulso del director es firme y oportuno frente a los encuadres, la sangre abunda pero no se desperdicia en acciones gratuitas; otra diferencia importante frente a Hollywood sería esta especie de economía política de la sangre.

El juego del equívoco, el estar ahí en el mal momento, se antoja fácil para desarrollar una situación kafkiana a lo María de mi corazón; Daniel Monzón pone las cosas sobre el tablero desde el principio, en cada peripecia donde los personajes dependen de sus propios recursos para salir del laberinto.