“Otro mar”

Trabajo colectivo

Un mar donde flotan los muertos, una guerra que no acaba, cuatro personajes enfrentados, cuatro puntos de vista sobre grava roja con el oráculo al centro. Verdades no hay, y menos cuando está en juego la vida y la muerte.

Otro mar es escrita y dirigida por Fernando Bonilla a partir de un trabajo colectivo en el que los actores asumieron sus personajes para hacer una versión libre del Canto VI de la Ilíada de Homero. En esta obra, que se presenta los lunes en el foro Shakespeare, tampoco hay dioses, como en la Ilíada de Alejandro Barico, sino hombres y mujeres que viven, sufren o se regocijan de una guerra que bien podría ser cualquier revolución. Están los principios, el ser social o individual, la libertad de acción o el destino que la historia impone. Son los troyanos en el último respiro antes de dar la batalla final: son Héctor, Paris, Helena y Andrómaca, coloreados por la guerra civil española, por la guerra que cada espectador tenga en mente.

No son cuatro desconocidos que se oponen; son familia, son hermanos que discuten, son mujeres que quieren a sus hombres junto a ellas; son reflexiones en las que se les va, literalmente, la vida. Pero el destino ya está dicho y por eso no es un pozo con el agua de la vida, sino el oráculo donde Gea se manifiesta a través de la pitonisa.

Paris, interpretado por Bernardo Gamboa, busca refugio en los brazos de Helena. Él no cree en la guerra. Le sublevan los muertos de un lado y del otro; él quiere ejercer su libertad, independizarse de Héctor, su hermano mayor, y vivir el placer. Pero Héctor, en cuerpo y alma de José Carriedo, lo viene a buscar y le increpa su huida; él representa al héroe, al que es capaz de sacrificarse por su pueblo, es su deber, su misión; la guerra le da sentido a su existencia: vale más el bien colectivo que su individualidad.

Pero Andrómaca no quiere un esposo muerto, porque ahora él es su padre, su madre y sus hermanos que los aqueos le han quitado. Micaela Gramajo le da vida a esta mujer que hace girar la obra al decirle a Héctor la buena nueva, licencia autoral hábilmente utilizada en el drama, pues para Homero el hijo pequeño de Héctor está allí viéndolo atemorizado. Y Helena en Otro mar es también Casandra, la que predice las catástrofes; y el personaje, interpretado a distancia por Daniela Arroio, se vuelve ambiguo y contamina el sentido de las relaciones.

Fernando Bonilla elige con acierto la segunda parte del Canto VI, donde están realmente los afectos en juego, y condensa los sucesos en un sólo espacio, y el espacio se vuelve el universo emotivo y de reflexión de los personajes. Y aun cuando la obra se extiende después de cada momento climático, la noticia y la profecía, y no está claro el pivote para el retorno, Otro mar nos mantiene atentos, involucrados, con la mente y los sentimientos girando.

El director observa la obra, principalmente desde un frente y la esquina que él sugiere, crea un espacio estético y atrayente. En las paredes negras se apoyan los personajes, buscan protección o les corta el camino. Sólo hay una puerta de salida.

En Otro mar los actores se vuelcan y proyectan la emoción y los conflictos de cada uno de los personajes. Hablan y viven una guerra, cualquier guerra; la nuestra, la de hace 100 años, o la que puede estar a la vuelta de la esquina.