La historia de Antonieta en voz de Kathryn Blair

Blair. Obsesi

Cuando a Kathryn S. Blair se le reveló casi de manera incidental que la madre de su esposo, Antonieta Rivas Mercado, se quitó la vida disparándose al corazón, arrodillada frente al altar de la Catedral de Notre Dame en París, antes de cumplir los 31 años de edad, quedó impactada. 

En su mente se agolparon cuestionamientos en torno a los motivos que la llevaron a tal determinación, pero también se preguntaba cómo había podido dejar abandonado a su pequeño hijo, Donald Antonio, en Burdeos:

“Se me hizo una cosa no femenina que hubiera abandonado a ese niño. Me impactó. Dije: ¿Cómo es posible que lo dejes solo en una casa de huéspedes y te matas?” 

Kathryn S. Blair y Donald Antonio Rivas Mercado llevaban años de casados cuando ella se enteró de la forma como murió Antonieta. Antes ni siquiera había escuchado su nombre, pues en la familia no se hablaba de ella, “¡para nada!”. Conocía la versión que a él mismo le habían contado acerca de que su madre se llamaba Antonieta y había muerto en un hospital en París. 

Pero un día recibió la carta de una colega suya de la Universidad de California, cuya familia conoció a los Rivas Mercado cuando pasaba sus vacaciones de verano en la Laguna de Chapala. Al saber que Blair se casó con Donald, la colega le escribió para comentarle que se había enterado de su matrimonio, y le habló de Antonieta como una mujer muy inteligente, “magnífica” y “qué lástima que se suicidó”:

“Así lo supe. En la Catedral de Notre Dame en París y no había cumplido 31 años, era joven. Eso me encendió el interés.”

Comenzó a preguntar, y se metió de lleno en una investigación a la cual dedicó más de 20 años, cuyo resultado es la novela A la sombra del ángel, publicada en 1995 y que ha vendido más de 175 mil ejemplares, en la cual relata la vida de los Rivas Mercado y se enfoca en Antonieta.

La familia de Kathryn, Skidmore, había estado vinculada a los Rivas Mercado, incluso antes de que ella conociera a Donald; ambos se casaron con diferentes parejas y tras divorciarse establecieron una relación formal en una fiesta de la Compañía Monsanto, donde trabajaba Donald.

Entrevistada por Proceso en la casa de los Rivas Mercado en la colonia Guerrero, Blair recuerda que la familia no hablaba del suicidio, pues “es muy difícil de manejar, siempre se siente un poco de culpa”. El caso, además, asegura estuvo enredado políticamente porque “el último que vio viva a Antonieta en París fue José Vasconcelos”. 

Ella había estado muy involucrada con la campaña a la presidencia del intelectual, fundador de la Secretaría de Educación Pública. Según Blair, el entonces presidente Plutarco Elías Calles silenció el hecho pues no deseaba una “mártir vasconcelista y que el vasconcelismo volviera a surgir”, entonces “lo callaron en la prensa y la familia calló también, ni siquiera los hijos de las hermanas, a quienes conocí muy bien, lo sabían”.

Una vez que Kathryn divulgó que sabía del hecho, comenzó a recibir más información, y las hermanas de Antonieta, sobre todo Amelia, que era la más pequeña, fueron sus principales fuentes de información:

“Crecieron con ella y esta casa es precisamente donde vivía la familia. En mi libro hablo mucho de esta casa, sobre todo durante la Revolución, cuando el padre esconde a los niños en el sótano porque la casa de enfrente –que ahora ya se demolió– era la mansión de la familia Casasús, que se había ido a Francia con Porfirio Díaz. La mansión estaba en manos de un cuidador, cuando llega el general Blanco entran los villistas, los carrancistas y los zapatistas a la ciudad, y Villa va tomando las grandes mansiones como cuarteles para sus oficiales y su gente.”

Le pidió a Alicia, la hermana mayor, quien heredó la casa, que la llevara a visitarla. Para entonces ya se había vendido y era la escuela Washington, había cambiado mucho. Cuando por fin pudo entrar, pidió permiso para bajar al sótano. Y es que en su novela relata que los niños del arquitecto veían desde ahí la invasión a la mansión de los Casasús y deseaba comprobar que, efectivamente, pudieron verlo.

“Entraban y salían soldaderas. Usaron las cortinas para hacerse faldas y tenían fogatas en el salón de billar. Las niñas veían las mil y un desgracias –para ellas– que sucedían en la casa vecina. Ahí, como una cosa alegórica, estoy viendo lo que la Revolución ha traído a la ciudad, porque hubo una hambruna tremenda. El arquitecto mató a sus perros para darles de comer a sus hijos, fueron cosas que sucedieron aquí en esta calle, en esta zona y por toda la ciudad.”

Blair habló con mucha gente que conoció a Antonieta, entre ellos el escritor Andrés Henestrosa y Lupe Marín, esposa del pintor Diego Rivera, además de las hermanas. Logró reunir tanto material que a la hora de editar el libro le sobraban 300 páginas.

 

El voto como gancho

 

Confiesa haber tenido una obsesión por Antonieta, porque “era una mujer realmente inteligente, intensa, apasionada, y su número uno en la intención de ayudar a cambiar a México con Vasconcelos era la educación. Su padre había sido educador, a ella le inculca este interés y necesidad. Ella quiere y hace para las primarias programas de baile, de poesía, porque dice que si no despiertas la creatividad del niño o joven, se queda oculta, no la expresan, entonces hay que permitirles expresar esa creatividad en la escuela”.

–¿Esta idea se la contagió Vasconcelos o ella se la transmitió a él? 

–Los dos tenían la misma idea. Vasconcelos había sido secretario de Educación bajo Obregón, mandó a sus maestros misioneros a pueblos y en cada escuela había una biblioteca, si no una biblioteca al menos un estante lleno de libros, porque decía que para qué iban a aprender a leer si iban a leer basura, mejor que aprendieran algo que valiera la pena, y fueron los famosos clásicos, la serie de los libros verdes.

“Vi muchos de esos libros en los pueblos donde había estado Vasconcelos cuando fui para indagar más. Había familias que los protegían como tesoros. Esa serie y él fueron muy criticados, decían: ‘Quién quiere saber de Sófocles, los griegos, romanos y los que quieras’. Pero él dijo: ‘Si no los leen, no van a saber nada del mundo, el hombre siempre ha sido el hombre y siempre ha pensado como hombre, en cada época de la vida. Eso no cambia y sus anhelos son los mismos’. Eso es muy cierto. Si se quiere saber algo acerca del mundo hay que leer a los clásicos.”

Vasconcelos, comenta, prometió el voto a la mujer y ese fue el gancho para Antonieta, “porque ella quería, sobre todo, educar a la mujer mexicana, la consideraba una mártir y dijo: ‘Debe tener su propio criterio, hablar por sí misma, tomar sus decisiones y hay que educarla’. Y en 1953, la mujer mexicana recibió el voto”. Cuenta en la novela que Vasconcelos la llamó a integrarse en su campaña:

–Una de mis promesas consiste en introducir el voto para la mujer, sufragio igual.

–Lo sé –y los ojos de Antonieta se abrieron súbitamente, muy grandes y luminosos.

Él la estudiaba bebiendo un café dulce y aromático en su tarrito de barro.

–¿Estaría usted dispuesta a respaldar el movimiento femenino? Su endoso personal sería de gran valor.

Antonieta sintió que se le aceleraba el corazón.

–¿Lo he interpretado correctamente, licenciado? ¿Me está pidiendo que colabore en su campaña?

–Sí. Le estoy pidiendo que se ponga al frente de la demanda del voto femenino.

–Acaba usted de tocar un tema de interés verdadero para mí…

Así comenzó la relación que ha sido consignada por historiadores, cronistas, biógrafos de ambos personajes. Y a la cual incluso se ha llegado a atribuir la razón del suicidio de Antonieta, no sólo porque había destinado prácticamente todos sus recursos a una campaña sin éxito, sino por su amor desesperado.

El escritor José Emilio Pacheco relató en uno de sus Inventarios (Proceso 779) que antes de dirigirse a Notre Dame, Antonieta se encontró con Vasconcelos y le urgió a que le respondiera si de verdad la necesitaba:

“Entonces él responde: ‘Ninguna alma necesita de otra; nadie, ni hombre ni mujer, necesita más que de Dios’… La respuesta deja a Antonieta en el vacío…”

El hecho es también relatado por Blair, quien inicia su libro justamente con el relato de aquel fatídico día en la Catedral de Notre Dame de París. La novela se convertirá en una película dirigida por Alfonso Pineda, en la que –dice– se destacará, más que el suicidio, el hecho de que ella vivió tres décadas trascendentales para México: el final del porfiriato, los 10 años de la Revolución y los 10 primeros años del México moderno.

Concluye la autora:

“Me da un gusto enorme que estén restaurando la casa porque verdaderamente va a ser un ícono en México por su estilo, su historia, su ubicación. El arquitecto pensaba que la colonia Guerrero era no de alta sociedad, pero sí de alto nivel, pero la ciudad en vez de crecer para el poniente creció hacia la Roma y la colonia se volvió popular completamente. El rescate ayudará mucho.”  l