Lo que ocurrió con la selección mexicana en la primera ronda del Mundial de Sudáfrica (por jugarse este domingo el partido contra Argentina), abre la puerta al escritor y cronista Juan Villoro para poner en una dolorosa tercera dimensión las taras del país. Entre otras, la mediocridad, el pánico a sobresalir, la evasión ante la responsabilidad de ganar y el arte de posponer al infinito las soluciones.
México vive en estado de empate técnico. El levantamiento zapatista en Chiapas no fue reprimido, pero sus demandas no se resolvieron ni se normalizó la vida en la zona. La Ley del Libro vetada por el presidente Fox fue aprobada por el Congreso, pero no ha entrado en vigor. El Tribunal Federal Electoral consideró que hubo injerencia del Ejecutivo y del Consejo Coordinador Empresarial en las elecciones de 2006, pero no sancionó nada. La Suprema Corte de Justicia analizó el entramado de negligencias que llevó a la muerte de casi 50 niños en la guardería ABC de Hermosillo sin encontrar a culpable alguno. En México, los problemas se reconocen y analizan. ¿Provoca eso una solución? Por supuesto que no. ¡Bienvenidos a la tierra de la medianía, un país ni fu ni fa, donde el diagnóstico concluye el tratamiento!
Espejo de ese marasmo, la selección nacional no es pésima, ni estupenda. Por un momento cayó en la tentación de ser distinta. Derrotar a Uruguay no era un desafío paranormal. En la pasada Copa América, ganamos 3-1 en el partido por el tercer lugar, bajo la dirección de Hugo Sánchez. Con una victoria se abría una ruta cómoda y podíamos llegar no sólo al quinto, sino al sexto partido. El optimismo se puso en oferta.
En efecto, hubo un instante esquivo en que el Tri pudo separarse de la norma. Del otro lado estaba la gloria, es decir, el abismo, la diferencia, el pecado de sobresalir. “Más vale malo por conocido”, dice el refrán con el que le echamos más agua a los frijoles.
Por desgracia, la selección optó por la tierra firme que significa “lo de siempre”. Uruguay hizo su parte, desde luego, pero México jugó en estado de penitencia, con una penca de nopal en el pecho. Desde 1994 somos un país que pasa a la siguiente ronda y pierde. Reiterar esta actuación promedio fue preferible a correr el riesgo de violentar la tradición e incurrir en la extravagancia de ganar. ¿Será posible escribir El laberinto de la soledad en la cancha?
La selección no lleva el país a cuestas, pero influye en la forma en que lo miramos. No determina al Producto Interno Bruto ni al sabor de los tamales, pero sí afecta en el reflejo que tenemos de nosotros mismos, en el conjunto de anhelos, sentimientos y valores compartidos que llamamos “mexicanidad”.
¿Qué dice de nosotros la reiterada vocación de jugar cuatro partidos cada cuatro años? Sin arriesgar la incomprobable hipótesis de que México renunció voluntariamente al triunfo, podemos decir que se complicó las cosas para ponerse a salvo de la responsabilidad de ganar. La afición que gritaba “¡Sí se puede!” acabó diciendo “¡Niguas!”. ¿Hay modo de entender lo que pasó?
El país donde existe la
palabra chípil
No es por presumir, pero los mexicanos somos delicados. El frío nos perjudica, el calorón nos abruma, la lluvia nos deprime. Cada vez que se produce un cambio climático en una cancha, el locutor de turno opina: “Esto puede perjudicar a la selección mexicana”. Aunque la nieve caiga sobre los dos equipos, la alteración no nos conviene. En todas partes hay tormentas, pero nosotros nos mojamos más.
“Ni lo toques, que es como un jarrito de Tlaquepaque”, este dicho no alude al hipersensible inquilino de un manicomio, sino a la mayoría de nuestros parientes. ¿Hay otro sitio donde la gente se ofenda tanto con los “ojos de pistola” y las “miradas que matan”? Habitamos una de las pocas regiones dotadas de lenguaje donde esta pregunta tiene sentido: “¿Te fijaste cómo se nos quedó viendo?”. La cortesía, la discreción, el deseo de no destacar han sido una manera de evitar la injuria de que alguien nos distinga con su atención.
No es fácil que una nación de 110 millones de personas delicadas se ponga de acuerdo. Y sin embargo, el mundial de Sudáfrica nos llevó al consenso: todos queremos al Chicharito. ¿Todos? Bueno, Javier Aguirre tiene sus dudas.
En el siglo XIX, Johann Gregor Mendel descubrió las leyes de la herencia estudiando chícharos amarillos y verdes. Desde entonces sabemos que los chícharos sirven para medir la tradición. En otras palabras: Javier Hernández es nieto e hijo de futbolistas y se ha convertido en ídolo de la afición. Contra las leyes de Mendel, no fue nuestro titular.
Sobran motivos para respetar la trayectoria del Vasco. Dentro y fuera de la cancha ha mostrado entereza. Su paso por el Pachuca, el Osasuna, la selección de 2002 y el Atlético de Madrid trazan una carrera sin precedentes para un entrenador mexicano. Sin embargo, después del partido contra Uruguay, logró una proeza inaudita: los demás mexicanos nos sentimos sensatos.
La derrota provocó una asombrosa unanimidad. El análisis de ese juego es ya un lugar común compartido por cualquier taxista: Cuauhtémoc no tiene fuelle y convenía que entrara al final, como había hecho en otros partidos, cuando los uruguayos ya estuviesen cansados; el Guille Franco no da una; Guardado fue el mejor del primer tiempo y llamó la atención que no continuara en el segundo. ¿Hay lógica detrás de la excentricidad?
El asunto provocó que la opinión pública se unificara. A tal grado, que incluso hubo un pronunciamiento al respecto en el recinto del folclor donde se problematiza lo obvio y se impide lo urgente: el Congreso de la Unión. El diputado yucateco Éric Rubio Barthel anunció el miércoles 23 que la bancada del PRI desea que Javier Aguirre comparezca en San Lázaro para explicar sus extrañas decisiones. Las razones para que esto ocurra son los cuatro evangelios que ya recita la nación: “¿Por qué alineó en el primer tiempo a Blanco, por qué sacó de la cancha a Guardado, por qué no metió como titular al Chicharito Hernández y por qué no sacó a Franco?”. ¡Hasta con los diputados estamos de acuerdo! Rubio Barthel confirma que el oficio más cuestionado de México (el de infructuoso legislador) sirve para advertir lo que todos los demás ya vieron. “No se preocupen por la reforma del Estado”, parece decir la bancada priísta: “lo nuestro es averiguar si Guardado se lastimó un abductor”. Cuatro malas decisiones se han convertido en clavos para Aguirre. En un giro de picaresca, las oscilaciones del Vasco son cuestionadas por quienes resultan incapaces de llegar a acuerdo alguno.
La selección es de interés nacional tanto como puede serlo una novela de Fernando del Paso. ¿Sería concebible que el Congreso llamara al autor para reclamarle que haya matado a un personaje y haya hecho llorar a otro? Javier Aguirre tiene derecho a actuar en contra del consenso. No fue designado para acatar un sondeo y, mucho menos, para someterse al suplicio de protomártir de oír a los diputados. Sin embargo, sus decisiones profesionales tienen consecuencias colectivas. Deben ser juzgadas por la opinión pública, no sancionadas por la ley. Lo que está en juego es su reputación, no su situación legal.
Queda claro, eso sí, que la mayoría de nosotros no lo entendemos. En vez de pedirle que vaya al sitio donde la oratoria se habla con menos elocuencia que en un vestidor, la Cámara de Diputados, analicémos su rara conducta.
Hagamos un esfuerzo por comprender la perdurabilidad del Guille Franco. Aunque es posible que alguna vez anote, se necesita paciencia benedictina para aguardar ese milagro. No deja de ser un jugador que controla la pelota y la mata de lujo con el pecho. Si los defensas supieran que no va a ningún lado, dejarían de marcarlo. Como ignoran que es un eximio preparador de jugadas sin conclusión, lo siguen a todas partes y se cansan a su lado. Llegamos a una razón para que esté en la cancha: desgasta a los centrales que corren tras él. Obviamente, esto no basta para tenerlo ahí, pues Britney Spears podría hacer lo mismo. Su verdadera aportación es que defiende bien los córners. Esta virtud desnuda un terrible defecto: México es un desastre de marcación en jugadas de táctica fija. Nuestro centro delantero se hace necesario ¡como quinto defensa!
Las otras decisiones son más raras. Ignoramos la lesión que Guardado tuvo en el vestidor o la indisciplina feroz que cometió para que no participara en el segundo tiempo. Nos faltan claves para interpretar las manchas de Rorschach del cuerpo técnico. Aun así, no se puede negar lo obvio. Todos los equipos que aspiran a hacer algo en el Mundial, tienen una alineación básica que sufre ajustes sobre la marcha. Nosotros tenemos ajustes sin alineación básica. Las rotaciones son útiles, siempre y cuando haya una estructura que defina a qué se juega. Por razones insondables, pero tal vez existentes, Guardado no era titular. Lo fue de pronto en el tercer partido. No había jugado lo suficiente con los demás, pero aun así lució. La reacción consistió en prescindir de él para la parte complementaria. ¿Alguien entiende esas vacilaciones?
¿Y qué decir de Giovanni dos Santos? Es el que más clase tiene, pero rinde por rachas. De pronto, parece al margen del partido, como si le estuviera enviando tuits a su hermano Jonathan.
El domingo en que Proceso sale a la calle jugaremos contra Argentina. No hay psicoanálisis lacaniano ni Virgen de Zapopan-Tonantzin-Guadalupe que nos prepare para ese calvario. Fiel a su espíritu reactivo, la selección le echará ganas, correrá con denuedo, achicará la cancha, revelará que por momentos le puede hablar de tú a tú a una nación que prefiere el voseo y demostrará que el esfuerzo no sirve para triunfar, sino para evitar algo peor.
Si disputáramos un partido de dominó, nuestro estratega haría lo posible para que la “sopa” durara eternamente. ¿Para qué solucionar si se puede posponer?
Saramago en el Mundial, Monsiváis ausente
El periodista y editor Raúl Silva me envió un sugerente correo sobre el distinto impacto que dos muertes recientes tuvieron en las selecciones de sus respectivos países.
El lunes 21, Portugal salió a la cancha con un listón de luto en memoria de José Saramago. El gesto fue importante, por más que al autor de Ensayo sobre la ceguera no le gustaba el futbol. Tuve oportunidad de hablar con él del tema en 2002, durante las deliberaciones del Premio Extremadura, cuyo jurado presidió. Soledad Puértolas, Enrique Vila-Matas y yo fracasamos en imponer a un candidato distinto al suyo. Militante curtido en mil asambleas, Saramago quedó contento con su triunfo (esperable, por otra parte, dada su impar jerarquía). Aproveché que estaba de buen humor para hablarle de lo bien que se veían los portugueses al perder en el futbol. El portero Vitor Baía, que pasó por el Barcelona, lucía sumamente estético al ser goleado y las rabietas de Luis Figo y otros carismáticos lusitanos han aportado dolorosa elegancia al juego. Saramago valoró la idea de que su país pudiera convertir la derrota en belleza. Luego comentó que se había formado en un marxismo ortodoxo y no apreciaba el mercadeo ni la sociedad del espectáculo generados por el balompié: “Espero que Portugal siga perdiendo bien”, concluyó.
El novelista que resucitó a Fernando Pessoa repudiaba el futbol, pero la selección de su país le rindió homenaje póstumo. El brazalete negro recordaba a un crítico del no siempre noble oficio de dar patadas. Está visto que nada otorga tanta fuerza como respetar las ideas enemigas: Portugal ganó 7-0.
Como comenta Raúl Silva, hubiera sido significativo que el Tri honrara a Carlos Monsiváis, que no llegaba a detestar el futbol, pero lo encaraba con más perplejidad que gusto.
Ningún equipo puede prescindir de señas de identidad. Por desgracia, falta mucho para que los signos culturales lleguen a nuestra selección.
El carrusel de
las expectativas
Con el final de la primera fase, el campeonato se sitúa en lo que fue en tiempos de mayor justicia y respeto por el juego: una disputa entre las 16 mejores selecciones del mundo. Guiada por intereses comerciales, la FIFA ha inflado el cotejo con equipos que no merecen estar ahí y sólo se notan si fracturan a un jugador.
El arranque del Mundial se vuelve tedioso y conspira contra la ilusión. Algunas selecciones se conforman con recoger las sobras del bufet y otras vuelven a casa con severa depresión. Ghana fue el único país de África que llegó a la siguiente ronda; Estados Unidos tuvo que jugar contra los árbitros y calificó por encima de la acaudalada Inglaterra; Francia sólo dejó de hacer el ridículo cuando se concentró en ser indisciplinada; Alemania sufrió como siempre sufre: ganando al final; España vio minadas sus aspiraciones en el primer juego; por resultados era la favorita para imponer su ley en Sudáfrica, pero el fútbol es una actividad extraña donde los récords recientes nunca superan a lo que hicieron los jugadores de otras épocas, ya convertidos en fantasmas.
Como el cartero, el mundial llama dos veces. En su primera visita entrega propaganda; en la segunda, correo urgente. Hemos pasado a la siguiente fase cuando ya se antojaban unas vacaciones de fútbol. Llega la hora de los mensajes desesperados. De acuerdo con la tradición y las leyes de la herencia, las selecciones tendrán que demostrar de dónde vienen sus chícharos. Mientras tanto, Javier Hernández se preparará para esperar cuatro años.








