La fiesta del futbol mundialista corre en islas llenas de dinamismo, recursos, estrenos, modernidad, éxitos y reflectores, pero un paso más allá Sudáfrica y sus desigualdades se mantienen intactas. En uno de esos rincones no tocados por “la magia” de la FIFA vive Tshepo Tau. Quiere ser futbolista profesional. Estudia en una escuela pública, apenas tiene para zapatos y sueña con grandes jugadas en una cancha sin pasto, polvosa, sin porterías. Por lo pronto, su padre juntó durante meses 18 rands (30 pesos) para comprarle el boleto del juego Sudáfrica-México.
KATLEHONG, SUDÁFRICA.- Tshepo Tau es uno de los alumnos más afortunados de la primaria Abram Hlope. Su padre, quien trabaja por temporadas como obrero, ahorró durante meses para juntar los 18 rands (30 pesos) que pagó por un boleto a fin de que su hijo asistiera a la inauguración del Mundial en el estadio Soccer City.
Desde la última fila de una grada, pegado a una pared, Tshepo vio “de cerca”, por primera vez en sus 13 años, a Teko Modise, el delantero de la selección de Sudáfrica, ídolo de la liga local, a quien admira.
Más allá de haber presenciado en vivo el partido en el que Sudáfrica y México empataron a uno, la fortuna de Tshepo Tau estriba en que, para empezar, tiene padre y madre; y aunque vive en la miseria en una casa hecha de láminas y su baño es una letrina, posee un don que considera divino: sabe jugar muy bien al futbol. Su salida hacia otro destino.
La primaria Abram Hlope está ubicada en el township Katlehong, que pertenece al distrito o municipio de Ekurhuleni en la provincia de Gauteng, a unos 30 minutos de Johannesburgo. La mayor parte de los mil 800 alumnos de esta escuela pública son huérfanos o viven en la indigencia; sus padres murieron víctimas del sida o por tuberculosis, así que viven en orfanatos, bajo la tutela de sus abuelos o, en el peor de los casos, se cuidan entre hermanos.
Katlehong es un township, es decir, un lugar donde durante la era del apartheid el sistema confinó a los negros, en el que los recursos gubernamentales no han alcanzado para pavimentar las calles. Tampoco los patios de las escuelas.
Los niños caminan, corren y juegan futbol sobre tierra rojiza que se torna seca en esta época del año. Sus zapatos negros se tornan cafés por el polvo, su piel oscura se ve blanquecina. Sobre ese árido terreno, sin líneas blancas ni más porterías que dos pares de rocas, Tshepo y sus compañeros hacen sus mejores pases, dominan un balón con pies y cabeza. La tierra menuda que vuela en el aire los cubre como una cortina.
“Aunque no lo creas, ésta es la cancha de futbol, aquí entrenan y juegan algunos partidos y, obvio, si se caen se lastiman. Ellos no saben, y probablemente nunca sabrán, lo que es una cancha empastada. No es justo. Ésta es una escuela pública a la que el gobierno debería dotar de lo mínimo para que los niños practiquen el deporte más popular de la gente de color”, dice Ntombi Ndhlandhla, maestra de matemáticas y ciencias naturales, y también la responsable del programa escolar de futbol.
El presupuesto con el que trabaja el programa de deportes en la escuela asciende a 15 mil rands anuales –24 mil 700 pesos– que invierten sólo en los 45 niños que integran el equipo representativo y en las 30 niñas de la selección de netball, un deporte que se parece al basquetbol.
El dinero sirve para llevarlos a competir con otras escuelas en campos que hay que rentar; también hay que pagar el transporte, el agua y el refrigerio. Los uniformes y zapatos corren por cuenta de los padres. Las camisetas y shorts son del nylon más corriente, que en tiempo de calor los hace sentir dentro de un horno y que con el sudor se vuelven pesados. Los tachones nadie puede pagarlos. El niño que va a un partido con un par, de ninguna marca conocida, es porque algún amigo se los prestó. Es la envidia del resto del equipo que juega con el mismo calzado que usa en la escuela. En sus casas van descalzos, para que los zapatos no se desgasten.
“Queremos ayuda, si alguien puede ayudarnos donando uniformes, zapatos de futbol o lo que sea, de verdad lo necesitamos. Alguno de ellos puede ser en el futuro un jugador de los Bafana Bafana”, demanda la maestra Ndhlandhla.
“Cuando sea grande voy a ser un Bafana Bafana. Ya me estoy preparando para eso”, sentencia Tshepo Tau.
Aunque la escuela Abram Hlope es pública, a los padres o familiares se les pide una colaboración anual de 150 rands (casi 250 pesos) que la mayoría va pagando poco a poco. Si tampoco pueden costear los uniformes, entre los maestros cooperan y aportan el dinero, lo mismo cuando el presupuesto de 15 mil rands se agota.
“Sólo tenemos dos balones y a los dos les falta aire. Los inflamos y con los días se van desinflando, porque ya tienen algunas pequeñas perforaciones, pero no tenemos para comprar más; de todas maneras medio sirven. Cuando salen a jugar los partidos nosotros terminamos pagando casi siempre 40% de los gastos con nuestro dinero. Somos una escuela pública de la que el gobierno y Dios se han olvidado. Sí, el Mundial se está jugando en Sudáfrica, pero aquí mismo hay millones de niños que no tienen ni un balón y ni unos botines para jugar futbol”, lamenta la profesora.
Los maestros de esta escuela ganan alrededor de 4 mil rands mensuales (6 mil 600 pesos) y, aunque es apenas el doble del salario mínimo, están dispuestos a aportar algo para ayudar a los menores.
“Los niños que asisten a esta escuela son privilegiados, porque aunque algunos son huérfanos o sus padres son desempleados, pueden venir a aprender a leer y escribir. Eso en este país es un gran regalo”, dice el profesor Sam Phosa, de inglés y ciencias sociales.
u u u
Es muy común que en las zonas donde habitan los negros, sobre todo los más desamparados, no haya canchas de futbol empastadas ni instalaciones deportivas.
Apenas el pasado 13 de junio los seleccionados franceses se trasladaron a Dam se Bos, un township de Knysna, cerca de Ciudad del Cabo, donde está su hotel de concentración.
Le entregaron a la alcaldesa un donativo de 100 mil euros que servirán para construir canchas de futbol e instalaciones deportivas. El dinero salió de las arcas de la Federación Francesa de Futbol, que recibe subsidio gubernamental; incluso la Secretaria de Estado para el Deporte de ese país Rama Yade, estuvo presente en el acto.
A unos cuantos kilómetros de Katlehong, en otro barrio negro y donde al menos las calles sí están pavimentadas, se encuentra la escuela cristiana privada New Creations Centre.
Los padres de los alumnos hacen esfuerzos por pagar los 600 rands (990 pesos) mensuales que cuesta que sus hijos tengan acceso a una mejor formación académica.
El patio de esta escuela tampoco tiene pavimento. Se repite la historia del futbol sobre una seudocancha dura y seca. Aunque es un colegio privado, sólo cuenta con un baño y en toda la instalación hay una llave de agua corriente donde alumnos y maestros se lavan las manos o beben.
Ninguno de los casi 200 alumnos asistirá a alguno de los 64 partidos del Mundial. Comer y vestir es más importante que el futbol.
“Es imposible pagar hasta los 18 rands que cuesta el boleto más barato que la FIFA puso a la venta para los sudafricanos; su prioridad es comer”, asegura Lelani van Dommelen, profesora de inglés y afrikaans, la única persona blanca en el colegio.
Entre los alumnos de esta escuela que también integran el equipo de futbol se encuentra Sphe, de 11 años. Es huérfano y portador del virus del sida, porque a sus padres los mató esa enfermedad. Ni los maestros ni los compañeros saben de su padecimiento. Si la noticia se esparce, le causaría marginación y desprecio.
Desde que quedó en la orfandad ha vivido bajo los cuidados de Sbongile Abigail Zulu, una mujer de 26 años que formó una asociación civil llamada Hope for Generation y que tiene a su cargo 48 niños, 20 varones y 28 niñas. Algunos son huérfanos y otros son hijos de alcohólicos o de enfermos que no pueden atenderlos.
De esos 48 niños, Sbongile se llevó a seis a vivir a su casa: a Sphe y Portia (de un año), ambos con sida; Augasten, de 14; Bongi, de 11; Nathan, de nueve, y Morris, de seis. Morris también juega futbol. Está contento porque el jueves 10 fue a la escuela vestido con la camiseta de los Bafana Bafana, hubo vuvuzelas y otros niños llevaron bufandas verdes y amarillas y banderas de Sudáfrica, pero no entiende nada del Mundial. Para él, el futbol se reduce a patear un balón en el patio de su escuela.
Sbongile no tiene un trabajo fijo porque en Sudáfrica difícilmente un negro es contratado de tiempo completo. La mayoría de los empleos son temporales, para no crear una relación de trabajo que le dé obligaciones a los patrones.
“A veces encuentro trabajo limpiando casas (de blancos). Por siete horas al día me pagan 70 rands (115 pesos) y si me va mejor, puedo ser recepcionista de medio tiempo por 280 rands a la semana (463 pesos), pero es complicado porque los patrones no quieren contratar de tiempo completo y sólo ofrecen trabajos temporales. De todas maneras tengo que cuidar a los seis niños. A Portia hay que llevarla a la guardería, a los demás a la primaria. Hay que hacerles a Sphe y Portia comida especial, porque por su enfermedad tienen que comer al menos cinco frutas diferentes al día, muchas verduras y sólo carne blanca”, explica.
A través de Hope for Generation, Sbongile busca donaciones, pero como rara vez quienes más tienen abren su cartera para ayudar, cada semana vende hot dogs en un parque. La desesperación la ha orillado a pedir limosna ocasionalmente.
Su novio, con quien vive en una pequeña casita de concreto en Katlehong, donde se amontonan con los seis niños, aporta prácticamente los 800 rands que gana a la semana para alimentar, mandar a la escuela y pagar la atención médica que los niños necesitan.
“Son todos mis hijos porque yo los cuido y me dicen mamá; además, ellos piensan que de verdad lo soy. No saben nada de que sus padres murieron por sida y, tal vez, algún día me atreva a decirles la verdad”, confiesa la joven.
La clínica a la que asisten los residentes del municipio de Ekurhuleni sólo atiende de lunes a jueves, pero no hay doctores, sólo enfermeras. Los únicos padecimientos por los que la gente puede acudir son dolores de cabeza, gripa y tos. La única medicina que ofrecen son aspirinas y algo parecido a un antigripal.
En las calles de Katlehong la mayoría de las casas son de láminas de acero o de cartón. No hay pavimento, apenas las guarniciones y la promesa del gobierno de que algún día dejarán de caminar sobre el polvo. El viento pasea la tierra de un lado a otro. Las rocas evitan que los techos salgan volando.
La miseria no importa. Aquí, igual que en el resto de Sudáfrica, hay vuvuzelas y banderas por doquier, pero no luz eléctrica en todas las casas. Algunos de los habitantes usan baterías de coches para generarla y de esa manera poder ver en televisores viejos los partidos de los Bafana Bafana.
Hay otros que ni a televisor ni a batería llegan, pero tampoco les preocupa. “Quisiera tener dinero para gastármelo en comida. No se me antoja ver televisión y menos el futbol con el estómago vacío”, dice Prince Mongwe, madre de tres pequeñitos.
“Ah, ¿son periodistas?”, pregunta un hombre apostado en una esquina al lado de un puesto de fruta cuando mira al fotógrafo con su cámara al cuello. “Díganle a la FIFA que traiga empleos, no partidos de futbol”, grita.
Un hombre atónito mira el auto de los reporteros alejarse y corre detrás: “A mí denme un dólar. Por favor, no se vayan”.








