“Sonata para un hombre bueno”

Homenaje a Rabe

Después de la toma de Shanghai, en 1937, el ejército imperial japonés, bajo el mando del general Matsui, marchó hacia Nankín, capital de China durante el Kuomintang; la ocupación japonesa, conocida como La masacre o El rapto de Nankín, causó la destrucción de la ciudad y la muerte de más de 200 mil personas. La mayor parte del material documental y fotográfico fue destruido por los militares, pero los diarios de John Rabe, publicados apenas en 1998, dan cuenta clara del suceso.

Adaptada a partir del testimonio de Rabe, Sonata para un hombre bueno (John Rabe; Alemania, 2009) es un verdadero homenaje a este germano, director de Siemens en Nankín al momento de la invasión, que salvó la vida de 200 mil chinos gracias a un sitio de seguridad construido en una zona medular de la ciudad.

Fuera de China, los hechos sobre el sitio de Nankín son relativamente poco conocidos; en parte porque el holocausto ha sido mejor explotado por el cine occidental, en parte porque el gobierno japonés minimiza e incluso niega su participación en el sadismo de las matanzas. La propaganda china se ha encargado de mantener la vigencia del tema; la película de Lu Chuan, La masacre de Nankín, apenas estrenada en Cannes, fue severamente criticada por la censura china porque muestra la resistencia y la compasión de los militares japoneses frente a las matanzas. El error fundamental de unos y de otros, pienso, es la falta de distancia ante el gobierno militar del Japón de antes de la Segunda Guerra Mundial; si decir italiano no es decir fascista, o alemán, nazi, japonés tampoco significa criminal de guerra.

La cosa se complica porque John Rabe (Ulrich Tukur) era miembro activo del partido nazi. El director Florian Gallenberger no se atreve a explorar esta aporía dramática: ¿Cómo un nazi sinónimo de la peor escoria pudo haber sido un hombre bueno y compasivo, rescatando a cientos de miles de chinos, a riesgo de su propia vida? Y esto en contra del ejército japonés, aliado del gobierno nazi. ¿Cómo pudo cubrir masas indiscriminadas de chinos, raza inferior desde la perspectiva de Hitler, con la bandera nazi durante los bombardeos?

Podría aducirse que Rabe, que vivía desde hacía 27 años en China, no tenía mucha idea de la realidad del gobierno del Führer en Berlín, o que ser miembro del partido era la condición para permanecer en Nankín. Pero Gallenberger opta simplemente por la hagiografía; a diferencia de Schindler, con quien se ha comparado desde la publicación de sus diarios, John Rabe aparece como un santo, valiente e inmaculado. 

Los santos de nacimiento, no así los pecadores redimidos, tienden a ser aburridos por falta de conflicto interno; John Rabe se vuelve la excepción gracias a la actuación de Ulrich Tukur, llena de matices, a la ambientación de época y a las secuencias de las matanzas, casi discretas a pesar de la sangre y las competencias interminables de decapitaciones.