El cine para Carlos Monsiváis fue otra de sus pasiones, como sus gatos y la escritura, a decir del narrador y guionista y crítico José de la Colina.
Monsiváis veía todo el cine del planeta que podía, pero sobre todo el mexicano, el cual estudió, defendió, crítico, alabó, luchó por él, lo puso cómo ejemplo en distintos tópicos, fue parte de él al ser extra… Todo el tiempo lo nombró en sus ponencias, conferencias magistrales, charlas con sus amigos y libros.
Nunca se arrepintió de haber pasado toda su infancia viendo tres películas diarias. Así empezó a admirar a El Santo y Mario Moreno Cantinflas. Esos eran sus ídolos populares.
De la Colina asegura que nunca escribió guiones para la pantalla grande, “pero estuvo cerca de la comunidad cinematográfica de muchas maneras”.
Dominaba por completo la época de oro del cine mexicano.
En ese tiempo, donde predominaron las cintas rancheras y melodramas familiares, siguió una etapa de vacas flacas para el séptimo arte del país debido a que Estados Unidos recuperó su producción cinematográfica porque había terminado la Segunda Guerra Mundial y dejó de invertir en el cine de la República Mexicana, como lo específica el historiador de cine Emilio García Riera en el volumen Breve historia del cine mexicano.
Hacia los años cincuenta, se produjeron pocas películas, pero inició una etapa de historias de ficheras, luchadores y westerns. En cambio, el género cómico languidecía.
Si julio Bracho primero y Emilio Indio Fernández después fueron los directores mexicanos más celebrados en los cuarenta, a Roberto Gavaldón le tocó en los cincuenta una nueva procuración del cine de calidad.
Además, comenzó un acercamiento del cine con la literatura. Pero a finales de esa década, la cinematografía nacional se hundía más en la crisis económica.
El nuevo cine
A pesar de todo, ya se asomaba el cine independiente con nuevos directores. Aunque la producción regular de películas descendió más en 1961, a casi la mitad del año anterior, inició el cine a colores, pero creció la aversión a los “churros”.
Ante ese desolador panorama la voz crítica del cine cambió en los sesenta. Desde publicaciones culturales como la Revista de la Universidad y el suplemento México en la cultura del diario Novedades, una nueva crítica ya no se sentía obligada, como casi toda la anterior, a defender al cine mexicano por el simple hecho de serlo; al contrario, planteaba la necesidad urgente de un cambio radical con hincapié en la importancia del director como responsable básico o autor de las cintas.
Algunos de esos críticos fueron Monsiváis, junto con De la Colina, García Riera, Salvador Elizondo (hijo del productor homónimo), Eduardo Lizalde, Jomí García Ascot y Gabriel Ramírez. Ellos formaron, en 1961, el grupo Nuevo Cine con Luis Vicens y varios aspirantes a directores de cine: Rafael Corkidi, José Luis González de León, Salomón Laiter, Paul Leduc, Manuel Michel y Juan Manuel Torres.
El grupo editó una revista también llamada Nuevo Cine que sólo llegó a siete números, pero logró llamar la atención y provocar el encono de los defensores interesados del cine mexicano convencional. Fueron afines al grupo el escritor Carlos Fuentes (quien también hizo crítica de cine), los pintores José Luis Cuevas y Vicente Rojo, el productor Manuel Barbachano Ponce y los realizadores Luis Buñuel y Luis Alcoriza.
De la Colina recuerda que Monsiváis nunca escribió en Nuevo Cine, pero acudía a todas las reuniones de la agrupación.
En los años sesenta, rememora, Monsiváis “estaba muy atento a todo lo nuevo que aparecían del cine estadunidense y del nacional”. Destaca:
“Yo tengo la colección de programas de mano del cineclub de la UNAM, donde Monsiváis realizó una serie de textos extraordinarios sobre varios autores y sobre cine mexicano, y no los he visto reunidos en un libro. Particularmente hizo toda una serie de cine mexicano pero a su manera peculiar de investigar más bien las mitologías de la cinematografía nacional, de charros, cabareteras. Hizo notables trabajos sobre el cine del Indio.”
El escritor subraya que “Monsiváis estaba muy capacitado y tenía mucho talento para hablar de los mitos del cine mexicano”.
En la prensa, Monsiváis declaró varias veces:
“El cine fue para nosotros lo que para otras generaciones fue el rock.”
En 1963 se creó el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la UNAM, y según Armando Casas, actual titular de esa escuela de cine, Monsiváis dio clases allí, como Gabriel García Márquez y José Revueltas y el mismo De la Colina, “porque esta instancia nació tratando de buscarle prestigio con los intelectuales que conocían el cine, pues a la gente de la industria, como Gabriel Figueroa, entre otros, no le gustaba la idea de que hubiera una academia de cine”.
Monsiváis fue invitado en los sesenta como maestro al CUEC y por más de 10 años dirigió el programa El cine y la crítica en Radio UNAM.
El realizador Casas destaca que ha sido el escritor principal sobre actores importantes a nivel popular:
“Es notable la biografía en torno a Pedro Infante que publicó en 2008 (Pedro Infante: Las leyes del querer). Fue un gran conocedor en la época de oro, en particular su vertiente más popular, sabía perfectamente el nombre de los extras y actores secundarios. El año pasado comentó en la UNAM sus diez secuencias favoritas del cine mexicano y eso fue fantástico.”
Recalca:
“Ha sido uno de los más importantes críticos que hemos tenido respecto a lo que significa lo popular en el cine.”
Sus libros
Entre sus publicaciones, Monsiváis le dio un amplio espacio al cine nacional. Hizo el volumen de lujo Rostros del cine mexicano (1999), coeditado por Américo Arte Editores y el Conaculta. Aquí se observan fotografías de gran formato de las estrellas del cine de todos los tiempos, y los ensayos de Monsiváis tratan sobre el papel de los rostros en la cinematografía nacional.
Otra obra es El crimen en el cine (1977), con ensayos y crónicas sobre el género negro en la pantalla grande.
Es muy conocido su Recetario del cine mexicano (1996), de editorial Saber Ver y Diez segundos del cine nacional (1996).
Como extra
Sin ser actor, Monsiváis fue extra desde los años sesenta. En el mediometraje Un alma pura (1964), de Juan Ibáñez, basado en un guión de Carlos Fuentes, sobre el amor prohibido entre dos hermanos, aparece a cuadro brevemente.
En Tajimara (1964), de Juan José Gurrola, sobre un cuento de Juan García Ponce, fue invitado a una fiesta que se efectúa dentro de la trama.
En En este pueblo no hay ladrones (1965), ópera prima de Alberto Isaac, basado en una historia de quien sería Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, también aparece muy poco.
Nuevamente Ibáñez lo llamó para interpretar a un Santaclós borracho en Los caifanes (1966).
Igualmente, Isaac lo convocó en Las visitaciones del diablo (1967). Felipe Cazals hizo lo propio para Emiliano Zapata (1970).
En los ochenta, aceptó la invitación de Rosa Gloria Chagoyán para participar en la taquillera La guerrera vengadora 2. La llamada Lola La Trailera platica a este semanario:
“Él quería estar en medio de una filmación, sentir el ambiente de cuando se está rodando. Como era amigo nuestro, lo llamamos y nos hizo el gran honor de estar con nosotros, y nunca se me va a olvidar cuando él decía: ‘boccato di cardenale’. Adaptamos esa parte para él.
“Sólo apareció en una secuencia. Era un lugar en donde estábamos buscando a un mafioso, era una investigación, y él nos ayuda.”
Monsiváis se interpretó a sí mismo en la ópera prima de Armando Casas Un mundo raro. Éste recuerda:
“Cuando escribíamos el guión pensábamos que había un momento donde el conductor de televisión, el personaje de la cinta, tenía que tener una personalidad limitada en donde se evidenciara, como pasa con algunos conductores, que no tienen mucho conocimiento de quiénes son sus invitados. Pensamos desde el guión en Monsiváis porque representaba al intelectual más popular que ha tenido México y más reconocido. Quería que ese conductor lo entrevistara.
“Cuando era un hecho que la película se iba a firmar, lo busqué a través del caricaturista José Hernández, muy amigo de los dos. Afortunadamente acepó. Tenía el temor de que no acudiera porque ya teníamos todo el rodaje listo y en esos años lo invitaban mucho a todos lados y aceptaba ir, y luego en el momento decía que no podía. Le pusimos el auto y toda la gente y hasta el último momento temía que dijera ‘ya no voy’, pero tuve suerte, tomó el proyecto muy en serio y acudió.
“El guión especificaba la idea, pero permitía que él propusiera la línea conductora, es decir, que él mismo dijera cómo podíamos trabajar el asunto. Entonces, los textos de su intervención son totalmente de él. Se efectuaron tres tomas. El conductor de televisión lo entrevista mal y él responde con ironía.”
Además, el cineasta narra que en el maquillaje de la producción, lo peinaron mucho “y no era así, pero lo pensé mejor y lo dejé porque eso es lo que hubieran hecho los de la televisora, y salió muy peinadito”.
En Acosada (2002), de Marcela Fernández Violante, fue su última actuación como extra. Interpretó a un comentarista televisivo. La directora conversa que lo conocía desde años antes y nunca perdió el contacto con él, gracias a la cineasta Matilde Landeta:
“Lo invité y se rehusó determinantemente a que le pagara su intervención. Me decía: ‘Cómo crees, cómo crees…’ La protagonista de la película, Ana Conchero, lo ve por la pantalla chica hablar sobre la corrupción. Trabajamos en su casa. Allí creamos como un estudio de televisión.”
Redondea:
“Para mí fue un orgullo que quisiera aparecer en un largometraje tan modesto.” l








