Su mamá, “educadora de tiempo completo”: Poniatowska

Elena Poniatowska y Carlos Monsiv

La joven escritora Elena Poniatowska conoció antes a la mamá de Carlos Monsiváis que a él. Doña Esther llevaba y cobraba los artículos que el escritor, joven también, entregaba a diarios y revistas.

“Era una maravilla, organizadísima”, cuenta Poniatowska en la sala de su casa, para agregar:

“También decían que su mamá se los escribía. Así hacíamos el chiste de que era su mamá…”

La llegada de su hijo Felipe da un giro a la conversación cuando encuentra una caja de chocolates y los reparte. Está presente además Marisol González Tolentino, quien ha solicitado a la escritora permiso para reproducir en Contraseña, revista de la delegación de Coyoacán, la carta que leyó en el homenaje a Monsiváis. El videoasta entra con dos compañeros de trabajo, viene de Puebla a saludar a Elena, debe regresarse inmediatamente. La escritora le pregunta si recuerda de niño cómo era Monsiváis, y Felipe Haro señala que le llamaba mucho la atención sus lentes grandotes. Cuando se le interroga sobre su trabajo, remite a You-Tube, donde está su video de animación El burro que metió la pata, un cuento de Poniatowska de los setenta, narrado por ella misma.

Regresa la autora de La noche de Tlatelolco:

“Nuestra amistad era áurica. Él era como el confesor, y era a su gusto de él, cuando él quería… él decidía. Los gatos eran como sus secretarios, sus asistentes, pero fíjate que su mamá no hubiera permitido tanto gato.

“Doña Esther le iba a cobrar a Era o a algún otro lugar, o llevaba sus manuscritos y nos veíamos ahí y nos hicimos amigas. Era una campeona de natación, era todo lo deportista que no era Monsi, que huía del agua como los gatos. Era una pedagoga maravillosa y educadora de tiempo completo, porque ella hizo que su hijo leyera. Además Monsi se sabía la Biblia de memoria, porque doña Esther le decía ‘a que no te aprendes otro, a que no te aprendes otro’, y se sabía todo de memoria, todo López Velarde, ‘El brindis del bohemio’, todo, y canciones enteras. Una vez que veníamos de Veracruz todo el camino completo se vino cantando, nos venimos cantando, y él cantaba muy bien.”

–Y usted se hizo amiga de su mamá y al mismo tiempo de él.

–Sí claro, de los dos, pero fíjate que su mamá me decía: “No me cuenta nada, regresa de una conferencia y no me cuenta nada”, y yo le contaba que de tal persona había dicho que era inteligentísima y que había dicho tal o cual chiste, le hacía la crónica de los acontecimientos de la vida de su hijo, bueno, y yo creo que a ella eso le gustaba. Me conmovía mucho que si yo iba a Bellas Artes y daba él una conferencia ahí la veía sentada yo. Iba a las conferencias mías y a las de Carlos, aunque a Carlos no le gustaba mucho que fuera… él era como muy secreto, y cuando acababa de estar, acababa de estar. De repente estaba comiendo con alguien y se paraba y lo dejaba con la palabra en la boca. Es muy bonito ese dicho de “acabé de estar”. Carlos era extremadamente libre, eso refleja mucho su carácter, pero también era de una bondad infinita porque en sus dedicatorias a la gente, lo más largas posibles, no sabes con qué cuidado se las hacía, tenía mucho respeto por su público, sabía tratar muy bien a la gente que se le acercaba, escuchaba con enorme atención.

–Eran los sesenta. ¿Guarda alguna primera impresión sobre él?

–Recuerdo a un muchacho de pelo negro, muy ingenioso, muy inteligente, y a José Emilio Pacheco, alto, flaco, guapo. Y andaban juntos, andaban mucho por la avenida Juárez, por la zona de los periódicos. Octavio Paz estaba en la Secretaría de Relaciones Exteriores frente al “Caballito”, pero el “Caballito” de a deveras, e iban a ver a Paz. Y luego entraron al suplemento de Benítez. Y Benítez siempre decía: “Los que antes fueron mis discípulos ahora son mis maestros”.

–Sergio Pitol apareció en esos tiempos, ¿ya lo conocía?

–Yo conocí a Pitol pero en Polonia, en Varsovia, pero él venía casi cada año de vacaciones a México y siempre decía que le era muy difícil volver a entender el mundo cultural de México, porque cuando el año anterior todos eran muy cuates, al siguiente todos se había peleado. Pero eso sí, siempre fueron unos amigos entrañables y terribles Luis Prieto, Carlos y Pitol, ahí José Emilio ya no iba, hacían barbaridad y media en las fiestas, se reían, eran cómplices.

“Pero él era muy notable porque sacaba conclusiones buenísimas. Él es un gran pensador, en cierta manera es un filósofo, siempre están diciendo “el cronista”, pero es mucho más, no es que anotara lo que estaba sucediendo, es que sacaba conclusiones a futuro de lo que estaba sucediendo, y conclusiones bien profundas, y analizaba a México. Leer a Monsi no es muy fácil, tienes que pensar, pero también lo que dice se te queda grabado como un estilete.

“Sería bueno dejar de decir que es cronista, creaba, era un creador de primera. Tenía ideas muy, muy profundas, Paz lo consideró un interlocutor verdadero, quiso polemizar con Monsiváis, consideró que de todos el que estaba a su altura era Monsiváis. Además decía que había un ‘estilo Monsiváis’ y le festejaba cualquier cosa que él decía, y Monsi tenía una enorme admiración por Paz, y también por José Emilio…”

Sonríe:

“… y por sí mismo.”

La última vez que lo vio fue en el hospital.

–¿Ya no pudo hablar con él?

–Yo hablé mucho, fui la única que habló. Le dije que le echara ganas, que su mamá se enojaría si no salía adelante, que iba a salir adelante, hablé tanto que yo creo que estaba molestando hasta a los otros enfermos.

“Pero ahorita vas a ver que van a salir muchas cosas de Monsiváis, muchos libros. Va a florecer Monsiváis.”  l