Amigo de Carlos Monsiváis desde 1964 en la Facultad de Filosofía y Letras, el director de Grijalbo, Ariel Rosales, extrae de uno de sus “diarios de edición” estas frases:
“Anoche me envió, Carlos, 200 cuartillas del Apocalipstick, previa advertencia: le faltan no sé qué… no oí bien, y ya le hablaré mañana confesándole mi ignorancia, que ya conoce muy bien, y no tengo problema…
“Pero el caso es que lo tenía programado, y tengo que editarlo y acabarlo, así que este fin de semana me pongo a leer, y empieza genial, hay una clara voluntad literaria como no la había visto en Carlos.”
Editor desde hace 35 años, nunca se propuso editar libro alguno de sus amigos, “entre otras cosas porque yo no tengo amigos”, señala riendo.
Sin embargo, aclara –luego de expresar que “Carlos influía en todos y por supuesto en mí, todo lo que soy se lo debo a él, yo fui editor por él, él me encarriló”–, cómo llegó a publicar el último de sus libros:
“Yo le presenté a Monsiváis a Cristobal Pera, director de Random House Mondadori, y él llegó aquí hace pocos años con la consigna de publicarlo. Yo soy editor muy comercial porque en México es muy difícil vender filosofía y literatura, y no quiero compromisos personales. Así que habiendo sido amigo de Monsi, no hice nada por ser su editor. Teníamos como un pacto secreto de no trabajar juntos. Trabajé con él en La Cultura en México, hacía reseñas y un día me pidió una columna de rock. Cuando se abre La respuesta está en el aire en Radio Universidad, me lleva a mí y a mi mujer, Patricia (Olvera). También en la Revista de la Universidad. Pero nunca como editor. Cuando José María Pérez Gay dice que él quiere ser el líder del sindicato de telefonistas de Monsiváis, yo soy de ese sindicato. Además, Carlos no era previsible. Así que vino Cristóbal y era lo que yo necesitaba: cierta presión y que no se pensara que yo manipulaba la amistad publicándole a Carlos.”
A mediados de 2008 Monsiváis le habla a Rosales y le dice:
“Quiero publicar un nuevo libro, pero sólo tengo una palabra: Apocalipstick.”
Ahora rememora: “Carlos siempre necesitaba, no sé si un editor, pero sí un interlocutor”.
Y enseña sus libretas personales de editor, para narrar la experiencia. De una de ellas extrae una cita del libro El secreto de la fama, de Gabriel Zaíd:
“Hay que jerarquizar los intereses que deben prevalecer en la edición. En primer lugar, los del lector. Luego los del autor. (…) Pero en casos de conflicto, debe prevalecer el interés del lector.”
Dice Ariel:
“Yo sólo he aspirado en mi vida a ser lector. Por tanto, para la edición con Carlos lo que me importaba era leerlo.”
Y vuelve a Zaíd:
“Para la mayoría, la importancia de tratar a los autores es tratarlos, no leerlos.”
Y vuelve Ariel:
“Yo tengo una variante: ‘El mejor homenaje que se puede hacer a un autor, el último y verdaderamente válido, es leerlo’. Porque mis puntos en común con Monsi son dos: leerlo y reírnos.”
Se refiere a un artículo de José Blanco tras la muerte de Monsiváis, donde señala que el vínculo más fuerte entre la gente cercana a Carlos se daba a través del humor y la risa, y que Monsiváis “era el señor y el dueño de la risa de los demás”.
Con Apocalipstick, cuenta Ariel, cantábamos por teléfono leyendo. Por ejemplo, aquella antigua canción publicitaria de la radio:
Me lo llevo por bonito,
Me lo llevo por barato,
Y le digo a mis amigas
Dónde deben de comprar,
Porcelana y cristal
En el Nueve de Uruguay,
A diecinueve pasos
De San Juan de Letrán.
“Esa es la labor del editor –menciona–. Yo lo retroalimentaba y él trabajaba y trabajaba. Hubo siete versiones de Apocalipstick. De las 200 páginas rehizo 60… y luego otra vez. Y con 12 propuestas de portada, todas rechazadas por Monsiváis mismo.”
En las libretas Rosales consigna que Monsiváis llega a Apocalipstick “en su máxima expresión a la literatura, que parte de la crónica pero que ya es otra cosa. Ésta es reflexión, y a través de la reflexión es literatura”.
Otra nota de Rosales en su diario:
“Gracias Monsiváis, porque hasta esta página 114 que he leído del archivo Word, no has utilizado la palabra chilango.”
El comentario de Monsiváis cuando el editor le leyó la nota:
“No la usaré. Es malísima y peor aún al volverse cabeza de revista; perdió lo poco que podría haber tenido de vocablo urbano significante. Sólo la podré enfocar si cabe su exégesis en alguno de mis textos.”
Ahora resume Ariel:
“Estamos frente a un fenómeno polisémico, con Monsiváis dueño de todos sus recursos. Se ha dicho que ya era muy difícil leerlo, muy barroco, esas son tonterías. El estilo polisémico es una prosa donde cada una de las líneas enriquecen su sentido.”
Y menciona a Gilles Delleuze, y al rizoma, la raíz:
“Constantemente en este pensamiento crítico se están multiplicando las raíces. Delleuze le llama: Magma reflexiva.”
Apocalipstick, dice, va más allá: crónica-ensayo, reflexión. Y encuentra analogías históricas, en fin, un trabajo para los estudiosos de la literatura:
“La finalidad no es buscar la verdad sino moverse constantemente en el magma reflexivo. Apocalipstick tiene muchas formas de lectura. Ya lo había experimentado en el Catecismo para indios remisos, pero aquí está al máximo. Las palabras se meten a una estructura donde cabe todo.”
Hubo un momento de crisis en la relación autor-editor: Y es que presionado por la editorial, Rosales lo apresuró para la entrega final, y Monsiváis le dio a entender que él lo había metido a esto. Rosales le dijo:
“Mañana mismo paro todo en la editorial y se acabó. Lo que importa es que tú te sientas bien. Se pospone o lo que sea, pero no se trata para nada de que tú estés mal.”
Ahí se superó todo. Y con el resultado Monsiváis estuvo muy contento, relata Rosales. El libro se presentó el 8 de marzo. El editor, luego, “ya en el cotorreo”, le dijo al autor, su amigo de toda la vida:
“Dame otro título. Que se te ocurra otra palabreja y te vuelvo a chingar otro libro.”
Y ahí, confiesa, “como que ya me pensó seriamente como editor”. l








