Forlán superestrella

Forlán superestrella

Futbolista uruguayo políglota, con bachillerato, de familia rica, sin tatuajes, antítesis del ídolo, tiene vuelta loca a la afición de su país. Ya hasta le compusieron una canción. Tímido ante el micrófono, en la cancha se convierte en líder. Diego Forlán fue declarado el mejor jugador del Mundial de Sudáfrica 2010. Él simplemente dijo: “El premio me tomó por sorpresa”.

 

MONTEVIDEO.- El periodista colombiano Adolfo Zableh, enviado al Mundial de Sudáfrica, dijo que en este torneo Diego Forlán fue el único futbolista “con el prototipo de superhéroe”, por ser capaz de ponerse el equipo al hombro y llevarlo a la victoria. 

Los músicos uruguayos Fabián Acosta –líder de la banda Max Capote– y Sebastián Casafúa –exlíder de Psimio– habían prometido que si Forlán se consagraba mejor jugador del Mundial le harían una canción. Y la hicieron.

Con la música de un manga japonés, Mazinger Z, y con el modelo de otro, Supercampeones, Acosta y Casafúa entraron al estudio y grabaron “Forlán (Balón de Oro)”. Se dieron en llamar The Golden Vuvuzelas y en clave anime realizaron el video de un futbolista superhéroe con la melena al viento, un 10 en el pecho y zancadas veloces, como si estuviera volando.

Lo de Zableh y The Golden Vuvuzelas no es una exageración.

Por estos días, Diego Forlán es lo más parecido a un personaje de historieta de superhéroes. Sin uniforme es tímido e introvertido, se pone colorado cuando lo elogian y hasta exaspera escucharlo tan modesto y comedido en sus declaraciones. Tras obtener su Balón de Oro como mejor jugador del Mundial dijo que no se lo imaginaba y “se lo debo a mis compañeros”.

Fuera de la cancha tiene un bajo perfil, de esos que tan poco rinden a los periodistas: nunca una acusación ni un reclamo. Quizá eso tenga explicación en su identidad. Este Diego es uruguayo.

Con el short y una camiseta de futbol se transforma: grita, manda, lleva su brazalete de capitán como si le diera poderes, es el salvador de toda una sociedad y además se gana el corazón de las mujeres mostrando su cuerpo trabajado cada vez que mete un gol. Mientras otros levantan su camiseta para enseñar dedicatorias a mami, Forlán exhibe sus abdominales. 

En el país donde al gran referente de 1950 le decían El Negro Jefe (Obdulio Varela, capitán de la selección uruguaya que ganó el Mundial de Brasil en 1950 venciendo al anfitrión en el famoso maracanazo) y éste le hacía honor a esa entelequia llamada “garra charrúa”, nació un nuevo ídolo: políglota, educadito y sin tatuajes. Aquél nunca se rendía y tenía actitud retadora, éste dribla y anota goles. Para ahuyentar sospechas malintencionadas, Diego Forlán tituló su autobiografía U-ru-gua-yo.

 

El niño acomodado

 

Forlán no es un futbolista normal. Para empezar no es el típico niño que no era dado a los estudios, que en la casa no tenía qué comer y sólo quería jugar a la pelota. Diego creció en el barrio residencial montevideano de Carrasco y vivió en una casa de tres plantas con amplio jardín, junto a sus padres, sus hermanos, tíos, primos y abuela materna; todos en el mismo gran caserón.

La familia como institución, aun consagrado, sigue siendo el gran apoyo emocional de Diego. Una delegación de 15 personas entre padre, madre, las dos hermanas y el hermano, un cuñado, una cuñada, los dos sobrinos y amigos lo siguieron durante 40 días por su periplo sudafricano. 

Recorrieron seis ciudades, 10 hoteles, hicieron nueve viajes en avión, 800 kilómetros por tierra entre Ciudad del Cabo y Puerto Elizabeth y asistieron a siete partidos de Uruguay hasta llegar al cuarto puesto.

Inclusive su novia, la argentina Zaira Nara, conductora de televisión y participante de Bailando por un sueño se dio una escapada para verlo jugar. Apoyo, entonces, nunca le faltó. 

Hasta los siete años, Diego fue al Liceo Francés, escuela privada, con su prima Luli; a esa edad sus padres lo cambiaron al Erwy School, que quedaba a dos cuadras de su casa y donde ya iban sus hermanos. Gracias a su profesora Miss Ethel comenzó a hablar fluido en inglés y, por si hiciera falta, su madre le contrató una maestra particular para los veranos.

En la liga local uruguaya es muy difícil encontrar un futbolista que haya comenzado los estudios secundarios. Diego, además de haber culminado el bachillerato, estudió 12 años de inglés, cinco de italiano, tres de portugués y otros tres de francés.

De chico jugaba futbol con pelotas de trapo en los recreos, pero practicaba tenis fuera de la escuela. El niño Diego tenía muy buenas condiciones con la raqueta. Su padre le decía que si quería llegar a ser un buen futbolista tenía que jugar tenis: le daría la capacidad de reacción necesaria para el césped, lo obligaría a estar concentrado todo el tiempo y adquiriría gran rapidez de piernas.

A los 10 años le escribió una cartita a su madre contándole qué cosas lo harían, algún día, un gran jugador de futbol. Siempre obediente y bien educado, garabateó: “Dedicación, sacrificio, control de la pelota, remate con las dos piernas y mucho trabajo”. 

Pero un par de años después había perdido motivación por el futbol. Por esos días su entrenador de tenis, Fernando Revetria, le dijo: “Diego, sos un buen jugador. Es cuestión de trabajar y podrás jugar a gran nivel. Si te lo planteás y luchás, podrías llegar a la élite”.

Empezó a practicar con más esfuerzo, disputó torneos importantes en Uruguay y llegó al top 3 de su categoría, hasta que perdió un partido en el tie break del tercer set. Una semana después comenzaban los exámenes y suspendió el futbol y el tenis.

Cuando volvió al Carrasco Lawn Tennis, Revetria ya no estaba; había un nuevo entrenador. Empezó con el peloteo y a la primera que falló, tiró la raqueta al suelo. “Acá no se tira la raqueta. Si fallás una bola, intentá hacerlo mejor en la próxima”, lo regañó el nuevo profesor. Diego, malhumorado, decidió dejar el tenis.

Veinte años después, y unas semanas antes de partir a Sudáfrica, su madre abrió un cajón y le mostró a Diego aquella carta que él le había escrito con el decálogo para ser un gran futbolista.

Había tomado el consejo de su técnico Revetria, pero aplicado al futbol. Trabajó y luchó hasta que llegó a la élite: fue dos veces Bota de Oro de Europa (25 goles en 2005 con el Villarreal, 32 en 33 partidos de 2009 con el Atlético de Madrid) y dos veces Pichichi de la liga española en esas temporadas. Fue uno de los goleadores del último Mundial con cinco tantos y lo consagraron como el mejor futbolista de Sudáfrica 2010 luego de una votación en la que participaron 11 mil periodistas especializados de todo el mundo. 

Aquel jovencito que era promesa del tenis eclipsó a Messi, Kaká, Cristiano Ronaldo, Rooney, Ribery y Drogbá. 

 

Le viene de familia

 

Diego es nieto de Nino Corazzo, exfutbolista y técnico de la selección uruguaya en 1962, e hijo de Pablo Forlán, gloria del Peñarol y de la selección. Pablo Forlán ganó cinco campeonatos uruguayos, la Copa Libertadores y la Intercontinental de 1966 con Peñarol. Tres veces ganó el Campeonato Paulista con el Sao Paulo en los setenta. Jugó los mundiales de 1966 y 1970 y fue miembro del cuerpo técnico de la selección uruguaya en 1974.

Pablo tuvo un hijo al que también llamó Pablo y fue defensa como él. Por eso cuando Diego empezó a cambiar la pelota de tenis por la de futbol su padre le aconsejó: “Tenés que ser delantero porque son lo que definen los partidos, ganan dinero por ellos y se llevan los aplausos. Y tenés que pegarle bien con la derecha y con la izquierda, indistintamente”.

Para convencerlo lo llevaba a un frontón del barrio para que el niño pasara horas pegándole con derecha y con izquierda, con derecha y con izquierda. “El frontón no miente: si se la das bien, te la devuelve bien”, insistía el papá.

El chico siguió combinando los estudios con la pelota, siempre cobijado por la familia. Cuando tenía 12 años se despertó una mañana con una noticia que cambió la vida de los Forlán: su hermana Alejandra, entonces de 17, sufrió un accidente automovilístico. Quedó paralítica y desde entonces se mueve en silla de ruedas.

Cuando tenía 18 años, Diego decidió salir del ala paterna y emigrar a Argentina, luego de no tener suerte en las categorías inferiores de Peñarol y Danubio. “En ese momento veía que no tenía posibilidades en mi país”, dijo. Por intermedio de un amigo de su padre, Omar Pastoriza, llegó a la cuarta división con el Independiente. Nueve meses después, de la mano de César El Flaco Menotti debutó en primera división.

Antes de su debut, en la primera división de Argentina, Diego estaba triste y solo en la pensión para juveniles. Llegado el fin de semana fue a tomar el autobús para visitar a sus padres en Montevideo cuando se cruzó con el dirigente del equipo, Jorge Rodríguez. Éste lo vio cabizbajo y le preguntó qué le pasaba, Diego le dijo que se quería ir y Rodríguez le advirtió: “No te lo voy a permitir. Estás en un gran club, te queremos, hacés goles con una facilidad tremenda. Pensalo bien. Quizás hoy sea el primer día de tu futura vida. Volvé a Uruguay con tu familia: descansá, disfrutá y reflexioná. Tu abuelo jugó con esta camiseta, no lo olvides”.

En cuarta división fue el goleador del Torneo Apertura argentino de 1998 y a la temporada siguiente estaba en la reserva. Según su padre, que tiene contabilizado y memorizado cada gol, para entonces llevaba 300 en su corta carrera. “Este yorugua pinta para goleador”, le comentaba Menotti a los periodistas en los entrenamientos. Con 19 años debutó el 25 de octubre de 1998 contra Argentinos Juniors. Entró en el segundo tiempo y al otro día el diario Olé lo criticó: “Al pibe le salieron pocas bien”.

A medida que fue sumando minutos ganaba confianza. De 1999 a principios de 2002 anotó 40 goles en el futbol argentino. Disputó el Mundial Sub 20 de Nigeria con su selección y allá conoció al portugués Simao, hoy su gran amigo. 

A finales de 2001, Uruguay consiguió un angustioso último pasaje al Mundial de Corea y Japón del año siguiente, luego de jugar un repechaje ante Australia. Forlán siguió las alternativas de la clasificación por televisión, mientras intentaba desoír los rumores de un pase al poderoso Manchester United, el equipo que él siempre elegía en el play-station porque conseguía proezas sobre el minuto 90, o en tiempos extra.

Hasta que lo llamó sir Alex Ferguson, el entrenador del Manchester, y le preguntó si tenía ganas de ir a jugar con ellos. Con 21 años se codeó con Beckham, Van Nistelrooy y Roy Keane. Metió goles importantes pero jugó escasos minutos. En dos temporadas y media ganó una Premier League, una Community Shield y una FA Cup (los tres principales torneos del futbol inglés). 

Jugó con la camiseta número 32 en el Manchester y con la 21 el Mundial asiático de 2002 con la selección charrúa. Elegía los números altos para zafarse de los comunes y clásicos. Para ser, también así, distinto. 

Luego pasó a España.

En el Villarreal le hizo un homenaje a su hermano usando el número 5, el que Pablo usaba en el torneo uruguayo. ¡Un goleador con el 5! Con ese número consiguió su primera Bota de Oro.

Para coronarse campeón de la Europa League con el Atlético de Madrid escogió el 7. A decir del extinto escritor uruguayo Mario Benedetti, los números impares son “finitos y estilizados” mientras que los pares y los que terminan en 0 remiten a una imagen de “gorditos y rechonchos”. Pero un día Diego sucumbió a la magia del número que inmortalizaron Pelé y Maradona y se recibió de crack en Sudáfrica con el número rechoncho. 

Supo domesticar a la maldita jabulani con su pegada ambidiestra conseguida tras su maestría en frontón: contra Holanda anotó con un remate de zurda de 30 metros y con la bola a 88 kilómetros por hora; contra Sudáfrica lo hizo en idénticas condiciones, pero con la pierna derecha. 

Con 31 años, 335 mil seguidores en Twitter y las ganas de jugar su tercer Mundial en Brasil, Forlán vuelve a Montevideo y hace que los diarios se rindan a la tentación autorreferencial: su Balón de Oro acaparó las portadas y relegó a España a un segundo titular.

Ante una ovación de medio millón de uruguayos que acompañó la caravana hasta el estrado frente al Palacio Legislativo, el pasado día 13 Sebastián El Loco Abreu le pidió que dijera unas palabras. Sonrojado, Diego Forlán habló. “Quiero darle un mensaje a la gente: trabajando con humildad y respeto, haciendo las cosas bien, se puede llegar bastante lejos. Nosotros estuvimos a un paso de la final del mundo. El premio me tomó por sorpresa. Lo conseguí gracias al gran grupo humano y al cuerpo técnico, producto del trabajo serio y laborioso de cuatro años”.

“Los niños deben comprender –dijo el también embajador de la UNICEF desde 2005– que en Uruguay, pese a que somos un pequeño país con 3 millones de habitantes, contamos con abogados, doctores, empleados y empresarios al más alto nivel. También pasa en el futbol. Tenemos que creer en nosotros.”

Está claro: dentro y fuera de la cancha este futbolista rara avis acierta más que el pulpo Paul. l