La ofensiva comercial que China ha desplegado hacia Kazajstán tiene un doble objetivo: saturar la región con sus productos para mantener altas sus cifras de empleo e impedir que esta exrepública soviética desarrolle una planta productiva propia, lo que la obliga a comprar productos manufacturados. Es la historia que se repite: los países poderosos e industrializados ponen las reglas del juego y venden baratijas a cambio de materias primas, en este caso petróleo y gas.
ALMATY, KAZAJSTÁN.- Decenas de personas se arremolinan en el puesto fronterizo que separa China de Kazajstán, en la localidad de Horgos, ubicada en el extremo noroccidental de la provincia china de Xinjiang. Cargan enormes bultos y cajas con toda clase de mercancías: desde textiles hasta calzado, así como productos electrónicos y electrodomésticos que venderán en Kazajstán al doble del precio que pagaron en China.
Todos los días, miles de comerciantes kazajos cruzan la frontera para comprar diversos productos en el gigante asiático. En promedio, cada uno desembolsa 10 mil dólares y esta es sólo la punta del iceberg de un fenómeno mucho más trascendente: la apertura de una nueva ruta de la seda.
China se ha lanzado a la conquista de Asia Central. Los lazos energéticos entre un país de mil 300 millones de habitantes sediento de energía y una de las zonas del mundo con mayores reservas de petróleo y gas del mundo son evidentes desde hace años. Sin embargo, Beijing ha lanzado en paralelo una ofensiva comercial para colocar en el corredor euroasiático mercancías baratas para seguir alimentando los puestos de trabajo en la fábrica del mundo. Esta nueva ruta de la seda se articula sobre la base del intercambio de materias primas centroasiáticas por productos manufacturados.
Prueba de ello son los centenares de camiones que, cargados con todo tipo de mercadería, esperan en la frontera de Horgos durante horas o días para pasar a Kazajstán y de ahí al resto de Asia Central. Los productos se colocan en grandes mercados de la región desde Dordoi o Bishkek a Baraholka o Almaty, convertidos en arietes de la nueva ruta comercial que China pretende reabrir a cualquier costo.
En Almaty, capital económica de Kazajstán, el mercado Baraholka brinda todo un espectáculo: comerciantes iraníes, kazajos, rusos, uigures, turcos o chinos compiten con sus mercancías a lo largo y ancho de un área donde se despliegan 60 mil contenedores de barco transformados en puntos de venta.
Uno de los responsables de esta zona, Atabaev Timur, comenta al corresponsal que unas 33 mil toneladas de productos, casi todos chinos, entran a diario en el mercado. Sus precios duplican o triplican a los que pueden encontrarse en China, lo cual beneficia a muchos comerciantes centroasiáticos.
Para apuntalar su estrategia, el gigante asiático ha optado por construir autopistas hasta el límite de sus fronteras con Asia Central y desarrollar infraestructuras ferroviarias que, eventualmente, permitirán que sus productos lleguen incluso a los mercados europeos. El ingeniero y consejero chino Wang Mengshu dice que estas acciones forman parte de la “diplomacia del ferrocarril”.
Y detalla: “En los próximos años, China construirá miles de kilómetros de vías férreas en países que comparten frontera con China. Muchos de éstos son pobres y no pueden pagar, pero nos retribuirán con recursos naturales. Eso es lo que yo llamo la diplomacia de la alta velocidad ferroviaria”.
“Milagros” económicos
Kashgar, ciudad de raigambre musulmana situada al oeste de Xinjiang que fue uno de los epicentros de la ruta comercial que unió el Imperio del Centro con Europa, fue catalogada el 21 de mayo pasado como Zona Económica Especial. El objetivo: que se beneficie de un trato fiscal y de inversión preferenciales.
Se trata de la misma estrategia que utilizó Beijing hace tres décadas para desarrollar Shenzhen, ciudad que era un pueblo de pescadores y ahora es la ciudad china con mayor PIB per cápita (13 mil 590 dólares en 2009, según cifras del gobierno provincial publicadas el 3 de mayo de 2010) y que capitalizó el llamado milagro chino. Una vez desarrollado el sur y el este del país, ahora se pretende convertir a Kashgar en la punta de lanza de la expansión comercial china hacia Kirguistán.
Kashgar no es una excepción. Otro tanto acontece con Horgos, ciudad fronteriza con Kazajstán, que el gobierno comunista quiere transformar en el punto de referencia para lograr una penetración en Asia Central que eventualmente alcance los mercados europeos. En la actualidad, Horgos es una tranquila ciudad que cuenta con apenas 20 mil habitantes y un millar de empresas, pero la intención es convertirla en una urbe de 200 mil personas y 20 mil empresas en la próxima década.
“El gobierno está incentivando con suelo inmobiliario barato, un trato fiscal favorable y subvenciones para negocios nuevos que las empresas inviertan aquí y hagan de Horgos una base para la exportación a Kazajstán y Asia Central”, explica a Proceso el vicepresidente de la asociación empresarial de la localidad, Wang Shangren.
“Por un lado –asegura– queremos que sea un centro logístico y de almacenaje de mercancías en ruta a Kazajstán; por otro, queremos atraer fábricas para hacer de Horgos un gran centro productor aprovechando los bajos salarios en la línea de producción china.”
La fábrica de calcetines de Ju Ji Cai, un empresario de Wenzhou, acaba de instalarse ante la perspectiva de una demanda cada vez mayor al otro lado de la frontera. “Tenemos 47 hiladoras, 50 empleados y fabricamos 13 mil pares de calcetines al día, pero nuestra intención es multiplicar por cuatro la producción hasta 1.2 millones de pares al mes”, detalla Cai.
Con salarios que no superan los mil yuanes al mes (67 dólares) por 72 horas semanales, puede ofrecer sus calcetines a precios irresistibles: entre 5 maos (0,07 dólares) y tres yuanes (0,4 dólares).
“Exportamos 95% de nuestra producción, sobre todo a Kazajstán”, confirma. “Allí no pueden competir con estos precios, ni siquiera con los impuestos a la importación del gobierno kazajo”, agrega, a seis meses de haber comenzado sus operaciones.
“De rodillas”
El país centroasiático, que cuenta con el 3% de las reservas mundiales de petróleo, es la primera víctima de la ofensiva comercial de China hacia el oeste. “Un 80% de los productos de uso cotidiano que se encuentran en los mercados de Kazajstán provienen de China”, asegura Shangren. Esta invasión apenas comienza, ya que ambos países acaban de terminar un acuerdo para crear un área fronteriza común de libre comercio de más de cinco kilómetros cuadrados.
Ese tratado brinda facilidades de toda índole para la expansión comercial. Circunstancia que, no es difícil de adivinar, pondrá a Kazajstán de rodillas ante su poderoso vecino. El comercio entre ambos ha pasado de ser prácticamente inexistente antes de la caída de la Unión Soviética, a superar los 17 mil 500 millones de dólares en 2008, el último año del que se disponen cifras, según el Ministerio de Comercio chino.
De acuerdo con la misma fuente, la balanza comercial favorece a la nación centroasiática en unos mil millones de dólares, cifra que no preocupa a Beijing porque la venta de miles de millones de dólares de productos con cada vez mayor valor añadido sirve para combatir el desempleo en su territorio.
Del otro lado de la frontera, cuando las flamantes autopistas chinas son sustituidas por carreteras secundarias, la llegada de los productos chinos ha democratizado el consumo, haciéndolos accesible a todos. Sin embargo, ha provocado una desindustrialización que acabó con los pocos sectores que se mantenían en pie.
“No hay en absoluto industria en este país, aparte de la relacionada con la extracción de recursos naturales. La que quedaba se la ha llevado por delante China. Nadie entiende que en 20 años no habrá petróleo en este país y no quedará nada”, se queja Serikzhan Mambetalin, vicepresidente de la Cámara de Comercio e Industria de Kazajstán.
Y añade: “¿Has visto lo que están haciendo en Horgos y lo que nosotros tenemos del otro de lado de la frontera? Este es el mejor ejemplo de lo que es China y Kazajstán y de lo que los chinos son capaces de hacer con recursos. De un lado, 12 centros comerciales, y del otro casas viejas”.
No faltan las voces en el país que alertan de los peligros de una dependencia casi total, tanto energética como comercial, del gigante asiático.
“Hay 2.5 millones de pequeños empresarios en el país, la mayoría comerciantes, 50% de los cuales hacen negocio con China. Si se limitara el comercio mucha gente resultaría perjudicada”, explica Konstantin Syroezhkin, experto en China del Instituto de Estudios Estratégicos en Almaty.
Kazajstán, que cuenta con 16 millones de habitantes y una superficie equivalente a Europa occidental sirvió de granero y fuente de recursos naturales para la Unión Soviética, pero nunca desarrolló una industria. Ello explica que, en la actualidad, casi no tiene manufacturas y las pocas que produce se enfrentan a la feroz competencia china. “Kazajstán no tiene más alternativa que incrementar sus relaciones con China. ¿Qué más podemos hacer si no tenemos industria propia?”, pregunta Syroezhkin.
Lo único que le queda a Kazajstán es el petróleo, bálsamo contra todos los males y al mismo tiempo cáncer de este inmovilismo empresarial. Y productivo. ¿Por qué innovar si el oro negro permite enriquecerse rápidamente? Pero incluso el sector petrolífero está siendo acaparado por China, que controla ya 28% de los activos del país.
“Asia Central no quiere cambiar la influencia de Rusia por China, quiere un equilibrio, pero China está llamada a ser el principal socio comercial en la región. No hay alternativa al gigante asiático”, resume Sebastián Payrousse, uno de los mayores expertos en Asia Central. La nueva ruta de la seda está en marcha y todo indica que se ha reabierto para perdurar en el tiempo.








