Muchos de los migrantes que recientemente han sufrido represión en la frontera sur mexicana provienen de Haití, el país más pobre del continente, el más vulnerable frente a las catástrofes naturales y políticas, y el de más baja esperanza de vida, con 65 años; una nación que vive un “duvalierismo sin Duvalier”; un país hundido en la miseria, inviable, al que García Márquez comparaba con Macondo y que sirvió de inspiración a Carpentier para escribir El reino de este mundo.
BOGOTÁ.- El cineasta haitiano Arnold Antonin no ha tenido necesidad de recurrir a la ficción para retratar a su país.
La mayoría de su obra, que ha sido reconocida en el Festival de Cannes, la ha hecho en el género documental, a través del cual muestra la realidad desgarradora que agobia a los haitianos: opresión política, miseria, sida, terremotos, impunidad y un orden criminal que lo domina todo.
Estos problemas han estado tan presentes en la nación caribeña y golpean de manera tan dura a sus 11.5 millones de habitantes, que no hay necesidad de hacer con ellos elaboradas dramaturgias para llevarlos al cine. Basta con reproducirlos tal cual y dar visibilidad a sus protagonistas para generar relatos cuya épica central es la capacidad de resistencia humana.
No sólo porque 80% de los haitianos son pobres y seis de cada 10 pasan hambre, sino porque los escenarios de ese desastre social son extensos barrios urbanos asentados sobre lodazales, aguas negras y basura en los que colonias de ratas disputan el espacio con la gente.
Haití es el país más pobre del continente, el más vulnerable frente a las catástrofes naturales y políticas y el de más baja esperanza de vida, con 65 años, 10 menos que la de su vecino República Dominicana, país con el que comparte la isla de Quisqueya.
El pasado 7 de julio el presidente haitiano Jovenel Moïse fue asesinado en su residencia por un comando de mercenarios colombianos contratado por políticos y empresarios que pensaban tomar el poder.
Y cinco semanas después, mientras el país aún no se reponía de ese magnicidio, un terremoto de 7.2 grados Richter sacudió la región sur y dejó unos 2 mil 200 muertos, 5 mil viviendas y edificios destruidos, y pérdidas por unos 3 mil millones de dólares, equivalentes a la quinta parte del producto nacional.
Fuga en masa
La inestabilidad política, los ajustes de cuentas en los círculos de poder, el terremoto, las tormentas tropicales que le ha seguido y una recesión económica han agudizado la pobreza, el desempleo y la migración en Haití.
Miles de personas están saliendo de la isla para intentar llegar a Estados Unidos, República Dominicana, Brasil, Chile o México. Cientos de ellos están varados en la frontera sur mexicana. Es una fuga masiva de un país devastado.
Antonin considera que la imaginación humana no alcanza para crear una ficción más sobrecogedora que la realidad que viven cotidianamente millones de haitianos que pasan hambre, carecen de electricidad, agua potable y escuelas para sus hijos, y son gobernados en sus barrios por pandillas mejor armadas que los escasos policías.
En entrevista con Proceso, Antonin asegura que siempre ha creído que su país se puede explicar mejor desde las artes (el cine, la literatura, la pintura, la música) que desde las ciencias sociales. Y eso lo dice desde su condición de cineasta y doctor en economía por la Universidad de Roma.
“Hay novelas de grandes escritores haitianos que permiten entender mucho mejor lo que está pasando en Haití que los tratados de sociología y de economía”, señala Antonin vía telefónica desde su casa en Puerto Príncipe.
Y menciona como ejemplo Les villages de Dieu (Las aldeas de Dios), la reciente novela de la escritora haitiana Emmelie Prophète, en la que narra la vida de Celia, una influencer adolescente que se prostituye para sobrevivir entre la miseria y el crimen en Puerto Príncipe, una ciudad “donde nunca hay tregua y la muerte circula lo mismo al mediodía que a la medianoche”.
En la capital haitiana existe Village-de-Dieu, un barrio pobre y peligroso, pegado al mar, en el que la pandilla 5 Segundos asesinó a cuatro policías en marzo pasado y luego destrozó a balazos los cadáveres.
Allí existen Celias por montones. Están acostumbradas al ruido de las armas, a las guerras entre bandas, a la drogadicción y a epidemias, como el sida, el cólera, el dengue, la malaria y ahora el covid-19. Han convivido tanto con el mal, que para ellas es ya algo banal, asegura Prophète.
Entre lo trágico
y lo real maravilloso
Para Antonin, en Haití prevalecen la confusión y el caos sobre cualquier tipo de orden. “Los que tienen el poder político y económico –asegura– no ponen orden porque ellos viven del caos y de la pobreza. La ayuda que llega no va a los pobres sino a sus bolsillos. Ellos siguen desangrando al país y la gente está harta. Hay un estado latente de rebelión popular”.
El cineasta considera que, quizá como un mecanismo de sobrevivencia, los haitianos han hecho de la fantasía un componente de la realidad.
En Puerto Príncipe, por ejemplo, centenares de miles de personas viven en Brooklyn, Kosovo, Tokio y Cité Soleil (Ciudad del Sol), como llama la gente a cuatro asentamientos irregulares sin servicios básicos pero cuyos nombres remiten a otros mundos en los que, al menos, existe la esperanza.
“Aquí –dice Antonin– hay una mezcla permanente de realismo, hiperrealismo y episodios oníricos muy descabellados.”
El cineasta recuerda que en los sesenta se reunió en Roma con el escritor colombiano Gabriel García Márquez, quien escribía su novela más aclamada, Cien años de soledad, y como sabía que Antonin era haitiano, le dijo: “Quiero ir a Haití antes de terminar mi novela. Para mí, Haití es Macondo y quiero verlo con mis propios ojos”.
Antonin dice que García Márquez solicitó una visa en el consulado de Haití en México a fin de viajar al país caribeño, pero se la negaron. El escritor ya estaba en la lista negra de la dictadura de François Duvalier, quien gobernó Haití a plomo y garrote entre 1957 y 1971, cuando murió y heredó el poder a su hijo de 19 años, Jean-Claude Duvalier.
Muy a su pesar, García Márquez nunca pudo viajar a suelo haitiano. Una de sus influencias fue Alejo Carpentier, cuya novela El reino de este mundo transcurre, precisamente, en Haití, y marca el inicio de la narrativa de lo “real maravilloso”, antecedente del “realismo mágico” garciamarquiano.
En El reino de este mundo, Carpentier relata la gesta de la revolución haitiana (1791-1804) a través de personajes como Ti Noel, Mackandal y Bouckman, que son esclavos negros que se sublevan, triunfan, son presas de sus contradicciones y practican el vudú –religión surgida del sincretismo africano-europeo–, a través del cual alcanzan su verdadera libertad.
La revolución haitiana convirtió a ese país en la primera nación latinoamericana en independizarse, en este caso de Francia. Esa insurrección de esclavos traídos de África y de sus descendientes comenzó con una ceremonia vudú en Bois Caïman encabezada por el esclavo Dutty Boukman y la chamana vudú Cécile Fatiman.
En un país tan atribulado como Haití, el vudú, que tiene muy poco que ver con la visión que ha proyectado Hollywood de esa religión, juega un papel fundamental en la espiritualidad de la población.
“El vudú –dice Antonin– es un elemento cultural muy importante que alimenta la inspiración artística y que, además, es una religión reconocida oficialmente. Ocupa un gran espacio en el imaginario haitiano y es una forma de misticismo que marca a una gran parte de la población”.
Aquí, señala el cineasta, economista y profesor universitario, “decimos que hay 60% de católicos, 40% de protestante y 100% de vuduistas”.
Explica que durante la dictadura de los Duvalier (1957-1986), el vudú fue utilizado como un instrumento de control político. Esos años de brutal represión a cargo del cuerpo paramilitar conocido como Tonton Macoutes han sido el periodo más sombrío de la historia haitiana.
Unos 40 mil ciudadanos fueron ejecutados o desaparecidos, más de 1 millón debieron exiliarse –entre ellos Antonin, quien vivió 20 años en Europa y Venezuela–, nueve de cada 10 haitianos padecían pobreza extrema y el saqueo de las arcas estatales llegó a unos 900 millones de dólares.
François Duvalier, quien era respaldado por Estados Unidos, hacía creer al pueblo que era un gran místico del vudú, que había alcanzado el rango de houngan o chamán vuduista y que podía leer las almas de sus gobernados. Un chamán, Zacharie Delva, era uno de los jefes de los Tonton Macoutes.
Antonin coincide con el consenso que existe entre la intelectualidad haitiana de que hoy el país vive “un duvalierismo sin los Duvalier”, por la enorme impunidad, el uso de las bandas criminales para hacer política (son las que movilizan a los electores en tiempos de comicios) y el usufructo de los recursos del Estado por parte de una oligarquía tan mafiosa y corrupta que muchos la llaman cleptocracia.
“El vudú es un refugio para los sectores populares, pero ese misticismo también trae aparejada una confusión entre lo real y lo onírico y provoca mucha superstición”, señala el cineasta galardonado con el premio Djibril Diop Mambety en el Festival de Cannes en 2002.
Tras el devastador terremoto de 7.0 grados Richter que azotó al país en enero de 2010, el cual dejó unos 316 mil muertos y 1.5 millones de personas sin hogar, algunos haitianos culparon de la catástrofe a los masisi, un término despectivo para referirse a los homosexuales, y se corrió la voz de que los “pecados” de esa minoría sexual habían provocado un “castigo divino”.
Decenas de integrantes de la comunidad LGBT fueron víctimas de persecución, insultos, ataques físicos y violaciones.
Cuando el presidente Moïse fue asesinado, en julio pasado, a nivel popular corrió la versión de que sus victimarios le sacaron un ojo como parte de un ritual vudú para garantizar que no se convirtiera en un zombi (un muerto viviente manejado por un chamán).
“Nadie le sacó un ojo con un puñal, fue una bala la que se lo sacó”, dice Antonin. Y se pregunta: “¿Para qué meter el vudú en ese hecho que, por sí solo, supera cualquier ficción? No hay ninguna necesidad porque la trama del asesinato de Moïse es un guión perfecto”.
Y relata así la secuencia: llegan más de 20 mercenarios colombianos a casa del presidente, entran a su habitación, lo matan, y quienes tenían que defenderlo (su guardia personal) no disparan un solo tiro; después los asaltantes se llevan en maletas un montón de dinero en efectivo.
“Al otro día –continúa– los agarran a todos, y nadie sabe quién los mandó, no pasa nada. El primer ministro (Claude Joseph, mencionado por los colombianos como parte del complot) dice que todo está bien en el país, que no pasa nada… esto parece un relato de Ágatha Christie.”
Política zombi
Nadie en Haití ha dado fe hasta ahora de que el asesinado Moïse se convirtió en un zombi, pero el hecho es que el tema de los muertos vivientes dominados por un chamán vudú está muy presente en la cultura haitiana y, por tanto, no falta en la obra de Antonin.
“El mundo de los muertos y el mundo de los vivos se desvanece por completo en nuestra vida diaria –dice el cineasta–: porque la vida resplandece en medio de la pobreza, en la pintura, en la música, en la exuberancia tropical, en la belleza del mar que, a pesar de la degradación ambiental, está ahí, junto a villas miserables. Pero en esas villas, la muerte también acecha…”
En Haití cada día mueren en promedio siete personas infectadas de sida y cuatro más por homicidio. De cada 100 niños nacidos vivos, nueve mueren antes de cumplir cinco años, la mayoría por desnutrición e infecciones. Y la cuarta parte de la población tiene un alto riesgo de morir prematuramente, según datos de la ONU.
En Los amores de un zombi, una de las pocas cintas de ficción que ha realizado Antonin, un popular zombi es promovido por un grupo de políticos oportunistas como candidato presidencial. La película se rodó en 2009, dos años antes de que Michel Martelly, un popular músico del género bailable haitiano konpa dirèk, se convirtiera en presidente del país.
Los amores de un zombi fue catalogada por la intelectualidad haitiana como el filme más cercano a la realidad y a la cultura nacional, lo que Antonin explica con uno de los lemas del movimiento estudiantil de mayo de 1968 en Francia: “La ilusión de la realidad equivale a la realidad de una ilusión”. Y eso, asegura, es lo que ocurre en Haití, porque ante la devastación económica, política y social, la sociedad es incapaz de asumirse tal cual e intenta salvarse en lo imaginario.
El peso de la historia
Cada vez que Haití es golpeado por un terremoto, por una crisis política, por un huracán o por un estallido social como el que casi le cuesta el cargo a Moïse en 2019, el mundo se pregunta qué fue lo que llevó al país caribeño a convertirse en una suma de desgracias.
Para el historiador Juan Francisco Martínez Peria, un hecho que ayuda a explicar lo que hoy ocurre en Haití es la gesta revolucionaria que inició un grupo de esclavos hace 230 años, el 22 y 23 de agosto de 1791, y que habría de culminar 12 años y cinco meses después con la independencia de la nación caribeña tras 139 años de dominio francés.
El ejército de esclavos liderado por Toussaint Louverture, Jean Jacques Dessalines, Henri Christophe y Alexandre Petión, venció a Francia, Inglaterra y España, lo que fue un duro golpe para el colonialismo.
“La revolución haitiana fue enormemente relevante porque es la primera y única revolución de esclavizados que ha triunfado en la historia de la humanidad; fue la primera independencia de América Latina y fue la única lucha de esa época que se propuso universalizar los derechos del hombre”, afirma Martínez Peria.
El autor del libro ¡Libertad o muerte!: historia de la revolución haitiana dice a este semanario que esa gesta tuvo “un enorme impacto” en la región pues alentó corrientes independentistas en otras colonias, en especial en Venezuela y Colombia, y apoyó luchas como las de Simón Bolívar.
Martínez Peria, doctor en historia de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, sostiene que esa revolución “marca todo el desarrollo posterior de Haití” porque la respuesta de las potencias a la hazaña de un ejército de esclavos fue “brutal”.
Los europeos, y hasta las naciones americanas, le impusieron al país caribeño un bloqueo político, militar y económico que comenzó a flexibilizarse dos décadas después, cuando Francia le reconoció a Haití su independencia, a cambio de una indemnización que hoy equivaldría a unos 32 mil millones de dólares, más del doble del PIB actual de Haití.
Como Haití no podía pagar esa suma, Francia le otorgó un oneroso préstamo que la nación caribeña tardó 125 años en pagar y que significó, en los hechos, un saqueo de lógica neocolonial que frenó el desarrollo haitiano.
De acuerdo con Martínez Peria, profesor en la Universidad Nacional de San Martín en Argentina, otro factor que explica la tragedia haitiana es el choque permanente entre los caudillos de la revolución y entre los sectores populares y “una élite muy afrancesada y parasitaria” que surgió después.
El historiador Maurice Laraque decía que el divisionismo haitiano provenía “del legado de los conflictos entre clanes africanos”.
Para Martínez Peria, “la suma de tensiones internas y de neocolonialismo económico que impusieron las potencias terminaron por impedir que Haití lograra construir un Estado con hegemonía y con bases sólidas, y ambos factores (el interno y el externo) perduran desde entonces”.
Todo el mundo pensó que después de la dictadura de los Duvalier, que terminó con una revuelta popular y un golpe de Estado en 1986, se abriría para Haití un camino democrático, de estabilidad y desarrollo social.
Pero ocurrió lo que ha pasado siempre en el país cada vez que se cierra un ciclo: nada resulta como se había planeado.
Y no es porque Haití sea “un país maldito por el vudú”, según el cliché acuñado por supremacistas blancos, como el pastor estadunidense Pat Robertson, sino porque dos lógicas históricas, el neocolonialismo y la rapacidad y divisionismo de las élites siguen pesando en forma determinante.
Desde el fin de la dictadura duvalierista, hace 35 años, se han presentado ocho golpes de Estado, 37 cambios de gobierno, tres intervenciones militares estadunidenses y el asesinato de un presidente.
La economía del país está en recesión desde hace dos años, y la subsistencia de más de la cuarta parte de las familias depende de las remesas de los migrantes, que el año pasado llegaron a 4 mil 13 millones de dólares y representaron la tercera parte del PIB.
Otro alivio en la última década ha sido la ayuda internacional, que ascendió a 12 mil millones de dólares en ese periodo, cifra similar al PIB de 2012, pero que en su gran mayoría no pasa por las manos del Estado para evitar que quede en manos de políticos corruptos.
El reciente informe de la Oficina de la ONU en Haití señala que la situación social siguió empeorando este año y que 40% de la población necesita asistencia humanitaria.
El primer ministro, Ariel Henry, encabeza por ahora un gobierno provisional, pero están pendientes los comicios presidenciales que, según el cronograma electoral, deberán celebrarse el próximo 7 de noviembre.
Antonin considera que no hay condiciones políticas y de seguridad para realizar los comicios en esa fecha.
Primero, considera, hay que estabilizar al país porque “esta es la crisis más dramática de la historia haitiana y lo que se necesita en adelante son cambios sumamente radicales que no se pueden llevar a cabo sin un gobierno de consenso”.








