En su obra monumental en los muros del Palacio de Gobierno de la ciudad de Tlaxcala, el artista tlaxcalteca Desiderio Hernández Xochitiotzin representó en varias etapas, desde 1957, su versión de la conquista, contraria a la llamada “visión de los vencidos”. Podría denominarse la “visión de los vencedores”. A lo largo de varios momentos el pintor, fallecido en 2007, la explicó a Proceso, y la historiografía contemporánea empieza a coincidir ampliamente con ella.
El año próximo se cumplirá el centenario del natalicio de Desiderio Hernández Xochitiotzin, el pintor, cronista y defensor de Tlaxcala, quien empeñó buena parte de su vida en plasmar en 465 metros cuadrados de obra mural la historia de la conquista de México, desde la perspectiva de sus ancestros tlaxcaltecas, y desterrar “la leyenda negra”.
Al artista lo buscó Proceso en 1990.
Nacido en 1922 y fallecido en 2007 a los 85 años, relató el 7 de mayo de 1990 (Proceso 705), que la alianza entre tlaxcaltecas y el ejército de Hernán Cortés para vencer a los mexicas –sus enemigos históricos– les permitió obtener privilegios, los cuales conservaron durante dos siglos, junto con un sentimiento de orgullo indígena. Fue después cuando se les comenzó a denostar:
“No hay reconocimiento de los tlaxcaltecas. Eso lo inventaron el loco de Fray Servando (Teresa de Mier) y de (Carlos María de) Bustamante. Ellos dijeron que la independencia era el sacudimiento de la conquista de los españoles y la expulsión de los tiranos. Entonces, los tlaxcaltecas, aliados de los españoles, quedaron como traidores.”
Añadió:
“Pero antes de la llegada de los españoles, no había México. Lo que los tlaxcaltecas querían no era conquistar México, sino volver a ser libres. Durante 62 años de cerco azteca los tlaxcaltecas no comieron sal, aunque la sal es muy importante para el cuerpo. Esos años, sin embargo, les sirvieron para autoconformarse como nación. Los tlaxcaltecas tuvieron coordinación entre los poderosos y el pueblo, democráticamente, entre el macehual y el señor. De otra manera no hubieran sobrevivido.”
En la conversación con el reportero Armando Ponce, planteó, desde entonces, ideas que ahora en el marco de la conmemoración de los 500 años de la caída de Tenochtitlan están poniéndose en tela de juicio, entre ellas “la visión de los vencedores” en contraposición a la de “los vencidos” del historiador Miguel León-Portilla, cuando el reportero preguntó directo al pintor:
“¿Está usted pintando la visión de los vencedores?”
Él no evadió, por el contrario señaló contundente:
“Yo a León-Portilla lo respeto, pero es muy parcial, muy aztequista. Cita por ejemplo algunos pasajes tlaxcaltequistas, pero no los más sublimes.”
Realizada en los muros del Palacio de Gobierno del estado de Tlaxcala, la obra narra diversas etapas históricas que dan título a cada uno de los murales: Tlaxcala prehispánica que inició la serie el 15 de enero de 1957, La conquista en 1967, El siglo de oro tlaxcalteca en 1987, y Del siglo de las luces al porfirismo en Tlaxcala y México de 1990, de acuerdo a la descripción del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) en información del 14 de septiembre de 2019.
Hernández Xochitiotzin se empeñó en hacer una obra con contenido histórico y “no decorativa” como la de varios de sus “compañeros pintores”. Incluso, dijo en una entrevista con este semanario (Proceso 1263) del 14 de enero de 2001 al entonces corresponsal Julio Aranda, que él mismo buscó recursos, investigó cada hecho “para aportar la visión de los tlaxcaltecas a la historia de Tlaxcala, no la historia manipulada que nos ubica como traidores, tejida desde el Distrito Federal”.
Reiteró lo dicho anteriormente:
“A Tlaxcala siempre la han calumniado por haberse aliado con los españoles sin entender el fenómeno histórico de ese momento.”
Y compartió su punto de vista sobre Hernán Cortés, quien –anunciaba entonces– sería plasmado también en los muros del edificio de gobierno:
“… independientemente de los juicios centralistas, debemos entender que aportó nuevas formas de cultura con todos sus terribles excesos y errores.”
Entonces describió el contenido del mural que “abarca desde los orígenes de los tlaxcaltecas que salieron de las Siete Cuevas hasta la época de Benito Juárez, incluye la Revolución Mexicana y lo que consideró algunos de sus logros, como la creación del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) y de los sindicatos”.
Explicó asimismo que a las imágenes agregó textos con referencias documentales acerca de los hechos y personajes de la historia tlaxcalteca:
“No he interpretado la visión que desde el centro se tiene de Tlaxcala, sino lo que Tlaxcala ha aportado a la historia nacional, por eso deseché el criterio contemporáneo y tomé las referencias históricas de quienes escribieron las primeras versiones, para no caer en las malas interpretaciones.”
Choque de creencias
Decidió, del mismo modo, abordar el tema religioso, “poco estudiado” incluso en el periodo novohispano, pues a decir suyo “uno de los grandes absurdos” ha sido omitirlo porque “vivimos en un gobierno laico”. En cambió él lo tomó para su monumental obra “para dar una versión completa del origen de la historia que es el hombre, con sus pasiones, cinismo, guerras y religiosidad”.
Y en este sentido, presentó en su mural la también muy controvertida historia de los Niños Mártires de Tlaxcala. De hecho, el pintor formaba parte entonces del Comité de Beatificación. Años más tarde, en octubre 2017, los tres niños tlaxcaltecas Cristóbal, Antonio y Juan fueron canonizados en la plaza de San Pedro en el Vaticano, por el Papa Francisco.
En abril de ese 2017, el reportero Rodrigo Vera escribió en la agencia Apro la historia de los niños santificados, relacionada igualmente con la época novohispana de Tlaxcala, en donde –como contó la historiadora Carolina Figueroa en estas páginas la semana pasada– se inició el proceso de evangelización de los primeros frailes franciscanos hacia otros territorios que hoy conforman México.
Vera relató:
“Cristóbal, también llamado ‘Cristobalito’, nació en Atlihuetzia, Tlaxcala. Era hijo y heredero del cacique local Acxotecatl (o Achiténcatl, lo cual lo hacía heredero del reino tlaxcalteca). Tras una discusión, el niño empezó a romper los ídolos paganos de su padre, y en represalia éste lo molió a golpes y luego lo arrojó a una hoguera, provocándole la muerte. Este hecho ocurrió en 1527, cuando Cristobalito tenía 13 años.”
Por su parte, “Antonio y Juan nacieron entre 1516 y 1517, en Tizatlán, Tlaxcala. Antonio era nieto y heredero de un cacique local, y Juan era su servidor. Ambos niños decidieron acompañar a unos frailes a una expedición a Oaxaca para fungir como intérpretes ante otros indígenas, pero en Cuauhtlinchán, Puebla, mientras recogían ídolos paganos de barro, fueron atacados por unos lugareños que los mataron a palos”.
El arquitecto Sergio Zaldívar, quien dirigió el proyecto de nivelación geométrica de la Catedral Metropolitana hace algunos años, escribió sobre el tema, en julio de 2002 en Proceso, y así explicó lo ocurrido con los niños:
“Fueron adoctrinados por la Iglesia católica para luchar en contra de la religión y cultura de sus mayores. Esta línea del martirio no puede sostenerse hoy como se sostenía en el siglo XVII o XVIII. La Iglesia católica de hoy no debe ser la Iglesia de la reforma, cuyos ejércitos deseaban avasallar a todos los demás pueblos del mundo.”
Zaldívar citó al antropólogo Guillermo Bonfil Batalla, quien explicó qué hacían los niños mártires:
“Como buenos catecúmenos, delataban a los practicantes de la religión indígena, causando muertes y daños mediante su información a los encendidos misioneros. Finalmente, su gente no toleró más y los mató. El silogismo es, pues, que los padres y su pueblo eran malvados y la cultura indígena era mala: lo indígena es malo por antonomasia.”
Documento veraz
Miembro de El Colegio de Tlaxcala, la investigadora Laura Collin Harguindeguy menciona en su ensayo Mito e historia en el muralismo mexicano (https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=14802502) que el mural, pintado a lo largo de 35 años, fue descrito por su autor como la versión tlaxcalteca de la historia, porque “a su juicio, la versión dominante de la conquista ni siquiera fue narrada por los tenochcas, derrotados cuando Cortés manda quemar el templo de Huitzilopochtli…. La versión oficial de la conquista, en opinión de Xochitiotzin, fue obra de los tlatelolcas, en tanto Tlatelolco fue designada por los españoles como la ciudad de indios, y los informantes de Sahagún (1979) allí moraban”.
Cita también al pintor para recordar una de las versiones acerca de la pérdida de los privilegios de los tlaxcaltecas frente a los españoles, que comienza con la llegada de los Borbones, a quien llama “malos españoles” porque traicionaron “el pacto preexistente al pretender anexar Tlaxcala a Puebla”. A Proceso en la primera entrevista le explicó que los tlaxcaltecas temían que Puebla “devorara a Tlaxcala”, siendo que ellos les habían cedido tierras, y mientras en Puebla se había conformado una ciudad de criollos, Tlaxcala seguía siendo india, porque “nosotros nos sentimos indios con dignidad”.
Collin refiere asimismo que, desde 1950, el pintor se propuso su empresa plástica y estudió documentos como los códices, entre ellos “el más importante regionalmente, el Lienzo de Tlaxcala” (pero también el muralismo, el de Giotto y el arte cristiano). Su referente más cercano es la Basílica de Ocotlán, donde a los murales se añadieron textos:
“Su mural sería entonces un códice colonial que combina imágenes, contextos, con el tema del lienzo, que es un documento para ser leído. Xochitiotzin realiza una obra de arte con mensaje, un mensaje a su juicio veraz…”
La investigadora va describiendo el contenido de los murales, de acuerdo con la historia. Se pueden mencionar temas como el mito de origen, la peregrinación de los teochichimecas desde Chicomostoc, la época prehispánica, el culto a Camaxtli, los sacrificios humanos al dios, el refugio que dan los tlaxcaltecas al rey poeta Netzahualcoyoltzin, las guerras floridas con los mexicas, la diosa Xochiquetzali, esposa de Camaxtli.
Quedaron plasmados también los gobernantes de los cuatro señoríos de Tlaxcala: Tepetitpac, Tizatlán, Yahuiztlán y Ocotenulco, en la ceremonia de su bautizo –quienes donaron los terrenos para el Conjunto Franciscano y la Catedral, recién declarado Patrimonio de la Humanidad (Proceso 2335)– y personajes como Malintzin. Retrató también a su amigo y coterráneo, el intelectual Miguel N. Lira, quien lo motivó a realizar esta obra.
Acechados desde su inicio por el deterioro, los murales de Xochitiotzin han requerido distintas intervenciones. El propio pintor se encargaba de gestionar el apoyo de autoridades sin haber logrado respuesta en todas las ocasiones.
En 2018 fueron nuevamente intervenidos por el restaurador Jorge Herrera Zedillo, del Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble (Cencropam) del INBA. En noviembre de aquel año, el especialista advirtió a diversos medios que uno de los principales problemas es la humedad ocasionada en el subsuelo, que no se solucionará mientras no se desvíe el manto freático.








