Todo parece indicar que mi vocación de historiador es tan necia como mi propensión a la literatura, de manera que al tiempo en que di rienda suelta a la redacción y publicación de cuentos y novelas, no cejaba en mis empeños de algún día poder cumplir con el sueño de doctorarme en Madrid.
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La obra de Bernal –al igual que la figura de Cortés, algunos hechos de la conquista y demás nociones generales– es leída a cachos y sin estudiarse a comprenderse del todo en secundarias y preparatorias mexicanas. Es un libro desconocido, mas sigue siendo un libro abierto, en tanto que también suscita la admiración o el desprecio de quien lo lea. De los libros de la conquista, el de Bernal es quizá el único que queda emparentado tanto en las nóminas de la historiografía como en las bitácoras de la literatura. Sucede que el soldado Bernal escribió, quizás sin proponérselo, un libro de historia que tiene también lectura como novela. Al convertirse en eso, al conjugar memoria con imaginación, los lectores hemos retornado a la sustancia principal de cada párrafo. Así lo escribió Bernal: como registro detallado de su maravillosa memoria, pero al mismo tiempo como escaparate de su maravillosa imaginación. Quien lo lee, vuelve a probar la savia creativa con la que se escribió: entre la increíble capacidad de memoria y la imaginación desbordada.
Parece increíble. Entre el ensueño y la realidad, Bernal se sentó a escribir el recuento de su propia vida equilibrando una cierta objetividad histórica con un desenfreno literario. Se acuerda de los nombres de cada caballo y yegua, sus pintas y maneras; rememora las cicatrices de los más olvidados compañeros y registra detalles del clima y los horarios de cada batalla. Al mismo tiempo, al no recordar con exactitud algunos parlamentos del capitán Cortés o al no querer confesar momentos en los que no estuvo presente, Bernal pone en boca de don Hernán las palabras que él cree recordar o inventa como novelista su ubicuidad imposible.
Increíble, mas no imposible. Esto es lo que deslumbra de la imaginación literaria y, al mismo tiempo, es la sustancia más atractiva de la historia como expresión escrita de la investigación del pretérito.
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La Historia verdadera de la conquista de la Nueva España es una joya de la historiografía americana que también ha encendido la polémica entre la participación o mera circunstancia de los individuos comunes y corrientes en los hechos de la historia (ésa que a menudo escribimos con mayúscula). Una larga lista de investigadores se han debatido entre aplaudir la vivacidad y el heroísmo de los sinnombre, a partir de Bernal, mientras que otros han apuntalado más la noción de motivos extraindividuales, procesos históricos suprahumanos, que perfilirían a Bernal como pieza de un ajedrez cuya voluntad de movimientos no era determinada por peones o caballeros. Con todo, en la otra lectura también han surgido quienes desdeñan la posibilidad de que un soldado común lograse en párrafos la sustancia misma de la novela moderna. Parecería que Bernal prefiguraba las andanzas del Quijote de Cervantes, al tiempo que se proponía desmentir los relatos de la conquista que habían sido firmados, o leídos, por quienes no habían estado presentes. Es decir, desde su vejez, Bernal el memorioso se lanzó a una última batalla. La batalla contra la amnesia que amenazaba las andanzas de él mismo y de sus más caros compañeros. Sus armas son la pluma y la memoria, no exentas de una ambición manifiesta pues se sabe que Bernal Díaz fue de los agraciados veteranos de la conquista de México. l
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* Fragmentos del capítulo IV de su tesis doctoral de historia para la Universidad Complutense de Madrid, España, Compañeros de Cortés. Una biografía de la conquista de México (2004).








