“Es que siento que vuelo…”, fue la respuesta de la niña Aranza Vázquez Montaño cuando le preguntaron por qué quería lanzarse del trampolín. Ahora, a sus 18 años, se ha convertido en la clavadista mexicana debutante en Juegos Olímpicos más joven con el mejor resultado (sexto en Tokio 2020) en la prueba de trampolín de tres metros individual. Esta es la historia de una mexicana que desde pequeña ha superado marginaciones y pérdidas, y que, tras cumplir su sueño de participar en unos Juegos Olímpicos, ahora se lanza hacia un nuevo reto: conquistar una presea en París 2024.
Con el sexto lugar que obtuvo en Tokio 2020, Aranza Vázquez Montaño es la clavadista mexicana debutante en Juegos Olímpicos más joven con el mejor resultado en la prueba de trampolín de tres metros individual. Tiene 18 años. Su desempeño ha sorprendido porque, a diferencia de otros clavadistas juveniles que desde pequeños han tenido los reflectores encima, Aranza siempre había entrenado en La Paz, Baja California Sur, hasta antes de que el entrenador que la descubrió falleciera en 2019.
Vázquez Montaño comenzó a figurar en el escaparate nacional cuando apenas en mayo último, durante la Copa del Mundo en Tokio, consiguió una plaza olímpica para México en el trampolín de tres metros. No sólo clasificó a la semifinal, resultado con el cual aseguraba el boleto, también terminó en el cuarto lugar, codeándose con algunas de las mejores clavadistas del mundo.
Además de su talento para ejecutar los saltos, llamó la atención su aspecto físico. Mide 1.70, posee un gran volumen de masa muscular y la hiperflexibilidad en sus codos causa que cuando se pone en posición para ejecutar sus clavados sus brazos se vean como escuadras.
Todavía tiene cara de niña. De su cabeza cuelgan unos suaves rizos que la hacen ver despeinada. No es una clavadista que pueda pasar desapercibida.
En los Juegos Olímpicos de Tokio le tocó, como muchas otras veces, compartir prueba con la doble medallista olímpica en sincronizados en Londres 2012 y Tokio 2020, la canadiense Jennifer Abel. La mexicana puede presumir que con sus 303.45 puntos quedó mejor ubicada en la final de la prueba individual que Abel, quien finalizó en el octavo lugar, con 297.45 unidades.
Vázquez es una integrante de la nueva generación de clavadistas mexicanos que participará en las competencias internacionales del ciclo olímpico rumbo a París 2024.
Un segundo padre
El culpable de que Aranza Vázquez se haya convertido en clavadista es el entrenador cubano Yunieski Hernández, el mismo que descubrió a Gabriela Agúndez, la medallista en Tokio 2020 en la plataforma sincronizados con Alejandra Orozco. Hernández siempre andaba al acecho buscando niños talentosos para llevarlos a su escuela en el Gimnasio de Usos Múltiples de La Paz.
A Aranza se la encontró afuera de la estética de una amiga cercana que resultó ser la tía de la menor. Aranza era una niña de unos tres años a la que le encantaba bailar. El entrenador apenas la vio y comenzó a examinarla. La midió, le hizo unas pruebas de flexibilidad y de fuerza… Sin reparo soltó: “¿Por qué no le dices a tu hermana que me la lleve a clavados?” La mujer llevó el mensaje.
“¿Clavados? ¿Qué es eso?”. Fue la sincera respuesta de los papás de la niña, que para entonces ni sabía nadar.
Necio, como era Hernández, sabía cómo enganchar a los padres. Un año después mandó una nueva invitación para un curso de verano de natación. No pasaron ni unos meses cuando el entrenador ya se había llevado a Aranza de la alberca a la fosa de clavados.
“Me gusta esto de brincar en los trampolines”, dijo Aranza a sus padres. “¿Por qué quieres venir aquí?”, le preguntó su papá. “Es que siento que vuelo”. “Ah, bueno, pues entonces quédate”, le respondió el señor Vázquez.
“El entrenador nos comentó, me acuerdo de aquel momento: ‘Es que su hija tiene muchas condiciones, puede ser campeona’, y no sé qué tantas cosas dijo. Nosotros siempre hemos sido muy secos. Me acuerdo que la primera vez que tuve esa plática con él le dije: ‘Nunca me vuelvas a decir que mi hija va a ser campeona, que si va a ser deportista de alto rendimiento. A mí no me interesa. Yo quiero que aprenda el respeto, que haga un deporte, que haga otras cosas, pero no tanto porque llegue a hacer algo’. Se va a quedar porque la niña fue la que decidió quedarse”, cuenta Juan Carlos Vázquez, padre de Aranza.
La decepción
A Yunieski Hernández le sorprendía la fuerza de Aranza, su elasticidad, la agilidad para poder ejecutar los clavados. Era un diamante en bruto que no iba a dejar escapar. Y cómo no iba a ser fuerte, si cuando nació medía 55 centímetros y pesó 4.400 kilos. “Era un monstruo, una niña”, describe su padre.
“Nosotros siempre nos dimos cuenta que tenía ciertas condiciones de fuerza que eran naturales: caminó muy temprano, se subía a las mesas, a los refrigeradores, a las escaleras y no tenía ni un año. Era peligroso dejarla en una casa donde hubiera una escalera que fuera al techo o una escalera vertical porque se subía. Nos daba mucho gusto que canalizara toda su energía porque no se cansaba y los clavados le dieron eso.”
Aranza era una niña irreverente y desenfadada. Yunieski Hernández le contó a Juan Carlos Vázquez que la hermana de Paola Espinosa se fue a quejar con él por un comentario insolente de la chiquilla. La familiar de la doble medallista olímpica daba clases de nado sincronizado en la misma instalación deportiva y coincidió con Aranza en la fosa.
“Yo soy hermana de Paola Espinosa”, le presumió a Aranza. “Ah, ¿sí? ¿Tú eres la hermana de Paola Espinosa? Ah, ¡qué bueno! Me gusta mucho Paola Espinosa”, dijo la niña. “¿Quieres ser como ella?”, le respondió la hermana. “No, yo voy a ser mejor que ella”.
Aunque practicaba este deporte por diversión, Aranza siempre se lo tomó en serio. Aguantaba los regaños y el rudo carácter de su entrenador. A los siete años viajó a Monterrey a su primera competencia. Le fue tan bien que a su papá le propusieron hacerle unas pruebas en una clínica de deportes de Misión Viejo, California. Quienes la realizaron confirmaron las palabras de Hernández, la chiquilla tenía talento para explotar como una gran clavadista.
“Siempre le fue bien y ganaba medallas en todo. Le gustaba ganar, pero no era algo con lo que se quedara fascinada y que dijera quiero ganar más. Competir era parte de su diversión, pero terminaba la justa y ya. Es muy fría en ese sentido.”
En 2011 se transformó la visión de las competencias que tenía Aranza Vázquez. Calificó para el Campeonato Panamericano en la categoría de 9-11 años y descubrió que podía viajar, conocer lugares y hacer nuevos amigos. Dados sus resultados, Yunieski Hernández le vendió la idea de que tenía que prepararse para ir a los Juegos Olímpicos de la Juventud en Buenos Aires 2018.
Durante cuatro años trabajó durísimo para eso. De hecho, en el Campeonato Mundial Juvenil ella consiguió la plaza para México, pero la Federación Mexicana de Natación decidió, sin selectivo de por medio, darle el pase olímpico a Gabriela Agúndez, compañera de entrenamientos y amiga de Aranza.
“Fue una bomba para ella. Se encerró en su cuarto una semana y nada más lloraba y decía: ‘Pues si no me dejaron ir a los Juegos Olímpicos de la Juventud, cuando yo gané el lugar y no hubo ni selectivo ni nada y mi entrenador no me defendió, ni defendió que yo pudiera ir y nadie hizo nada, quién me garantiza que yo pueda seguir haciendo esto y llegar un día a los Juegos Olímpicos’.”
La desazón pasó pronto. El entrenador cubano Yaidel Gamboa, de la Universidad de Missouri, llamó por teléfono a la casa de la familia Vázquez. Pidió hablar con Aranza y le dijo que la había visto competir en el Campeonato del Mundo y que le gustaría invitarla a conocer la escuela a ver si quería estudiar y entrenar ahí.
“Ese es el detonante por el cual decide seguir en clavados. Su idea no era seguir en clavados y tampoco la íbamos a forzar.”
Padre e hija viajaron para conocer la universidad. Gamboa le enseñó una tabla que contenía un perfil de ella, le mostró el registro de sus resultados que había compilado, era todo un análisis de sus cualidades como deportista. Aranza se quedó boquiabierta. “Nosotros queremos una atleta de esta talla mundial aquí”, le explicó Gamboa.
Aranza escuchó además que tiene una extraordinaria visión periférica que le permite ubicarse en el aire y no perderse al momento de hacer los clavados.
Sin salir de su azoramiento, la atleta pensó: “En México no me llevaron a los Juegos Olímpicos de la Juventud y cómo es que acá vienen y me buscan para competir en Estados Unidos”.
“Y ahí decidió seguir en clavados y su prioridad fue hacer todos los méritos posibles para obtener una beca en Estados Unidos para estudiar ciencias del deporte, entrenar y representar a su escuela. Nunca dice cosas como ‘yo voy a ir o voy a hacer esto’, pero sí trabaja muy duro para poder posicionarse entre el grupo de las grandes clavadistas. No me lo dijo, pero te aseguro que pensó: ‘Pues ya no fui a los Juegos Olímpicos de la Juventud, voy a ir a los Juegos Olímpicos de mayores’.”
Su confianza se fortaleció aún más cuando otras 16 universidades de Estados Unidos le mandaron invitaciones para ficharla. Aranza mantuvo su promesa de irse con el extrampolinista Yaidel Gamboa, incluso cuando éste le avisó que se cambió a la Universidad de Carolina del Norte, la misma de donde egresó Michael Jordan. Que Gamboa sea cubano le dio a la deportista la certeza de que seguiría entrenando con la misma técnica que aprendió desde niña.
No pudo haber tomado una decisión más inteligente. Yaidel Gamboa fue quien la acompañó durante su participación en Tokio 2020. Con la muerte de Yunieski Hernández, otro cubano: Yohandy Núñez, del Instituto Sudcaliforniano del Deporte, es quien en México la ha entrenado y protegido.
Pese a ello, no recibió una acreditación que le permitiera acompañarla a los Juegos Olímpicos; así que, como se encontró con Gamboa en Tokio porque él estaba con el equipo varonil de clavados de Nueva Zelandia, el cubano se distrajo un poco de sus responsabilidades para apoyar a quien es su alumna en la universidad.
Pérdida
El cambio de entrenadores de Aranza Vázquez comenzó después del Campeonato Mundial de Natación en Gwangju, Corea del Sur, en 2019, cuando el entrenador recibió la fatal noticia de su enfermedad.
“En plena competencia se empezó a sentir mal, él tenía mucho tiempo diciendo que le dolía la cabeza, que le subía la presión. Se había hecho estudios y nunca le había salido nada. En Corea se le sube la presión y va a la clínica ahí y le dicen: ‘Oiga, señor, ¿usted sabe que tiene un tumor en la cabeza?’. Tuvo que regresar a México porque entre los dos hemisferios cerebrales tenía un tumor y 99% de posibilidades de morir. Se operó en julio de 2019, se trató con quimioterapias, luchó contra la enfermedad y en mayo de 2020 falleció por un aneurisma.”
–¿Cómo fue para Aranza la pérdida de su entrenador, del hombre que la encontró un día en la calle y le dijo: “Vente porque conmigo vas a triunfar”?
–Fue muy duro porque Aranza siempre ha dicho que él es su segundo papá. Pasaba más tiempo en el día con él que conmigo. Y toda la formación de disciplina, respeto, todo ese carácter para competir, para sobreponerse a todo, para nunca pensar en que estoy en desventaja con otros, para tener la capacidad de sobreponerse a cualquier circunstancia, pues se lo aprendió a él; él la formó realmente.
“Yo siempre se lo dije a Yunieski: ‘Te debemos, olvídate de la formación deportiva, la formación de ella como persona, la responsabilidad, lo centrada que es para muchas cosas’. Realmente sí le ha pesado mucho y ha sido un golpe muy duro.”
Juan Carlos Vázquez describe a su hija como una mujer con mucha inteligencia emocional que le permitió pasar este trago amargo y canalizar la pérdida de Yunieski Hernández como un incentivo para lograr sus objetivos. Al cubano le hacía ilusión ir a unos Juegos Olímpicos con Aranza.
“…Pero siempre regresa”
Después de su participación en Tokio 2020, en la zona mixta de entrevistas, Vázquez recordó a su entrenador, le agradeció hasta el cielo lo que hizo por ella y lamentó que no pudiera compartir ese momento con él.
“No sé si reír o llorar. Es un excelente resultado y sé que no es fácil llegar a una final a mis 18 años en mis primeros Juegos Olímpicos. Sé que muchas personas no lo han hecho en la historia del deporte en México. Sé que pudo haber sido el mejor resultado, pero los errores ocurren, soy humano, y tengo que aprender de ellos.
“Ser la sexta del mundo no es nada fácil, ahora sé lo que es estar en una semifinal y en una final olímpica. Ya cumplí mi sueño de estar en unos Juegos Olímpicos, ahora voy por el otro, que es tener una medalla.”
Los descalabros de haber perdido a su entrenador o haber quedado fuera de los Juegos Olímpicos de la Juventud le han forjado el carácter. Tiene una fuerza mental que asombra a su propio padre y que la mueve a competir sin freno.
“Es una de sus grandes virtudes, es una muchacha muy competitiva, de toda la vida; o sea, tú la das por muerta, pero siempre regresa. ¿Cómo? ¡Quién sabe!, pero regresa. No es una niña a la que le tiemblan las piernas en las competencias y ella lo dice: ‘He aprendido a usar la presión, la adrenalina, el escenario para competir’.”
“Eso mismo menciona el entrenador Yadiel Gamboa, nos lo ha dicho a mí y a mi esposa: ‘Es que es un animal, perdón, pero es un animal compitiendo, tiene un hambre que la vuelve mejor en la competencia’, y eso pocos atletas lo pueden hacer”, puntualiza Juan Carlos Vázquez.








